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#Opinión

El entramado estructural de la violencia de género

La violencia de pareja es una herida emocional invisible. Urge abordarla desde lo psicosocial y comunitario, no solo lo jurídico.

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La violencia de género no es un fenómeno aislado ni excepcional. Es una forma sistemática de ejercicio de poder que atraviesa todos los espacios de la vida social: el hogar, la escuela, la comunidad, las instituciones. Se manifiesta en múltiples formas —física, sexual, económica, simbólica y emocional— y responde a estructuras profundas de desigualdad entre hombres y mujeres, agravadas por factores como la raza, clase, territorio y edad.

En México, el 70.1% de las mujeres de 15 años o más ha experimentado al menos un tipo de violencia a lo largo de su vida, según la ENDIREH (INEGI, 2021). Esto incluye acoso en espacios públicos, discriminación en el trabajo, agresiones sexuales y violencia dentro de relaciones de pareja. La violencia de género es, por tanto, un continuum que se expresa en diversas escalas, desde lo más íntimo hasta lo institucional.

70 de cada 100 mujeres en México han sido violentadas; centro del país, la  zona más insegura para nosotras: INEGI - cimacnoticias.com.mx

En este entramado, la violencia de pareja ocupa un lugar especialmente grave por su persistencia, normalización y afectación directa a la salud física y emocional de las mujeres. De acuerdo con la misma encuesta, 4 de cada 10 mujeres mexicanas que han tenido pareja han sufrido violencia por parte de ella.

A pesar de su frecuencia, la violencia de pareja sigue siendo vista, en muchos entornos, como un “asunto privado”, lo que dificulta su visibilización y atención. Este tipo de violencia se sostiene con normas culturales arraigadas que enseñan a las mujeres a tolerar, justificar o minimizar el maltrato en nombre del amor, la familia o la estabilidad.

Uno de los efectos más profundos, persistentes y menos visibilizados de esta violencia es el daño socioemocional que experimentan las mujeres. A diferencia de las agresiones físicas o económicas, cuyas huellas pueden identificarse con mayor facilidad, las secuelas emocionales suelen permanecer ocultas, normalizadas o desestimadas por el entorno familiar, institucional y comunitario.

Foto De Mujer Abrazándose A Sí Misma · Foto de stock gratuita

Muchas mujeres sobrevivientes viven con síntomas crónicos que afectan su salud mental, física y su capacidad para restablecer su autonomía. Es común encontrar ansiedad, angustia, hipervigilancia, depresión y baja autoestima, asociadas a la pérdida del control sobre sus decisiones. En casos de violencia prolongada o extrema, se presentan síntomas compatibles con estrés postraumático.

A esto se suma un profundo aislamiento social, provocado tanto por el control de la pareja como por el estigma comunitario hacia quienes denuncian. Muchas veces, el daño emocional se manifiesta también en el cuerpo mediante la somatización: dolores crónicos, insomnio, trastornos gastrointestinales y otros malestares sin causa médica aparente, pero vinculados al trauma. Estos impactos conforman un cuadro de vulnerabilidad profunda que requiere atención especializada, con enfoque psicosocial y culturalmente pertinente.

Estos efectos no desaparecen con la separación de la pareja agresora. Pueden persistir por años, y su tratamiento requiere atención psicológica especializada, la cual es escasa o inexistente en muchos lugares. Además, las instituciones públicas suelen centrarse solo en el aspecto jurídico, sin contemplar la reparación emocional y simbólica que necesitan las mujeres para reconstruir su vida con dignidad.

Trabajar en una agenda para erradicar la violencia de género exige una respuesta integral que articule lo jurídico, psicosocial, educativo y comunitario. Desde una perspectiva feminista y territorial, es indispensable garantizar el acceso a servicios de salud mental con enfoque de género e interculturalidad, especialmente en zonas rurales donde las barreras estructurales son más marcadas.

Asimismo, es prioritario implementar programas de educación socioemocional desde la infancia que rompan con los mandatos de género tradicionales y promuevan relaciones basadas en el respeto y la igualdad.

Se deben fomentar espacios comunitarios de acompañamiento emocional, donde las mujeres compartan sus experiencias, reconstruyan redes de apoyo y fortalezcan su autonomía. También es urgente que las instituciones del Estado incorporen un enfoque interseccional que atienda las múltiples desigualdades que enfrentan las mujeres según su origen étnico, territorio y situación socioeconómica.

Círculos de mujeres: El poder de la conexión femenina — AgoraLucis

La violencia de pareja no puede entenderse de manera aislada; forma parte de una estructura profundamente enraizada en nuestras relaciones, instituciones y discursos. Sus impactos no son sólo físicos o legales; son emocionales, sociales y simbólicos.

Reconocer la complejidad de la violencia de género, intervenir en sus múltiples dimensiones y construir respuestas comunitarias centradas en el bienestar emocional de las mujeres es una tarea impostergable. Es indispensable desnormalizar el control, el temor y el sufrimiento en las relaciones afectivas, y avanzar hacia una comprensión del amor basada en el respeto, la autonomía y la dignidad.

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El derecho de las mujeres a una vida libre de violencia no es una utopía, sino una obligación jurídica y ética que debe garantizarse desde lo más íntimo hasta las estructuras institucionales.

Elvira Janett Lucio Duana es feminista, mamá y consultora en innovación social, especializada en proyectos de emprendimiento, gobierno y salud psicoemocional. Es codirectora de Aúna en Ciudad de México, donde impulsa liderazgos y agendas con perspectiva de género. Es activista y defensora de derechos humanos, con experiencia en el diseño e implementación de iniciativas de impacto social desde el sector público y privado. Ha trabajado en espacios de incidencia y toma de decisiones, incluyendo su labor como Secretaria Particular de Jorge Castañeda y como Asesora de Asuntos Multilaterales en la Secretaría de Turismo. En 2024 fue seleccionada como Fellow del Global Cohort de How Women Lead, un programa internacional de liderazgo para mujeres que impulsan agendas sociales. Estudió Relaciones Internacionales, cuenta con una maestría en Administración Pública y formación en liderazgo, feminismo y derechos humanos. Estudió Relaciones Internacionales y tiene una maestría en Administración Pública. Fue miembra de la Asociación Mexicana de Medios de Comunicación, asesora del COMCE Estado de México, asesora de asuntos multilaterales en la Coordinación de Asesores de la SECTUR Federal y colaboró con Jorge Castañeda Gutman.

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Nos fuimos acostumbrando al mal servicio

Nos acostumbramos a vivir entre filas eternas, trámites absurdos y servicios que funcionan “más o menos”.

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La degradación de los servicios rara vez ocurre de golpe. Llega lento, de poco en poco, casi sin que nos demos cuenta. Cuando la ineficiencia se vuelve rutina, la ciudadanía empieza a asumir que vivir frustrada es parte normal de la vida.

Nos acostumbramos a esperar demasiado y recibir poco. A la burocracia absurda, a las filas eternas, a que nadie conteste. A escuchar frases como “se cayó el sistema”, “le falta un papel” o “no hay tóner”. A reportar una misma falla varias veces, por distintas vías, antes de que alguien responda. A conformarnos con que algo “medio salió”.

Haz Cuentas! Estos Son los Aumentos en Servicios y Trámites en 2024 en CDMX  | N+

Y lo más preocupante, creo, es que dejamos de sorprendernos.

Resolver cosas sencillas de todos los días se volvió cuestión de suerte. Encontrar una oficina pública que atienda bien parece excepcional. Que un trámite sea rápido se siente como un milagro, casi como un favor, y no como algo que debería ser normal.

Poco a poco también dejamos de exigir. Bajamos las expectativas. Aprendimos a vivir con retrasos, servicios lentos e ineficientes, mantenimiento tardío, respuestas impersonales e incluso groseras. Como si el tiempo de las personas no valiera. Como si nuestra calidad de vida fuera secundaria. Como si vivir frustrados fuera inevitable por vivir en la Ciudad de México.

El deterioro de los servicios no solo afecta la comodidad, erosiona algo mucho más profundo: la confianza. Cuando las personas sienten que nadie responde, que todo tarda y que nada funciona bien, crece la idea de que lo público está condenado a fallar.

Baches en calles recién hechas: ¡No aguantaron las lluvias!

Y ese quizá es el problema más grave.

No se trata de pensar que todo está perdido ni de exigir perfección absoluta. Los errores existen y siempre existirán. El problema comienza cuando la ineficiencia deja de ser excepción y se convierte en costumbre; cuando ya nadie siente urgencia por resolver, y por resolver bien. Cuando la ciudadanía deja de esperar algo mejor.

Tal vez el deterioro más peligroso no sea el de las calles, las oficinas o la infraestructura. Tal vez el deterioro más profundo sea habernos acostumbrado a pensar que las cosas simplemente no pueden funcionar mejor.

Recuperar buenos servicios también implica recuperar algo de exigencia ciudadana. Volver a señalar lo que está mal, pedir respuestas, involucrarnos y dejar de normalizar la mediocridad cotidiana. Porque las ciudades no mejoran solamente con discursos o promesas; mejoran cuando la ciudadanía vuelve a creer que exigir calidad no es exagerar, sino ejercer un derecho básico.

No deberíamos normalizar pasar horas resolviendo algo simple, esperar meses por atención o celebrar como extraordinario aquello que tendría que funcionar bien desde el inicio.

No es intolerancia. Es negarnos a aceptar que la frustración cotidiana sea el estándar de vida en la Ciudad de México.

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La Cdmx en tiempo mundialista: Emoción vs. Caos

La CDMX vive una mezcla extraña entre emoción y ansiedad rumbo al Mundial 2026. Mientras imaginamos una ciudad llena de vida, turismo y celebración, también aparecen preguntas incómodas sobre movilidad, gentrificación, costos y caos urbano.

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La Ciudad de México está entrando en una de esas etapas extrañas donde la emoción y la incertidumbre conviven en la misma conversación. Se siente en las calles, en las noticias, en las sobremesas y hasta en la forma en la que hablamos del futuro inmediato. Porque sí: vamos a vivir un Mundial en nuestra ciudad. Y aunque la idea emociona profundamente, también despierta preguntas que nadie sabe responder todavía.

Ciudad de México, la Capital Mundial del Diseño 2018 | Saint-Gobain Mexico

Hay una emoción difícil de explicar recorriendo la ciudad. La idea de vivir un Mundial en la CDMX tiene algo profundamente simbólico: millones de miradas puestas sobre una de las ciudades más vibrantes, complejas y vivas del planeta. Pensar en la afición caminando por Reforma, en idiomas mezclándose en las terrazas, en desconocidos abrazándose por un gol en una cantina de Coyoacán o en una pantalla improvisada en la Roma, inevitablemente emociona.

Porque el fútbol, al final, nunca ha sido solamente fútbol.

Es identidad. Es pertenencia. Es una emoción colectiva que convierte ciudades enteras en un mismo latido.

Y quizá por eso la expectativa se siente tan grande.

La CDMX siempre ha tenido una capacidad única de recibir al mundo. Somos una ciudad cosmopolita, caótica, elegante y profundamente humana. Una ciudad donde conviven el ruido y la poesía, el tráfico eterno y la belleza inesperada. Y el Mundial promete potencializar todo eso: el intercambio cultural, el turismo, la energía internacional, la sensación de estar en el centro del mundo, aunque sea por unas semanas.

Pero debajo de toda esa emoción también vive otra sensación mucho más silenciosa: la incertidumbre.

La batalla por el espacio público en Ciudad de México: terrazas en la calle  o aparcamientos | EL PAÍS México

Porque mientras imaginamos estadios llenos y calles celebrando, la realidad cotidiana también pesa. Las rentas han subido de manera desproporcionada, los precios parecen elevarse cada mes y muchas personas empiezan a preguntarse si esta gran fiesta global también terminará desplazando aún más la vida local. Hay entusiasmo, sí, pero también miedo de que la ciudad se vuelva todavía más inaccesible para quienes la habitan todos los días.

Y luego está el caos.

Ese caos tan chilango que conocemos bien, pero que ahora imaginamos multiplicado. El tráfico, la movilidad, la saturación, la seguridad, la presión sobre una ciudad que ya vive al límite de sí misma. Nos emociona imaginar una Ciudad de México llena de vida, pero también nos preguntamos cómo se sentirá realmente habitarla en esos días.

Tal vez esa es la contradicción más honesta de este momento: estamos emocionados y nerviosos al mismo tiempo.

Queremos que el mundo vea lo mejor de nosotros, pero también tenemos miedo de lo que eso pueda costarnos.

Y aun así, hay algo profundamente conmovedor en vivir este instante previo. Esa sensación colectiva de estar esperando algo enorme. Como cuando una ciudad entera contiene la respiración antes de que empiece el espectáculo.

Tráfico fantasma en Guanajuato: Donde la congestión marca el ritmo de la  movilidad - Líder Empresarial

El Mundial llegará.

Las calles cambiarán.

La ciudad también.

Y quizá, entre toda la euforia, el ruido y la incertidumbre, terminemos descubriendo algo muy nuestro: que la Ciudad de México siempre ha sabido vivir entre el amor y el caos.

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SSPC y Guardia Nacional: ¿dos policías que hacen lo mismo?

La seguridad pública en México ya no parece responder a un modelo claro. Mientras la Guardia Nacional concentra formalmente las funciones operativas, la SSPC comienza a reconstruir capacidades propias de inteligencia y despliegue.

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Desde la desaparición de la Policía Federal en 2019 el modelo de seguridad pública federal en México parecía haber quedado claro: la Guardia Nacional asumiría las tareas operativas, mientras que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana fungiría como instancia de coordinación y diseño de política pública.

Sin embargo, ese diseño comienza a reconfigurarse.

Guardia Nacional despliega más de 35 mil elementos en carreteras por  temporada vacacional | Revista TyT

Con la llegada de Omar García Harfuch y de manera progresiva con la reforma en materia de seguridad pública de 2024, la Secretaría ha desarrollado capacidades que van más allá de la coordinación. A través de distintos mecanismos, ha comenzado a reconstruir funciones operativas, de inteligencia y despliegue territorial que recuerdan, en más de un sentido, a las atribuciones que en su momento ejerció la Policía Federal, misma a la que el mismo titular de la SSPC perteneció.

Uno de los elementos más relevantes es la utilización del Servicio de Protección Federal. Este organismo, creado en 2008 durante la gestión de Genaro García Luna, fue concebido originalmente como un cuerpo encargado de la protección de instalaciones estratégicas del Estado, bajo una lógica similar a la de corporaciones como la Policía Auxiliar o la Policía Bancaria e Industrial en la Ciudad de México: cuerpos diseñados para funciones de resguardo y seguridad complementaria.

Incluso, en el plano comparado, su diseño institucional guarda similitudes con el Federal Protective Service de los Estados Unidos, cuya función principal es la protección de edificios federales y no el despliegue operativo en tareas de seguridad pública general.

No obstante, en la práctica reciente, el alcance del Servicio de Protección Federal parece haberse ampliado. La adscripción de ex integrantes de la Policía Federal a esta estructura, así como su participación en tareas operativas más allá de la protección intramuros, sugiere una reinterpretación funcional de sus atribuciones originales.

El Servicio De Protección Federal resguarda instalaciones del Servicio de  la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano | Servicio de Protección Federal  | Gobierno | gob.mx

Esta tendencia se ha hecho visible en diversos despliegues en campo realizados en servicios como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, carreteras de jurisdicción federal y el mecanismo de protección a periodistas que trascienden su función tradicional de resguardo de instalaciones. Más allá del contenido específico, el mensaje es claro: una corporación concebida para tareas de protección está asumiendo, al menos parcialmente, funciones propias de seguridad pública operativa.

A ello se suma la creación de nuevas unidades dentro de la propia Secretaría con capacidades de operación e inteligencia. Este punto marca un cambio sustantivo: la Secretaría deja de ser exclusivamente un ente coordinador para asumir un rol activo en la ejecución de tareas de seguridad.

La presencia de estos elementos en operativos como los de carreteras federales refuerza esta tendencia. Históricamente, estas funciones correspondían a la división de Seguridad Regional de la Policía Federal y, posteriormente, fueron asumidas por la Guardia Nacional. Hoy, bajo el argumento de constituir una “policía complementaria”, se observa nuevamente la participación de estructuras adscritas a la Secretaría en este tipo de acciones.

El resultado es un fenómeno de duplicidad institucional. Mientras la Guardia Nacional concentra formalmente las funciones de seguridad pública federal, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana comienza a desarrollar capacidades propias que, en los hechos, replican atribuciones previamente asignadas a aquella. En otras palabras, el Estado mexicano parece operar hoy con dos estructuras federales con capacidades similares en materia de seguridad: una formalmente reconocida como fuerza principal, y otra que, de manera progresiva, reconstruye funciones equivalentes desde la coordinación.

Pero la duplicidad no se limita al ámbito operativo.

En materia de inteligencia, el Estado mexicano cuenta con una instancia especializada: el Centro Nacional de Inteligencia. Sin embargo, el fortalecimiento de capacidades de análisis, generación de información y despliegue estratégico dentro de la propia Secretaría apunta hacia una posible superposición de funciones que plantea interrogantes sobre la delimitación institucional.

No se trata necesariamente de una desviación, sino de una reconfiguración del modelo de seguridad federal.

Este proceso puede entenderse como un intento por robustecer la capacidad del Estado frente a fenómenos complejos. Sin embargo, también implica riesgos claros: dispersión del mando, duplicidad de funciones y eventual dilución de responsabilidades.

Omar García Harfuch tiene un 81% de aprobación, según encuesta de  Territorial

Así, México parece transitar hacia un modelo híbrido, en el que la centralización institucional convive con una operación fragmentada.

La pregunta de fondo no es menor: ¿se trata de una estrategia deliberada para fortalecer al Estado, o del inicio de un esquema de competencia institucional dentro del propio aparato de seguridad?

 

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