Durante mucho tiempo, la resiliencia ha sido el lenguaje con el que se ha explicado la presencia de las mujeres en la política mexicana. “Son resilientes”, se dice, como si eso bastara para nombrar todo lo que implica sostenerse en un espacio históricamente hostil; pero lo que falta en esa narrativa es la dimensión emocional del poder.
Porque hacer política no es solo tomar decisiones, construir alianzas o disputar agendas; es, también, gestionar emociones en contextos de alta presión, de conflicto constante y de exposición permanente. Es sostenerse frente a la descalificación, la violencia simbólica, la sobrecarga y la expectativa de perfección. Y ahí, la resiliencia, entendida únicamente como aguante, se queda corta. Lo que realmente está en juego es la inteligencia emocional, no como un concepto suave o accesorio, sino como una herramienta política de primer orden.

La inteligencia emocional en la política implica reconocer lo que sentimos sin negarlo ni romantizarlo, es aceptar la vulnerabilidad. Implica nombrar el enojo cuando hay injusticia, el cansancio cuando hay sobreexigencia, la frustración cuando los espacios se cierran. Pero, sobre todo, implica decidir qué hacemos con esas emociones.
Porque el enojo puede destruir o puede convertirse en motor de acción, porque el miedo puede paralizar o puede afinar la estrategia, porque el desgaste puede vaciarnos o puede ser la señal de que algo necesita cambiar. La diferencia está en la capacidad de gestión emocional y ojo, esto siempre considerando el sistema en el que la vivimos.
En un entorno como el mexicano, donde la política sigue operando bajo códigos duros, verticales y muchas veces violentos, se espera que las mujeres “aguanten” o que “se endurezcan”. Pero endurecerse no es lo mismo que fortalecerse. Endurecerse implica desconectarse; fortalecerse implica entenderse y esa diferencia es clave.
Las mujeres en política no solo enfrentan los desafíos propios del ejercicio de liderazgo, sino también la carga emocional de tener que demostrar constantemente que merecen estar ahí, la de sostener expectativas colectivas, la de representar agendas históricas sin margen de error. En ese contexto, la inteligencia emocional no es un lujo, es una condición de permanencia y de incidencia, pero también es una forma de resistencia.

Es la capacidad de no responder desde la reacción inmediata, sino desde la claridad. De no engancharse en dinámicas que buscan desestabilizar, sino de reencuadrarlas. De construir relaciones políticas sin perder la propia voz. De sostener conversaciones difíciles sin renunciar a la dignidad. Y, quizás lo más importante, es la capacidad de poner límites emocionales.
Porque no todo se debe absorber. No toda crítica merece ser internalizada. No toda batalla vale el desgaste. Saber cuándo retirarse de una conversación, cuándo no engancharse en una provocación, cuándo decir “esto no lo sostengo”, es también una forma de ejercer liderazgo. Es una forma de cuidar la energía política, que es finita y estratégica y aquí es donde la resiliencia necesita evolucionar.
No como una capacidad infinita de adaptación, sino como una práctica consciente de autocuidado político. Una resiliencia que no glorifica el desgaste, sino que lo reconoce como una alerta. Que no normaliza la violencia, sino que la nombra y la confronta desde la claridad emocional y en ese proceso, las alianzas también cambian de significado.

Ya no son solo acuerdos estratégicos, sino espacios donde es posible sostenerse emocionalmente. Redes donde se puede compartir el peso de la política sin tener que demostrar fortaleza todo el tiempo. Espacios donde la vulnerabilidad no es debilidad, sino punto de conexión. Porque nadie transforma sola un sistema que ha sido diseñado para excluir.
La política mexicana necesita más mujeres, sí. Pero también necesita mujeres que no estén obligadas a vaciarse emocionalmente para poder permanecer. Mujeres que entiendan que su capacidad de sentir no es un obstáculo, sino una herramienta, todo esto mientras las instituciones y los sistemas de opresión logran ser evolucionados, repensados y cambiados.
Que sepan que la empatía puede ser una forma de liderazgo. Que la claridad emocional puede ser una forma de estrategia. Que el autocuidado puede ser una forma de resistencia. La resiliencia, entonces, no debería medirse por cuánto aguantamos, sino por cómo nos sostenemos sin perdernos.
La inteligencia emocional no debería verse como un complemento, sino como una de las formas más sofisticadas de ejercer poder en un entorno que, históricamente, ha negado la dimensión humana de la política. Tal vez el verdadero cambio no es aprender a resistir más, sino aprender a reconocer desde qué espacio y emoción lo hacemos.
Porque al final, transformar la política también pasa por transformar la manera en que la habitamos.
