Las mujeres necesitamos sentirnos vistas y reconocidas. Pero las estructuras de poder, el patriarcado y la sombra de los otros no nos dejan ser visibilizadas. Hemos sido esas trabajadoras silenciosas que se encargan de todo: lo doméstico, los cuidados, el trabajo, de proveer con paternidades ausentes o cuidar a los padres mayores.
¿Pero quién nos ve? A veces, incluso, ni nosotras mismas. Apenas hace unos meses se reconoció el derecho a cuidar, ser cuidadas y al autocuidado, un derecho que difícilmente se ejerce dentro de una estructura que no sostiene.
Vernos implica tener una opinión; que se nos permita hablar, escuchar y ser escuchadas. Que se nos permita estudiar para entender el mundo (o al menos desconocer menos, diría Sor Juana Inés de la Cruz) y emitir esas opiniones informadas, o escribirlas y publicarlas bajo nuestro nombre. De nuevo, ser consideradas un sujeto activo y no un mero objeto —particularmente para el consumo masculino—.
Empoderarse es también permitirse ser vistas: por nosotras mismas, por otras, por otros. Porque la mirada masculina y la femenina no son iguales a la hora de abrazar, de aceptar, de apapachar y de poner el cuerpo. Por eso la visión de género importa, aunque a veces ser mujer no te la brinde de fábrica y se necesite mucha deconstrucción.
Reconocernos y escuchar nuestras voces nace de una lucha colectiva que empezó con lo más básico: ser dueñas de derechos humanos fundamentales. Uno de ellos, el derecho de votar y ser votadas, que se materializó en México apenas hace 72 años, el 17 de octubre de 1953.
Hoy tenemos un Congreso paritario, una mujer presidenta y 13 gobernadoras. La visibilidad del liderazgo femenino ha avanzado, así como el desmantelamiento de prejuicios sobre las mujeres, su capacidad y su liderazgo. Se ha empezado a hablar de los cuidados, de la igualdad salarial, y hemos evolucionado hacia una mayor tolerancia y equidad.
Votar y ser votadas fue un parteaguas en la historia política de las mujeres, que siempre fueron activas en sus comunidades, pero relegadas —a su pesar— a un segundo plano “para no correr peligro”. Conmemoramos que podemos salir a las calles y votar, pero aún hay quienes quieren borrarnos.
En pleno 2025, las mujeres tenemos espacios en la academia, los medios de comunicación, el mundo empresarial y la política. Sin embargo, ¿somos vistas en todas nuestras dimensiones? Existimos porque resistimos, porque hacemos ruido para ser vistas ante una inercia institucional que trata de borrar nuestra historia, nuestra presencia y nuestro presente.
Nuestra lucha sigue siendo por ser vistas: las madres buscadoras, las trabajadoras sexuales, las mujeres trans, las madres autónomas, las trabajadoras precarias de la limpia y la maquila, las trabajadoras domésticas. Todas las mujeres no heteronormadas, por las que muchos aún voltean la cara o quieren eliminar de sus entornos porque “no van con sus valores”.
Hoy celebramos el derecho a hablar a través del voto, a elegir a nuestras funcionarias y a acceder a esos puestos, pero reconocemos también que hay muchas mujeres atravesadas por interseccionalidades —como la raza, la pobreza o la diversidad sexual— que aún no son vistas.
Ser vistas en toda nuestra extensión es tener atención, ser aceptadas radicalmente, apreciadas, amadas y permitirnos ser. Eso necesitamos para ser amadas como seres autónomos y celebradas como parte esencial de esta historia y de este planeta.
Conmemoramos la fecha, pero no olvidamos que es una lucha que no está completa, una lucha que se hace todos los días, desde miles de trincheras.