Las reformas electorales son uno de los temas que más pasiones despiertan en la política mexicana, pero también uno de los menos comprendidos. Esto no es casual: la legislación electoral es la regla madre del sistema de asignación del poder político. Determina quién gana, cómo se gana y bajo qué condiciones se pierde. Por eso, importa mucho a muchos. Y por eso mismo, el debate suele estar profundamente distorsionado. Los actores políticos que promueven o resisten una reforma electoral tienen intereses estratégicos claros: nadie cambia las reglas de acceso al poder para dejar de acceder a él. Casi siempre sucede lo contrario: se buscan reglas que les aseguren una ventaja o, al menos, reduzcan su vulnerabilidad. Esta tensión entre el interés público y el interés partidista atraviesa todas las discusiones sobre reforma electoral.
Y por eso vale la pena entender bien de qué estamos hablando.

En las últimas semanas el debate sobre una reforma electoral recobró fuerza y entre tantas opiniones publicadas, para las y los ciudadanos que legítimamente buscan comprender qué está pasando resulta casi imposible formar un criterio sólido y basado en verdades.
Uno de los puntos más mencionados —y también más malinterpretados— en el debate sobre la reforma electoral es la diferencia entre los diputados de mayoría relativa y los de representación proporcional. Aunque está en el centro de muchas discusiones, pocas veces se explica con claridad. Por eso, esta columna busca aportar luz al tema: explicar de manera sencilla qué son estos dos tipos de representación, cómo funcionan dentro del sistema electoral mexicano y qué implicaciones tienen. Para ello, divido el texto en varios apartados. Primero, presento lo esencial para entender los sistemas electorales en el mundo y el modelo mixto que adoptó México. Después, desmonto algunas de las principales confusiones, mentiras o verdades a medias que suelen circular en redes y medios de comunicación.
Sistemas electorales: lo básico
En términos generales, existen tres grandes familias de sistemas electorales a nivel mundial: los de mayoría, los proporcionales y los mixtos.
En un sistema de mayoría relativa, como el del Estados Unidos, el país se divide en distritos que a menudo son uninominales (no siempre) —es decir que cada uno elige a una sola persona— y gana quien obtenga más votos, sin importar si esa mayoría es absoluta o no. Este modelo privilegia la representación territorial y tiende a premiar a los partidos grandes, ya que basta ganar por un voto para quedarse con todo el distrito.
Por contraste, en un sistema proporcional puro, como los de Suecia, Países Bajos o Israel, los escaños se asignan de manera directa en proporción a los votos que obtiene cada partido a nivel nacional. Suele haber listas partidistas en distritos plurinominales, donde se eligen varios representantes. El objetivo es que el parlamento refleje con fidelidad la diversidad de preferencias políticas de la ciudadanía.

Finalmente, los sistemas mixtos, como el mexicano o el alemán, combinan ambas lógicas. Hoy en México elegimos 500 diputadas y diputados: 300 mediante mayoría relativa, en distritos uninominales; y 200 por representación proporcional, en listas cerradas, divididas en cinco grandes circunscripciones (de ahí que cada una tenga una magnitud distrital de 40 curules y se les llame plurinominales).
Este modelo mixto buscó corregir los efectos excluyentes de un sistema de mayoría pura, como el que México tuvo durante buena parte del siglo XX, cuando el PRI gobernaba con mayorías aplastantes.
Cada sistema tiene ventajas y limitaciones. La mayoría relativa ofrece representación territorial clara: cada distrito tiene su diputada o diputado, lo que puede facilitar la rendición de cuentas local. Sin embargo, tiende a sobre-representar a los partidos grandes y a excluir a los pequeños, incluso si tienen respaldo significativo a nivel nacional.
La representación proporcional, por su parte, permite que la composición del Congreso refleje mejor la diversidad política del país. Da voz a minorías, incentiva la colaboración multipartidista y reduce los riesgos de gobiernos autoritarios con mayoría artificial. Pero, si las listas son cerradas, también puede promover la opacidad y la desconexión con la ciudadanía.
En México, ambos sistemas tienen hoy el mismo problema: los legisladores no deben su cargo directamente al electorado, sino a las dirigencias partidistas. Reformar esto no requiere necesariamente eliminar a los “pluris”. Requiere repensar cómo se seleccionan las candidaturas y cómo se construyen las listas, para devolver poder real a la gente.
¿Un sistema puramente mayoritario sería mejor?
No necesariamente. En sistemas multipartidistas, como el mexicano, un modelo totalmente mayoritario puede limitar el acceso de opciones políticas y dificultar la formación de consensos, además de distribuir escaños de manera poco proporcional respecto de los votos emitidos. Según la ley de Duverger, un sistema de mayoría relativa pura también tiende a bipartidizar el sistema político, lo cual puede parecer deseable para algunos, pero implicaría una pérdida de pluralismo en un país con realidades tan diversas.
Para ilustrar por qué esto puede ser problemático, imaginemos un país con tres distritos uninominales y tres partidos:
- En el distrito 1, el partido A obtiene 20 votos, el partido B obtiene 3 votos, y el partido C obtiene 8 votos. El ganador sería el partido A.
- En el distrito 2, el partido A obtiene 8 votos, el partido B obtiene 9 y el partido C logra 8 votos. El ganador sería el partido B.
- En el distrito 3, el partido A obtiene 9 votos, el partido B logra 10 votos y el partido C consigue 9. El partido B vuelve a ganar.
El resultado final sería el siguiente:
- El partido A obtendría 1 solo curul a pesar de tener un total de 37 votos, más que cualquier otro partido.
- El partido B, por el contrario, obtendría 2 curules con tan solo 22 votos, menos que sus competidores.
- Finalmente, el partido C no lograría tener ni un solo curul a pesar de haber obtenido 25 votos, más votos que el partido B.
Tabla 1. Resultados por distrito
| Distrito |
Partido A |
Partido B |
Partido C |
Partido ganador |
| Distrito 1 |
20 votos |
3 votos |
8 votos |
Partido A |
| Distrito 2 |
8 votos |
9 votos |
8 votos |
Partido B |
| Distrito 3 |
9 votos |
10 votos |
9 votos |
Partido B |
Tabla 2. Totales y asignación de curules
| Partido |
Total de votos |
Curules ganadas |
Comentario breve |
| Partido A |
37 |
1 |
El más votado, pero con solo un curul |
| Partido B |
22 |
2 |
Gana más curules con menos votos que A y C |
| Partido C |
25 |
0 |
Más votos que B, pero sin representación |
La conclusión es clara: los sistemas de mayoría relativa pueden distorsionar radicalmente la voluntad popular. El que gana en cada distrito lo gana todo, aunque haya sido apenas por un voto y su volumen nacional de votos sea bajo. Con este sistema, un partido que en realidad es minoritario en votos nacionales puede controlar un poder nacional, como el legislativo.
Por eso, algunos especialistas han propuesto sistemas proporcionales con listas abiertas y magnitudes distritales altas, como cinco grandes circunscripciones de 100 escaños cada una para el caso mexicano. Esto permitiría mantener proporcionalidad entre votos y escaños, a la vez que devolvería a la ciudadanía la posibilidad de decidir quiénes llegan al Congreso.

¿Representación proporcional es lo mismo que “pluris”?
No exactamente. En la jerga mexicana, se les llama “pluris” a los diputados que no fueron elegidos en un distrito uninominal, sino mediante listas partidistas. Técnicamente, plurinominal significa que se elige a más de una persona por distrito, a diferencia de los distritos uninominales. En México, los 200 diputados de representación proporcional se eligen en cinco circunscripciones, cada una con una magnitud de 40 curules. Es decir que se eligen 40 diputados por circunscripción.
En esas listas, cada partido ordena a sus candidatos y los escaños se asignan de acuerdo con el porcentaje de votos que obtienen en cada circunscripción. Los nombres que ocupan los primeros lugares de la lista son los primeros en entrar al congreso, ya que se benefician rápidamente de los votos de representación proporcional. Lo que molesta a muchos ciudadanos, a menudo sin que siquiera lo sepan, no es la representación proporcional en sí, sino el hecho de que estas listas sean cerradas y bloqueadas, es decir, que los votantes no elijan a las personas que componen las listas de pluris y los lugares que ocupan en las mismas. Actualmente, ese es un derecho reservado para los partidos.
Esta molestia está más que justificada. Muchos de los personajes más oscuros de la política mexicana —ya sean los tradicionales Beltrones, Gamboa Patrón o los más recientes Monreal, Alito o Marko Cortés— han llegado al Congreso por esta vía, evitando competir en mayoría relativa. Esto ocurre porque controlan las listas partidistas y las usan como vía segura de acceso al poder legislativo.
Pero la trampa es suponer que ese problema se resuelve eliminando la representación proporcional en circunscripciones pluris. La solución no es suprimir la representación proporcional, sino abrir las listas. En un sistema de listas abiertas, el elector no solo vota por un partido, sino que puede indicar directamente a quién quiere ver en el Congreso, es decir que puede elegir directamente a sus pluris. Esto democratiza las candidaturas y rompe con el control de las cúpulas partidistas.
Aún más: si de verdad queremos que los legisladores rindan cuentas a la ciudadanía —y no a los partidos que los nominaron— lo más efectivo sería introducir elecciones primarias abiertas para seleccionar candidaturas. Ningún partido en México ha querido ceder ese control, porque la capacidad de decidir quién aparece en la boleta es una de las fuentes más poderosas de su influencia interna.

Incentivos perversos y alternativas reales
Uno de los problemas del sistema actual —y que aplica a los 500 legisladores de la cámara baja sin distinción— es que todos deben su cargo a los partidos, no directamente a la ciudadanía. Ya sea por haber sido elegidos en un distrito “seguro” o por aparecer en una lista cerrada, los incentivos para disciplinarse al aparato partidista están garantizados. Esto reduce la independencia legislativa y la calidad del debate parlamentario.
Eliminar la representación proporcional no resolvería este problema. Si lo que se busca es fortalecer la rendición de cuentas y el vínculo entre electores y representantes, una mejor alternativa sería, como ya se dijo, implementar mecanismos como elecciones primarias abiertas para seleccionar candidatos, y, sobre todo, listas proporcionales abiertas, donde las y los votantes puedan elegir directamente a las personas y no solo al partido.
Desde mi perspectiva, el mejor camino sería el que hoy es poco popular (porque no se comprende bien). Transitar hacia un sistema de representación proporcional pura, es decir eliminando a todos los diputados de Mayoría Relativa, con circunscripciones plurinominales amplias y listas abiertas permitiría reflejar con precisión la pluralidad política del país, empoderar a la ciudadanía para decidir quiénes llegan al poder, y reducir el control discrecional de las dirigencias partidistas. Claro, existen también otras propuestas válidas, como reducir el número de legisladores o ajustar la magnitud distrital, pero sin democratizar las candidaturas y abrir las listas, esos cambios serían cosméticos.
En fin, el debate sobre la reforma electoral debe ir más allá del odio a los “pluris” o la nostalgia por los viejos sistemas. Necesitamos entender cómo funciona nuestro sistema y cuáles son sus incentivos reales para que derive en unos u otros resultados. La pregunta no es solo cuántos diputados queremos, sino cómo queremos que lleguen ahí, a quién deben su representación, y a quién deben rendir cuentas.
Modificar el sistema electoral sin esta comprensión puede terminar reforzando los mismos vicios que hoy se critican.