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#Opinión

La política de la vida

Cerrar el año también es político. Elegir qué sostener, qué soltar y cómo gobernarnos por dentro. 🌿🗓️

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Diciembre suele presentarse como un mes de cierres. Balances, conclusiones, listas de pendientes, propósitos que se repiten año con año como si el calendario tuviera la capacidad mágica de ordenarnos. En lo público, los cierres se anuncian con cifras; en lo privado, con silencios.

Pero la vida, a diferencia de los informes, no cierra en limpio.

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A finales de año solemos revisar decisiones: lo que sostuvimos, lo que soltamos, lo que dejamos pasar. Y aunque no lo nombremos así, ahí también hay política. No la de los partidos ni la de los cargos, sino la más elemental: la política de la vida. Esa que define cómo distribuimos nuestro tiempo, a quién le damos poder sobre nuestro ánimo, qué batallas seguimos peleando y cuáles decidimos abandonar.

Elegir también es gobernar. Gobernarnos.

En ese ejercicio aparece una responsabilidad de la que se habla poco: la responsabilidad emocional. Hacernos cargo de lo que sentimos, de lo que arrastramos y, sobre todo, de lo que descargamos en otros. No todo dolor es culpa ajena, ni todo conflicto es una guerra que deba ganarse. A veces, ordenar la vida implica mirar hacia adentro antes de exigir explicaciones afuera.

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Cerrar ciclos no siempre significa irse. A veces significa quedarse, pero distinto.

Darse un espacio para ordenar no es huir, es cuidar. Es reconocer que hay heridas que, si no se atienden, terminan gobernándonos. Y entender que eliminar algunos dolores —o al menos nombrarlos— puede ser la única manera de respetar lo que todavía se quiere sostener.

Nos enseñaron a pensar la política como algo ajeno, lejano, reservado para otros. Pero basta mirar la vida cotidiana para entender que lo político empieza mucho antes del voto. Está en cómo negociamos nuestros límites, en cómo aprendemos a escuchar, en cómo dejamos de justificar lo que duele solo por costumbre.

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Cerrar un año no es borrar lo vivido. Es identificar qué prácticas ya no pueden seguir marcando el rumbo.

La política de la vida no promete armonía ni finales felices. Propone algo más sobrio: criterios para administrar decisiones, vínculos y tiempos con responsabilidad.

Tal vez ese sea el verdadero cierre de año: no hacer promesas grandilocuentes, sino revisar con seriedad qué se sostiene, qué se corrige y qué se deja de repetir. No como ejercicio emocional, sino como una forma básica y necesaria de gobierno.

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Licenciada en Derecho con experiencia en temas electorales y comunicación política. Desde mis primeros pasos en órganos electorales descubrí el pulso de la política desde dentro: campañas, estrategias y narrativas que definen el rumbo de un país. He trabajado en campañas presidenciales, en oficinas de comunicación y en la creación de espacios informativos con formatos distintos, donde la política no solo se explica, se entiende y se cuestiona. Hoy soy parte de una productora que busca transformar el contenido en algo que vaya más allá de una pantalla: experiencias que conecten, informen y provoquen conversación. Me apasiona hablar de política, pero también de las problemáticas sociales que solemos evadir. Creo que para resolver algo primero hay que atrevernos a verlo de frente, con pensamiento crítico, ironía y, a veces, una dosis de humor para digerir la realidad.

#Opinión

Lo que esta ciudad da por hecho

La ciudad funciona no porque todo esté resuelto, sino porque alguien sostiene lo esencial sin ser visto. Esa red invisible de cuidados mantiene todo en pie… pero no es infinita.

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Hay cosas que damos por hechas, no porque sean simples, sino porque alguien más ya las resolvió antes de que siquiera tuvieran oportunidad de volverse un problema. No las vemos, no las pensamos demasiado, no forman parte de ninguna conversación relevante, pero están ahí, sosteniendo lo cotidiano de una forma tan constante que terminan volviéndose invisibles.

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La vida en la Ciudad de México, con todo lo que implica: los tiempos imposibles, las distancias, el desgaste, sigue funcionando no porque todo esté bien estructurado, sino porque hay una capa previa que se encarga de que lo básico ocurra. Antes de que alguien llegue a trabajar, antes de que alguien pueda cumplir con su día, antes incluso de que empiece cualquier discusión sobre cómo debería mejorar la ciudad, ya hubo alguien que resolvió lo esencial.

Hay una parte de la ciudad que no aparece en los informes, ni en los discursos, ni en las discusiones públicas donde todo parece urgente. No tiene nombre técnico que genere titulares ni cifras que incomoden lo suficiente. Y, sin embargo, está en todas partes. Es esa red invisible que organiza la vida diaria: quién cuida, quién acompaña, quién se queda, quién ajusta su tiempo para que el de alguien más sí funcione.

Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que eso pertenecía al ámbito privado, como si fuera una decisión individual o familiar, algo que cada quien debía resolver con mayor o menor éxito. Pero esa idea, más que explicar la realidad, la oculta. Porque lo que en realidad ocurre es que la ciudad está descansando sobre una estructura que no diseñó, que no financia y que tampoco reconoce del todo.

No es casual que, cuando algo falla en esa red, todo lo demás se desacomode. Cuando no hay quién cuide, quién esté, quién resuelva lo básico, lo que se detiene no es un detalle menor, sino la posibilidad misma de que alguien más salga, trabaje, produzca, participe. Lo que solemos llamar “vida cotidiana” depende mucho más de eso que de cualquier otra infraestructura.

Y, sin embargo, lo seguimos tratando como si fuera un asunto secundario.

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Parte de la incomodidad de este tema es que no tiene un responsable claro al cual señalar. No hay una sola decisión que explique el problema ni un solo actor que lo concentre. Es más difuso, más estructural, y por lo mismo más fácil de ignorar. La ciudad no colapsa porque siempre hay alguien que contiene el colapso antes de que se vuelva visible. Alguien que reorganiza su día, que pospone lo propio, que absorbe el desgaste para que todo lo demás pueda seguir ocurriendo con relativa normalidad.

Ahí está, quizá, lo más inquietante: que funciona.

Funciona lo suficiente como para que no se perciba como crisis, pero no lo suficiente como para que sea sostenible. Y en ese punto intermedio, donde todo parece seguir en pie aunque cada vez con más esfuerzo, es donde se instala una forma de desigualdad particularmente silenciosa.

Porque no todas las personas pueden resolver esa carga de la misma manera. Hay quienes pueden externalizarla, pagarla, delegarla. Y hay quienes la absorben por completo, reorganizando su vida alrededor de esa necesidad constante. No es solo una diferencia económica; es una diferencia en tiempo, en oportunidades, en desgaste acumulado.

La ciudad, entonces, no solo se divide por zonas, ingresos o acceso a servicios. También se divide por quién puede sostener su vida sin interrumpirse y quién tiene que detenerla constantemente para sostener la de otros.

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Y eso, aunque no se nombre así, también es una forma de política.

No de la que se discute en tribuna o se mide en encuestas, sino de la que define, en lo más cotidiano, quién tiene margen de decisión sobre su propio tiempo y quién no. Quién puede proyectar a futuro y quién vive resolviendo el presente inmediato.

Quizá por eso este tema no incomoda lo suficiente. Porque no estalla. No se traduce en crisis visibles ni en momentos de ruptura claros. Se queda en ese lugar incómodo donde todo sigue funcionando, pero a un costo que nadie termina de asumir públicamente.

La Ciudad de México no solo se sostiene por sus avenidas, sus decisiones administrativas o sus grandes proyectos. Se sostiene, sobre todo, por una red de cuidados que opera todos los días sin reconocimiento proporcional, sin descanso suficiente y sin una estructura que la respalde.

El problema no es que exista. Es que hemos aprendido a depender de ella como si fuera infinita.

Y no lo es.

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Cuando ir al fútbol se volvió lujo

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El regreso del América al Estadio Banorte (todavía el Azteca para casi todos) debía ser una fiesta. Después de casi dos años sin jugar ahí como local, el duelo ante Cruz Azul prometía marcar uno de esos momentos que reactivan la memoria futbolera de una ciudad. Pero la conversación, esta vez, no giró alrededor del partido. Giró alrededor de los precios.

X de Grupo Ollamani

Porque si algo dejó claro la reapertura del Coloso de Santa Úrsula es que volver al estadio cuesta, y cuesta mucho.

El boleto más barato para el Clásico Joven arranca en 683 pesos. El más caro supera los 9 mil pesos. El estacionamiento cuesta 1,139 pesos, casi cuatro veces más que antes de la remodelación. Para muchos aficionados, estacionar el coche resulta más caro que asistir a otros eventos deportivos completos en la ciudad.

Y ahí empieza la comparación incómoda.

En marzo, para el Pumas vs Cruz Azul en Ciudad Universitaria, los boletos más accesibles costaban 313 pesos. Un boleto para ver a los Diablos Rojos en el Estadio Alfredo Harp Helú puede costar desde 150 pesos. Es decir, un asiento premium para beisbol profesional cuesta menos que muchas zonas intermedias del renovado Azteca.

La pregunta entonces ya no es cuánto cuesta ver fútbol. La pregunta es otra: ¿para quién se está diseñando esta experiencia?

Porque lo más revelador no está solo en la Liga MX. Está en el contraste con el propio Mundial de 2026. Un boleto de fase de grupos para la Copa Mundial de la FIFA en México arrancaba en aproximadamente 1,640 pesos. Eso significa que ciertos boletos para un partido regular de temporada ya compiten en precio con partidos mundialistas en el mismo inmueble, que durante el torneo se llamará oficialmente Estadio Ciudad de México.

Captura propia del portal de Fanki

 

El dato resulta todavía más llamativo cuando se observa lo que ocurre alrededor de la FIFA. Esta semana, The New York Times reveló que se reasignaron asientos ya vendidos y se crearon nuevas zonas premium, desplazando a compradores previos. Lo que ocurre con el Mundial responde a la misma lógica que ya estamos viendo en México: convertir el fútbol en una experiencia segmentada, cada vez más premium y menos popular.

El Estadio Azteca siempre fue un símbolo de multitudes. Hoy, su nueva versión parece apostar por otra narrativa: terrazas exclusivas y Chairman’s Club.

El problema no es modernizar un estadio. El problema es modernizarlo expulsando a quienes históricamente le dieron vida.

Porque cuando un clásico de Liga MX empieza a costar como un Mundial, el mensaje es claro: el fútbol sigue siendo pasión de masas, pero verlo en vivo empieza a convertirse en privilegio.

Captura propia del portal FIFA Tickets

 

 

 

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¿Quién gana con la jornada de 40 horas?

La jornada de 40 horas es un avance, pero sin garantizar descanso real ni atender traslados e informalidad, el cambio se queda corto frente a la vida cotidiana de millones de trabajadores.

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Un derecho no es algo que alguien te da; es algo que nadie te puede quitar.” — Ramsey Clark. 

Tras años de lucha y exigencia social, en México se aprobó la reducción de la jornada laboral a 40 horas este pasado 3 de marzo. Es un logro reclamado por trabajadores, sindicatos y familias que, durante décadas, pidieron tiempo para vivir y no solo para trabajar. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, el 73% de los trabajadores en México labora más de 40 horas por semana, lo que afecta su salud física y mental y propicia entornos laborales poco productivos debido al agotamiento. Como consecuencia de las condiciones laborales actuales, disponer de tiempo libre se ha convertido en un lujo y no en un derecho para las y los trabajadores del país.

Esta reforma laboral busca mejorar la calidad de vida de los trabajadores, fomentando un mejor equilibrio entre la vida personal y la laboral. Su implementación será gradual: disminuirá 2 horas laborales por año a partir de 2027 hasta llegar a las 40 horas en 2030, y establece que no se reducirá el salario, sino que se mantendrá tal como se percibe actualmente. Que la reducción sea gradual es comprensible por las adecuaciones que las empresas deben hacer y para no afectar sus ingresos de forma abrupta, sin embargo esta gradualidad debe acompañarse de medidas inmediatas de compensación para los trabajadores que exigen sus “40 horas ya.”

Por otro lado, hay un punto que no debemos ignorar: se aprobó la disminución de la jornada, pero no se garantiza que los trabajadores tengan dos días de descanso. Al no expresarse así en la iniciativa aprobada (pese a que se discutió este punto en ambas Cámaras) queda una laguna para el momento de aplicarse, pues los empleadores pueden decidir distribuir las horas de trabajo en más días; es aquí donde no podemos festejar un triunfo, porque no se asegura el descanso que tanto se presume.

Gran parte del sector obrero se desplaza a sus centros de trabajo en transporte público y solo en el traslado pueden pasar hasta 4 horas diarias, superando las dos horas y media promedio por viaje. Al no aclararse la distribución de los días en los que se deben cumplir las 40 horas totales, sigue viéndose afectada gran parte de la población, que puede verse obligada a laborar también los fines de semana, lo que reduce su tiempo de esparcimiento, familiar o simplemente de descanso.

A su vez, esta reforma tampoco beneficia a quienes laboran en la informalidad, pues no hay manera de registrar las horas de trabajo como se establece en el Decreto.

Si al presentar una reforma que busca mejorar la calidad de vida y el equilibrio trabajo-vida de los trabajadores mexicanos no tomamos en cuenta estas situaciones cotidianas, entonces no se está haciendo lo suficiente por ellos. Pese a que se llevaron a cabo más de 40 foros en diversas entidades, que reunieron a la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), representantes del sector privado, sindicatos, académicos y organismos internacionales y nacionales, no queda evidenciado que se hayan considerado todos los puntos importantes que afectan a las y los trabajadores de México.

El reclamo de contar con dos días de descanso aún persiste. Si lo que se busca es reivindicar a la clase trabajadora y saldar una deuda histórica, hay que ir más allá y garantizar cambios reales en la dinámica cotidiana de las y los trabajadores: regular la distribución de la semana laboral para proteger los fines de semana, asegurar el registro efectivo de las jornadas (incluida la informalidad) y promover medidas de movilidad y vivienda que reduzcan los tiempos de traslado, para así construir una política laboral efectiva y lograr una sociedad más satisfecha que pueda realmente disfrutar su tiempo y no solo el tiempo que le sobra.

 

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