El escándalo que hoy sacude al certamen Miss Universo, la imputación por narcotráfico, huachicol y tráfico de armas de uno de sus copropietarios, desnuda algo más profundo que corrupción: evidencia que el andamiaje de la “belleza global” está cimentado en privilegios, impunidad e intereses turbios. Lo que se nos vende como un espectáculo de éxito, glamour y empoderamiento puede ser, a fin de cuentas, una fachada de un sistema patriarcal que trafica con cuerpos, imágenes y desigualdades.

Porque detrás de la pasarela, las reglas oficiales o tácitas siguen siendo las mismas de siempre: mujeres juzgadas, clasificadas, premiadas por su fisonomía, su juventud, su blanqueza, su talla. Eso ha provocado heridas profundas: inseguridades, dismorfias, enfermedades, autoodios. Los concursos normalizan que solo “vales” si entras en ese molde y que ese molde evoluciona según intereses comerciales, mediáticos, clasistas.
Que exista ahora un dueño de ese “show de empoderamiento” con acusaciones de crimen organizado no es un accidente: es una ilustración extrema de lo que ocurre cotidianamente. Se cosifica, se mercantiliza, se negocia con la imagen femenina. Se ofrece “oportunidad, glamour, voz pública” a mujeres, mientras quienes manejan el negocio acumulan poder, contratos, capital y, al parecer, delitos graves.
Que una mujer mexicana, inteligente, preparada y con discurso haya ganado la corona debería ser motivo puro de orgullo. Pero su logro queda atrapado en la contradicción: una estructura que se adorna con empoderamiento femenino al tiempo que reproduce la desigualdad que nos violenta.

Si la industria de la belleza ha conseguido adaptarse a las causas sociales, no lo ha hecho para transformarse sino para sobrevivir. La “nueva” narrativa es usar el lenguaje del feminismo para lavar la imagen del patriarcado. Y ahí está el problema: la igualdad no se mide en tacones; se mide en redistribución del poder.
Si el feminismo auténtico aspira a romper con los mecanismos que reducen a las mujeres a su apariencia, a su valor de mercado, a su utilidad como vitrina de éxito, entonces celebrar estos concursos sin desmontar su estructura es contradecir sus bases. Porque la corona no da libertad: encierra. No libera cuerpos: los regula, los clasifica. Y no transforma, reproduce.
En un país como México, con más de diez mujeres asesinadas al día, con mercados ilegales que se sostienen sobre la explotación y el control de nuestros cuerpos, es ofensivo que aún exista un sistema que compita por ver cuáles cuerpos merecen ser válidos y cuáles deben permanecer invisibles. La violencia de género también habita en esos mensajes silenciosos.
Y en medio de todo, Fátima Bosch carga con un costo que no le corresponde: la violencia digital. El odio, la burla fácil, los comentarios hirientes que la acusan de haber comprado la corona, de representar privilegios, de ser “cómplice”, apuntan hacia donde resulta más cómodo: al cuerpo visible, a la mujer que está frente a la cámara. Una vez más, el sistema se sacude la culpa y nos invita a atacar entre nosotras. Porque también hay un daño silencioso, colectivo: como sociedad, seguimos validando un modelo de éxito que premia la estética, la competitividad entre mujeres, la comparación constante, la homogeneidad corporal y cultural. Y así, mientras el poder económico y político detrás del certamen permanece impune, una mujer como tantas antes se convierte en el blanco perfecto para absorber la frustración, el enojo y la sospecha que deberían dirigirse hacia quienes realmente lucran con su imagen.

Entonces, ¿Vale la pena sostener concursos que cosifican a mujeres, si detrás operan estructuras de impunidad y desigualdad? ¿Qué mensaje enviamos a niñas y jóvenes que sueñan con una corona?, ¿Qué tan legítimo es celebrar un triunfo individual cuando la estructura que lo sostiene está manchada de corrupción?
Si el feminismo debe buscar transformación, no sólo visibilidad, no solo oportunidad, entonces la consigna no puede ser “una corona más para una mujer”. Debe ser “que no haya coronas que valgan mientras existan tronos podridos”. Que no se maquille la injusticia con lentejuelas. Que no se vista el crimen de belleza.
Porque la lucha no es por una corona. Es por dignidad. Es por justicia. Es por un mundo donde el valor de las mujeres no dependa de su cuerpo, sino de su libertad. Y ese mundo no necesita reinas: necesita igualdad.
