La esperanza de vivir con paz, justicia y confianza parece cada vez más lejana en medio de la espera y la violencia cotidiana. Aun así, aunque no siempre haya quien escuche, necesitamos seguir adelante para dejar de sobrevivir y empezar a vivir.
Dicen que la esperanza muere al final… y quiero creer que es cierto. Porque es lo que nos impulsa a seguir adelante, a confiar en que las cosas pueden mejorar y en que quienes están a cargo harán lo correcto para construir una vida más digna y plena. Pero hay días en los que parece que esa esperanza no solo se desgasta… sino que la estamos perdiendo.
Cada día, las personas, vivimos situaciones que la van debilitando. Pagamos impuestos esperando seguridad, mejores calles, más limpieza, servicios hospitalarios, cero corrupciones y, sobre todo, orden. Orden dentro de las instituciones en las que se supone deberíamos confiar. Sin embargo, lo que encontramos muchas veces es indiferencia, desorganización y una falta de compromiso que termina afectándonos a todos.
Se siente una profunda impotencia cuando enfrentas la injusticia, cuando quienes tienen la responsabilidad de hacer su trabajo no saben o no pueden hacerlo.

Hace algunos años fui a pagar unos estudios a un laboratorio. Llegué 15 minutos antes de que cerraran. No iba a hacerme ningún estudio, solo quería pagar para que, al día siguiente, al llevar a mi mamá —una mujer de 84 años— no tuviera que esperar tanto. Sin embargo, al llegar, las personas en caja evitaban mirarme. Pasaron varios minutos hasta que alguien se acercó para decirme que ya no había servicio.
Le expliqué que solo iba a pagar, pero en segundos se acercaron otros empleados con una actitud de burla y prepotencia, repitiendo lo mismo: que ya no había servicio, que regresara al día siguiente. Y entendí algo muy claro: no dolió tanto la negativa, dolió la forma. Esa sensación de no ser escuchada, de que alguien más, desde su pequeño espacio de poder, decide sin empatía.
Regresé a casa frustrada, pensando que al día siguiente pondría una queja con el gerente. Pero en medio de esa reflexión me pregunté: ¿de qué sirve quejarse con un mal líder, cuando el comportamiento de su equipo ya refleja quién es?
Al día siguiente regresé. Antes de acercarme, lo vi: el gerente riendo, bromeando con su equipo, completamente ajeno a lo que sucede con quienes atienden. Aun así, pedí hablar con él. Salió esperando seguramente una queja más, pero no fue así. No señalé a nadie, no di nombres. Solo le dije que tenía una gran área de oportunidad, que su puesto le estaba quedando grande. Que era lamentable que las personas en las que confiaba lo hicieran quedar mal mientras él se divertía con ellos, y que, si solo estaba ahí por tener el puesto, estaba poniendo en juego el bienestar de muchas personas.
Se quedó en silencio. Porque a veces el problema no está en quien ejecuta, sino en quien permite.

Y fue ahí donde entendí algo más profundo: lo que pasa en lo pequeño también se refleja en lo grande. Ese liderazgo ausente en un laboratorio no es tan distinto de lo que sucede en muchas instituciones. Es un círculo que se repite, donde la falta de responsabilidad, la indiferencia y la poca empatía terminan generando distintas formas de violencia en la vida cotidiana.
Porque, ¿qué ser humano no quiere una vida tranquila y feliz? Todos hacemos lo posible por construirla. Pero sales al mundo y te encuentras con personas que no están bien, que cargan sus propios conflictos, y muchas veces terminan arrastrando a otros con su forma de actuar, con su indiferencia o su agresividad.
Y es justo por eso que depositamos tanta responsabilidad en quienes tienen el poder de generar cambios. Porque, en última instancia, confiamos en que alguien pueda ordenar lo que individualmente se vuelve tan difícil sostener.
Hoy veo lo mismo reflejado en muchas instituciones, especialmente en el gobierno. Personas en puestos que no les corresponden, sin la capacidad ni el compromiso, afectando la vida de millones. Y si esto rebasa a quien dirige, entonces que pida ayuda, pero que se haga responsable, porque cada error, cada omisión y cada indiferencia la pagamos todos.
Queremos vivir en paz. Queremos educar a nuestros hijos sin miedo, sin la angustia constante de no saber si alcanzará para comer, para pagar la renta, para sostener la vida. Porque esa presión diaria también genera violencia, una violencia silenciosa que se mete a las casas y termina rompiendo a las familias.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿quién nos va a ayudar si quienes deberían hacerlo no están haciendo su parte?
“Nadie va a venir a hacerlo por nosotros, ya lo sabemos. Y, aun así, seguimos esperando… mientras no hay quien responda, no hay quien escuche… y la vida se nos va sobreviviendo, no viviéndose.”
