Durante más de quince años, las producciones latinoamericanas sobre narcotráfico nos acostumbraron a mirar el crimen desde los ojos del criminal. El narcotraficante tenía una historia de superación, familia, códigos, frases memorables y hasta una banda sonora. Los policías y militares, cuando aparecían, solían ser corruptos, incompetentes o simples obstáculos en el ascenso del capo.
Ahora comienza a percibirse un cambio: las nuevas historias no han dejado de hablar del narcotráfico, pero están cambiando de protagonista.
El caso más reciente es La captura, película de Netflix protagonizada por Alfonso Herrera y Noé Hernández, que recrea la detención de Joaquín “El Chapo” Guzmán ocurrida el 8 de enero de 2016 en Los Mochis, Sinaloa. A diferencia de otras producciones, la historia no gira alrededor del narcotraficante, sino de los dos policías federales que lo interceptaron cuando viajaba en un automóvil robado.
Los agentes deben resistir amenazas contra sus familias, la desconfianza hacia sus propios mandos y un soborno capaz de cambiarles la vida. Su heroísmo no consiste en realizar una operación espectacular, sino en tomar la decisión correcta cuando prácticamente todo los empuja hacia la corrupción.
Durante años, las producciones sobre narcotráfico se preguntaron cómo un hombre llegaba a convertirse en capo. La captura propone una pregunta distinta: ¿qué necesita un servidor público para no convertirse en cómplice?

Quince años del lado del narcotraficante
Producciones como El cartel de los sapos, El capo, La reina del sur, Escobar, el patrón del mal y El señor de los cielos convirtieron a los narcotraficantes en figuras centrales de la cultura popular.
Aunque muchas de estas historias mostraron asesinatos, traiciones y finales violentos, durante cientos de episodios el espectador conocía los afectos, las debilidades y las motivaciones del criminal. Las víctimas y las autoridades permanecían como personajes secundarios.
El capo podía ser condenado por el guion, pero era glorificado por la cámara.
Esto no significa que una persona se convierta en delincuente por mirar una serie. Sin embargo, la ficción sí participa en la construcción de modelos de prestigio: determina quién merece ser recordado, quién ocupa el centro de la pantalla y qué clase de poder parece admirable.

Los intentos que no funcionaron
El intento por convertir a las autoridades mexicanas en protagonistas no es nuevo. En 2011, Televisa estrenó El Equipo, serie protagonizada, curiosamente, por el propio Alfonso Herrera, junto con Alberto Estrella, Zuria Vega y Fabián Robles.
La producción mostraba las operaciones de un grupo ficticio de la Policía Federal. En cada capítulo, sus integrantes realizaban labores de inteligencia, desarrollaban operativos y capturaban delincuentes.
Sin embargo, la serie formó parte de la campaña “Policía Federal: Héroes Anónimos”, impulsada durante la gestión de Genaro García Luna. La Secretaría de Seguridad Pública pagó a Televisa más de 118 millones de pesos por su realización y permitió utilizar instalaciones, vehículos y equipo de la corporación.
El Equipo terminó atrapado en la controversia por el uso de recursos públicos y su evidente intención propagandística. En lugar de generar identificación, presentó policías tan perfectos y operativos tan espectaculares que el producto perdió credibilidad.
La historia posterior hizo todavía más incómoda aquella producción: García Luna terminó condenado en Estados Unidos por sus vínculos con el Cártel de Sinaloa. La serie que pretendía presentar una Policía Federal incorruptible terminó convertida en el testimonio de una imagen institucional que no podía sostenerse en la realidad.
También se intentó trasladar a México la fórmula de Cops, el programa estadounidense que acompañaba a policías durante patrullajes y detenciones reales. Sin embargo, esos formatos tampoco lograron convertirse en referentes culturales duraderos. El público sabía que la presencia de una cámara podía modificar la actuación de los agentes y que las instituciones decidían qué operativos podían grabarse.
Mientras las narconovelas ofrecían personajes complejos, romances, canciones y grandes arcos narrativos, estas producciones parecían videos institucionales extendidos o programas de nota roja grabados desde el interior de una patrulla.
El narcotraficante tenía una leyenda. El policía apenas tenía una cámara siguiéndolo.
El plan del Ejército
Los documentos de la Secretaría de la Defensa Nacional filtrados por Guacamaya en 2022 demostraron que el Ejército también comprendió la importancia de esta disputa narrativa.
Después del “Culiacanazo” de octubre de 2019, la Sedena elaboró un Plan Estratégico de Comunicación e Imagen para recuperar la confianza ciudadana. Entre sus propuestas se encontraba incrementar la presencia de militares uniformados en telenovelas, series, películas, documentales, concursos y videoclips.
El documento también planteaba apoyar películas sobre hechos militares relevantes o acciones heroicas y alcanzar por lo menos tres producciones de ese tipo cada año.
Esto no demuestra que todas las películas posteriores sobre el Ejército formen parte de aquel plan. Lo que sí confirma es que las Fuerzas Armadas reconocieron formalmente que la seguridad también se disputa en el terreno de la percepción pública.
El problema era el mismo que enfrentó El Equipo: cuando una institución participa directamente en la construcción del relato, la producción corre el riesgo de ser percibida como propaganda.

¿Por qué ahora puede ser diferente?
En febrero de 2025, Netflix estrenó Contraataque, película dirigida por Chava Cartas sobre un escuadrón de Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano conocido como los “Murciélagos”. En esta ocasión, los narcotraficantes no son antihéroes seductores, sino los antagonistas. La atención está puesta en la preparación, coordinación y sacrificio de los militares.
A esta tendencia se suma Los Gringo Hunters, serie inspirada en una unidad policial de Baja California dedicada a localizar a fugitivos estadounidenses que intentan esconderse en México. La producción invierte uno de los clichés más frecuentes del cine norteamericano: México deja de ser el territorio sin ley al que escapan los delincuentes y se convierte en el país cuyas autoridades los encuentran y los devuelven esposados.
La diferencia entre estas producciones y los intentos anteriores no se encuentra solamente en sus presupuestos. El Equipo comenzaba con una necesidad gubernamental: mejorar la imagen de una corporación. Los nuevos proyectos parten de una necesidad narrativa: contar una historia atractiva.
No es lo mismo producir propaganda con forma de película que producir una buena película cuyos protagonistas sean policías o militares.
Contraataque, Los Gringo Hunters y La captura comparten una decisión importante: la cámara acompaña a quienes persiguen al criminal y no a quienes construyen su imperio.
Cambiar la narrativa
Este cambio debe observarse con cautela. México tiene una historia documentada de corrupción, tortura, desapariciones y complicidades entre autoridades y organizaciones criminales. Sustituir la glorificación del narcotraficante por una representación acrítica de las instituciones sería cambiar una simplificación por otra.
Las mejores historias no deben presentar a todos los policías como héroes ni a todas las instituciones como incorruptibles. Deben mostrar que el uniforme no produce automáticamente honor, pero también que la corrupción no elimina la existencia de servidores públicos honestos.

Precisamente por eso resulta interesante La captura. Sus protagonistas cumplen con su deber mientras reciben amenazas, dudan de sus mandos y enfrentan una tentación económica desproporcionada. Su decisión tiene valor porque ocurre dentro de un sistema frágil.
Durante años, México exportó historias en las que sus personajes más poderosos eran narcotraficantes. El mundo conoció sus nombres, sobrenombres, vehículos, romances y mansiones. En contraste, pocos podrían mencionar a los policías que realizaron sus detenciones o a los agentes que rechazaron sus sobornos.
Las nuevas producciones no están dejando de hablar del narcotráfico; están quitándole el monopolio del protagonismo.
Después de más de quince años de conocer la infancia, los amores y las ambiciones de los grandes capos, quizá ha llegado el momento de conocer también las historias de quienes les dijeron que no.
El narcotraficante seguirá apareciendo en la pantalla porque forma parte de nuestra realidad. La diferencia es que ya no necesariamente ocupará el lugar del héroe.
Y en un país que durante demasiado tiempo convirtió al criminal en leyenda y al policía honesto en personaje secundario, cambiar al protagonista no es un detalle menor: es comenzar a recuperar la imaginación nacional.