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Lo mínimo que debes saber para debatir sobre los pluris: qué son, qué no son y por qué molestan tanto

Los plurinominales no son el problema: lo son las listas cerradas que controlan las cúpulas partidistas. Abrirlas devolvería poder a la gente.

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Las reformas electorales son uno de los temas que más pasiones despiertan en la política mexicana, pero también uno de los menos comprendidos. Esto no es casual: la legislación electoral es la regla madre del sistema de asignación del poder político. Determina quién gana, cómo se gana y bajo qué condiciones se pierde. Por eso, importa mucho a muchos. Y por eso mismo, el debate suele estar profundamente distorsionado. Los actores políticos que promueven o resisten una reforma electoral tienen intereses estratégicos claros: nadie cambia las reglas de acceso al poder para dejar de acceder a él. Casi siempre sucede lo contrario: se buscan reglas que les aseguren una ventaja o, al menos, reduzcan su vulnerabilidad. Esta tensión entre el interés público y el interés partidista atraviesa todas las discusiones sobre reforma electoral.

Y por eso vale la pena entender bien de qué estamos hablando.

Cámara de Diputados (México) - Wikipedia, la enciclopedia libre

En las últimas semanas el debate sobre una reforma electoral recobró fuerza y entre tantas opiniones publicadas, para las y los ciudadanos que legítimamente buscan comprender qué está pasando resulta casi imposible formar un criterio sólido y basado en verdades.

Uno de los puntos más mencionados —y también más malinterpretados— en el debate sobre la reforma electoral es la diferencia entre los diputados de mayoría relativa y los de representación proporcional. Aunque está en el centro de muchas discusiones, pocas veces se explica con claridad. Por eso, esta columna busca aportar luz al tema: explicar de manera sencilla qué son estos dos tipos de representación, cómo funcionan dentro del sistema electoral mexicano y qué implicaciones tienen. Para ello, divido el texto en varios apartados. Primero, presento lo esencial para entender los sistemas electorales en el mundo y el modelo mixto que adoptó México. Después, desmonto algunas de las principales confusiones, mentiras o verdades a medias que suelen circular en redes y medios de comunicación.

Sistemas electorales: lo básico

En términos generales, existen tres grandes familias de sistemas electorales a nivel mundial: los de mayoría, los proporcionales y los mixtos.

En un sistema de mayoría relativa, como el del Estados Unidos, el país se divide en distritos que a menudo son uninominales (no siempre) —es decir que cada uno elige a una sola persona— y gana quien obtenga más votos, sin importar si esa mayoría es absoluta o no. Este modelo privilegia la representación territorial y tiende a premiar a los partidos grandes, ya que basta ganar por un voto para quedarse con todo el distrito.

Por contraste, en un sistema proporcional puro, como los de Suecia, Países Bajos o Israel, los escaños se asignan de manera directa en proporción a los votos que obtiene cada partido a nivel nacional. Suele haber listas partidistas en distritos plurinominales, donde se eligen varios representantes. El objetivo es que el parlamento refleje con fidelidad la diversidad de preferencias políticas de la ciudadanía.

Cómo son las boletas electorales y sus medidas de seguridad?

Finalmente, los sistemas mixtos, como el mexicano o el alemán, combinan ambas lógicas. Hoy en México elegimos 500 diputadas y diputados: 300 mediante mayoría relativa, en distritos uninominales; y 200 por representación proporcional, en listas cerradas, divididas en cinco grandes circunscripciones (de ahí que cada una tenga una magnitud distrital de 40 curules y se les llame plurinominales).

Este modelo mixto buscó corregir los efectos excluyentes de un sistema de mayoría pura, como el que México tuvo durante buena parte del siglo XX, cuando el PRI gobernaba con mayorías aplastantes.

Cada sistema tiene ventajas y limitaciones. La mayoría relativa ofrece representación territorial clara: cada distrito tiene su diputada o diputado, lo que puede facilitar la rendición de cuentas local. Sin embargo, tiende a sobre-representar a los partidos grandes y a excluir a los pequeños, incluso si tienen respaldo significativo a nivel nacional.

La representación proporcional, por su parte, permite que la composición del Congreso refleje mejor la diversidad política del país. Da voz a minorías, incentiva la colaboración multipartidista y reduce los riesgos de gobiernos autoritarios con mayoría artificial. Pero, si las listas son cerradas, también puede promover la opacidad y la desconexión con la ciudadanía.

En México, ambos sistemas tienen hoy el mismo problema: los legisladores no deben su cargo directamente al electorado, sino a las dirigencias partidistas. Reformar esto no requiere necesariamente eliminar a los “pluris”. Requiere repensar cómo se seleccionan las candidaturas y cómo se construyen las listas, para devolver poder real a la gente.

¿Un sistema puramente mayoritario sería mejor?

No necesariamente. En sistemas multipartidistas, como el mexicano, un modelo totalmente mayoritario puede limitar el acceso de opciones políticas y dificultar la formación de consensos, además de distribuir escaños de manera poco proporcional respecto de los votos emitidos. Según la ley de Duverger, un sistema de mayoría relativa pura también tiende a bipartidizar el sistema político, lo cual puede parecer deseable para algunos, pero implicaría una pérdida de pluralismo en un país con realidades tan diversas.

Para ilustrar por qué esto puede ser problemático, imaginemos un país con tres distritos uninominales y tres partidos:

  • En el distrito 1, el partido A obtiene 20 votos, el partido B obtiene 3 votos, y el partido C obtiene 8 votos. El ganador sería el partido A.
  • En el distrito 2, el partido A obtiene 8 votos, el partido B obtiene 9 y el partido C logra 8 votos. El ganador sería el partido B.
  • En el distrito 3, el partido A obtiene 9 votos, el partido B logra 10 votos y el partido C consigue 9. El partido B vuelve a ganar.

El resultado final sería el siguiente:

  • El partido A obtendría 1 solo curul a pesar de tener un total de 37 votos, más que cualquier otro partido.
  • El partido B, por el contrario, obtendría 2 curules con tan solo 22 votos, menos que sus competidores.
  • Finalmente, el partido C no lograría tener ni un solo curul a pesar de haber obtenido 25 votos, más votos que el partido B.

Tabla 1. Resultados por distrito

Distrito Partido A Partido B Partido C Partido ganador
Distrito 1 20 votos 3 votos 8 votos Partido A
Distrito 2 8 votos 9 votos 8 votos Partido B
Distrito 3 9 votos 10 votos 9 votos Partido B

 

Tabla 2. Totales y asignación de curules

Partido Total de votos Curules ganadas Comentario breve
Partido A 37 1 El más votado, pero con solo un curul
Partido B 22 2 Gana más curules con menos votos que A y C
Partido C 25 0 Más votos que B, pero sin representación

 

La conclusión es clara: los sistemas de mayoría relativa pueden distorsionar radicalmente la voluntad popular. El que gana en cada distrito lo gana todo, aunque haya sido apenas por un voto y su volumen nacional de votos sea bajo. Con este sistema, un partido que en realidad es minoritario en votos nacionales puede controlar un poder nacional, como el legislativo.

Por eso, algunos especialistas han propuesto sistemas proporcionales con listas abiertas y magnitudes distritales altas, como cinco grandes circunscripciones de 100 escaños cada una para el caso mexicano. Esto permitiría mantener proporcionalidad entre votos y escaños, a la vez que devolvería a la ciudadanía la posibilidad de decidir quiénes llegan al Congreso.

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¿Representación proporcional es lo mismo que “pluris”?

No exactamente. En la jerga mexicana, se les llama “pluris” a los diputados que no fueron elegidos en un distrito uninominal, sino mediante listas partidistas. Técnicamente, plurinominal significa que se elige a más de una persona por distrito, a diferencia de los distritos uninominales. En México, los 200 diputados de representación proporcional se eligen en cinco circunscripciones, cada una con una magnitud de 40 curules. Es decir que se eligen 40 diputados por circunscripción.

En esas listas, cada partido ordena a sus candidatos y los escaños se asignan de acuerdo con el porcentaje de votos que obtienen en cada circunscripción. Los nombres que ocupan los primeros lugares de la lista son los primeros en entrar al congreso, ya que se benefician rápidamente de los votos de representación proporcional. Lo que molesta a muchos ciudadanos, a menudo sin que siquiera lo sepan, no es la representación proporcional en sí, sino el hecho de que estas listas sean cerradas y bloqueadas, es decir, que los votantes no elijan a las personas que componen las listas de pluris y los lugares que ocupan en las mismas. Actualmente, ese es un derecho reservado para los partidos.

Esta molestia está más que justificada. Muchos de los personajes más oscuros de la política mexicana —ya sean los tradicionales Beltrones, Gamboa Patrón o los más recientes Monreal, Alito o Marko Cortés— han llegado al Congreso por esta vía, evitando competir en mayoría relativa. Esto ocurre porque controlan las listas partidistas y las usan como vía segura de acceso al poder legislativo.

Pero la trampa es suponer que ese problema se resuelve eliminando la representación proporcional en circunscripciones pluris. La solución no es suprimir la representación proporcional, sino abrir las listas. En un sistema de listas abiertas, el elector no solo vota por un partido, sino que puede indicar directamente a quién quiere ver en el Congreso, es decir que puede elegir directamente a sus pluris. Esto democratiza las candidaturas y rompe con el control de las cúpulas partidistas.

Aún más: si de verdad queremos que los legisladores rindan cuentas a la ciudadanía —y no a los partidos que los nominaron— lo más efectivo sería introducir elecciones primarias abiertas para seleccionar candidaturas. Ningún partido en México ha querido ceder ese control, porque la capacidad de decidir quién aparece en la boleta es una de las fuentes más poderosas de su influencia interna.

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Incentivos perversos y alternativas reales

Uno de los problemas del sistema actual —y que aplica a los 500 legisladores de la cámara baja sin distinción— es que todos deben su cargo a los partidos, no directamente a la ciudadanía. Ya sea por haber sido elegidos en un distrito “seguro” o por aparecer en una lista cerrada, los incentivos para disciplinarse al aparato partidista están garantizados. Esto reduce la independencia legislativa y la calidad del debate parlamentario.

Eliminar la representación proporcional no resolvería este problema. Si lo que se busca es fortalecer la rendición de cuentas y el vínculo entre electores y representantes, una mejor alternativa sería, como ya se dijo, implementar mecanismos como elecciones primarias abiertas para seleccionar candidatos, y, sobre todo, listas proporcionales abiertas, donde las y los votantes puedan elegir directamente a las personas y no solo al partido.

Desde mi perspectiva, el mejor camino sería el que hoy es poco popular (porque no se comprende bien). Transitar hacia un sistema de representación proporcional pura, es decir eliminando a todos los diputados de Mayoría Relativa, con circunscripciones plurinominales amplias y listas abiertas permitiría reflejar con precisión la pluralidad política del país, empoderar a la ciudadanía para decidir quiénes llegan al poder, y reducir el control discrecional de las dirigencias partidistas. Claro, existen también otras propuestas válidas, como reducir el número de legisladores o ajustar la magnitud distrital, pero sin democratizar las candidaturas y abrir las listas, esos cambios serían cosméticos.

En fin, el debate sobre la reforma electoral debe ir más allá del odio a los “pluris” o la nostalgia por los viejos sistemas. Necesitamos entender cómo funciona nuestro sistema y cuáles son sus incentivos reales para que derive en unos u otros resultados. La pregunta no es solo cuántos diputados queremos, sino cómo queremos que lleguen ahí, a quién deben su representación, y a quién deben rendir cuentas.

Modificar el sistema electoral sin esta comprensión puede terminar reforzando los mismos vicios que hoy se critican.

 

Abayubá M. Z. Duché García es doctor en Ciencias Sociales con mención en Ciencia Política por la FLACSO México, y cuenta con una sólida formación académica complementada por estudios en relaciones internacionales, derechos humanos, gobierno, administración pública, análisis político y comunicación. Su trayectoria profesional se distingue por una marcada vocación por el sector no gubernamental, el servicio público, la investigación aplicada y la generación de conocimiento útil para la toma de decisiones en contextos complejos. A lo largo de su carrera, ha enfocado su labor académica y profesional en el estudio de la democracia, los sistemas de partidos, la transparencia, la corrupción política y los derechos humanos. Ha ocupado cargos clave en organizaciones no gubernamentales e instituciones públicas, donde ha desarrollado políticas públicas y soluciones tecnológicas orientadas a la transparencia y la rendición de cuentas. Como académico y analista, ha sido profesor de sociología, historia y ciencia política y ha dirigido proyectos de investigación en organizaciones de la sociedad civil, donde ha elaborado productos de análisis sobre temas fundamentales como el Estado de derecho, la corrupción, la militarización, y la seguridad pública. Además, ha participado activamente en causas relacionadas con migración y comunidades vulnerables, tanto en México como en Estados Unidos, lo que refleja un compromiso transversal con los derechos humanos y la justicia social.

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México en el T-MEC: socio o proveedor

El T-MEC ya no es solo comercio: es poder. México enfrenta una decisión clave: asumir un rol activo en la economía de América del Norte… o quedarse como proveedor en reglas que otros definen.

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La mesa está lista para recibir al representante comercial de Estados Unidos y continuar con las negociaciones del T-MEC, en un momento que, aunque se presenta como una ronda más de diálogo, en realidad forma parte de un proceso mucho más amplio que definirá el lugar que México va a ocupar en la economía del futuro. Hoy, funcionarios estadounidenses llegan a la Ciudad de México para avanzar en temas que van desde reglas de origen y aranceles hasta inversión, propiedad industrial, cadenas de suministro y minerales críticos, lo que deja claro que no se trata de un solo ajuste, sino de una reconfiguración completa del acuerdo.

T-MEC y Trabajo

Y es que negociar con el gobierno de Donald Trump nunca ha sido, ni será, un proceso que deje tranquilo a México, sobre todo cuando lo que está en juego es el tratado que sostiene buena parte de su estabilidad económica, porque más allá de la relación comercial, se trata de una negociación con un socio que históricamente ha sido exigente, riguroso y dispuesto a presionar cuando sus intereses están en riesgo, lo que convierte cada revisión en algo más que un trámite técnico y la vuelve un momento de definición en el que México no solo defiende lo que ha construido, sino que también se ve obligado a adaptarse a condiciones cada vez más estrictas.

En ese sentido, lo que Estados Unidos está buscando no es únicamente ajustar reglas, sino reorganizar la producción dentro de su propia región para depender menos de Asia y, al mismo tiempo, asegurar que sectores estratégicos como la industria automotriz, los minerales críticos y las tecnologías emergentes queden bajo su control, de manera que el endurecimiento de las reglas de origen funciona como una herramienta para empujar inversión, procesos productivos y generación de valor hacia América del Norte, cerrando espacios para que México siga operando como un puente de entrada de insumos externos.

Sin embargo, este reacomodo no ocurre en condiciones de igualdad y, por el contrario, coloca a México en una posición más compleja, porque mientras Estados Unidos llega con una estrategia industrial clara y con capacidad para imponer estándares, México enfrenta el reto de no limitarse a defender lo que ya tiene, sino de adaptarse a un escenario que inevitablemente está cambiando, lo que implica mantener la certidumbre para no poner en riesgo la integración económica, pero también aprovechar la negociación para fortalecer su capacidad productiva, reducir dependencias y avanzar dentro de las cadenas de valor, ya que de lo contrario el riesgo no es salir del acuerdo, sino permanecer en él bajo condiciones que lo mantengan en un papel subordinado.

Cuántos tratados y acuerdos de comercio tiene México?

Bajo este contexto, la reunión que hoy se lleva a cabo en México deja ver una tensión de fondo entre lo que Estados Unidos quiere construir y lo que México necesita preservar, porque mientras desde Washington se impulsa una reconfiguración de las cadenas de suministro bajo criterios de seguridad económica, del lado mexicano el margen de maniobra está marcado por una dependencia estructural que no se puede ignorar, ya que más del ochenta por ciento de sus exportaciones dependen del mercado estadounidense, lo que hace que cualquier cambio en las reglas tenga un impacto directo en el crecimiento, la inversión y el empleo.

Por eso, el sector empresarial mexicano no está planteando una transformación radical del acuerdo, sino que insiste en algo más básico pero urgente, que es la certidumbre, porque cuando las reglas cambian constantemente no solo se afecta la competitividad, sino también la capacidad de planear, invertir y sostener operaciones a largo plazo, y en ese sentido lo que defienden no es una postura conservadora, sino una condición mínima para que el modelo actual siga funcionando, aun cuando reconocen que la presión de Estados Unidos obligará a hacer ajustes graduales, como fortalecer cadenas regionales o aumentar el contenido local, lo que inevitablemente implica costos adicionales y exige capacidades que no siempre están desarrolladas.

El T-MEC no se está revisando solo para mantener el comercio funcionando, sino para definir cómo se organizará la economía de América del Norte en los próximos años y, en ese escenario, México enfrenta una decisión que es más profunda de lo que parece: asumir un papel activo en esa transformación o permanecer dentro de ella bajo reglas que otros están diseñando.

La revisión del T-MEC y sus implicaciones para México y América del Norte  enfocado en la sostenibilidad | Dicho & Derecho

 

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El país de los vidrios rotos: la impunidad como invitación

La impunidad no solo es falta de castigo: es una invitación. Cuando nadie responde, el mensaje es claro: aquí no pasa nada. Y así, poco a poco, el desorden deja de ser excepción… y se vuelve regla.

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Nací y crecí en Tetelco, mi pueblo en Tláhuac. No es solo un lugar con el que me identifico; es parte de lo que soy. Es una comunidad donde, como en tantas otras, las personas trabajan arduamente para ganarse lo que tienen. En Tetelco, la cultura del esfuerzo es un valor compartido y una necesidad diaria: la gran mayoría vive de lo que genera en su jornada y no existe el lujo de no trabajar. El compromiso con el esfuerzo es lo que mantiene a la comunidad en pie.

Hoy, mi camino profesional me ha llevado a rentar en la colonia Del Valle. Esta mudanza no fue una casualidad, sino parte de esa migración interna que enfrentamos quienes crecemos en la periferia: la necesidad de movernos hacia donde se concentran las oportunidades para poder crecer. En esta transición, he notado una paradoja que me obliga a reflexionar.

A pesar de que en Tetelco conozco a mis vecinos y ese sentido de comunidad me hace sentir protegido, crecí —como muchos ahí— con la costumbre de estar siempre alerta. Al caminar de noche, el instinto te dicta estar pendiente de cada sombra, voltear a los lados y cuidar el entorno. Al mudarme a la Del Valle, noté que esa necesidad de alerta disminuyó drásticamente. Esto no tiene que ver con las personas que habitan un lugar u otro; tiene que ver con la presencia o el abandono de las instituciones.

En comunidades como Tetelco, quienes delinquen a menudo no son personas del pueblo, sino externos que saben perfectamente que ahí hay menos vigilancia y que la autoridad suele ser omisa. Eligen la periferia porque saben que el costo de romper la ley es casi inexistente. En cambio, en zonas con mayor presencia del Estado, el que delinque sabe que la probabilidad de una consecuencia es real. La diferencia en nuestra tranquilidad no la hace el nivel de ingresos del vecino, sino la certeza de que la ley se aplica.

Archivo:Una vista de la Colonia Del Valle, CDMX, 2022.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Esta realidad nos remite a la “Teoría de las Ventanas Rotas“. En 1969, un experimento demostró que un auto abandonado en una zona con vigilancia permanecía intacto hasta que alguien rompía el primer vidrio. A partir de esa ventana rota, el entorno recibía una señal clara: “aquí a nadie le importa lo que pase“. Inmediatamente, la transgresión se normalizaba y el caos se extendía.

La impunidad, entonces, no es solo la falta de castigo para un culpable; es una invitación abierta para que el desorden crezca. Cuando el entorno percibe que lo incorrecto se tolera, la resolución de cumplir las normas se debilita para todos.

En México, los datos del INEGI (ENVIPE 2025) nos indican que habitamos un edificio con demasiados vidrios rotos. Con una “cifra negra” del 93.2%, la ciudadanía ha entendido que denunciar suele ser un esfuerzo estéril. Esta realidad nos dice que la impunidad se ha vuelto transversal, pero se ensaña especialmente con las periferias que el Estado ha dejado en segundo plano.

Teoría de la ventana rota: ¿que es? | Windowo

Frente a este escenario, la solución por supuesto no es criminalizar la pobreza —un prejuicio que debemos erradicar—, sino exigir que el poder público asuma su responsabilidad. Necesitamos, además, más comunidad en la ciudad: conocernos los unos a los otros, construir redes de empatía y preocuparnos por lo que le sucede al vecino. Al mismo tiempo, necesitamos mayor presencia institucional. Ninguna de estas dos necesidades excluye a la otra; ambas son indispensables.

Al final del día, la razón primaria por la que se creó el Estado es precisamente para proteger al ciudadano y evitar que este tenga que protegerse a sí mismo. Para eso le cedimos el monopolio del uso legítimo de la fuerza y la capacidad de garantizar la paz. Cuando el Estado deja de hacer su trabajo, especialmente en las periferias, la comunidad se ve obligada a hacerlo por él. Al intentarlo, la comunidad se expone de manera injusta, porque no cuenta con los recursos, las herramientas ni la capacidad de fuego que el Estado sí tiene.

Reparar las ventanas de nuestra sociedad exige que la autoridad cumpla su mandato originario con la misma diligencia en cada rincón del país, para que la comunidad no tenga que vivir defendiéndose. Solo así lograremos que la seguridad deje de depender de un código postal y vuelva a ser lo que siempre debió ser: el derecho de todos.

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No fue un error… es lo que seguimos normalizando

No fue un error. Fue lo que pensamos y seguimos normalizando. Las palabras pesan porque revelan cómo vemos a las mujeres. Y mientras lo justifiquemos, la violencia seguirá disfrazada de “comentarios”.

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Los comentarios machistas, aunque se intenten justificar, reflejan una falta de empatía y respeto hacia las mujeres. Desde el humanismo y la perspectiva de género, se evidencia una incongruencia entre lo que se dice, lo que se piensa y el valor real que se le da a la mujer.

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El texto hace un llamado a dejar de normalizar estas actitudes y después querer “limpiarlas” con una disculpa que en realidad no repara el daño. Se trata de asumir con responsabilidad lo que se piensa, se dice y se hace, y empezar a actuar desde el respeto, la empatía y la dignidad.

A veces escuchamos frases como “perdón… no fue mi intención… yo no sabía…” y, sin embargo, el daño ya está hecho. Porque no se trata solo de palabras, se trata de lo que esas palabras representan.

Esta mañana, mientras me servía un café, escuché en las noticias que el diputado Martín Palacios Calderón, del Partido del Trabajo en el Congreso de Tabasco, comento “El caballo es como una mujer más”

Y lo más impactante no fue solo la frase, sino ver a quien estaba a su lado intentando contener la risa, como si fuera un error incómodo, como si fuera algo menor. Pero no es menor.

El problema es que se minimiza, que seguimos sin ser empáticos con lo que las mujeres sentimos al escuchar este tipo de expresiones. Porque no son “comentarios sin intención”, son reflejo de una forma de vernos.

Y sí, lo digo con honestidad, en ese momento pensé: “eres una porquería…”, porque hay cosas que no solo se analizan, se sienten.

Así le hemos contado en EL PAÍS la marcha del Día Internacional de la Mujer  en México | 8M: Día de la Mujer | EL PAÍS

Este tipo de declaraciones no son aisladas: son expresión de una cultura que ha normalizado la desvalorización de las mujeres.

Es difícil pensar que las cosas cambien como quisiéramos, porque no hablo solo como mujer, hablo como mamá, como hija, como amiga, como abuela. Y saber que en algún momento ellas pueden vivir violencia por parte de algunos hombres preocupa, y mucho.

Pero también es importante decirlo claro: las nuevas masculinidades no buscan atacar a los hombres, buscan generar conciencia, cambiar la forma en que entendemos los roles, abrir paso a la empatía y construir relaciones más humanas.

Hoy muchos hombres ya están entendiendo que este sistema machista no solo daña a las mujeres, también los limita a ellos, y que los movimientos feministas no son en contra de los hombres, sino una lucha por la igualdad, el respeto y la dignidad. Ojalá que cada vez más hombres puedan informarse y comprender mejor este tema.

Porque es terrible seguir escuchando historias, experiencias y sentir el dolor que nos recuerdan que esto sigue pasando.

Y no, la educación no solo la dan las mujeres a los hijos , no es solo de las madres, es de todos: hombres, mujeres, sociedad y creencias. Todos participamos en lo que enseñamos y en lo que permitimos.

Por eso hoy la invitación es clara: empiecen por lo básico, por respetar. Respetar a sus esposas, a sus madres, a sus hijas, porque cada insulto no es solo hacia una mujer, es hacia todas, incluyendo a las mujeres de su propia familia.

Dejemos de normalizar este tipo de lenguaje, dejemos de justificarlo con un “no fue mi intención”, porque lo que se dice sí tiene impacto.

Desde el humanismo, se promueven valores fundamentales como la dignidad de la persona, la empatía, la aceptación incondicional y la congruencia. Y aquí es donde resulta evidente la falta de estos elementos: no hay empatía hacia lo que sienten las mujeres, no hay una aceptación incondicional de su valor por el simple hecho de ser personas, y tampoco hay congruencia entre lo que se dice, se piensa y se siente.

Página 20 | Fotos de Silueta de una mujer - Descarga fotos gratis de gran  calidad | Freepik

Incluso podríamos decir que hubo una forma de congruencia inicial… pero no desde el valor, sino desde lo que realmente se pensó y se sintió, y por eso resultó tan impactante y creíble. Porque cuando hay congruencia, se siente. Lo que salió, salió desde ahí… desde una forma interna de ver a la mujer.

Y es precisamente por eso que la disculpa posterior suena incongruente, porque intenta corregir con palabras algo que evidenció una falta profunda de respeto y de reconocimiento hacia la dignidad de las mujeres.

Desde una perspectiva de género, estos discursos no son solo opiniones desafortunadas, son manifestaciones de un sistema que históricamente ha colocado a las mujeres en una posición de inferioridad. Nombrarlo es necesario, cuestionarlo es urgente y transformarlo es responsabilidad de todos.

Y ya basta… ya basta de no darle dignidad a las mujeres. Porque cuando una mujer pierde dignidad, no es solo un problema individual… es una falla colectiva que nos involucra a todos como sociedad.

Incondicional: tratar a los trabajadores lesionados con cuidado y empatía |  Sedgwick

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