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El miedo del Gobierno a la Generación Z

El Gobierno acusa a la Gen Z de una “conspiración millonaria”, pero exhibir jóvenes desde el poder dice más del Estado que de ellos. 🚨🧠🔥

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En México, el poder tiene una vieja costumbre: cuando una protesta no le gusta, la vuelve sospechosa; cuando la encabezan jóvenes, la convierte en conspiración; y cuando empieza a crecer, la acusa de no ser “genuina”. La marcha convocada por la llamada Generación Z, que se realizará mañana, es el ejemplo más reciente de esta alergia institucional a la disidencia juvenil.

Jóvenes marchan a favor de Claudia Sheinbaum en CdMx- Grupo Milenio

Apenas se anunció la movilización, el Gobierno federal presentó un informe donde aseguró que la protesta está ligada a una “campaña internacional de desinformación” valuada, según sus propios cálculos, en más de 90 millones de pesos. El informe se dio a conocer en la mañanera de Claudia Sheinbaum, donde además se señalaron perfiles de jóvenes críticos en redes sociales, algo que encendió alarmas por el riesgo que implica exponer ciudadanos desde el púlpito presidencial.
El problema no es menor: la acusación no vino acompañada de desglose verificable, metodología transparente ni evidencia pública. Lo que sí dejó claro fue la disposición del Estado a usar su aparato comunicativo para nombrar, vigilar y exhibir a quien se organiza en su contra, aunque sean jóvenes de 20 o 25 años ejerciendo su derecho a disentir.

La narrativa oficial apuesta por algo simple y recurrente: si la movilización no les favorece, debe ser una operación, una red, un financiamiento extranjero, una manipulación. Sí, el ecosistema digital permite amplificaciones artificiales y campañas pagadas de todos los bandos; ese no es el punto. El punto es la facilidad con la que el Gobierno convierte cualquier protesta incómoda en un expediente de sospechas para desactivarla antes de que ocurra.
La profesora Sheinbaum, con un tono casi pedagógico, dijo que “puede haber jóvenes que no estén de acuerdo con nosotros, y eso es parte de la democracia”, pero en la misma frase aseguró que la marcha “no es genuina”.
Traducción: puedes protestar… siempre y cuando yo determine que tu inconformidad es válida. Una visión peligrosamente cercana a la vigilancia ideológica, no a la convivencia democrática.

Versión estenográfica. Conferencia de prensa de la presidenta Claudia  Sheinbaum Pardo del 9 de octubre de 2024 | Presidencia de la República |  Gobierno | gob.mx

Uno de los jóvenes mencionados en la mañanera, Edson Andrade, denunció que fue exhibido injustamente y que eso lo puso en riesgo. Y tiene razón en preocuparse: no hay nada más intimidante que un gobierno con micrófono nacional apuntando hacia un ciudadano que no tiene fuero, ni escoltas, ni un gabinete para defenderlo.
El mensaje es inequívoco: si opinas, te vemos; si te organizas, te revisamos; si te movilizas, te exhibimos. Eso no es diálogo: es advertencia.

La cifra de los 90 millones también merece desconfianza. No se presentó metodología, trazabilidad, análisis técnico ni evidencia abierta. Nada. Solo la cifra. Y una cifra sin sustento visible es propaganda con recibo imaginario.
Incluso si existiera una campaña de amplificación digital —algo posible en tiempos de pauta, bots y trending topics manufacturados— eso no invalida la marcha, ni cancela las razones que los jóvenes mexicanos tienen para estar molestos, frustrados o simplemente cansados de un país donde el poder siempre encuentra culpables, excepto a sí mismo.

La cuestión de fondo no es si hay bots. La cuestión es quién decide qué protesta es auténtica. El poder en México parece obsesionado con clasificar la ciudadanía según su conveniencia: unas marchas son “del pueblo”, otras “de la derecha internacional”, otras “genuinas”, otras “maniobra extranjera”.
Lo que no admite el discurso oficial es algo evidente: los jóvenes no necesitan permiso para estar hartos. No requieren financiamiento internacional para sentir molestia. No ocupan bots para darse cuenta de la precariedad, la violencia, la falta de oportunidades, la corrupción o la indiferencia institucional.

Por eso esta reacción gubernamental dice más del Estado que de los jóvenes. Porque un gobierno fuerte escucha, uno inseguro vigila, y uno temeroso criminaliza lo que no entiende.
Lo más riesgoso no es la marcha de mañana, ni los memes, ni el lenguaje en TikTok; lo verdaderamente delicado es la disposición del Estado a exhibir perfiles, desacreditar protestas y construir narrativas de conspiración para minimizar cualquier expresión crítica.

Quizá la pregunta no es si la marcha es genuina. Quizá la pregunta es por qué el Gobierno necesita tanto convencer al país de que no lo es.
Un Estado democrático no estigmatiza a jóvenes desde un escenario presidencial, no cancela una protesta antes de que ocurra y no convierte la inconformidad en delito moral.
La marcha de mañana será, guste o no, un recordatorio de algo básico: la democracia no se ejerce con informes de gasto digital ni en conferencias matutinas; la democracia se ejerce en las calles. Y, a veces, también en la edad en la que uno todavía cree que el país puede cambiar.

Más de 100 mil personas asistieron a protesta por INE en CDMX

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Lo que esta ciudad da por hecho

La ciudad funciona no porque todo esté resuelto, sino porque alguien sostiene lo esencial sin ser visto. Esa red invisible de cuidados mantiene todo en pie… pero no es infinita.

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Hay cosas que damos por hechas, no porque sean simples, sino porque alguien más ya las resolvió antes de que siquiera tuvieran oportunidad de volverse un problema. No las vemos, no las pensamos demasiado, no forman parte de ninguna conversación relevante, pero están ahí, sosteniendo lo cotidiano de una forma tan constante que terminan volviéndose invisibles.

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La vida en la Ciudad de México, con todo lo que implica: los tiempos imposibles, las distancias, el desgaste, sigue funcionando no porque todo esté bien estructurado, sino porque hay una capa previa que se encarga de que lo básico ocurra. Antes de que alguien llegue a trabajar, antes de que alguien pueda cumplir con su día, antes incluso de que empiece cualquier discusión sobre cómo debería mejorar la ciudad, ya hubo alguien que resolvió lo esencial.

Hay una parte de la ciudad que no aparece en los informes, ni en los discursos, ni en las discusiones públicas donde todo parece urgente. No tiene nombre técnico que genere titulares ni cifras que incomoden lo suficiente. Y, sin embargo, está en todas partes. Es esa red invisible que organiza la vida diaria: quién cuida, quién acompaña, quién se queda, quién ajusta su tiempo para que el de alguien más sí funcione.

Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que eso pertenecía al ámbito privado, como si fuera una decisión individual o familiar, algo que cada quien debía resolver con mayor o menor éxito. Pero esa idea, más que explicar la realidad, la oculta. Porque lo que en realidad ocurre es que la ciudad está descansando sobre una estructura que no diseñó, que no financia y que tampoco reconoce del todo.

No es casual que, cuando algo falla en esa red, todo lo demás se desacomode. Cuando no hay quién cuide, quién esté, quién resuelva lo básico, lo que se detiene no es un detalle menor, sino la posibilidad misma de que alguien más salga, trabaje, produzca, participe. Lo que solemos llamar “vida cotidiana” depende mucho más de eso que de cualquier otra infraestructura.

Y, sin embargo, lo seguimos tratando como si fuera un asunto secundario.

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Parte de la incomodidad de este tema es que no tiene un responsable claro al cual señalar. No hay una sola decisión que explique el problema ni un solo actor que lo concentre. Es más difuso, más estructural, y por lo mismo más fácil de ignorar. La ciudad no colapsa porque siempre hay alguien que contiene el colapso antes de que se vuelva visible. Alguien que reorganiza su día, que pospone lo propio, que absorbe el desgaste para que todo lo demás pueda seguir ocurriendo con relativa normalidad.

Ahí está, quizá, lo más inquietante: que funciona.

Funciona lo suficiente como para que no se perciba como crisis, pero no lo suficiente como para que sea sostenible. Y en ese punto intermedio, donde todo parece seguir en pie aunque cada vez con más esfuerzo, es donde se instala una forma de desigualdad particularmente silenciosa.

Porque no todas las personas pueden resolver esa carga de la misma manera. Hay quienes pueden externalizarla, pagarla, delegarla. Y hay quienes la absorben por completo, reorganizando su vida alrededor de esa necesidad constante. No es solo una diferencia económica; es una diferencia en tiempo, en oportunidades, en desgaste acumulado.

La ciudad, entonces, no solo se divide por zonas, ingresos o acceso a servicios. También se divide por quién puede sostener su vida sin interrumpirse y quién tiene que detenerla constantemente para sostener la de otros.

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Y eso, aunque no se nombre así, también es una forma de política.

No de la que se discute en tribuna o se mide en encuestas, sino de la que define, en lo más cotidiano, quién tiene margen de decisión sobre su propio tiempo y quién no. Quién puede proyectar a futuro y quién vive resolviendo el presente inmediato.

Quizá por eso este tema no incomoda lo suficiente. Porque no estalla. No se traduce en crisis visibles ni en momentos de ruptura claros. Se queda en ese lugar incómodo donde todo sigue funcionando, pero a un costo que nadie termina de asumir públicamente.

La Ciudad de México no solo se sostiene por sus avenidas, sus decisiones administrativas o sus grandes proyectos. Se sostiene, sobre todo, por una red de cuidados que opera todos los días sin reconocimiento proporcional, sin descanso suficiente y sin una estructura que la respalde.

El problema no es que exista. Es que hemos aprendido a depender de ella como si fuera infinita.

Y no lo es.

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Cuando ir al fútbol se volvió lujo

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El regreso del América al Estadio Banorte (todavía el Azteca para casi todos) debía ser una fiesta. Después de casi dos años sin jugar ahí como local, el duelo ante Cruz Azul prometía marcar uno de esos momentos que reactivan la memoria futbolera de una ciudad. Pero la conversación, esta vez, no giró alrededor del partido. Giró alrededor de los precios.

X de Grupo Ollamani

Porque si algo dejó claro la reapertura del Coloso de Santa Úrsula es que volver al estadio cuesta, y cuesta mucho.

El boleto más barato para el Clásico Joven arranca en 683 pesos. El más caro supera los 9 mil pesos. El estacionamiento cuesta 1,139 pesos, casi cuatro veces más que antes de la remodelación. Para muchos aficionados, estacionar el coche resulta más caro que asistir a otros eventos deportivos completos en la ciudad.

Y ahí empieza la comparación incómoda.

En marzo, para el Pumas vs Cruz Azul en Ciudad Universitaria, los boletos más accesibles costaban 313 pesos. Un boleto para ver a los Diablos Rojos en el Estadio Alfredo Harp Helú puede costar desde 150 pesos. Es decir, un asiento premium para beisbol profesional cuesta menos que muchas zonas intermedias del renovado Azteca.

La pregunta entonces ya no es cuánto cuesta ver fútbol. La pregunta es otra: ¿para quién se está diseñando esta experiencia?

Porque lo más revelador no está solo en la Liga MX. Está en el contraste con el propio Mundial de 2026. Un boleto de fase de grupos para la Copa Mundial de la FIFA en México arrancaba en aproximadamente 1,640 pesos. Eso significa que ciertos boletos para un partido regular de temporada ya compiten en precio con partidos mundialistas en el mismo inmueble, que durante el torneo se llamará oficialmente Estadio Ciudad de México.

Captura propia del portal de Fanki

 

El dato resulta todavía más llamativo cuando se observa lo que ocurre alrededor de la FIFA. Esta semana, The New York Times reveló que se reasignaron asientos ya vendidos y se crearon nuevas zonas premium, desplazando a compradores previos. Lo que ocurre con el Mundial responde a la misma lógica que ya estamos viendo en México: convertir el fútbol en una experiencia segmentada, cada vez más premium y menos popular.

El Estadio Azteca siempre fue un símbolo de multitudes. Hoy, su nueva versión parece apostar por otra narrativa: terrazas exclusivas y Chairman’s Club.

El problema no es modernizar un estadio. El problema es modernizarlo expulsando a quienes históricamente le dieron vida.

Porque cuando un clásico de Liga MX empieza a costar como un Mundial, el mensaje es claro: el fútbol sigue siendo pasión de masas, pero verlo en vivo empieza a convertirse en privilegio.

Captura propia del portal FIFA Tickets

 

 

 

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¿Quién gana con la jornada de 40 horas?

La jornada de 40 horas es un avance, pero sin garantizar descanso real ni atender traslados e informalidad, el cambio se queda corto frente a la vida cotidiana de millones de trabajadores.

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Un derecho no es algo que alguien te da; es algo que nadie te puede quitar.” — Ramsey Clark. 

Tras años de lucha y exigencia social, en México se aprobó la reducción de la jornada laboral a 40 horas este pasado 3 de marzo. Es un logro reclamado por trabajadores, sindicatos y familias que, durante décadas, pidieron tiempo para vivir y no solo para trabajar. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, el 73% de los trabajadores en México labora más de 40 horas por semana, lo que afecta su salud física y mental y propicia entornos laborales poco productivos debido al agotamiento. Como consecuencia de las condiciones laborales actuales, disponer de tiempo libre se ha convertido en un lujo y no en un derecho para las y los trabajadores del país.

Esta reforma laboral busca mejorar la calidad de vida de los trabajadores, fomentando un mejor equilibrio entre la vida personal y la laboral. Su implementación será gradual: disminuirá 2 horas laborales por año a partir de 2027 hasta llegar a las 40 horas en 2030, y establece que no se reducirá el salario, sino que se mantendrá tal como se percibe actualmente. Que la reducción sea gradual es comprensible por las adecuaciones que las empresas deben hacer y para no afectar sus ingresos de forma abrupta, sin embargo esta gradualidad debe acompañarse de medidas inmediatas de compensación para los trabajadores que exigen sus “40 horas ya.”

Por otro lado, hay un punto que no debemos ignorar: se aprobó la disminución de la jornada, pero no se garantiza que los trabajadores tengan dos días de descanso. Al no expresarse así en la iniciativa aprobada (pese a que se discutió este punto en ambas Cámaras) queda una laguna para el momento de aplicarse, pues los empleadores pueden decidir distribuir las horas de trabajo en más días; es aquí donde no podemos festejar un triunfo, porque no se asegura el descanso que tanto se presume.

Gran parte del sector obrero se desplaza a sus centros de trabajo en transporte público y solo en el traslado pueden pasar hasta 4 horas diarias, superando las dos horas y media promedio por viaje. Al no aclararse la distribución de los días en los que se deben cumplir las 40 horas totales, sigue viéndose afectada gran parte de la población, que puede verse obligada a laborar también los fines de semana, lo que reduce su tiempo de esparcimiento, familiar o simplemente de descanso.

A su vez, esta reforma tampoco beneficia a quienes laboran en la informalidad, pues no hay manera de registrar las horas de trabajo como se establece en el Decreto.

Si al presentar una reforma que busca mejorar la calidad de vida y el equilibrio trabajo-vida de los trabajadores mexicanos no tomamos en cuenta estas situaciones cotidianas, entonces no se está haciendo lo suficiente por ellos. Pese a que se llevaron a cabo más de 40 foros en diversas entidades, que reunieron a la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), representantes del sector privado, sindicatos, académicos y organismos internacionales y nacionales, no queda evidenciado que se hayan considerado todos los puntos importantes que afectan a las y los trabajadores de México.

El reclamo de contar con dos días de descanso aún persiste. Si lo que se busca es reivindicar a la clase trabajadora y saldar una deuda histórica, hay que ir más allá y garantizar cambios reales en la dinámica cotidiana de las y los trabajadores: regular la distribución de la semana laboral para proteger los fines de semana, asegurar el registro efectivo de las jornadas (incluida la informalidad) y promover medidas de movilidad y vivienda que reduzcan los tiempos de traslado, para así construir una política laboral efectiva y lograr una sociedad más satisfecha que pueda realmente disfrutar su tiempo y no solo el tiempo que le sobra.

 

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