Empatía, conciencia, decisiones, violencia, dolor, responsabilidad, congruencia, humanidad
Vivimos en un mundo donde hacer daño parece más fácil que hacer el bien… pero pocas veces nos detenemos a mirar qué está pasando dentro de nosotros. Tal vez la respuesta no está afuera, sino en las decisiones que tomamos cada día sin darnos cuenta.
Cuando veo el rostro de las personas que sufren por sus pérdidas y también el rostro de quienes hacen tanto daño, no puedo evitar preguntarme: ¿en qué momento cruzaron esa línea?, ¿en qué momento dejaron de elegir ser mejores personas para empezar a herir a otros? Hoy hay mucha gente enojada en la calle, buscando quién pague por lo que han vivido. Y entonces surge otra pregunta: ¿por qué parece más fácil elegir lo malo que lo bueno?, ¿cuál es la diferencia?

¿Quién habla cuando tomamos decisiones, buenas o malas? No es una sola voz. Dentro de nosotros conviven muchas partes: una que busca el bienestar, la empatía y el sentido, y otra que reacciona desde el miedo, el enojo, la herida o la necesidad inmediata. A veces decide la conciencia, a veces decide la emoción y muchas veces decide la parte de nosotros que no hemos aprendido a mirar. Por eso no siempre actuamos como pensamos.
Y quizá por eso parece más fácil hacer el mal, no porque lo sea en esencia, sino porque es inmediato. Hacer daño, mentir, evadir o reaccionar con agresión o egoísmo no requiere reflexión, no exige responsabilidad inmediata y da una sensación momentánea de control o alivio. En cambio, hacer el bien —ser congruente, poner límites sanos, actuar con empatía— implica detenerse, cuestionarse, tolerar incomodidad, pensar en el otro y sostener las consecuencias. Es un camino más consciente y, por eso, más difícil.

Pero hay algo fundamental: nadie hace daño desde la nada. Muchas veces detrás hay dolor no trabajado, miedo, carencias emocionales o aprendizajes distorsionados. Eso no justifica el daño, pero sí nos ayuda a entender de dónde viene. No se trata de eliminar una parte de nosotros, sino de hacernos conscientes de quién está tomando el control, porque cuando no elegimos conscientemente reaccionamos, y cuando reaccionamos sin conciencia nos alejamos de quienes realmente queremos ser.
Escuchar cada día tanta violencia, tanta frialdad y tanta indiferencia duele. Duele ver cómo se pierde la empatía, cómo dejamos de mirarnos, de escucharnos, de reconocernos. Hay personas sufriendo por engaños, por pérdidas, por violencia, y vivimos en un estado constante de alerta, de miedo y de desconfianza. Siento una preocupación profunda por mis seres queridos, por las mujeres y hombres que viven injusticias, por la vulnerabilidad de los niños y de los ancianos.
Y en medio de todo esto, añoro algo tan simple: una vida en paz, una vida donde no tengamos que vivir con el temor constante de perder a quienes amamos. Hace poco vimos una noticia que nos estremeció: un hombre que atacó a otras personas en un lugar tan simbólico como las pirámides. Y más allá del hecho en sí, lo que queda resonando es la misma pregunta: ¿qué tuvo que pasar dentro de esa persona para llegar a ese punto?, ¿cuánto dolor, ¿cuánta desconexión, ¿cuánta falta de conciencia?
Porque el verdadero peligro no está solo en esos actos extremos, sino en lo que poco a poco vamos normalizando en lo cotidiano: la indiferencia, la agresión, la falta de empatía. Por eso, tal vez la pregunta más importante no es qué está pasando afuera, sino qué está pasando dentro de nosotros. Y desde ahí… elegir. Elegir mirarnos, elegir detenernos, elegir no reaccionar desde la herida, elegir ser conscientes. Porque en un mundo donde parece más fácil hacer daño, elegir hacer el bien se vuelve un acto profundamente valiente.
“No tengas miedo de mirar dentro de ti… porque ahí no solo están tus sombras, también está todo lo que puedes llegar a ser.”
