La historia oficial dice que México ayuda a Cuba por solidaridad. La realidad dice otra cosa: un Pemex quebrado, una política energética fracasada y una red de opacidad que huele más a negocio que a diplomacia.
Porque el problema no es Cuba. El problema es México regalando lo que no tiene, mientras esconde el desastre bajo una narrativa ideológica cuidadosamente construida.
Entre 2023 y 2024, Pemex envió a Cuba decenas de miles de barriles diarios de crudo y combustibles, por un valor estimado entre 400 y 600 millones de dólares anuales. Oficialmente se les llama “ventas”. En la práctica, nadie conoce los contratos, los precios reales, los plazos de pago ni las garantías. No hay claridad pública, no hay rendición de cuentas y no hay explicación convincente. Y eso, en cualquier democracia funcional, no se llama cooperación: se llama opacidad.
Todo ocurre mientras Petróleos Mexicanos cerró 2024 con pérdidas superiores a los 600 mil millones de pesos, arrastra una deuda cercana a los 100 mil millones de dólares, depende cada vez más del presupuesto público para sobrevivir y mantiene a cientos de proveedores al borde de la quiebra por falta de pago. No hablamos de una empresa fuerte ayudando a un vecino, sino de una empresa en terapia intensiva utilizada como instrumento político.
La defensa oficial es predecible. El gobierno dirá que no se regala nada, que se trata de acuerdos comerciales, que Cuba paga, que es cooperación energética entre países hermanos. Pero si todo es tan transparente, ¿por qué los contratos no son públicos?, ¿por qué no se conocen los precios ni los términos?, ¿por qué la información se clasifica bajo argumentos de “seguridad nacional”? La solidaridad verdadera no le teme a la luz; solo la opacidad necesita oscuridad.
La 4T vendió una idea poderosa: “rescatar a Pemex es rescatar la soberanía”. El problema es que la soberanía no se decreta, se construye con eficiencia, transparencia y resultados. En su lugar, se canceló inversión privada, se apostó por refinerías obsoletas, se despreciaron las energías limpias y se convirtió la política energética en un acto de fe ideológica. Cuando el modelo fracasa, el populismo hace lo único que sabe hacer: fabricar épica para tapar el colapso. Cuba es uno de esos símbolos.
La pregunta clave es brutalmente simple: si Pemex pierde cientos de miles de millones de pesos, si México importa gasolina, si no alcanza para mantenimiento, medicamentos o seguridad, ¿con qué lógica se manda petróleo al extranjero sin rendición de cuentas? La respuesta incómoda es que Pemex se volvió el cajón perfecto para esconder decisiones políticas disfrazadas de política exterior.
Y aquí entramos a lo verdaderamente grave. Mientras el gobierno presume un supuesto combate al huachicol, el huachicol fiscal se convirtió en uno de los mayores escándalos recientes: importaciones falsas de combustibles, subvaluación sistemática, evasión masiva de impuestos y redes que operan con protección política y administrativa. Informes de la Auditoría Superior de la Federación y reportajes de Reuters han documentado irregularidades que contradicen por completo el discurso oficial de orden y soberanía.
Cuando Morena habla de soberanía, centraliza el poder. Cuando habla de rescate, elimina contrapesos. Cuando habla de pueblo, administra negocios opacos.
El daño es concreto y cotidiano. Cada barril enviado sin claridad es menos dinero para hospitales, menos recursos para seguridad, más deuda para las futuras generaciones. Eso no es izquierda social. Es populismo fiscal.
Ayudar a otros países no es un error. Hacerlo con una empresa quebrada, sin transparencia y con fines ideológicos, sí lo es. Lo que hoy vemos no es solidaridad internacional. Es Pemex convertido en botín político.
Y la pregunta final ya no es si esto es sostenible. La pregunta es cuántos barriles más van a salir del país antes de que alguien rinda cuentas.
Porque cuando se acabe el petróleo, la factura no la va a pagar Cuba. La vamos a pagar todos los mexicanos.