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Ciudad de México y la pacificación incompleta en el corazón del país

La pacificación no se mide solo en homicidios. En la CDMX y su zona metropolitana, la violencia sigue viva en lo cotidiano. 🚨🏙️

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En los últimos meses, gran parte del discurso público sobre seguridad en México ha girado en torno a la idea de una pacificación histórica. Sin embargo, esta narrativa choca con una mirada más atenta a los datos y con la experiencia diaria de millones de personas que viven bajo la constante amenaza de la violencia.
Ahora bien, si centramos la lente en la Ciudad de México (CDMX) y su zona metropolitana —incluyendo Estado de México, Hidalgo y Tlaxcala—, la historia de esa pacificación resulta aún más compleja y contradictoria.

Archivo:MX-DF-División política.svg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Los datos oficiales y las encuestas de victimización muestran que las tasas de delitos en estas regiones están lejos de ser marginales. De acuerdo con la ENVIPE 2025, las entidades con las tasas más altas de delitos por cada 100 mil habitantes incluyen al Estado de México (34,851), la Ciudad de México (30,804) y Tlaxcala (30,498), cifras superiores a la media nacional y reflejo de una intensa exposición al delito en zonas urbanas y periurbanas.

Esto significa que, incluso si algunos delitos letales disminuyen, la inseguridad general sigue siendo una realidad palpable. En la CDMX, la violencia adopta formas diversas: robos, extorsiones y desapariciones. En los primeros siete meses de 2025, la capital reportó alrededor de 1,306 personas desaparecidas, siendo la entidad con más casos del país, seguida muy de cerca por el Estado de México con 1,210.

En términos de percepción, la inseguridad no es solo un dato estadístico, sino una vivencia cotidiana. Encuestas recientes indican que más de la mitad de la población urbana percibe que vivir en su ciudad es inseguro, percepción que se acentúa en municipios como Ecatepec de Morelos o en diversas alcaldías de la CDMX.

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Es clave entender a la CDMX no como una isla, sino como el centro neurálgico de una conurbación densamente poblada. En esta región metropolitana extendida se tejen dinámicas de violencia que no respetan límites administrativos, donde la inseguridad en un territorio repercute directamente en los colindantes.

En el Estado de México, por ejemplo, delitos de alto impacto como el robo a casa habitación, al transporte público y la extorsión se mantienen en niveles preocupantes, incluso cuando se reporta una disminución aparente en homicidios dolosos. Según el SESNSP (primer trimestre de 2025), la entidad encabezó las tasas de delitos de alto impacto entre las seis más pobladas del país.

Si bien algunos indicadores muestran reducciones porcentuales, esto no implica necesariamente una reversión de la violencia estructural. Puede ser resultado de la consolidación territorial del crimen organizado, la reorganización delictiva, cambios en la clasificación de delitos o simples fluctuaciones estadísticas.

Una verdadera pacificación no se mide solo con descensos marginales en homicidios. Se mide con reducciones sostenibles en todas las formas de violencia, con instituciones que garanticen acceso a la justicia, protección efectiva de derechos humanos y políticas públicas que atiendan las causas estructurales de la inseguridad.

Además, exige una política real de no revictimización: atención integral, acompañamiento psicosocial, reparación del daño y garantías de no repetición. Todo aquello que el punitivismo suele relegar por no generar réditos políticos inmediatos.

Vela encendida en la mesa negra contra el espacio de fondo borroso para el  texto | Foto Premium

La víctima llega buscando justicia y encuentra un sistema diseñado para expulsarla: ventanillas saturadas, protocolos incumplibles y funcionarios exhaustos. La revictimización no es una falla, es el mecanismo que garantiza la impunidad.

Hablar de pacificación sin considerar las experiencias humanas, las tasas globales de delitos y la persistencia de las desapariciones es celebrar ilusiones mientras la violencia se transforma bajo la superficie.

chilango - #EnFotos: las calles vacías de la ciudad este 25 de diciembre

Elvira Janett Lucio Duana es feminista, mamá y consultora en innovación social, especializada en proyectos de emprendimiento, gobierno y salud psicoemocional. Es codirectora de Aúna en Ciudad de México, donde impulsa liderazgos y agendas con perspectiva de género. Es activista y defensora de derechos humanos, con experiencia en el diseño e implementación de iniciativas de impacto social desde el sector público y privado. Ha trabajado en espacios de incidencia y toma de decisiones, incluyendo su labor como Secretaria Particular de Jorge Castañeda y como Asesora de Asuntos Multilaterales en la Secretaría de Turismo. En 2024 fue seleccionada como Fellow del Global Cohort de How Women Lead, un programa internacional de liderazgo para mujeres que impulsan agendas sociales. Estudió Relaciones Internacionales, cuenta con una maestría en Administración Pública y formación en liderazgo, feminismo y derechos humanos. Estudió Relaciones Internacionales y tiene una maestría en Administración Pública. Fue miembra de la Asociación Mexicana de Medios de Comunicación, asesora del COMCE Estado de México, asesora de asuntos multilaterales en la Coordinación de Asesores de la SECTUR Federal y colaboró con Jorge Castañeda Gutman.

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¿Defender la paz le incomoda al poder?

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Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convierte sus obsesiones personales en un asunto político internacional. Este 9 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, mientras el Gobierno de Trump anunciaba nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI).

La coincidencia resulta, cuando menos, irónica. Después de insistir públicamente en que merece el Nobel de la Paz, Trump vuelve a quedar fuera de la lista de galardonados. Y Pillay, al conocer la noticia, respondió con humor: bromeó con que quizá compartiría el premio con él si el público seguía aplaudiendo. Una frase breve, pero suficiente para poner en evidencia la distancia entre buscar un reconocimiento y construir una trayectoria que lo respalde.

No es la primera vez que el Nobel se cruza con las aspiraciones del mandatario estadounidense. En enero de este año, la opositora venezolana María Corina Machado le entregó a Trump la medalla física del premio que ella recibió en 2025, como gesto de agradecimiento por su respaldo a la causa venezolana. Sin embargo, una medalla puede regalarse; el reconocimiento no se transfiere. Trump recibió el objeto, pero no se convirtió en laureado del Nobel.

El episodio retrata una forma de entender la política en la que los símbolos, los reconocimientos y la imagen personal parecen tener tanto peso como los resultados. Pero la paz no se acredita con una medalla ni se demuestra mediante declaraciones públicas. Se construye con decisiones, instituciones y respeto a las reglas.

La trayectoria de Navi Pillay contrasta con esa lógica. Fue jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, integró el Tribunal Penal Internacional y encabezó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. También presidió una comisión de investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Su reconocimiento no responde a una aspiración personal, sino a una carrera dedicada a la defensa de los derechos humanos y al combate de la impunidad.

Por eso, el anuncio de nuevas sanciones estadounidenses contra el TPI adquiere una relevancia particular. La Administración Trump sostiene que el tribunal amenaza la soberanía de Estados Unidos y rechaza su autoridad sobre ciudadanos y dirigentes estadounidenses. El tribunal, por su parte, denunció las medidas como un intento de obstaculizar la justicia internacional.

Puede que no haya elementos suficientes para asegurar que las sanciones fueron una represalia directa por el Nobel, pero la coincidencia de ambos anuncios exhibe una contradicción política que es difícil de ignorar, porque mientras se reconoce a una jurista por defender el derecho internacional, una de las principales potencias del mundo endurece su presión contra una institución encargada de perseguir crímenes internacionales.

La discusión no consiste en afirmar que el TPI es infalible ni en negar que los Estados puedan cuestionar su competencia. Consiste en distinguir entre defender la soberanía por las vías jurídicas y recurrir a la presión económica para debilitar a una institución cuya actuación resulta incómoda.

Para México y América Latina, el debate no es ajeno. Somos países que han recurrido al derecho internacional para defender la soberanía, los derechos humanos y la solución pacífica de controversias. Esos principios pierden consistencia si los defendemos únicamente cuando favorecen a nuestros gobiernos o coinciden con nuestras afinidades políticas.

La paz necesita diplomacia, pero también necesita justicia. Sin mecanismos de rendición de cuentas, corre el riesgo de convertirse en una tregua que protege a los poderosos y deja a las víctimas esperando indefinidamente.

Al final, el problema no es que Trump quiera recibir un premio, cualquier dirigente puede aspirar a un reconocimientos pero el problema aparece cuando esa aspiración parece confundirse con un derecho personal y cuando las instituciones que no responden a sus intereses se convierten en adversarias.

El Nobel no se entrega por insistencia, ni el derecho internacional debería depender del capricho de nadie. Parte del trabajo para velar la paz trata en respetar las reglas.

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Conciertos cancelados: causas ajenas a todos, consecuencias para uno solo

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Hay una frase que los fans de los conciertos ya aprendimos a reconocer: “por causas ajenas al artista, al promotor y al recinto.” Aparece siempre que una presentación se cancela. Y siempre significa lo mismo: nadie va a explicar nada.

El caso más reciente es el de TINI. El 6 de octubre, Zignia Live, Music Vibe y la Arena CDMX anunciaron la cancelación de su concierto del 25 de octubre. El comunicado decía que la fecha quedaba cancelada por causas ajenas a las tres partes. Hasta hoy, ni las promotoras ni la artista han dado una explicación concreta. Circulan rumores de baja venta y de conflictos internos, pero nada confirmado. Lo interesante es que TINI ya había tocado en ese mismo recinto el 4 de septiembre, con lleno total, y también en Guadalajara y Monterrey.

El patrón no es nuevo. En marzo, Ocesa canceló los dos conciertos de P!nk en el Estadio GNP Seguros, programados para el 26 y 27 de abril. Era su regreso a México después de más de veinte años, y la segunda fecha se había abierto por alta demanda. El comunicado habló de complicaciones derivadas de un caso fortuito que afectaba la logística y que era ajeno al artista, al promotor y al recinto. La frase más redonda de deslinde total que se haya escrito. La cantante tampoco se pronunció a detalle.

En agosto le tocó a Aitana. Su presentación del 4 de noviembre en el Auditorio GNP Seguros de Puebla fue cancelada por complicaciones logísticas imprevistas y, otra vez, ajenas a todos. Ella misma lo publicó en redes con el mismo argumento. Casi al mismo tiempo, anunció una tercera fecha en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El resto de la gira por México siguió intacto. Nadie dijo que una cosa tuviera que ver con la otra, pero muchos de sus fans de Puebla sacaron sus propias conclusiones: perdieron su concierto mientras la capital ganaba uno más.

Y luego está el caso de Carin León en The Sphere, que fue un poco distinto, pero funciona como contraste. El 10 de septiembre, los asistentes ya estaban dentro del recinto en Las Vegas cuando, pasadas las ocho y media de la noche, anunciaron por las bocinas que no habría presentación. Hubo abucheos. Al día siguiente, el cantante explicó con detalle lo que había pasado: dos fallas mecánicas en aviones privados al salir de Hermosillo, primero de frenos y luego de dirección, y la negativa de las autoridades aeroportuarias a autorizar el vuelo. La crítica, en todo caso, apuntó a que el artista no estuviera en la sede con la debida antelación. Lo más descarado fue que la fecha se reprogramó para el 15 de septiembre de 2027. Un año después. Los boletos seguirán siendo válidos, y quien no pueda ir tiene derecho a reembolso. Lo que nadie reembolsa son los vuelos, los hoteles y los días de vacaciones de quienes viajaron a Las Vegas para esa noche.

Ahí está el fondo del asunto. En todos los casos, con explicación o sin ella, el que pierde es el mismo.

Y conviene sumar otro factor. Cada vez es más común que los conciertos se anuncien con meses, incluso años de anticipación. La venta arranca a los pocos días del anuncio, sin dar tiempo a que nadie planee ni ahorre. Primero cobran. Después averiguan si el evento es viable. Se vende un lugar en un estadio que puede no tener fecha confirmada en la agenda real del artista, y si algo falla, la respuesta ya está redactada.

El daño mayor es de confianza. Cuando se abusa de las causas ajenas, las cancelaciones con razones legítimas también empiezan a sonar a excusa. El problema de usar siempre el mismo pretexto es que, cuando llega la razón verdadera, ya nadie la cree.

Porque si las causas siempre son ajenas al artista, al promotor y al recinto, entonces queda una sola pregunta: ¿de quién fue la culpa?

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Tres científicos, una alga y el cerebro humano

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Cada año, cuando se anuncian los Premios Nobel, aparecen palabras que para muchos parecen pertenecer a otro idioma. Términos técnicos, descubrimientos complejos y explicaciones que, a primera vista, parecen lejanas a nuestra vida cotidiana.

Pero detrás de algunos de esos reconocimientos hay historias profundamente humanas: curiosidad, preguntas persistentes y años dedicados a comprender algo que, en principio, parecía pequeño.

El Premio Nobel de Medicina 2026 es una de ellas.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron reconocidos por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una herramienta que permite utilizar la luz para controlar determinadas neuronas y estudiar cómo funcionan los circuitos del cerebro.

Pero esta historia no comienza en el cerebro.

Comienza con una pequeña alga.

Peter Hegemann estudiaba microorganismos capaces de orientarse hacia la luz. Quería entender cómo una célula tan sencilla podía detectar la luz y responder a ella. Junto con Georg Nagel, identificó y caracterizó proteínas capaces de reaccionar ante la luz y producir cambios eléctricos en las células.

Parecía una pregunta sobre un organismo microscópico.

Y nada más.

Hasta que Karl Deisseroth encontró en ese conocimiento una posibilidad extraordinaria: si esas proteínas podían responder a la luz, ¿podrían utilizarse para activar o desactivar neuronas específicas?

La respuesta abrió una nueva puerta para la neurociencia.

Con la optogenética, los investigadores pueden controlar con gran precisión grupos de neuronas y estudiar su participación en procesos como el movimiento, el aprendizaje, la memoria y las emociones. También permite investigar qué ocurre cuando determinados circuitos dejan de funcionar correctamente.

Así, una pregunta sobre cómo una diminuta alga encuentra la luz terminó ayudándonos a explorar uno de los territorios más complejos que conocemos: nuestro propio cerebro.

Y quizá ahí está la parte más fascinante de este Nobel.

Vivimos en una época que quiere resultados inmediatos. Preguntamos para qué sirve una investigación, cuánto costará y cuándo veremos sus beneficios. Pero la ciencia no siempre funciona así.

A veces, el conocimiento comienza con una pregunta cuyo destino nadie puede imaginar.

Hegemann no sabía que estudiar aquella alga contribuiría algún día a comprender las neuronas. Nagel tampoco podía anticipar hasta dónde llegaría el estudio de aquellas proteínas. Deisseroth tomó ese conocimiento y encontró una manera de convertirlo en una herramienta para mirar, con luz, algunos de los secretos del cerebro.

Tres científicos. Tres caminos. Una pregunta que fue creciendo con el tiempo.

El Nobel de Medicina de este año reconoce una tecnología capaz de iluminar neuronas, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar: la ciencia necesita espacio para la curiosidad.

Porque los grandes descubrimientos no siempre comienzan con una solución.

A veces comienzan simplemente con alguien que observa algo pequeño, se sorprende y decide preguntar:

¿Cómo encuentra la luz?

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