El país cabe en un salón del Curso de Oriente (el México que encontré dando clases)
Dar clases en el Curso de Oriente terminó cambiando por completo mi manera de entender a México. Entre salones improvisados, jóvenes que luchan por estudiar y personas organizándose para ayudar, encontré algo profundamente esperanzador: comunidad, solidaridad y ganas reales de construir un futuro distinto.
Hay experiencias que terminan cambiando la manera en la que uno entiende al país. Para mí, una de ellas ha sido formar parte del Curso de Oriente como docente.
Cuando llegué al proyecto pensé que únicamente iba a ayudar a chicos a prepararse para sus exámenes de ingreso a preparatoria y universidad.
Con el tiempo también entendí algo importante: el Curso de Oriente no nació de la nada. El proyecto tiene sus raíces en el espíritu organizativo y de lucha que dejó la huelga estudiantil de 1999 en la UNAM. De aquella movilización no solamente surgieron debates sobre educación pública y acceso universitario; también nació la idea de construir espacios comunitarios donde el conocimiento pudiera compartirse de manera gratuita y solidaria.
Esa herencia todavía se siente dentro del curso. Creía que mi labor consistiría en explicar temas, resolver dudas y compartir algunos conocimientos académicos. Sin embargo, con el paso de las semanas entendí que el Curso de Oriente es mucho más que un espacio educativo: es una pequeña muestra de país.
Porque dentro de un salón del Curso de Oriente uno termina encontrándose con el México completo.
Aunque el proyecto está enfocado principalmente en jóvenes del oriente de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, la realidad es que terminan llegando estudiantes de muchos otros lugares. He conocido chicos que vienen desde Santa Fe, el centro de la ciudad y otras zonas alejadas del oriente. Algunos pasan horas trasladándose solamente para poder asistir a clases.
Y hay algo profundamente duro en escuchar cómo muchos de ellos, especialmente los más jóvenes, te dicen con pena de dónde vienen.
Como si el simple hecho de vivir en determinada colonia, alcaldía o municipio fuera motivo de vergüenza.
Porque eso también hace el sistema: enseñarle a los jóvenes que deben esconder su origen, su barrio o su condición social para sentirse aceptados.
Pero dentro del Curso de Oriente ocurre algo distinto. Poco a poco, esa pena empieza a desaparecer. Los estudiantes comienzan a entender que nadie debería sentirse menos por el lugar donde nació o por las condiciones en las que creció.
Y quizá ahí radica otra de las grandes virtudes del proyecto: construir comunidad entre personas que normalmente jamás habrían coincidido entre sí.
Ahí coinciden hijos de profesionistas con hijos de obreros. Jóvenes provenientes de familias estables junto a estudiantes que viven en contextos profundamente complicados o disfuncionales. Hay alumnos que llegan en coche particular y otros que tienen que tomar hasta tres transportes públicos para asistir a clases. También hay jóvenes migrantes intentando abrirse paso en un país que muchas veces les resulta ajeno y hostil.
Y aun con todas esas diferencias, todos comparten algo: la incertidumbre sobre el futuro.
Muchos llegan con miedo de no quedarse en la escuela que desean. Otros cargan con la presión económica de sus familias. Algunos saben que un examen de admisión puede representar la diferencia entre continuar estudiando o verse obligados a abandonar sus aspiraciones académicas.
Eso fue una de las primeras cosas que me golpeó emocionalmente como docente: entender que detrás de cada alumno hay una historia completamente distinta.
He conocido chicos que trabajan toda la semana y aun así llegan cansados pero motivados a tomar clases; estudiantes que se preparan para ser la primera generación de universitarios en sus familias; adolescentes que viven situaciones familiares difíciles, pero mantienen intacta la ilusión de entrar a la universidad o el bachillerato. Y también he visto algo que muchas veces se pierde en la discusión pública: las ganas enormes que tienen miles de jóvenes de salir adelante cuando alguien les brinda una oportunidad.
Dar clases en el Curso de Oriente me hizo recordar que la educación no solamente consiste en memorizar conceptos o aprobar exámenes. También implica generar confianza, motivación y acompañamiento.
Muchas veces una clase termina convirtiéndose en una conversación sobre el futuro, sobre los miedos que tienen los estudiantes o sobre la incertidumbre de no saber qué pasará después del examen de admisión. En esos momentos uno entiende que enseñar también significa escuchar.
Pero quizá lo más valioso del Curso de Oriente no son únicamente los estudiantes, sino también toda la comunidad que hace posible el proyecto.
Porque el curso no se sostiene únicamente por quienes dan clases. También existe gracias a los padres y madres de familia que colaboran constantemente para que todo funcione.
Hay quienes donan comida para los profesores voluntarios, quienes ayudan con las copias, quienes se organizan en comisiones de seguridad o de logística. En un país donde muchas veces pareciera que cada quien tiene que resolver sus problemas por separado, resulta conmovedor ver a tantas personas construyendo algo colectivo.
Y lo más interesante es que todos participan.
Participan jóvenes que anteriormente tomaron el curso y después decidieron regresar para ayudar a nuevas generaciones. Participan compañeros con discapacidad que encuentran maneras de colaborar activamente dentro del proyecto. Participan estudiantes que nunca habían formado parte del curso pero se integran movidos por el deseo de ayudar.
Incluso participa el niño que se encarga de repartir y recoger los marcadores para cada salón.
Y aunque parezca un detalle pequeño, justamente ahí uno entiende la dimensión humana del Curso de Oriente: todos encuentran una forma de aportar.
Todos sienten que forman parte de algo más grande que ellos mismos.
He tenido la oportunidad de compartir espacio con compañeros provenientes de distintas escuelas y universidades, todos dando clases sin recibir absolutamente ninguna remuneración económica. Nadie está ahí por dinero. Nadie está ahí por prestigio. La única recompensa real es la satisfacción de ayudar.
Y en tiempos donde muchas veces predomina el individualismo, donde constantemente se nos enseña a competir antes que colaborar, ver a tantos jóvenes organizándose voluntariamente para enseñar resulta profundamente esperanzador.
Incluso mis fines de semana cambiaron por completo desde que llegué al Curso de Oriente.
Ahora los sábados tienen otro significado. Son días en los que termino hablando con Naomi, riéndome con César, aprendiendo cosas nuevas de Ada o compartiendo inquietudes con Yanil. También son mañanas donde uno puede terminar desayunando salchichas en Chipotle junto al resto de compañeros del Taller de Realidad Social mientras hablamos de todo al mismo tiempo: de cómo son los alumnos, de nuestras metas personales, de fútbol, de nuestros trastornos mentales, de música o incluso del nombre que algún día les pondremos a nuestros hijos.
Y aunque parezcan conversaciones simples o cotidianas, en realidad reflejan algo mucho más profundo: el Curso de Oriente también construye vínculos humanos.
Porque uno no solamente encuentra compañeros; termina encontrando amistades, redes de apoyo y personas con las que comparte una misma visión de comunidad.
De hecho, hay algo que he pensado constantemente desde que entré al Curso de Oriente: en apenas unos meses dentro del proyecto he sentido más espíritu de lucha, más conciencia social y más sentido de comunidad que en cinco años estudiando en la UNAM.
El Curso se convirtió para mi en todo lo que yo esperaba de niño que fuera la universidad cada que veía un partido de los Pumas en la televisión o escuchaba una canción de Zoé.
Y no lo digo como una crítica a la universidad, sino como una reflexión sobre lo que ocurre cuando las personas dejan de limitarse al discurso y comienzan a involucrarse directamente con la realidad.
Porque en el Curso de Oriente la solidaridad no se teoriza: se practica.
Se practica cuando alguien comparte sus apuntes con quien no puede comprarlos. Cuando un docente dedica horas de su tiempo libre a preparar una clase. Cuando los estudiantes se ayudan entre ellos aunque compitan por un lugar en la universidad. Cuando alguien decide levantarse temprano un sábado únicamente para enseñar.
Ahí entendí que el verdadero espíritu de lucha no siempre se encuentra en los grandes discursos, en las consignas o en las discusiones interminables sobre política. A veces está en acciones mucho más simples pero profundamente humanas: enseñar, organizarse y ayudar a otros.
Como docente, esta experiencia también me ha obligado a reflexionar sobre mis propias responsabilidades. Es fácil hablar de desigualdad, de falta de oportunidades o de abandono institucional desde la comodidad de un escritorio. Lo difícil es involucrarse directamente con las personas que viven esas problemáticas todos los días.
El Curso de Oriente me recordó que el conocimiento adquiere verdadero sentido cuando se comparte.
Y quizá eso sea lo más importante de todo. Porque aunque muchas veces pareciera que los grandes cambios solamente ocurren desde el poder o las instituciones, la realidad es que también comienzan en espacios pequeños: en un salón improvisado, en una clase de regularización, en un docente que decide dedicar parte de su tiempo a ayudar a otros jóvenes.
Mientras escribía esta columna hubo un momento en el que me sentí profundamente conmovido.
Porque me di cuenta de algo que no había terminado de procesar por completo.
A lo largo de mis 26 años de vida he tenido la oportunidad de vivir experiencias que hace algunos años me habrían parecido imposibles. Salir en televisión, publicar en revistas, compartir mesa con gobernadores, legisladores, activistas, secretarios de Estado, autores y distintas figuras públicas. He conocido espacios de poder, de debate y de toma de decisiones que muchas personas aspiran legítimamente a alcanzar.
Y aun así, entendí que jamás había formado parte de algo tan grande y tan noble como el Curso de Oriente.
Porque aquí no hay reflectores, prestigio ni intereses personales de por medio.
Lo que existe es algo mucho más valioso: personas organizándose para ayudar a otros únicamente porque creen que vale la pena hacerlo.
Hoy puedo decir que esta experiencia no solamente ha impactado a los estudiantes; también me ha cambiado a mí.
En un país marcado por tantas carencias, proyectos como el Curso de Oriente demuestran que todavía existe algo profundamente poderoso: la capacidad de las personas para organizarse y ayudarse mutuamente.
Y mientras exista esa voluntad colectiva, siempre habrá razones para seguir creyendo en el futuro.