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Costa Rica y el nuevo péndulo político en América Latina

Costa Rica ya no es la excepción. El miedo, la inseguridad y el desgaste institucional reconfiguran su democracia. ⚖️🗳️🌎

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Durante décadas, Costa Rica fue presentada como la excepción latinoamericana y el ejemplo de una democracia estable: sin ejército, con instituciones sólidas y una cultura política basada en consensos. Sin embargo, las elecciones recientes muestran que esa excepcionalidad ya no es un escudo frente a las dinámicas que atraviesan a la región. Lo ocurrido en las urnas no es solo un cambio de gobierno, sino una señal clara de reacomodo político y social.

Global Affairs and Strategic Studies. School of Law

La victoria de Laura Fernández, heredera política del presidente Rodrigo Chaves, consolida un proyecto que se presenta como pragmático, confrontacional con las élites tradicionales y enfocado en la seguridad como prioridad absoluta. Más que una elección entre programas, el proceso funcionó como un plebiscito emocional que privilegió la continuidad frente a la incertidumbre.

El tema de la inseguridad dominó la campaña y el comportamiento electoral. El aumento de la violencia asociada al crimen organizado transformó la percepción de riesgo en la vida cotidiana y desplazó otros debates estructurales, como la desigualdad, el empleo o la política social. En ese contexto, la promesa de mano dura se volvió electoralmente rentable.

Este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Costa Rica. Cuando el miedo se convierte en el principal organizador del voto, las soluciones rápidas ganan terreno, incluso si implican tensiones con el Estado de derecho. La seguridad deja de ser una política pública compleja y se transforma en un discurso moral de buenos contra malos y de orden contra caos. En ese marco, los contrapesos institucionales suelen presentarse como obstáculos y no como garantías democráticas.

Unarmored Peace and Security Agendas: Challenges and Opportunities from Latin  America. Global Affairs. University of Navarra

Otro elemento central de esta elección es el debilitamiento de los partidos históricos. Fuerzas como el Partido Liberación Nacional, que durante décadas estructuraron la política costarricense, ya no logran representar el malestar social ni canalizar las demandas ciudadanas. El electorado no solo castiga gestiones pasadas; castiga intermediaciones que percibe como lejanas, lentas o irrelevantes.

El resultado es una política cada vez más personalista, donde los liderazgos individuales sustituyen a los proyectos colectivos y las emociones pesan más que los programas. No se trata de un rechazo a la democracia como sistema, sino de una profunda desafección hacia sus mediadores tradicionales. Ese vacío es el terreno fértil para opciones que prometen eficiencia, decisión y ruptura con lo de siempre.

Lo ocurrido en Costa Rica se inscribe en una tendencia más amplia en América Latina. En distintos países, las elecciones recientes muestran un péndulo político marcado por el hartazgo social, el temor a la violencia y la frustración frente a la incapacidad estatal para garantizar bienestar y seguridad.

Ya sea desde enfoques confrontativos o desde discursos autoritarios de distintos signos ideológicos, emergen liderazgos que ofrecen orden, control y respuestas inmediatas. La narrativa se repite: el problema no es estructural, sino falta de voluntad; no faltan leyes, faltan decisiones; no sobran desigualdades, sobran derechos mal entendidos. Este clima regional ayuda a explicar por qué incluso democracias consideradas sólidas comienzan a mostrar fisuras.

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El desafío para el nuevo gobierno costarricense no será solo cumplir promesas de campaña, sino hacerlo sin erosionar la institucionalidad que históricamente distinguió al país. La experiencia regional muestra que cuando la seguridad se impone como único horizonte, la deliberación democrática se reduce, la prensa se tensiona y el Ejecutivo busca ampliar su margen de acción a costa de otros poderes.

Costa Rica no está condenada a repetir trayectorias autoritarias, pero tampoco es inmune. La pregunta central no es quién ganó la elección, sino qué tipo de democracia emerge después de ella: una capaz de responder al miedo sin sacrificar derechos, o una que normaliza la excepción como forma de gobierno.

Las elecciones en Costa Rica marcan un punto de inflexión. Confirman que el país ya forma parte del mapa político latinoamericano contemporáneo, con sus miedos, frustraciones y disputas. El reto no es menor: gobernar en un contexto de desafección, inseguridad y expectativas altas sin cruzar la línea que separa el liderazgo del autoritarismo funcional. Cuando la política se organiza únicamente alrededor del miedo, la democracia deja de ser un proyecto colectivo y se convierte en una promesa frágil, siempre condicionada al próximo enemigo.

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Elvira Janett Lucio Duana es feminista, mamá y consultora en innovación social, especializada en proyectos de emprendimiento, gobierno y salud psicoemocional. Es codirectora de Aúna en Ciudad de México, donde impulsa liderazgos y agendas con perspectiva de género. Es activista y defensora de derechos humanos, con experiencia en el diseño e implementación de iniciativas de impacto social desde el sector público y privado. Ha trabajado en espacios de incidencia y toma de decisiones, incluyendo su labor como Secretaria Particular de Jorge Castañeda y como Asesora de Asuntos Multilaterales en la Secretaría de Turismo. En 2024 fue seleccionada como Fellow del Global Cohort de How Women Lead, un programa internacional de liderazgo para mujeres que impulsan agendas sociales. Estudió Relaciones Internacionales, cuenta con una maestría en Administración Pública y formación en liderazgo, feminismo y derechos humanos. Estudió Relaciones Internacionales y tiene una maestría en Administración Pública. Fue miembra de la Asociación Mexicana de Medios de Comunicación, asesora del COMCE Estado de México, asesora de asuntos multilaterales en la Coordinación de Asesores de la SECTUR Federal y colaboró con Jorge Castañeda Gutman.

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El Estadio GNP también es de ellas

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Anoche cantó Yuridia en el Estadio GNP Seguros. Esta noche vuelve a hacerlo. Es la primera mujer mexicana en presentarse ahí como solista. Y esta misma semana, The Warning anunció que el 5 de febrero de 2027 será la primera banda mexicana integrada solo por mujeres en encabezar ese escenario.

Dos veces en una semana, el recinto para espectáculos más importante de la ciudad quedó en manos de mexicanas.

Vale la pena recordar de dónde viene este recinto. En 1993, Alejandro Soberón, CEO de OCESA, tenía firmado a Paul McCartney y ningún lugar dónde presentarlo, porque el Estadio Azteca se negó a rentarle el inmueble. El manager del artista le hizo una propuesta que podía sonar tan simple como irreverente: si nadie te presta un estadio, hazlo tú. En cuatro meses levantaron gradas temporales en la curva del Autódromo Hermanos Rodríguez. Madonna se sumó al proyecto y terminó inaugurándolo con The Girlie Show.

No fue sencillo. En esos cuatro meses previos hubo protestas de sectores conservadores que se oponían a que una artista como Madonna pisara el país. No importó. Los 50 mil boletos de la primera fecha volaron, la cantante abrió dos noches más para el 12 y 13 de noviembre y terminó agotando 150 mil entradas. Le negaron un estadio y acabó construyendo uno.

Durante años, ese escenario fue principalmente territorio de superestrellas extranjeras: U2, los Rolling Stones, Pink Floyd, Britney Spears, Shakira, Taylor Swift, entre muchos otros. Pero el talento nacional fue llegando y adueñándose del recinto. Timbiriche dio ahí uno de los primeros grandes shows mexicanos en febrero de 1999 con la gira El Reencuentro, después de llenar veinte noches consecutivas en el Auditorio Nacional. Después vinieron Café Tacuba, Maná, Caifanes, Zoé, Siddhartha, Alejandro Fernández, RBD, Grupo Firme, Luis Miguel, Natanael Cano, Peso Pluma, por solo mencionar algunos. La sede se volvió nuestra sin que nadie lo anunciara.

Lo que sorprende, y emociona, es lo que está pasando ahora.

Yuridia llega al GNP después de llenar la Plaza de Toros México en 2025 con un espectáculo en formato 360. La cantante emergida de La Academia viene de una carrera de veinte años, y hoy es una de las voces más escuchadas del país. Está haciendo historia con dos noches consecutivas en un recinto con capacidad para 65 mil personas. La primera fecha se agotó en tres días. La segunda existe porque el público la exigió.

The Warning llega con una historia igual de contundente. Las hermanas Daniela, Paulina y Alejandra Villarreal, de Monterrey, ya habían estado en ese escenario. Pero como teloneras de Foo Fighters y Muse. En febrero vuelven al mismo lugar, esta vez como el acto principal. En el camino agotaron tres fechas seguidas en el Auditorio Nacional en 2025 y llegaron al número uno del Mainstream Rock Airplay de Billboard con “Kerosene”, convirtiéndose en la primera banda mexicana y la primera agrupación solo de mujeres en encabezar esa lista en sus 45 años de historia. Antes del GNP tocarán en el medio tiempo del partido de la NFL en la Ciudad de México, entre Minnesota Vikings y San Francisco 49ers. Su concierto en el inmueble de Iztacalco será con The Linda Lindas como invitadas. Dos bandas de mujeres en la misma noche.

Los de Yuridia y The Warning han sido dos caminos distintos hacia el mismo escenario. Una viene del regional mexicano y de un público que la acompañó durante dos décadas. Las otras vienen del rock, de Monterrey y de una carrera construida canción por canción hasta llegar a las listas internacionales. Ninguna llegó ahí por invitación. Llegaron porque vendieron los boletos.

El GNP nació porque un estadio dijo que no. Hoy es el que dice que sí. Sí a las mexicanas, sí al regional, sí al rock hecho en Monterrey. Y si algo demuestran estas fechas es que el escenario más grande de la ciudad ya no se presta: se gana. Ellas ya lo ganaron.

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El futuro se pinta en nuestras escuelas

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Este 31 de agosto, millones de niñas y niños regresaron a las aulas para iniciar un nuevo ciclo escolar. Regresaron con mochilas nuevas, cuadernos por estrenar y, seguramente, con esa mezcla de nervios y emoción que muchos recordamos de nuestros primeros días de clases.

Pero también regresaron a escuelas que no siempre están en las condiciones que merecen.

Hablar del derecho a la educación no puede limitarse a garantizar un lugar dentro de un salón de clases. También tenemos que preguntarnos en qué condiciones estudian nuestras niñas y niños. Porque el espacio en el que aprendemos también educa.

Una escuela limpia, iluminada, segura y cuidada transmite un mensaje muy distinto al de un plantel con paredes deterioradas, pintura descascarada, sanitarios en malas condiciones o espacios comunes abandonados.

Y no estamos hablando de un problema menor.

En la Ciudad de México, distintos diagnósticos sobre infraestructura educativa han identificado necesidades de mantenimiento y mejoramiento en planteles: desde las condiciones generales de funcionamiento y los servicios sanitarios hasta comedores, canchas deportivas, aulas digitales, espacios de usos múltiples y bibliotecas.

Son números y diagnósticos, pero detrás de cada necesidad hay niñas, niños, maestras, maestros y familias que todos los días viven esas condiciones.

La buena noticia es que existen esfuerzos gubernamentales para atender el problema y programas enfocados en la rehabilitación de planteles. Hay que reconocer esos esfuerzos. Pero también entender que el tamaño del desafío requiere mucho más.

En La Magdalena Contreras lo sabemos bien. Nuestra geografía, las condiciones de algunos planteles y las necesidades de distintas comunidades hacen indispensable mantener la infraestructura educativa como una prioridad.

Por eso estoy convencida de algo: la recuperación de nuestras escuelas no debe ser solamente una tarea de gobierno; puede convertirse también en una gran causa comunitaria.

Eso no significa sustituir las obligaciones de las autoridades. Significa reconocer el enorme poder que aparece cuando madres y padres de familia, docentes, vecinos, sociedad civil, iniciativa privada y autoridades somos capaces de trabajar alrededor de un objetivo común.

Lo he visto personalmente.

He tenido la oportunidad de participar en jornadas en las que una comunidad se organiza para recuperar una escuela. Llegamos a pintar paredes, rehabilitar espacios y trabajar; pero al terminar ocurre algo mucho más importante que un cambio de color.

La comunidad hace suyo nuevamente ese espacio.

Una mamá pinta una pared. Un papá ayuda a mover materiales. Los maestros participan. Los vecinos se acercan. Y las niñas y los niños regresan después a una escuela diferente sabiendo que hubo personas que dedicaron tiempo y esfuerzo para mejorar el lugar donde estudian.

Así  que pintar una escuela es mucho más que pintar sus paredes. Pintar una escuela es construir comunidad.

Es decirles a nuestras niñas y niños, sin necesidad de pronunciar una sola palabra: ustedes importan y el lugar donde construyen sus sueños también importa.

Una jornada de pintura no resuelve por sí sola los problemas de infraestructura. Hay necesidades estructurales que requieren presupuesto, planeación, mantenimiento permanente y la intervención de las autoridades competentes.

Este nuevo ciclo escolar debería servirnos para recuperar una conversación fundamental: ¿qué tipo de espacios estamos ofreciendo a las generaciones que construirán el futuro de nuestra ciudad?

Queremos una Ciudad de México donde ninguna niña o niño tenga que acostumbrarse al deterioro.

Donde una pared abandonada no sea parte normal del paisaje escolar.

Donde cuidar una escuela sea también una manera de cuidar a nuestra comunidad.

Y que en La Magdalena Contreras demostremos que cuando sociedad y comunidad se organizan, pequeñas acciones pueden provocar grandes transformaciones.

Tenemos un ciclo escolar completo por delante.

Volvamos a las escuelas. Volvamos a organizarnos.

Porque el futuro se pinta en nuestras escuelas.

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Paridad sustantiva

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México tendrá en 2027 uno de los procesos electorales más grandes de su historia. La autoridad electoral ya puso un número sobre la mesa y los partidos políticos nacionales deberán destinar en conjunto 236 millones 379 mil 950 pesos —el 3% de su financiamiento ordinario— exclusivamente a fortalecer el liderazgo político de las mujeres. Es un mandato legal, no una sugerencia, y llega después de avances reales, entre paridad en el Senado desde 2018, paridad en la Cámara de Diputados desde 2021, una presidenta electa en 2024, gabinetes federales paritarios, cerca de 40% de gubernaturas y 30% de presidencias municipales en manos de mujeres.

Esos datos hay que decirlos sin adornos, pero también hay que decir lo que no muestran y es que la paridad numérica no es paridad de poder. Ocupar un escaño no significa controlar las carteras de mayor peso presupuestal —seguridad, hacienda y gobernación siguen siendo territorio mayoritariamente masculino—. Y la representación no elimina la violencia política de género, que sigue documentándose en cada proceso electoral entre amenazas, suplantación de funciones una vez ganado el cargo y campañas de desprestigio que sus contrincantes hombres no enfrentan.

Existe la idea, cómoda para quien no quiere invertir en resolverla, de que si una mujer quiere hacer carrera política, simplemente lo logra. Ignora un hecho estructural: el acceso a financiamiento, contactos partidistas y capital político se ha distribuido de forma desigual durante décadas, y los partidos —gate-keepers de facto de las candidaturas— han operado bajo esa lógica.

A nivel global, el panorama de 2026 documentado por la Unión Interparlamentaria y ONU Mujeres es más frío que el caso mexicano y solo 28 países tienen mujeres como jefas de Estado o de gobierno, las mujeres ocupan apenas 27.4% de los escaños parlamentarios del mundo y 22.4% de los cargos ministeriales, con retroceso documentado en la última medición de gabinetes. El patrón se repite en casi todos los países en donde las mujeres al frente de derechos humanos e igualdad de género; hombres al frente de defensa, gobernación, justicia y economía.

México está mejor posicionado que ese promedio, pero eso no equivale a haber resuelto el problema. La propia legislación mexicana lo reconoce y la obligación de destinar recursos etiquetados al liderazgo femenino no existiría si la paridad numérica ya garantizara paridad sustantiva.

Nuestro país tiene datos que respaldan avances reales en representación política femenina y, documentado por sus propias instituciones, evidencia de que esos avances no eliminaron la violencia política de género ni la concentración de poder real en manos masculinas. El financiamiento obligatorio de 236 millones de pesos para 2027 confirma que el sistema político reconoce el problema. La pregunta abierta es si ese dinero se traduce en formación con continuidad, o en cursos sin seguimiento que cumplen el requisito legal sin resolver nada de fondo.

México llega a las puertas de uno de sus procesos electorales más grandes con avances innegables en representación femenina, pero también con tareas pendientes que ninguna cuota, por sí sola, resuelve. Es importante que las mujeres que decidan competir no lo hagan solas, no lo hagan sin herramientas y no lo hagan sin una red que las sostenga antes, durante y después de la elección. Esa es, en última instancia, la diferencia entre abrir una puerta y construir un camino.

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