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#Opinión

La generación que la derecha quiere controlar

La derecha quiere manipular a la Gen Z, pero esta generación no olvida, no se deja y ya eligió futuro. 💥🔥✊ #LatidoFrontera

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Durante décadas, México fue entregado a una minoría que convirtió al país en su botín. Los gobiernos neoliberales repartieron concesiones, empresas públicas, carreteras, bancos y medios como si fueran parte de su patrimonio personal. Privatizaron los recursos públicos para enriquecer a unos cuantos, dejando un país empobrecido, desigual y con generaciones completas sin oportunidades reales.

Pero el saqueo económico no vino solo: estuvo acompañado de un sistema autoritario que buscó silenciar toda voz crítica. El caso más brutal es el de 1968, cuando miles de jóvenes salieron a exigir educación pública digna y libertades democráticas. La respuesta del gobierno fue clara: represión.
El 2 de octubre mostró quiénes eran: un régimen dispuesto a masacrar antes que escuchar.
Recordatorio eterno de que quienes temen a una juventud organizada recurren siempre a la violencia, la manipulación y la mentira. Los mismos que después construyeron narco gobiernos, abandonaron al México profundo y despreciaron a un pueblo que nunca dejó de luchar.

Movimiento de 1968 en México - Wikipedia, la enciclopedia libre

Hoy, grupos de la ultraderecha intentan manipular a las juventudes utilizando discursos falsos, convirtiéndolos en carne de cañón para una guerra mediática que busca recuperar los privilegios que el pueblo les quitó democráticamente. Crean narrativas falsas, distorsionan hechos y buscan sembrar confusión porque sin engaño no tienen posibilidades en las urnas.

Pero se equivocan de generación. La verdadera Generación Z nació viendo caer al viejo régimen y renacer nuevas formas de ejercer el poder público. Son jóvenes irreverentes, críticos, creativos y con hambre de justicia. No compran discursos vacíos, no se dejan usar ni manipular.
El pasado 15 de noviembre, algunas marchas del país —incluida la CDMX— mostraron que hay personajes deleznables queriendo convertir la participación juvenil en un espectáculo político al servicio de intereses oscuros. Lo que buscan no es participación: es manipulación.

Adolescentes y pantallas: claves para la nueva normalidad digital

La disputa real hoy es por el sentido de la juventud, y ahí la derecha sabe que está perdiendo. Esta generación tiene memoria histórica, acceso a información y una claridad impresionante sobre el país que quiere construir.
No es una generación ingenua.
No es una generación manejable.
Es una generación que ya decidió no regresar al pasado.

Hoy, el Gobierno de México reconoce que las y los jóvenes no son el futuro: son el presente que ya está transformando al país.
Y que la patria no se defiende manipulando juventudes, sino caminando con ellas, hombro con hombro, hacia un México más justo, más libre y más digno para todas y todos.

La opinión pública en los jóvenes universitarios como actores políticos -  Revista Aula

Ingeniera en Desarrollo e Innovación Empresarial y Técnico Superior Universitario en Desarrollo de Negocios por la Universidad Tecnológica de Tehuacán, Puebla. Cuenta con una Maestría en Políticas Públicas en el Instituto Suizo, sede en Puebla. Su experiencia profesional se ha enfocado principalmente en la administración pública, con especial énfasis en el diseño y gestión de programas de apoyo y vinculación. Formo parte del Instituto Poblano de la Juventud, como Directora de Vinculación y Desarrollo Juvenil, fortaleciendo proyectos dirigidos a jóvenes en la entidad. Durante el año 2018 fue electa Regidora de Nomenclatura y Patrimonio Histórico en el Honorable Ayuntamiento de Tehuacán, donde contribuyó al rescate y preservación del patrimonio local. A lo largo de su carrera, Yocelin Diego Cortez ha demostrado un firme compromiso con la construcción de Políticas Públicas incluyentes, la innovación y la participación ciudadana. Actualmente forma parte del equipo del Instituto Mexicano de la Juventud, como subdirectora de Vinculación y Actualización de la Dirección de Coordinación Sectorial y Regional.

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BTS en México: historias más allá de los conciertos

BTS llenó estadios, el Zócalo y hasta Palacio Nacional. Pero detrás del fenómeno hay algo más profundo: historias de ansiedad, refugio emocional y fans que llevan años sosteniéndose con su música… aunque muchas se quedaran fuera del concierto.

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Esta semana, la Ciudad de México no habló de otra cosa. El grupo surcoreano BTS llegó al Estadio GNP Seguros con tres conciertos —7, 9 y 10 de mayo— como parte de su gira mundial Arirang, su regreso a los escenarios tras años de servicio militar obligatorio. La primera noche ya ocurrió. Las otras dos están por venir. Y mientras tanto, el país entero sigue hablando de ellos.

Y es que la visita de BTS a México desbordó cualquier marco estrictamente musical. El 6 de mayo, la presidenta Claudia Sheinbaum los recibió en Palacio Nacional, y en cuestión de horas, más de 50 mil personas se reunieron espontáneamente en el Zócalo para verlos asomarse al balcón presidencial. Al día siguiente, en su mañanera, Sheinbaum confirmó lo que las ARMYs más esperaban: BTS regresará a México en 2027. Un anuncio que los propios integrantes reafirmaron desde el escenario del GNP la noche del 7 de mayo, prometiendo incluir al país en cada gira futura.

X DE CLAUDIA SHEINBAUM

X DE CLAUDIA SHEINBAUM

Pero detrás de los números —estadios llenos, cifras millonarias de derrama económica, diplomacia cultural— hay historias que ningún dato puede resumir.

Daniela tiene 23 años y conoció a BTS en 2020, recién diagnosticada con Trastorno de Ansiedad Generalizada, en plena pandemia. Fue una canción, Epiphany, la que la encontró primero. “Me transmitía que no estábamos solas”, dice. El fandom la acogió cuando el mundo estaba cerrado. Jesabel lleva 13 años siendo ARMY, prácticamente desde la infancia. “A mí me salvaron”, dice sin rodeos. “Encontré un refugio y sin este sustento siento que mi vida sería distinta.” No es una exageración. Es la forma en que ella y miles describen a este grupo: no un producto de entretenimiento, sino una compañía constante en los momentos que duelen.

Fernanda, en cambio, se considera más cercana al fandom que parte de él. Pero el 7 de mayo estuvo en el GNP. Lo hizo por su mamá, quien “trae mejor al V en la cartera que a nosotros en el celular.” Desde la oficina, a las 8:30 de la mañana, con el celular temblando en la mano, peleó por cuatro boletos para llevar a su familia al concierto de ayer.

X DE BTS

X DE BTS

Aquí está el contraste incómodo que define esta semana: Fernanda consiguió sus boletos. Daniela y Jesabel, no.

No porque no lo intentaran. Daniela se formó en la fila virtual en cada venta disponible, compró su membresía desde enero y llegó a tener el número 100 mil en la cola, mientras la página presentaba errores que le robaban segundos cruciales. Jesabel agotó todas las previstas sin éxito. Ambas se negaron a la reventa, donde un boleto de 3 mil pesos ha llegado a ofrecerse hasta en 25 mil. “No es justo”, dice Daniela. “Siento que hay algo muy fraudulento con las boleteras.”

El Zócalo fue, para quienes se quedaron sin boleto, el único consuelo disponible. Daniela faltó a la escuela —estaba en el límite de faltas— para ir. “Es muy probable que sea la única oportunidad que tenga de verlos”, dijo. Los vio desde su teléfono, entre empujones, con su mochila de la escuela en la espalda.

El problema no es que BTS convoque multitudes ni que México los reciba con honores presidenciales. El problema es que el sistema de venta de boletos sigue siendo una mina de oro para los revendedores, y que las fanáticas que más han invertido —en tiempo, en lealtad, en años de su vida— son muchas veces las que se quedan afuera.

Habrá 2027. Habrá otra oportunidad. Pero mientras tanto, las ARMYs mexicanas ya demostraron algo que ningún estadio puede contener: que este fandom no es solo entusiasmo, es gratitud.

X DE LA SECRETARIA DE CULTURA

X DE LA SECRETARIA DE CULTURA

 

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Los procesos ciudadanos que seguimos ignorando

Participo poco en lo local y luego me pregunto por qué mi colonia no cambia. Mientras ignoramos procesos como COPACO y Presupuesto Participativo, alguien más decide por nosotros. Y cuando dejamos vacía la participación, también dejamos vacía la ciudad.

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El domingo 3 de mayo, en la Ciudad de México, se llevó a cabo la jornada presencial para la elección de las COPACO y el ejercicio de Presupuesto Participativo. Y, para no romper la tradición, la participación ciudadana volvió a ser marginal.

Las casillas vacías no son un accidente ni una sorpresa: son el síntoma de algo que llevamos años normalizando. Falta ver qué ocurre con la consulta en línea, pero todo apunta a que el resultado no cambiará la historia.

Por varias razones seguimos ignorando estos procesos. Dejamos pasar decisiones que parecen menores, pero que impactan directamente en nuestra vida cotidiana: la colonia en la que vivimos, los parques que usamos, la seguridad que exigimos y los espacios públicos que compartimos.

Y cuando no participamos, alguien más lo hace. Y decide.

Casillas Vacías se Registraron en las Elecciones del Poder Judicial en León

Parte del problema es que estos ejercicios siguen sintiéndose lejanos. No se comunican bien, no se explican con claridad y, en muchos casos, parecen diseñados para quienes ya están dentro, no para atraer a nuevas personas.

Incluso cuando hay esfuerzos por difundirlos —yo misma generé contenido en redes para intentar involucrar a más ciudadanía—, la información suele llegar tarde, incompleta o, simplemente, no llega. Y cuando llega, no siempre es clara.

También hay un tema de confianza. Muchas personas sienten que participar no sirve de nada, que las decisiones ya están tomadas o que los resultados no reflejan lo que realmente votaron. Esa percepción, aunque no siempre sea precisa, pesa más que cualquier campaña institucional.

Y a esa ecuación hay que sumar la falta de cultura de participación constante. Nos involucramos en lo grande, en lo mediático, en las crisis o cuando el problema ya es difícil de ignorar. Pero estos mecanismos están pensados para prevenir, para construir comunidad, para cuidar tu colonia, para trabajar en tu metro cuadrado.

La calle Sandunga de Dénia pasa a ser peatonal y sólo podrán acceder coches  de vecinos

El Presupuesto Participativo implica una cantidad relevante de recursos públicos que la ciudadanía puede decidir cómo invertir en su colonia: proyectos que propone y que vota. Las COPACO, por su parte, son el vínculo más cercano entre vecinos y autoridad; en muchos casos, la primera línea para gestionar, proponer y dar seguimiento.

Sin embargo, seguimos tratándolos como procesos secundarios.

Y eso tiene consecuencias. Las colonias con baja participación suelen tener menos proyectos sólidos y novedosos, menor vigilancia ciudadana y, en general, menos presión para que las cosas se hagan bien. Porque la participación no es solo votar: también es exigir, acompañar y dar seguimiento.

Para dimensionarlo, en estos procesos la participación ronda el 4%, de cada 100 personas solo están decidiendo 4. Y en ese contexto, hay personas que integran una COPACO con menos de 10 votos. Si, así de bajo.

Esto no solo hable de desinterés, también habla de lo fácil que es que estos espacios se vuelvan poco representativos. Porque cuando tan pocos participan, no se necesita un gran respaldo para influir en decisiones que impactan a toda una colonia.

Aquí también hay un responsabilidad compartida. De las autoridades, para simplificar procesos, comunicar mejor y generar confianza. Pero también de nosotras y nosotros, como ciudadanía, para informarnos, involucrarnos y entender que lo local si importa. Que la política no solo está en los grandes debates nacionales y en los partidos, sino en la banqueta rota de la esquina, en el parque abandonado o en la luminaria que no funciona.

Si queremos mejores colonias, necesitamos participar más y mejor.

No basta solo con quejarnos en las redes sociales o en la sobremesa. Estos espacios existen precisamente para canalizar esas inconformidades en decisiones concretas. No son perfectos, pero ignorarlos solo los debilita más.

Si no participamos, no solo perdemos voz. Perdemos ciudad.

O construimos la ciudad entre todos, o alguien más la construye sin nosotros.

Parque México, Col. Hipodromo de la Condesa | Mexico City

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La esclavitud como valor agregado

Trabajamos más, descansamos menos y aun así sentimos que nunca es suficiente. Normalizamos el agotamiento como símbolo de éxito, mientras vivir con equilibrio parece un privilegio que el sistema aprendió a hacernos sentir culpa.

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Por Aldo Jurado

«Disponibilidad de horario. Alta tolerancia a la presión. Capacidad para ponerse la camiseta». Estas frases tapizan los portales de empleo en México, mimetizadas como requisitos legítimos de contratación. Detrás de estos eufemismos corporativos se esconde una de las distorsiones más profundas de nuestra realidad social: la transformación del compromiso laboral en una sumisión incondicional que se oferta en el mercado laboral como un atributo deseable en el currículum.

Fatiga por estrés laboral en México: ¿Qué es y cómo afecta a los  trabajadores? – El Financiero

La industria cultural alimenta con frecuencia el mito del sacrificio idílico. El reciente anuncio de la secuela de la película El diablo viste a la moda reavivó una línea discursiva donde la protagonista reconoce un hecho incómodo: una vida exitosa dentro de ese entorno exige la entrega de la propia existencia como precio. El cine suele maquillar la explotación con destellos de glamur, omitiendo deliberadamente que la meritocracia pura es un espejismo en sociedades altamente desiguales.

El esfuerzo individual coexiste a menudo choca con los privilegios heredados, las redes de poder y las relaciones públicas. El trabajo duro, por sí solo, rara vez garantiza las oficinas de ensueño de las cúpulas corporativas.

El filósofo Byung-Chul Han identifica la raíz de este fenómeno en el tránsito hacia la «sociedad del cansancio», donde el individuo se transforma en un sujeto de rendimiento que se autoexplota bajo la bandera de la autorrealización. El empleo absorbe la identidad entera: ya no trabajamos para vivir; pretendemos existir únicamente a través del empleo. Esta dinámica resuena con la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, un ecosistema donde los vínculos humanos se vuelven desechables y las personas son tratadas bajo la lógica del descarte, sustituibles en el momento en que su productividad experimenta un descenso.

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Las estadísticas oficiales desnudan la gravedad de esta anomalía institucional. México se mantiene de manera sistemática en los reportes de la OCDE como la nación donde más horas se trabaja al año, promediando más de 2,200 horas por empleado, una cifra significativamente superior a la media de las economías desarrolladas. Asimismo, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI documenta que millones de mexicanos extienden sus jornadas laborales más allá del límite legal de las 48 horas semanales. Esta alarmante inversión de tiempo no se traduce en una retribución proporcional ni en movilidad social; representa un subsidio emocional y físico que el trabajador regala al engranaje económico a costa de su propia estabilidad laboral.

La cultura del esfuerzo y el valor del trabajo duro permanecen intactos en este análisis. La productividad y la pasión por el oficio son motores indispensables para el desarrollo del país. El verdadero problema radica en la estigmatización de quienes aspiran a una relación sana entre la vida profesional y el ámbito personal. El sistema operó un hackeo psicológico perfecto: propició que la presión se ejerza de manera horizontal, logrando que los mismos trabajadores vigilen, juzguen y señalen a sus pares cuando estos deciden ejercer su derecho al descanso. Estar permanentemente ocupado se convirtió en un símbolo de estatus, y la culpa colonizó incluso los periodos de vacaciones.

La escasez estructural de empleo y la necesidad económica obligan a valorar cualquier espacio de ocupación, pero la vulnerabilidad de las familias jamás debe ser la licencia para el abuso. Los creadores de empleo y los asalariados integran el mismo tejido nacional. El espíritu original del artículo 123 de nuestra Carta Magna consagra la dignidad del ser humano en el entorno laboral, alejándose de la visión que reduce a los individuos a simples «recursos» intercambiables. La solidez de una empresa moderna se mide en la salud de su talento humano; mantener organizaciones competitivas requiere liderazgos que reconozcan que la explotación es el síntoma inequívoco de un modelo de negocio agotado.

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El equilibrio vital se transformó en un lujo bajo sospecha dentro de una sociedad que aspira formalmente a la libertad. Una verdadera política de bienestar debe garantizar el derecho fundamental a dormir, alimentarse correctamente, recrearse y disfrutar de los seres queridos. Durante los días posteriores a la conmemoración del Día del Trabajo, un entrañable amigo compartió conmigo una reflexión que desmonta cualquier pretensión de superioridad corporativa: «Aldo, no te confundas. Estás mucho más cerca de ser la persona sin hogar que duerme afuera de las colonias de tu casa, que de ser el nuevo rico que habita los fraccionamientos privados de la Ciudad de México».

La fragilidad económica nos hermana a la inmensa mayoría; la soberbia de la autoexplotación solo nos aísla. El valor real de un profesional se encuentra en su capacidad creativa y técnica, nunca en el precio que le asigna a la renuncia de su propia humanidad.

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