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#Opinión

Cuando ir al fútbol se volvió lujo

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El regreso del América al Estadio Banorte (todavía el Azteca para casi todos) debía ser una fiesta. Después de casi dos años sin jugar ahí como local, el duelo ante Cruz Azul prometía marcar uno de esos momentos que reactivan la memoria futbolera de una ciudad. Pero la conversación, esta vez, no giró alrededor del partido. Giró alrededor de los precios.

X de Grupo Ollamani

Porque si algo dejó claro la reapertura del Coloso de Santa Úrsula es que volver al estadio cuesta, y cuesta mucho.

El boleto más barato para el Clásico Joven arranca en 683 pesos. El más caro supera los 9 mil pesos. El estacionamiento cuesta 1,139 pesos, casi cuatro veces más que antes de la remodelación. Para muchos aficionados, estacionar el coche resulta más caro que asistir a otros eventos deportivos completos en la ciudad.

Y ahí empieza la comparación incómoda.

En marzo, para el Pumas vs Cruz Azul en Ciudad Universitaria, los boletos más accesibles costaban 313 pesos. Un boleto para ver a los Diablos Rojos en el Estadio Alfredo Harp Helú puede costar desde 150 pesos. Es decir, un asiento premium para beisbol profesional cuesta menos que muchas zonas intermedias del renovado Azteca.

La pregunta entonces ya no es cuánto cuesta ver fútbol. La pregunta es otra: ¿para quién se está diseñando esta experiencia?

Porque lo más revelador no está solo en la Liga MX. Está en el contraste con el propio Mundial de 2026. Un boleto de fase de grupos para la Copa Mundial de la FIFA en México arrancaba en aproximadamente 1,640 pesos. Eso significa que ciertos boletos para un partido regular de temporada ya compiten en precio con partidos mundialistas en el mismo inmueble, que durante el torneo se llamará oficialmente Estadio Ciudad de México.

Captura propia del portal de Fanki

 

El dato resulta todavía más llamativo cuando se observa lo que ocurre alrededor de la FIFA. Esta semana, The New York Times reveló que se reasignaron asientos ya vendidos y se crearon nuevas zonas premium, desplazando a compradores previos. Lo que ocurre con el Mundial responde a la misma lógica que ya estamos viendo en México: convertir el fútbol en una experiencia segmentada, cada vez más premium y menos popular.

El Estadio Azteca siempre fue un símbolo de multitudes. Hoy, su nueva versión parece apostar por otra narrativa: terrazas exclusivas y Chairman’s Club.

El problema no es modernizar un estadio. El problema es modernizarlo expulsando a quienes históricamente le dieron vida.

Porque cuando un clásico de Liga MX empieza a costar como un Mundial, el mensaje es claro: el fútbol sigue siendo pasión de masas, pero verlo en vivo empieza a convertirse en privilegio.

Captura propia del portal FIFA Tickets

 

 

 

Hazel Santos es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM, con experiencia en medios, radio y plataformas digitales. Su trabajo se ha centrado en la cobertura de entretenimiento, música y cultura, así como en la producción editorial. Ha colaborado con El Universal, Eje Central y El Sol de México, y participa en proyectos radiofónicos en El Heraldo Radio. También cuenta con experiencia en comunicación política e institucional. Actualmente combina el periodismo cultural con la creación de contenidos sobre conciertos, experiencias en vivo y temas de actualidad.

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2027 empieza mucho antes de 2027

Las elecciones no comienzan cuando arrancan las campañas. La confianza se construye mucho antes, con resultados, cercanía y responsabilidad.

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Cuando hablamos de elecciones solemos pensar en campañas, candidaturas, debates, propuestas, espectaculares y recorridos. Pensamos en ese periodo en el que las calles se llenan de colores y las redes sociales de mensajes que buscan convencernos de que una persona es la mejor opción.

Pero una elección no empieza el día que formalmente comienza una campaña. Mucho antes de que aparezcan los primeros espectaculares, de que escuchemos propuestas o de que las candidaturas recorran las calles, ya se han tomado decisiones importantes que marcarán el rumbo del proceso electoral.

Por eso, aunque suene extraño, 2027 empieza mucho antes de 2027

Política y pasión | EL MONTONERO

Empieza en los años, meses y días previos, cuando todavía no hay candidaturas registradas ni propaganda en las calles. Empieza en cada decisión de gobierno, en cada gestión atendida, en cada compromiso cumplido y también en cada promesa que quedó en el olvido.

Porque, aunque a veces desde la política pareciera que pensamos lo contrario, la gente tiene memoria.

Recuerda quién estuvo cuando surgió un problema en su colonia y quién apareció únicamente cuando necesitaba algo. Recuerda al servidor público que contestó el teléfono y también al que nunca devolvió una llamada. Recuerda quién escuchó, quién regresó, quién dio seguimiento y quién simplemente llegó para tomarse una fotografía.

La confianza política se construye así: poco a poco.

Y quizá uno de los grandes errores que hemos cometido quienes participamos en política es creer que la confianza ciudadana puede construirse de pronto, durante una campaña electoral.

No funciona así.

Una lona puede hacer conocido un nombre. Un buen video puede conseguir miles de reproducciones. Una campaña creativa puede llamar la atención. Pero ninguna estrategia de comunicación puede sustituir una trayectoria.

Por eso, cuando llegue 2027, una de las preguntas más importantes que deberíamos hacernos frente a cualquier candidatura, sin importar el partido no es solamente: ¿qué propone?

También deberíamos preguntarnos: ¿qué ha hecho?

¿Dónde estaba antes de pedir nuestro voto? ¿Cómo ejerció las responsabilidades que tuvo anteriormente? ¿Cómo trata a las personas cuando no hay una cámara enfrente? ¿Ha regresado a los lugares que recorrió? ¿Ha cumplido su palabra? ¿Ha sabido reconocer sus errores? ¿Ha dado resultados?

Son preguntas sencillas, pero necesarias.

Porque la democracia no debería consistir en conocer a nuestros políticos durante algunas semanas cada tres años. También exige una ciudadanía que observe, pregunte, participe y evalúe permanentemente.

Y eso implica una responsabilidad de ambos lados.

Para quienes ocupamos un espacio en el servicio público, significa entender que cada día cuenta. Que atender bien a una persona importa. Que regresar una llamada importa. Que explicar por qué algo no pudo resolverse importa. Que volver a una colonia después de escuchar un problema importa.

No todo puede solucionarse y ningún servidor público debería prometer lo contrario. Pero siempre podemos escuchar, orientar, gestionar y, sobre todo, hablar con la verdad.

La cercanía no debería ser una estrategia electoral. Debería ser una manera de ejercer el servicio público.

Del otro lado, la ciudadanía también tiene una tarea importante: informarse.

Las elecciones de 2027 traerán nombres, partidos, coaliciones, propuestas y muchísima información. Habrá campañas intentando llamar nuestra atención todos los días. Por eso será indispensable mirar más allá de un espectacular, un eslogan o un video de treinta segundos.

Marketing político en México: estrategias para las elecciones de 2024

Habrá que revisar trayectorias. Distinguir entre quien acaba de descubrir una colonia y quien lleva años caminándola; entre quien promete escuchar y quien puede demostrar que ya lo ha hecho; entre quien ofrece soluciones fáciles para problemas complejos y quien está dispuesto a explicar, con seriedad, qué puede hacerse y qué no.

También tendremos que aprender a mirar más allá de nuestros propios colores.

En todos los partidos existen personas valiosas y también quienes han quedado a deber. Hay buenos servidores públicos en distintas fuerzas políticas, así como hay malos ejemplos prácticamente en todas.

Por eso votar informado significa evaluar personas, resultados, equipos, propuestas y trayectorias, no solamente siglas.

La democracia se fortalece cuando dejamos de entregar nuestra confianza automáticamente y empezamos a exigir que se gane.

Tal vez esa sea una de las conversaciones más importantes rumbo a 2027.

No solamente preguntarnos quién quiere gobernar, sino por qué merece hacerlo. No solamente escuchar qué promete alguien para los próximos años, sino revisar qué hizo con las oportunidades que ya tuvo.

Y para quienes tenemos hoy una responsabilidad pública, el mensaje debería ser todavía más claro: no hay que esperar a una elección para salir a la calle, escuchar, rendir cuentas o estar cerca de la gente.

Porque cuando finalmente llegue el momento de votar, cada ciudadano y ciudadana llevará consigo su propia historia.

La gestión que sí fue atendida.

El mensaje que nunca tuvo respuesta.

El parque que mejoró.

La promesa que se cumplió.

La reunión a la que alguien regresó.

Y también aquella en la que nadie volvió.

Por eso 2027 no comienza cuando arranquen oficialmente las campañas.

Ya empezó.

Empezó cada vez que alguien decidió escuchar a un vecino o vecina, resolver una gestión, regresar a una colonia, cumplir su palabra o reconocer con honestidad aquello que no podía resolver.

Porque una campaña puede construir una candidatura.

Pero la confianza se construye mucho antes.

Mexico elections at a glance: How many Mexicans can vote?

 

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Cuando comer deja de ser un acto cotidiano

Para algunos, comer es algo cotidiano. Para otros, cada alimento puede representar un riesgo.

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Hace unos días uno de mis perros enfermó. Sus ojos, orejas, piel e intestino comenzaron a manifestar diferentes reacciones. Algo estaba ocurriendo en su organismo y, después de varios días, apareció una posibilidad tan cotidiana que casi parecía improbable: el alimento.

Me hizo detenerme.

¿Cómo puede algo tan común como un alimento provocar una respuesta tan amplia en un organismo?

Quizá porque solemos olvidar que un alimento no es solamente lo que vemos en un plato. Detrás de cada bocado existen moléculas que interactúan con nuestro organismo, participan en procesos metabólicos, desencadenan señales y, en determinadas personas, pueden provocar respuestas que van mucho más allá de lo que imaginamos.

Para la mayoría, comer es automático. Tenemos hambre, elegimos algo y seguimos con nuestro día.

Pero no todos podemos hacerlo así.

Hay personas que antes de probar un alimento necesitan preguntar qué contiene. Que leen etiquetas con detenimiento. Que deben explicar por qué no pueden aceptar un platillo, compartir un postre o probar una pequeña porción de aquello que todos los demás están comiendo.

How to Read a Food Label: Tips from a Clinical Dietitian - Keck Medicine of  USC

Y quizá lo más difícil es que, desde afuera, muchas veces no entendemos por qué.

“Es solo una nuez.”

“Un poquito no pasa nada.”

“Por una vez…”

Son frases que pueden parecer inocentes cuando nunca hemos tenido que preocuparnos por ellas. Pero para una persona con una alergia alimentaria, por ejemplo, una cantidad aparentemente insignificante puede desencadenar una reacción grave.

Y entonces una nuez deja de ser solamente una nuez.

Se convierte en una posibilidad.

En un riesgo.

En algo que debe evitarse.

La conversación sobre alimentación suele estar dominada por otros temas: bajar de peso, contar calorías, conseguir determinada figura, eliminar carbohidratos o encontrar la dieta perfecta. Hemos aprendido a hablar de comida desde la estética y, algunas veces, desde la salud.

Pero existe otra dimensión de la alimentación que merece ser mucho más visible.

La de quienes no pueden comer cualquier cosa.

Personas con alergias alimentarias, enfermedad celíaca, trastornos gastrointestinales, enfermedades autoinmunes u otras condiciones en las que la alimentación puede formar parte fundamental de su bienestar y de su vida cotidiana.

Food Allergy Insights and Tips | NY Food Allergy & Wellness Blog

No se trata de elegir una dieta porque quieren verse de determinada manera.

Se trata de poder levantarse y hacer las cosas más básicas.

Trabajar.

Caminar.

Concentrarse.

Dormir.

Mover un dedo sin dolor.

Tener energía.

Vivir.

Y creo que ahí necesitamos cambiar nuestra manera de mirar la comida.

Porque lo que para una persona es un alimento cotidiano, para otra puede ser el detonante de una respuesta biológica que altere su día, su salud o incluso ponga en riesgo su vida.

La ciencia nos ha enseñado que nuestros organismos no responden todos de la misma manera. Una misma molécula puede tener diferentes efectos dependiendo del organismo que la recibe, de su sistema inmunológico, de su genética y de múltiples condiciones fisiológicas.

Pero quizá no necesitamos conocer todos esos mecanismos para aprender algo más sencillo: no todos vivimos la comida de la misma manera.

Y eso también debería formar parte de nuestra cultura.

Detrás de una persona que rechaza un alimento puede haber una condición médica.

Detrás de alguien que pregunta por los ingredientes puede haber miedo.

Detrás de quien lleva sus propios alimentos puede haber años aprendiendo a cuidar su cuerpo.

Y detrás de una decisión que desde fuera parece exagerada puede existir algo tan básico como el deseo de estar bien.

Mi perro me hizo pensar en ello.

JustFoodForDogs for Dogs With Allergies: A Vet's Guide

Un alimento que parecía inofensivo estaba provocando respuestas en distintas partes de su organismo. Y mientras intentábamos entender qué estaba sucediendo, pensé en todas las personas que llevan años haciendo algo parecido: observando su cuerpo, identificando desencadenantes, aprendiendo a cuidarse y explicando a los demás por qué no pueden simplemente “comer un poquito”.

Tal vez la próxima vez que alguien rechace un alimento, en lugar de preguntarle por qué es tan complicado, podríamos simplemente respetarlo.

Porque quizá para nosotros sea solo comida.

Para alguien más, puede ser una decisión entre sentirse bien o enfermar.

Una elección entre participar de una comida o permanecer al margen.

Una pequeña molécula puede parecer insignificante.

Pero dentro de un organismo, puede contar una historia completamente distinta.

Y quizá comprenderlo sea también una forma de aprender a convivir.

 

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Gilead no era una advertencia lejana

Gilead no fue una profecía, sino un espejo. Los derechos pueden perderse poco a poco, hasta que aquello que parecía imposible se vuelve normal. Leer a Atwood hoy también es aprender a reconocer las señales.

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Cuando Margaret Atwood publicó El cuento de la criada en 1985, muchas lectoras la clasificaron en el estante cómodo de la distopía especulativa -un ejercicio de imaginación política, no un pronóstico-. Atwood, sin embargo, siempre fue clara sobre su método, pues no incluyó en la novela ni un solo mecanismo de control que no tuviera ya un precedente histórico real. Nada se inventó, todo ya había ocurrido en algún lugar, en algún momento. Esa es, precisamente, la razón por la que el libro sigue incomodando cuarenta años después.

La fuerza de Gilead no está en su extrañeza, sino en su familiaridad, es la ficción como espejo retrasado. El régimen no llega mediante una invasión ni un golpe espectacular; llega por etapas, aprovechando una crisis (en la novela, un colapso de la natalidad) para justificar medidas “excepcionales” que después se normalizan. Se despoja a las mujeres de su autonomía económica primero —se congelan sus cuentas bancarias, se les prohíbe trabajar— y solo después llega el control reproductivo pleno. Atwood entendió que el control del cuerpo empieza por el control del acceso a los recursos.

The Handmaid's Tale by Margaret Atwood - Artist Edition

Ese patrón —erosión gradual, apelación a la emergencia, reversión de derechos adquiridos— es lo que hace que la novela se lea hoy no como ciencia ficción sino como manual de reconocimiento de síntomas.

Y es que en años recientes, varios países han visto retrocesos concretos en derechos que se consideraban consolidados. Estados Unidos revocó en 2022 la protección constitucional al aborto que llevaba medio siglo vigente, devolviendo la decisión a los estados y dejando a millones de mujeres sin acceso legal cerca de su domicilio. En Afganistán, el regreso del régimen talibán eliminó de un plumazo el acceso de las niñas a la educación secundaria y superior. En Polonia, Hungría y otros países europeos, movimientos conservadores han impulsado restricciones al aborto y recortes a la educación sexual. Incluso en democracias estables, el discurso público sobre el papel “natural” de la mujer ha vuelto a circular con una normalidad que hace una década hubiera resultado impensable en espacios mayoritarios.

Ninguno de estos casos es Gilead. Es importante no caer en la hipérbole; no hay Ceremonias, no hay Criadas vestidas de rojo, no hay teocracia militarizada. Pero la utilidad de la novela no es predecir el destino final, sino nombrar el mecanismo en donde los derechos que parecían permanentes resultan ser, en realidad, condicionales a un consenso político que puede deshacerse.

Some Afghan girls return to school, others face anxious wait | Reuters

Conviene decir también lo que los críticos de esta lectura señalan que comparar cualquier retroceso legal con Gilead puede banalizar tanto la novela como el debate político real y hay diferencias enormes entre revisar una ley y construir un estado teocrático totalitario, y usar el lenguaje del horror distópico para describir disputas legislativas democráticas puede cerrar el diálogo en lugar de abrirlo. Quienes defienden estas restricciones sostienen que actúan en nombre de otros valores —protección de la vida (¿cuál, pensaría yo), tradición cultural (nuevamente, ¿cuál?), soberanía religiosa (y otra vez, ¿cuál?)— y no de un deseo de subyugar a las mujeres; muchos de estos cambios, además, se han producido mediante procesos democráticos y no por imposición autoritaria, lo cual los distingue categóricamente del mundo de la novela y lo hace aún más peligroso, pues vender el retroceso de derechos como un proceso democrático es un gran error.

La utilidad última de El cuento de la criada no es ofrecer un mapa exacto del futuro, sino un lenguaje compartido para hablar de un fenómeno difícil de nombrar mientras ocurre. La manera en que un derecho, una vez perdido, rara vez se recupera en la misma forma en que existía. June, la narradora, no pierde su libertad en un solo golpe; la pierde en una sucesión de pasos pequeños, cada uno de los cuales, visto por separado, parecía manejable.

Esa es la lección que trasciende cualquier posición ideológica, pues los derechos no se sostienen solos. Requieren defensa activa y constante, no solo indignación cuando ya se perdieron. Leer o releer la novela hoy no es un acto de pesimismo, sino una forma de entrenar la mirada para reconocer el patrón antes de que se complete.

Roe v Wade ruling disproportionately hurts Black women, experts say |  Reuters

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