En México, hablar de educación va mucho más allá de aulas y calificaciones. Las escuelas también sostienen cuidados, alimentación, salud emocional y comunidad. Cuando el sistema educativo falla, las consecuencias alcanzan directamente a las infancias y a las familias.
Hablar del sistema educativo en México suele reducirse a cifras de cobertura, resultados de pruebas estandarizadas o debates. Sin embargo, existe una dimensión menos visible y profundamente estructural y es que la educación también es una política de cuidados. Las escuelas no solo enseñan matemáticas o historia; alimentan, contienen emocionalmente, socializan, protegen y sostienen la vida cotidiana de millones de niñas, niños y adolescentes. Cuando el sistema educativo falla o falta, no únicamente se deteriora el aprendizaje, además se fractura una red de cuidados indispensable para las familias y para el desarrollo de las infancias.
México arrastra históricamente profundas desigualdades educativas vinculadas con pobreza, género, racismo y territorio. Las brechas son particularmente severas en comunidades indígenas, afromexicanas, rurales y perifericas, donde asistir a la escuela implica enfrentar trayectos largos, infraestructura precaria, falta de conectividad y escasez de docentes. En estos contextos, la escuela no representa únicamente un espacio académico; muchas veces es el único lugar seguro, comunitario y de acompañamiento cotidiano para las infancias.
La pandemia evidenció con crudeza esta realidad. El cierre de escuelas no solo provocó rezagos educativos, sino que trasladó completamente el trabajo de acompañamiento escolar a los hogares, especialmente hacia las mujeres. Madres, abuelas y hermanas asumieron jornadas dobles y triples para sostener tareas, clases virtuales y cuidados emocionales, muchas veces sin acceso a internet, dispositivos o tiempo suficiente. La crisis mostró algo que durante años permaneció invisibilizado y es que el sistema educativo descansa, en gran medida, sobre trabajo de cuidados no remunerado.
En México, millones de mujeres organizan su vida laboral alrededor de los horarios escolares. La escuela funciona como un soporte cotidiano que permite trabajar, trasladarse o generar ingresos. Cuando no existen escuelas de tiempo completo, comedores escolares o servicios de acompañamiento, la carga de cuidados regresa automáticamente a las familias y, dentro de ellas, principalmente a las mujeres. Por ello, desmantelar programas educativos o reducir presupuestos no es una decisión exclusivamente pedagógica; también tiene consecuencias económicas y emocionales para los hogares.
El impacto en las infancias es igualmente profundo. Un sistema educativo debilitado genera niños y niñas más expuestos a violencia, abandono escolar, trabajo infantil y afectaciones a la salud física y mental. La escuela es uno de los primeros espacios donde las infancias aprenden convivencia, autonomía, resolución de conflictos y construcción de comunidad. Cuando las escuelas carecen de personal capacitado, atención psicoemocional o condiciones dignas, las niñas y niños absorben entornos de estrés, incertidumbre y precariedad.
Además, muchas escuelas siguen operando bajo esquemas poco sensibles a contextos culturales y territoriales diversos. Las infancias indígenas y afromexicanas enfrentan currículos que rara vez reflejan sus historias, identidades o realidades comunitarias. La exclusión educativa no siempre ocurre por ausencia física de escuelas; también sucede cuando las niñas y niños no logran verse representados dentro de ellas.
El otro elemento frecuentemente ignorado es el cansancio emocional de las infancias. En un país atravesado por violencia, crisis económicas y desigualdad, muchas niñas y niños llegan a las aulas cargando ansiedad, miedo o estrés familiar. Sin embargo, el sistema educativo mexicano continúa priorizando modelos de productividad y evaluación antes que el bienestar emocional. Hablar de educación sin hablar de salud mental, alimentación, descanso y acompañamiento afectivo es ignorar que aprender también depende de sentirse seguro.
Por ello, discutir el futuro educativo de México exige incorporar una perspectiva de cuidados. Esto implica entender que invertir en educación no solo produce talento, sostiene la vida colectiva. Una escuela con alimentos, atención socioemocional, espacios seguros, horarios dignos y enfoque comunitario es también una política de prevención de violencia, reducción de desigualdades y fortalecimiento democrático.
México necesita repensar su sistema educativo como una red pública de cuidados capaz de sostener a las infancias y también a quienes las cuidan. De lo contrario, seguiremos tratando la educación como un servicio aislado, cuando en realidad es uno de los pilares fundamentales para garantizar igualdad, bienestar y futuro.
Elvira Janett Lucio Duana es feminista, mamá y consultora en innovación social, especializada en proyectos de emprendimiento, gobierno y salud psicoemocional. Es codirectora de Aúna en Ciudad de México, donde impulsa liderazgos y agendas con perspectiva de género.
Es activista y defensora de derechos humanos, con experiencia en el diseño e implementación de iniciativas de impacto social desde el sector público y privado. Ha trabajado en espacios de incidencia y toma de decisiones, incluyendo su labor como Secretaria Particular de Jorge Castañeda y como Asesora de Asuntos Multilaterales en la Secretaría de Turismo.
En 2024 fue seleccionada como Fellow del Global Cohort de How Women Lead, un programa internacional de liderazgo para mujeres que impulsan agendas sociales.
Estudió Relaciones Internacionales, cuenta con una maestría en Administración Pública y formación en liderazgo, feminismo y derechos humanos.
Estudió Relaciones Internacionales y tiene una maestría en Administración Pública. Fue miembra de la Asociación Mexicana de Medios de Comunicación, asesora del COMCE Estado de México, asesora de asuntos multilaterales en la Coordinación de Asesores de la SECTUR Federal y colaboró con Jorge Castañeda Gutman.
La intención de adelantar el cierre del ciclo escolar volvió a abrir una discusión urgente: en México, la educación no solo enseña, también sostiene a millones de familias. Reducir las aulas a “tiempos muertos” ignora la realidad social, económica y emocional de las infancias y de quienes las cuidan.
El pasado 07 de mayo, el Secretario de Educación Pública, Mario Delgado, emitió un comunicado en el cual se buscaba adelantar el cierre del ciclo escolar 2025-2026 para educación básica (preescolar, primaria y secundaria), para escuelas tanto públicas como privadas al 05 de junio en vez del 15 de julio, como ya estaba establecido. La razón por la que se buscaba adelantarlo fue por las altas temperaturas y el Mundial de Futbol 2026.
Esto provocó inmediatamente el rechazo de muchos padres de familia, y con justa razón. No todas las familias viven bajo las mismas condiciones económicas y sociales. En México, millones de hogares dependen del ingreso de ambos padres para sostenerse, lo que implica que durante el horario escolar muchos niños y niñas no tienen quién pueda cuidarlos en casa. A ello se suma que, de acuerdo con datos del INEGI, alrededor del 28% de las infancias en el país vive únicamente con su madre, reflejando la realidad de miles de mujeres que deben asumir simultáneamente las responsabilidades de crianza, cuidado y sustento económico. Además, existen familias para las que resulta imposible costear un mes adicional con sus hijos en casa, ya sea por la pérdida de ingresos, la falta de redes de apoyo o el alto costo de actividades recreativas, cursos de verano y servicios de cuidado infantil.
Lo que vimos en días recientes respecto a la intención de finalizar anticipadamente el ciclo escolar no es un hecho menor, es un reflejo de la importancia que nuestras autoridades le dan a la educación de los niños y niñas de nuestro país, quienes se han preocupado más por utilizar a la educación para fines electorales que académicos. Una decisión de esta magnitud no solo impacta el aprendizaje, sino también la estabilidad y organización de millones de familias mexicanas, pues la escuela en México no solamente cumple la función de educar, sino de ser un soporte para las familias para balancear sus actividades tanto laborales como familiares.
Sobre las “altas temperaturas”, cabe mencionar que no todas las entidades federativas tienen el mismo clima y recortar clases no es la manera de resolver ese problema, sino realmente invertir en infraestructura de calidad, o bien instalar puntos de hidratación en escuelas para prevenir golpes de calor o síntomas de deshidratación y que así las condiciones climáticas no sean un obstáculo para asistir a clases.
Por otro lado, el Mundial de Futbol 2026 no afecta de la misma manera a todo el país. Si bien ciudades como la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey son sedes de este magno evento y pueden representar problemas de movilidad por la presencia de extranjeros en sus territorios, el resto de las entidades federativas no tienen algún impedimento para asistir con regularidad a sus escuelas.
Tras la reacción de los padres de familia, el pasado lunes 11 de mayo se llevó a cabo una Sesión Extraordinaria de Secretarios de Educación, en conjunto con padres, madres de familia y el magisterio, a fin de tomar una decisión definitiva sobre el cierre del ciclo escolar 2025-2026.
En dicha Sesión Extraordinaria, el Secretario de Educación buscó justificar su irresponsable argumentando diciendo lo siguiente:
“Tras la entrega de calificaciones hay una inercia en las escuelas en todo el sistema educativo; después del 15 de junio, se cae en un periodo que en realidad se aprovecha para la descarga administrativa hasta mediados de julio. Se mantienen las aulas abiertas realmente sin un propósito pedagógico, solo por cumplir un conteo; se desvirtúa la dignidad docente y se convierte la escuela en una estancia forzada. Ese tiempo muerto a veces es burocracia que roba espacio a la convivencia familiar y a la salud mental de nuestra niñez.”
Si la situación es que sobra tiempo del ciclo escolar, lo ideal sería evaluar los planes de estudio a fin de incluir temas provechosos para el final del ciclo escolar; por ejemplo, se les podrían asignar actividades artísticas o culturales que realmente beneficiarían la salud mental de la niñez, en vez de mandarlos a sus casas, en donde la mayoría de los niños y niñas no estarán supervisados y estarán expuestos a la inseguridad de las calles. Por otro lado, es relevante mencionar que el horario escolar para millones de familias mexicanas no es tiempo de convivencia familiar, por lo que esta propuesta resulta completamente irrealista.
Afortunadamente, tras esta sesión, en la cual existió pluralidad de opiniones y debate, se determinó que el Calendario Escolar 2025-2026 se mantendría sin modificaciones, concluyendo el 15 de julio. Uno de los aspectos más rescatables de esta discusión fue que finalmente se escucharon las voces de los padres de familia, quienes serían los principales afectados por una decisión de esta naturaleza. La participación ciudadana y la expresión colectiva siempre serán fundamentales para fortalecer la democracia y defender los derechos de las y los mexicanos. Más aún cuando se trata de temas tan sensibles e importantes como la educación de las niñas y niños, pues invertir en ellos significa también apostar por el futuro y el verdadero progreso de nuestro País.
Actúa de forma que los efectos de tus acciones sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana y con la supervivencia del planeta.
Desde el desarrollo humano y el crecimiento personal, esta frase nos invita a reflexionar sobre la importancia de reconocer aquello que verdaderamente nos hace humanos. Cada acción que realizamos tiene un impacto, no solo en nuestra propia vida, sino también en las personas que nos rodean. Por eso es importante cuidar la manera en que pensamos, sentimos y actuamos cada día.
Tal vez parezca una idea sencilla o incluso fantasiosa, pero también profundamente esperanzadora: ¿qué sucedería si comenzáramos a cuidar la forma en que tratamos a los demás?, ¿si eligiéramos actuar con empatía, cordialidad y respeto? Hoy en día esto representa un gran reto, porque muchas veces vivimos atrapados en nuestras propias preocupaciones, intentando sobrevivir a los desafíos de la vida, olvidando mirar al otro.
Sin embargo, cuando nos permitimos encontrarnos verdaderamente con las personas y mostrar lo mejor de nosotros, algo cambia. La mayoría de las veces recibimos mucho de lo que damos. ¿Alguna vez has intentado sonreírle a alguien que no conoces? ¿Te has dado cuenta de cómo puede transformarse ese pequeño instante?
Ser humano implica practicar diariamente la empatía, la sensibilidad y la humildad.” La palabra humano proviene del latín humanus, relacionada con humus, que significa “tierra” o “suelo”. Etimológicamente hace referencia al “ser de la tierra” o “ser terrenal”. Esta raíz también se conecta con palabras como humildad y humilde, recordándonos que somos seres sensibles, orgánicos y profundamente ligados a la vida.”
Quizá por eso nos afecta emocionalmente ver el deterioro del planeta, los cambios climáticos o los animales en peligro de extinción. Porque la naturaleza también nos sostiene, nos abraza y muchas veces nos ayuda a sanar emocionalmente. Olvidamos que somos parte de ella.
La vida no es eterna. Nuestro tiempo aquí es limitado. Entonces, ¿por qué no comenzar a transformar nuestras acciones cotidianas? ¿Hace cuánto no volteas a ver las necesidades afectivas de las personas que están a tu lado? Dar también nos transforma. En la medida en que damos, muchas veces también nos llenamos.
Conozco a una persona que mínimo cada mes lleva café, pan y tortas a los hospitales. Abre la cajuela de su camioneta y junto con sus hijos y nietos reparte alimento a quienes esperan afuera. Ella dice que la alegría que siente al dar es tan grande, que ahora sus hijos también disfrutan acompañarla. Ese tipo de acciones profundamente humanas transforman nuestra manera de sentir y de mirar la vida.
Pero también existe el otro lado. En alguna ocasión escuché a una persona decir: “Hay que quitarles a los que más tienen”. Y aunque entiendo que detrás de esas palabras puede haber enojo o carencia, le respondí que debíamos tener cuidado con esa idea, porque no se trata de quitar, sino de construir una humanidad más consciente. Siempre habrá alguien con menos que nosotros, y no nos gustaría vivir en un mundo donde el daño y el resentimiento sean la respuesta.
No somos seres aislados. Lo que hacemos impacta positiva o negativamente a otros. Una de las peores formas de violencia es no sentirse visto, amado o reconocido. Los seres humanos necesitamos afecto, pertenencia y dignidad.
Entonces, ¿qué nos hace auténticamente humanos? Tal vez la capacidad de elegir conscientemente nuestras acciones. Elegir la empatía sobre la indiferencia, la humildad sobre el egoísmo, el respeto sobre la violencia.
Porque cada acto, positivo o negativo, deja una huella en nosotros y en los demás. Observa cómo se siente tu interior cuando eres justo, honesto, amable o empático. Y también observa qué sucede dentro de ti cuando actúas desde la agresión, la indiferencia o el daño.
Tanto lo bueno como lo malo crecen con la práctica. Por eso, cada día tenemos una elección: seguir endureciéndonos… o volvernos más humanos.
Entre tantas noticias difíciles, todavía existen momentos que recuerdan quiénes somos. La visita de BTS a México dejó algo más grande que conciertos llenos: una muestra de solidaridad, empatía y humanidad que también forma parte del país que habitamos.
Escribo esto con la convicción de que somos más los buenos. Esta es una carta a la bondad que habita en cada uno de nosotros y un recordatorio necesario para que no se nos olvide qué es, en realidad, este país.
El espectáculo que dieron las Army en la reciente visita de BTS a México es una prueba de ello. Hay miles de videos circulando donde se ve a la gente ayudándose, cuidando que el de al lado tuviera una buena experiencia. Me conmovió el chofer del Metro que decidió bajar la velocidad de la marcha del tren para que las fans que iban a bordo pudieran ver la última parte del concierto.
Estos gestos me hacen pensar que las y los mexicanos nos seguimos uniendo para las cosas buenas. No tiene que haber una desgracia para que nos unamos; no tiene que haber un terremoto para que nos solidaricemos. Eso es lo que hace grande a nuestro país y ese es el México por el que todas y todos tenemos que luchar: el que nos permite recordarnos, vernos los unos a los otros y saber que somos más grandes que la corrupción, que el narcotráfico, que la ilegalidad y que la criminalidad.
Somos más las y los mexicanos que queremos ver triunfar al que se esfuerza diario. Somos más quienes queremos ver titularse al chavo que se para a las 4:00 de la mañana para llegar a su clase de 7:00 am. Somos más los que queremos que el señor que entra a trabajar al alba y sale a las ocho de la noche llegue a su casa con un salario digno. Somos más los que queremos que las madres buscadoras encuentren, por fin, el consuelo de la verdad. Somos más lo que queremos que cada persona que hoy falta en una mesa regrese con vida a su hogar. Somos más los que queremos ver sano al que hoy lucha contra una enfermedad. Somos más los que deseamos que las y los niños crezcan en un entorno seguro.
Sé que no estamos jodidos porque mientras esa bondad siga dentro de nosotras y nosotros, seguiremos siendo una gran nación. Somos un país de gente buena, necesitamos recordarlo.