Síguenos en nuestras redes

#Opinión

La austeridad judicial y la no coherencia

La austeridad como símbolo puede volverse trampa.
Cuando el discurso pesa más que la coherencia, la legitimidad también se desgasta ⚖️📉

Publicado

en

La Suprema Corte de Justicia de la Nación no suele estar en el centro del debate público por decisiones administrativas. Su lugar natural es otro: el de la interpretación constitucional, el equilibrio entre poderes y la protección última de los derechos. Sin embargo, esta semana la Corte volvió a ocupar titulares no por una sentencia, sino por una contradicción.

El máximo tribunal del país tropezó con su propio mandato de austeridad.

Supreme Court Building

La noticia —la compra de camionetas blindadas, su posterior devolución y la defensa pública de esa decisión— no es relevante por el monto del gasto ni por el tipo de vehículo. Lo es porque expone una tensión política de fondo: la dificultad de sostener un discurso de austeridad como principio rector sin convertirlo en una trampa institucional.

Desde la reforma judicial, la austeridad dejó de ser solo una política presupuestaria para convertirse en un símbolo de legitimidad. La nueva Corte asumió ese mandato como parte de una narrativa más amplia: cercanía con la ciudadanía, eliminación de privilegios y ruptura con una imagen histórica de élites judiciales distantes. Ese discurso no es menor. En un país donde la confianza en la justicia es frágil, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace pesa tanto como la técnica jurídica.

El problema surge cuando la austeridad deja de ser un criterio racional de administración y se transforma en una expectativa política absoluta, incapaz de convivir con las necesidades reales de una institución de Estado.

La Corte tiene funciones singulares. Sus integrantes toman decisiones que afectan intereses económicos, políticos y criminales de gran escala. La seguridad de las y los ministros no es un lujo ni un capricho; es una condición mínima para el ejercicio independiente del cargo. Negarlo sería ingenuo, pero justificarlo mal o comunicarlo tarde abre la puerta a un desgaste innecesario.

La ley de austeridad: el diablo está en los detalles

El tema, sin embargo, se ha centrado en lo político.

La Corte asumió la necesidad real de proteger la seguridad de sus integrantes, pero no anticipó el peso simbólico de esa decisión dentro del marco que ella misma había construido al adoptar la austeridad no solo como política administrativa, sino como elemento central de su legitimidad, desplazando la decisión de un acto técnico a un acto político.

En ese contexto, una compra de este tipo ya no se evalúa solo por su razonabilidad, sino por su coherencia con el relato institucional. El problema no fue la decisión en sí, sino no haber previsto cómo sería leída en un clima donde la austeridad funciona más como símbolo que como criterio flexible de gobierno.

Si el Poder Judicial subordina su lógica institucional a una narrativa que no controla, corre el riesgo de perder aquello que pretende ganar: credibilidad. Porque una Corte que parece moverse por presión política debilita la idea de que decide con base en criterios propios.

Este no es un debate sobre camionetas. Es un debate sobre cómo se construye hoy la legitimidad del poder; sobre si las instituciones pueden sostener discursos políticos sin quedar atrapadas en ellos; y sobre si la coherencia pública se exige solo como forma o también como fondo.

Página 9 | Imágenes de Innovacion judicial - Descarga gratuita en Freepik

La Corte no necesita ser austera para ser justa; necesita ser clara, consistente y consciente del lugar que ocupa. En un contexto de reformas profundas y tensiones entre poderes, la fortaleza institucional no se demuestra con gestos simbólicos, sino con decisiones bien explicadas y principios bien delimitados.

Esta vez, el máximo tribunal del país tropezó. Y lo hizo sobre un error administrativo, pero también sobre una línea siempre delicada: la que separa lo político de lo legítimo.

Golden Justice Scale Symbolizing Law and Fairness - PresentationGO

Licenciada en Derecho con experiencia en temas electorales y comunicación política. Desde mis primeros pasos en órganos electorales descubrí el pulso de la política desde dentro: campañas, estrategias y narrativas que definen el rumbo de un país. He trabajado en campañas presidenciales, en oficinas de comunicación y en la creación de espacios informativos con formatos distintos, donde la política no solo se explica, se entiende y se cuestiona. Hoy soy parte de una productora que busca transformar el contenido en algo que vaya más allá de una pantalla: experiencias que conecten, informen y provoquen conversación. Me apasiona hablar de política, pero también de las problemáticas sociales que solemos evadir. Creo que para resolver algo primero hay que atrevernos a verlo de frente, con pensamiento crítico, ironía y, a veces, una dosis de humor para digerir la realidad.

#Opinión

Nos fuimos acostumbrando al mal servicio

Nos acostumbramos a vivir entre filas eternas, trámites absurdos y servicios que funcionan “más o menos”.

Publicado

en

La degradación de los servicios rara vez ocurre de golpe. Llega lento, de poco en poco, casi sin que nos demos cuenta. Cuando la ineficiencia se vuelve rutina, la ciudadanía empieza a asumir que vivir frustrada es parte normal de la vida.

Nos acostumbramos a esperar demasiado y recibir poco. A la burocracia absurda, a las filas eternas, a que nadie conteste. A escuchar frases como “se cayó el sistema”, “le falta un papel” o “no hay tóner”. A reportar una misma falla varias veces, por distintas vías, antes de que alguien responda. A conformarnos con que algo “medio salió”.

Haz Cuentas! Estos Son los Aumentos en Servicios y Trámites en 2024 en CDMX  | N+

Y lo más preocupante, creo, es que dejamos de sorprendernos.

Resolver cosas sencillas de todos los días se volvió cuestión de suerte. Encontrar una oficina pública que atienda bien parece excepcional. Que un trámite sea rápido se siente como un milagro, casi como un favor, y no como algo que debería ser normal.

Poco a poco también dejamos de exigir. Bajamos las expectativas. Aprendimos a vivir con retrasos, servicios lentos e ineficientes, mantenimiento tardío, respuestas impersonales e incluso groseras. Como si el tiempo de las personas no valiera. Como si nuestra calidad de vida fuera secundaria. Como si vivir frustrados fuera inevitable por vivir en la Ciudad de México.

El deterioro de los servicios no solo afecta la comodidad, erosiona algo mucho más profundo: la confianza. Cuando las personas sienten que nadie responde, que todo tarda y que nada funciona bien, crece la idea de que lo público está condenado a fallar.

Baches en calles recién hechas: ¡No aguantaron las lluvias!

Y ese quizá es el problema más grave.

No se trata de pensar que todo está perdido ni de exigir perfección absoluta. Los errores existen y siempre existirán. El problema comienza cuando la ineficiencia deja de ser excepción y se convierte en costumbre; cuando ya nadie siente urgencia por resolver, y por resolver bien. Cuando la ciudadanía deja de esperar algo mejor.

Tal vez el deterioro más peligroso no sea el de las calles, las oficinas o la infraestructura. Tal vez el deterioro más profundo sea habernos acostumbrado a pensar que las cosas simplemente no pueden funcionar mejor.

Recuperar buenos servicios también implica recuperar algo de exigencia ciudadana. Volver a señalar lo que está mal, pedir respuestas, involucrarnos y dejar de normalizar la mediocridad cotidiana. Porque las ciudades no mejoran solamente con discursos o promesas; mejoran cuando la ciudadanía vuelve a creer que exigir calidad no es exagerar, sino ejercer un derecho básico.

No deberíamos normalizar pasar horas resolviendo algo simple, esperar meses por atención o celebrar como extraordinario aquello que tendría que funcionar bien desde el inicio.

No es intolerancia. Es negarnos a aceptar que la frustración cotidiana sea el estándar de vida en la Ciudad de México.

Gobierno pide a transportistas 'reflexionar' por megabloqueo: 'Los  problemas se resuelven con diálogo' – El Financiero

 

Sigue leyendo

#Opinión

La Cdmx en tiempo mundialista: Emoción vs. Caos

La CDMX vive una mezcla extraña entre emoción y ansiedad rumbo al Mundial 2026. Mientras imaginamos una ciudad llena de vida, turismo y celebración, también aparecen preguntas incómodas sobre movilidad, gentrificación, costos y caos urbano.

Publicado

en

La Ciudad de México está entrando en una de esas etapas extrañas donde la emoción y la incertidumbre conviven en la misma conversación. Se siente en las calles, en las noticias, en las sobremesas y hasta en la forma en la que hablamos del futuro inmediato. Porque sí: vamos a vivir un Mundial en nuestra ciudad. Y aunque la idea emociona profundamente, también despierta preguntas que nadie sabe responder todavía.

Ciudad de México, la Capital Mundial del Diseño 2018 | Saint-Gobain Mexico

Hay una emoción difícil de explicar recorriendo la ciudad. La idea de vivir un Mundial en la CDMX tiene algo profundamente simbólico: millones de miradas puestas sobre una de las ciudades más vibrantes, complejas y vivas del planeta. Pensar en la afición caminando por Reforma, en idiomas mezclándose en las terrazas, en desconocidos abrazándose por un gol en una cantina de Coyoacán o en una pantalla improvisada en la Roma, inevitablemente emociona.

Porque el fútbol, al final, nunca ha sido solamente fútbol.

Es identidad. Es pertenencia. Es una emoción colectiva que convierte ciudades enteras en un mismo latido.

Y quizá por eso la expectativa se siente tan grande.

La CDMX siempre ha tenido una capacidad única de recibir al mundo. Somos una ciudad cosmopolita, caótica, elegante y profundamente humana. Una ciudad donde conviven el ruido y la poesía, el tráfico eterno y la belleza inesperada. Y el Mundial promete potencializar todo eso: el intercambio cultural, el turismo, la energía internacional, la sensación de estar en el centro del mundo, aunque sea por unas semanas.

Pero debajo de toda esa emoción también vive otra sensación mucho más silenciosa: la incertidumbre.

La batalla por el espacio público en Ciudad de México: terrazas en la calle  o aparcamientos | EL PAÍS México

Porque mientras imaginamos estadios llenos y calles celebrando, la realidad cotidiana también pesa. Las rentas han subido de manera desproporcionada, los precios parecen elevarse cada mes y muchas personas empiezan a preguntarse si esta gran fiesta global también terminará desplazando aún más la vida local. Hay entusiasmo, sí, pero también miedo de que la ciudad se vuelva todavía más inaccesible para quienes la habitan todos los días.

Y luego está el caos.

Ese caos tan chilango que conocemos bien, pero que ahora imaginamos multiplicado. El tráfico, la movilidad, la saturación, la seguridad, la presión sobre una ciudad que ya vive al límite de sí misma. Nos emociona imaginar una Ciudad de México llena de vida, pero también nos preguntamos cómo se sentirá realmente habitarla en esos días.

Tal vez esa es la contradicción más honesta de este momento: estamos emocionados y nerviosos al mismo tiempo.

Queremos que el mundo vea lo mejor de nosotros, pero también tenemos miedo de lo que eso pueda costarnos.

Y aun así, hay algo profundamente conmovedor en vivir este instante previo. Esa sensación colectiva de estar esperando algo enorme. Como cuando una ciudad entera contiene la respiración antes de que empiece el espectáculo.

Tráfico fantasma en Guanajuato: Donde la congestión marca el ritmo de la  movilidad - Líder Empresarial

El Mundial llegará.

Las calles cambiarán.

La ciudad también.

Y quizá, entre toda la euforia, el ruido y la incertidumbre, terminemos descubriendo algo muy nuestro: que la Ciudad de México siempre ha sabido vivir entre el amor y el caos.

Sigue leyendo

#Opinión

SSPC y Guardia Nacional: ¿dos policías que hacen lo mismo?

La seguridad pública en México ya no parece responder a un modelo claro. Mientras la Guardia Nacional concentra formalmente las funciones operativas, la SSPC comienza a reconstruir capacidades propias de inteligencia y despliegue.

Publicado

en

Desde la desaparición de la Policía Federal en 2019 el modelo de seguridad pública federal en México parecía haber quedado claro: la Guardia Nacional asumiría las tareas operativas, mientras que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana fungiría como instancia de coordinación y diseño de política pública.

Sin embargo, ese diseño comienza a reconfigurarse.

Guardia Nacional despliega más de 35 mil elementos en carreteras por  temporada vacacional | Revista TyT

Con la llegada de Omar García Harfuch y de manera progresiva con la reforma en materia de seguridad pública de 2024, la Secretaría ha desarrollado capacidades que van más allá de la coordinación. A través de distintos mecanismos, ha comenzado a reconstruir funciones operativas, de inteligencia y despliegue territorial que recuerdan, en más de un sentido, a las atribuciones que en su momento ejerció la Policía Federal, misma a la que el mismo titular de la SSPC perteneció.

Uno de los elementos más relevantes es la utilización del Servicio de Protección Federal. Este organismo, creado en 2008 durante la gestión de Genaro García Luna, fue concebido originalmente como un cuerpo encargado de la protección de instalaciones estratégicas del Estado, bajo una lógica similar a la de corporaciones como la Policía Auxiliar o la Policía Bancaria e Industrial en la Ciudad de México: cuerpos diseñados para funciones de resguardo y seguridad complementaria.

Incluso, en el plano comparado, su diseño institucional guarda similitudes con el Federal Protective Service de los Estados Unidos, cuya función principal es la protección de edificios federales y no el despliegue operativo en tareas de seguridad pública general.

No obstante, en la práctica reciente, el alcance del Servicio de Protección Federal parece haberse ampliado. La adscripción de ex integrantes de la Policía Federal a esta estructura, así como su participación en tareas operativas más allá de la protección intramuros, sugiere una reinterpretación funcional de sus atribuciones originales.

El Servicio De Protección Federal resguarda instalaciones del Servicio de  la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano | Servicio de Protección Federal  | Gobierno | gob.mx

Esta tendencia se ha hecho visible en diversos despliegues en campo realizados en servicios como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, carreteras de jurisdicción federal y el mecanismo de protección a periodistas que trascienden su función tradicional de resguardo de instalaciones. Más allá del contenido específico, el mensaje es claro: una corporación concebida para tareas de protección está asumiendo, al menos parcialmente, funciones propias de seguridad pública operativa.

A ello se suma la creación de nuevas unidades dentro de la propia Secretaría con capacidades de operación e inteligencia. Este punto marca un cambio sustantivo: la Secretaría deja de ser exclusivamente un ente coordinador para asumir un rol activo en la ejecución de tareas de seguridad.

La presencia de estos elementos en operativos como los de carreteras federales refuerza esta tendencia. Históricamente, estas funciones correspondían a la división de Seguridad Regional de la Policía Federal y, posteriormente, fueron asumidas por la Guardia Nacional. Hoy, bajo el argumento de constituir una “policía complementaria”, se observa nuevamente la participación de estructuras adscritas a la Secretaría en este tipo de acciones.

El resultado es un fenómeno de duplicidad institucional. Mientras la Guardia Nacional concentra formalmente las funciones de seguridad pública federal, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana comienza a desarrollar capacidades propias que, en los hechos, replican atribuciones previamente asignadas a aquella. En otras palabras, el Estado mexicano parece operar hoy con dos estructuras federales con capacidades similares en materia de seguridad: una formalmente reconocida como fuerza principal, y otra que, de manera progresiva, reconstruye funciones equivalentes desde la coordinación.

Pero la duplicidad no se limita al ámbito operativo.

En materia de inteligencia, el Estado mexicano cuenta con una instancia especializada: el Centro Nacional de Inteligencia. Sin embargo, el fortalecimiento de capacidades de análisis, generación de información y despliegue estratégico dentro de la propia Secretaría apunta hacia una posible superposición de funciones que plantea interrogantes sobre la delimitación institucional.

No se trata necesariamente de una desviación, sino de una reconfiguración del modelo de seguridad federal.

Este proceso puede entenderse como un intento por robustecer la capacidad del Estado frente a fenómenos complejos. Sin embargo, también implica riesgos claros: dispersión del mando, duplicidad de funciones y eventual dilución de responsabilidades.

Omar García Harfuch tiene un 81% de aprobación, según encuesta de  Territorial

Así, México parece transitar hacia un modelo híbrido, en el que la centralización institucional convive con una operación fragmentada.

La pregunta de fondo no es menor: ¿se trata de una estrategia deliberada para fortalecer al Estado, o del inicio de un esquema de competencia institucional dentro del propio aparato de seguridad?

 

Sigue leyendo
Anuncio publicitario

Facebook

Lo más visto