Hace unos días, al concluir mi jornada como docente, llegó a mis manos una carta escrita por un estudiante del taller de realidad social. Era una reflexión honesta sobre cómo la materia había cambiado su manera de ver el país después de escuchar, debatir y analizar la realidad que enfrentamos como sociedad.
Al leerla, hubo una frase que llamó particularmente mi atención: “Ahora ya no me siento seguro. Cada persona que miro, que me parece sospechosa, me asusto demasiado; tengo miedo de que vaya a pasar algo. Caminar tranquilo ya no existe para mí”.

El alumno relata que antes de asistir al taller pensaba que todo estaba bien. Como muchos jóvenes, observaba la realidad nacional desde cierta distancia, convencido de que los problemas de violencia e inseguridad eran situaciones aisladas o ajenas a su vida cotidiana.
Sin embargo, conforme avanzaron las sesiones y comenzó a conocer las cifras, testimonios e historias detrás de fenómenos como las desapariciones, su percepción cambió.
En su carta recuerda una reflexión realizada durante una de las clases que, según sus propias palabras, lo marcó profundamente:“Imagínate decirle a tu mamá: tal vez no regrese”.
Confieso que, al terminar de leer la carta, me quedé pensando durante varios días.
Por un lado, me alegró comprobar que el objetivo del taller se estaba cumpliendo: ayudar a los jóvenes a desarrollar conciencia crítica sobre la realidad que los rodea. Pero por otro lado, me preocupó profundamente que un chico de catorce años haya llegado a la conclusión de que caminar por su ciudad puede representar un riesgo.
Quizá también me impactó porque, más allá de las cifras y los informes, las desapariciones no son para mí un tema completamente ajeno.
Hace años, mi tío trabajaba como policía en Zacatecas. Como miles de hombres y mujeres en nuestro país, salía de casa todos los días para cumplir con su deber. Un día desapareció. Sin más.
No era delincuente. No estaba involucrado en actividades ilícitas. No tomó decisiones que lo colocaran deliberadamente en peligro. Su único error fue poner su vida al servicio de la sociedad en un país donde, demasiadas veces, cumplir con el deber puede convertirse en una sentencia.

Desde entonces, su ausencia se convirtió en una de esas preguntas que parecen quedarse suspendidas en el tiempo. Una silla vacía en las reuniones familiares. Una historia interrumpida. Una herida que nunca termina de cerrar.
Tal vez por eso la carta de aquel estudiante me impactó tanto. Porque detrás de cada número existe una vida. Detrás de cada ficha de búsqueda existe una familia. Y detrás de cada desaparición existe una ausencia que se extiende mucho más allá de la persona que ya no está.
México conoce demasiado bien el peso de las ausencias.
Lo conocen las madres buscadoras que, ante la incapacidad o insuficiencia de las instituciones, han tenido que convertirse en investigadoras, peritas y excavadoras para buscar con sus propias manos a sus hijos e hijas.
Lo conocen los padres y madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, quienes más de una década después continúan exigiendo respuestas sobre el destino de sus hijos y recordándole al Estado una pregunta que sigue sin respuesta.
Lo conocen las familias de miles de jóvenes reclutados por la fuerza por organizaciones criminales, muchachos que salieron de casa buscando trabajo, oportunidades o simplemente un mejor futuro y terminaron atrapados por la violencia.
Lo conocen también las familias de los estudiantes del Movimiento Estudiantil de 1968. Durante décadas han buscado verdad, memoria y justicia frente al silencio y la impunidad.

Porque las desapariciones y las ausencias no son fenómenos nuevos en nuestra historia; forman parte de una deuda que México arrastra desde hace generaciones.
Cambian los gobiernos. Cambian los discursos. Cambian las prioridades públicas. Pero las familias siguen esperando volver a abrazar a quienes un día salieron de casa y nunca regresaron.
Lo más inquietante es que el temor de ese joven no surge de una exageración. No nace de una percepción distorsionada de la realidad. Surge de los datos.
Mientras escribo estas líneas, la Ciudad de México se prepara para recibir nuevamente uno de los eventos deportivos más importantes del planeta. Las autoridades celebran que la Copa Mundial de Futbol volverá a disputarse en nuestra capital. Se anuncian inversiones, proyectos de infraestructura, campañas de promoción turística y una derrama económica multimillonaria.
La noticia ha sido recibida con entusiasmo. Y con razón.
Sin embargo, mientras la atención pública se concentra en el regreso del Mundial, existe otra realidad que merece ocupar un lugar prioritario en la conversación nacional.
La crisis de desapariciones.
Durante años se pensó que las desapariciones eran un fenómeno exclusivo de entidades marcadas por altos niveles de violencia. Hoy sabemos que esa idea es incorrecta.
La Ciudad de México, durante mucho tiempo percibida como una de las zonas más seguras del país, enfrenta una realidad cada vez más preocupante. Las cifras oficiales y los análisis de organizaciones especializadas muestran un incremento sostenido en los reportes de desaparición y no localización de personas, particularmente entre adolescentes y jóvenes.
Existen jóvenes como el alumno que escribió aquella carta, quienes comienzan a descubrir que las desapariciones no son solamente un problema que aparece en las noticias, sino una realidad que condiciona la forma en que miles de personas viven todos los días.
La situación resulta especialmente preocupante porque son precisamente los jóvenes quienes aparecen entre los grupos más afectados. Para una generación que debería crecer pensando en su futuro, en sus estudios y en sus proyectos de vida, la posibilidad de no regresar a casa se ha convertido en una conversación cada vez más frecuente.

La contradicción es evidente.
Por un lado, celebramos que la Ciudad de México vuelva a colocarse en el centro de la atención mundial. Por otro, miles de familias siguen buscando a quienes un día salieron de casa y nunca regresaron.
La carta de aquel estudiante me recordó algo que con frecuencia olvidamos: las desapariciones no sólo afectan a quienes desaparecen y a sus familias. También transforman la manera en que toda una generación entiende el país en el que vive.
Generan miedo, incertidumbre y desconfianza. Modifican hábitos, limitan libertades y obligan a miles de jóvenes a crecer con la sensación de que salir de casa implica un riesgo que no debería existir.
Mientras la Ciudad de México afina los preparativos para recibir nuevamente a millones de visitantes y colocarse bajo los reflectores del mundo, vale la pena formular una pregunta incómoda, pero necesaria.
¿Cuándo volverán a casa nuestros desaparecidos?
Porque sí, la pelota volverá a rodar en el Estadio Azteca. Las cámaras volverán a apuntar hacia la capital. Los himnos volverán a escucharse frente a millones de espectadores.
Y mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, habrá algo mucho más importante que cualquier campeonato que seguirá haciendo falta en esta ciudad.
Quizá entonces podamos responderle también a aquel alumno que escribió su carta con miedo.
Quizá entonces podamos decirle que sí existe la posibilidad de caminar tranquilo.
Pero para llegar a ese día, primero debemos encontrar a quienes aún faltan.
