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#Opinión

No todo es glitter, también hay discriminación

Junio es lucha y memoria. El PRIDE no basta si los derechos LGBT+ no se viven en la calle, el Congreso ni las instituciones.

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Junio se pinta de colores, pero los derechos de las personas LGBT+ siguen sin vivirse en el día a día: ni en las instituciones, ni en los partidos, ni en la calle.

Marcha LGBT en CDMX 2025: Fecha, horario y ruta | GQ

Junio es el mes del PRIDE. Las calles se llenan de colores, el glitter inunda los espacios y el ambiente se siente festivo. Y aunque hoy lo celebremos con alegría, no olvidamos que su origen fue una lucha. El PRIDE no nació como una fiesta, sino como una respuesta valiente frente a la discriminación, la violencia y la negación de derechos. Nos gusta celebrarlo, sí, porque también es una forma de resistencia: abrazar con orgullo lo que antes nos obligaban a esconder. La fiesta no borra la memoria; la transforma.

Pero eso no significa que dejemos de ver lo que falta. Hace unos días me entrevistaron para conocer mi opinión sobre el trabajo legislativo del Congreso de la Ciudad de México. De un total de 1,962 iniciativas y puntos de acuerdo presentados, apenas 25 están dirigidos a la población LGBT+. Es decir, solo el 1.4%. Ni siquiera el reciente Parlamento LGBT+ —un ejercicio valioso de representación— ha recibido la difusión institucional que merece. Pero el problema más grave no es solo la omisión legislativa: es la distancia abismal entre lo que se legisla y lo que realmente se vive.

Congreso CDMX realizó sesión plenaria del Parlamento LGBTTTIQ+ 2024

Quizá se pregunten por qué considero que ese es el problema más grave. La razón es simple: de nada sirve lo simbólico sin un cambio real.

  • De nada sirve capacitar fiscalías si el personal se burla o minimiza nuestras denuncias.

  • De nada sirve pintar un cruce arcoíris si solo se invita a los aliados políticos.

  • De nada sirve el discurso si la exclusión persiste.

Esto pasa. Aunque incomode admitirlo, pasa. Seguimos resistiendo en oficinas, en el transporte público, en partidos políticos, en la vía pública, en el sistema de salud. Resistimos todos los días, en todos lados, porque el reconocimiento simbólico no basta cuando el sistema sigue operando desde la exclusión.

Cómo se vive la endodiscriminación LGBT+ en espacios laborales - EQTY  Insider

Y ahí es donde fallan las instituciones. No basta con promulgar leyes: falta formación, seguimiento y presupuesto. Muchas autoridades no aplican un enfoque de derechos humanos con perspectiva de diversidad, o simplemente no les interesa. El acceso a la justicia sigue siendo desigual, lento y revictimizante.

Pero también hay responsabilidad en la sociedad civil. Somos nosotras, nosotres, nosotros —las personas organizadas, las colectivas, los activistas— quienes empujamos los cambios, sostenemos espacios de denuncia y acompañamiento, y exigimos que los derechos no se queden en letra muerta.

¿Saben cuántas veces me han mirado raro por ser diversa y panista? No solo dentro de mi partido, también fuera de él. En otros espacios políticos ni siquiera reconocen nuestra existencia. Actúan como si ser parte de la diversidad sexual y militar en el PAN fueran cosas incompatibles.

¿Cuántas veces nos han excluido con el argumento de que “no hay personas diversas en el PAN”? ¿De verdad no hay, o simplemente preferimos seguir negándolo? Ese juicio simplista también es una forma de discriminación.

Sí, hay voces dentro del partido que sostienen posturas contrarias a los derechos humanos, no lo niego. Pero también estamos quienes peleamos desde adentro, quienes damos la batalla interna, quienes incomodamos con nuestra existencia. Muchas veces quedamos atrapadas, atrapados y atrapades entre los prejuicios externos y los discursos internos.

La discriminación no distingue colores partidistas. Y este es solo un ejemplo más de cómo opera en todos lados, incluso entre quienes dicen defender derechos.

Concejo 2024 – 2027 | Alcaldía Benito Juárez

Carla Castillo Concejal de la Alcaldía Benito Juárez 2024 – 2027. Y columnista de la CDMX.

Licenciada en Hotelería con especialidad en Turismo de Reuniones por el Centro de Estudios Superiores de San Ángel. Maestra en Administración Pública por la UVM y en proceso de titulación de la Maestría en Buen Gobierno y Gestión Pública en la Universidad Anáhuac. Además, es una entusiasta del aprendizaje y coleccionista de diversos cursos. Ha trabajado tanto en la iniciativa privada, en distintos hoteles de varios estados del país, como en la administración pública, principalmente en la Alcaldía Benito Juárez, donde hoy se desempeña como concejal. Libra, mujer, patinadora sobre hielo, medio foodie, fan de Disney y de Stitch. Ama salir a correr antes del amanecer los domingos y leer todo lo que le recomienden o le regalen, porque nunca se sabe cuándo puede ser útil. Fiel creyente en la juventud y su papel clave en el futuro del país, así como en el poder de la comunidad en la CDMX. Apoya todas las causas que contribuyan a mejorar la ciudad y las pequeñas acciones que generan un impacto positivo en la vida de quienes aquí vivimos.

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#Opinión

Lo que esta ciudad da por hecho

La ciudad funciona no porque todo esté resuelto, sino porque alguien sostiene lo esencial sin ser visto. Esa red invisible de cuidados mantiene todo en pie… pero no es infinita.

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Hay cosas que damos por hechas, no porque sean simples, sino porque alguien más ya las resolvió antes de que siquiera tuvieran oportunidad de volverse un problema. No las vemos, no las pensamos demasiado, no forman parte de ninguna conversación relevante, pero están ahí, sosteniendo lo cotidiano de una forma tan constante que terminan volviéndose invisibles.

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La vida en la Ciudad de México, con todo lo que implica: los tiempos imposibles, las distancias, el desgaste, sigue funcionando no porque todo esté bien estructurado, sino porque hay una capa previa que se encarga de que lo básico ocurra. Antes de que alguien llegue a trabajar, antes de que alguien pueda cumplir con su día, antes incluso de que empiece cualquier discusión sobre cómo debería mejorar la ciudad, ya hubo alguien que resolvió lo esencial.

Hay una parte de la ciudad que no aparece en los informes, ni en los discursos, ni en las discusiones públicas donde todo parece urgente. No tiene nombre técnico que genere titulares ni cifras que incomoden lo suficiente. Y, sin embargo, está en todas partes. Es esa red invisible que organiza la vida diaria: quién cuida, quién acompaña, quién se queda, quién ajusta su tiempo para que el de alguien más sí funcione.

Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que eso pertenecía al ámbito privado, como si fuera una decisión individual o familiar, algo que cada quien debía resolver con mayor o menor éxito. Pero esa idea, más que explicar la realidad, la oculta. Porque lo que en realidad ocurre es que la ciudad está descansando sobre una estructura que no diseñó, que no financia y que tampoco reconoce del todo.

No es casual que, cuando algo falla en esa red, todo lo demás se desacomode. Cuando no hay quién cuide, quién esté, quién resuelva lo básico, lo que se detiene no es un detalle menor, sino la posibilidad misma de que alguien más salga, trabaje, produzca, participe. Lo que solemos llamar “vida cotidiana” depende mucho más de eso que de cualquier otra infraestructura.

Y, sin embargo, lo seguimos tratando como si fuera un asunto secundario.

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Parte de la incomodidad de este tema es que no tiene un responsable claro al cual señalar. No hay una sola decisión que explique el problema ni un solo actor que lo concentre. Es más difuso, más estructural, y por lo mismo más fácil de ignorar. La ciudad no colapsa porque siempre hay alguien que contiene el colapso antes de que se vuelva visible. Alguien que reorganiza su día, que pospone lo propio, que absorbe el desgaste para que todo lo demás pueda seguir ocurriendo con relativa normalidad.

Ahí está, quizá, lo más inquietante: que funciona.

Funciona lo suficiente como para que no se perciba como crisis, pero no lo suficiente como para que sea sostenible. Y en ese punto intermedio, donde todo parece seguir en pie aunque cada vez con más esfuerzo, es donde se instala una forma de desigualdad particularmente silenciosa.

Porque no todas las personas pueden resolver esa carga de la misma manera. Hay quienes pueden externalizarla, pagarla, delegarla. Y hay quienes la absorben por completo, reorganizando su vida alrededor de esa necesidad constante. No es solo una diferencia económica; es una diferencia en tiempo, en oportunidades, en desgaste acumulado.

La ciudad, entonces, no solo se divide por zonas, ingresos o acceso a servicios. También se divide por quién puede sostener su vida sin interrumpirse y quién tiene que detenerla constantemente para sostener la de otros.

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Y eso, aunque no se nombre así, también es una forma de política.

No de la que se discute en tribuna o se mide en encuestas, sino de la que define, en lo más cotidiano, quién tiene margen de decisión sobre su propio tiempo y quién no. Quién puede proyectar a futuro y quién vive resolviendo el presente inmediato.

Quizá por eso este tema no incomoda lo suficiente. Porque no estalla. No se traduce en crisis visibles ni en momentos de ruptura claros. Se queda en ese lugar incómodo donde todo sigue funcionando, pero a un costo que nadie termina de asumir públicamente.

La Ciudad de México no solo se sostiene por sus avenidas, sus decisiones administrativas o sus grandes proyectos. Se sostiene, sobre todo, por una red de cuidados que opera todos los días sin reconocimiento proporcional, sin descanso suficiente y sin una estructura que la respalde.

El problema no es que exista. Es que hemos aprendido a depender de ella como si fuera infinita.

Y no lo es.

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Cuando ir al fútbol se volvió lujo

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El regreso del América al Estadio Banorte (todavía el Azteca para casi todos) debía ser una fiesta. Después de casi dos años sin jugar ahí como local, el duelo ante Cruz Azul prometía marcar uno de esos momentos que reactivan la memoria futbolera de una ciudad. Pero la conversación, esta vez, no giró alrededor del partido. Giró alrededor de los precios.

X de Grupo Ollamani

Porque si algo dejó claro la reapertura del Coloso de Santa Úrsula es que volver al estadio cuesta, y cuesta mucho.

El boleto más barato para el Clásico Joven arranca en 683 pesos. El más caro supera los 9 mil pesos. El estacionamiento cuesta 1,139 pesos, casi cuatro veces más que antes de la remodelación. Para muchos aficionados, estacionar el coche resulta más caro que asistir a otros eventos deportivos completos en la ciudad.

Y ahí empieza la comparación incómoda.

En marzo, para el Pumas vs Cruz Azul en Ciudad Universitaria, los boletos más accesibles costaban 313 pesos. Un boleto para ver a los Diablos Rojos en el Estadio Alfredo Harp Helú puede costar desde 150 pesos. Es decir, un asiento premium para beisbol profesional cuesta menos que muchas zonas intermedias del renovado Azteca.

La pregunta entonces ya no es cuánto cuesta ver fútbol. La pregunta es otra: ¿para quién se está diseñando esta experiencia?

Porque lo más revelador no está solo en la Liga MX. Está en el contraste con el propio Mundial de 2026. Un boleto de fase de grupos para la Copa Mundial de la FIFA en México arrancaba en aproximadamente 1,640 pesos. Eso significa que ciertos boletos para un partido regular de temporada ya compiten en precio con partidos mundialistas en el mismo inmueble, que durante el torneo se llamará oficialmente Estadio Ciudad de México.

Captura propia del portal de Fanki

 

El dato resulta todavía más llamativo cuando se observa lo que ocurre alrededor de la FIFA. Esta semana, The New York Times reveló que se reasignaron asientos ya vendidos y se crearon nuevas zonas premium, desplazando a compradores previos. Lo que ocurre con el Mundial responde a la misma lógica que ya estamos viendo en México: convertir el fútbol en una experiencia segmentada, cada vez más premium y menos popular.

El Estadio Azteca siempre fue un símbolo de multitudes. Hoy, su nueva versión parece apostar por otra narrativa: terrazas exclusivas y Chairman’s Club.

El problema no es modernizar un estadio. El problema es modernizarlo expulsando a quienes históricamente le dieron vida.

Porque cuando un clásico de Liga MX empieza a costar como un Mundial, el mensaje es claro: el fútbol sigue siendo pasión de masas, pero verlo en vivo empieza a convertirse en privilegio.

Captura propia del portal FIFA Tickets

 

 

 

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¿Quién gana con la jornada de 40 horas?

La jornada de 40 horas es un avance, pero sin garantizar descanso real ni atender traslados e informalidad, el cambio se queda corto frente a la vida cotidiana de millones de trabajadores.

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Un derecho no es algo que alguien te da; es algo que nadie te puede quitar.” — Ramsey Clark. 

Tras años de lucha y exigencia social, en México se aprobó la reducción de la jornada laboral a 40 horas este pasado 3 de marzo. Es un logro reclamado por trabajadores, sindicatos y familias que, durante décadas, pidieron tiempo para vivir y no solo para trabajar. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, el 73% de los trabajadores en México labora más de 40 horas por semana, lo que afecta su salud física y mental y propicia entornos laborales poco productivos debido al agotamiento. Como consecuencia de las condiciones laborales actuales, disponer de tiempo libre se ha convertido en un lujo y no en un derecho para las y los trabajadores del país.

Esta reforma laboral busca mejorar la calidad de vida de los trabajadores, fomentando un mejor equilibrio entre la vida personal y la laboral. Su implementación será gradual: disminuirá 2 horas laborales por año a partir de 2027 hasta llegar a las 40 horas en 2030, y establece que no se reducirá el salario, sino que se mantendrá tal como se percibe actualmente. Que la reducción sea gradual es comprensible por las adecuaciones que las empresas deben hacer y para no afectar sus ingresos de forma abrupta, sin embargo esta gradualidad debe acompañarse de medidas inmediatas de compensación para los trabajadores que exigen sus “40 horas ya.”

Por otro lado, hay un punto que no debemos ignorar: se aprobó la disminución de la jornada, pero no se garantiza que los trabajadores tengan dos días de descanso. Al no expresarse así en la iniciativa aprobada (pese a que se discutió este punto en ambas Cámaras) queda una laguna para el momento de aplicarse, pues los empleadores pueden decidir distribuir las horas de trabajo en más días; es aquí donde no podemos festejar un triunfo, porque no se asegura el descanso que tanto se presume.

Gran parte del sector obrero se desplaza a sus centros de trabajo en transporte público y solo en el traslado pueden pasar hasta 4 horas diarias, superando las dos horas y media promedio por viaje. Al no aclararse la distribución de los días en los que se deben cumplir las 40 horas totales, sigue viéndose afectada gran parte de la población, que puede verse obligada a laborar también los fines de semana, lo que reduce su tiempo de esparcimiento, familiar o simplemente de descanso.

A su vez, esta reforma tampoco beneficia a quienes laboran en la informalidad, pues no hay manera de registrar las horas de trabajo como se establece en el Decreto.

Si al presentar una reforma que busca mejorar la calidad de vida y el equilibrio trabajo-vida de los trabajadores mexicanos no tomamos en cuenta estas situaciones cotidianas, entonces no se está haciendo lo suficiente por ellos. Pese a que se llevaron a cabo más de 40 foros en diversas entidades, que reunieron a la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), representantes del sector privado, sindicatos, académicos y organismos internacionales y nacionales, no queda evidenciado que se hayan considerado todos los puntos importantes que afectan a las y los trabajadores de México.

El reclamo de contar con dos días de descanso aún persiste. Si lo que se busca es reivindicar a la clase trabajadora y saldar una deuda histórica, hay que ir más allá y garantizar cambios reales en la dinámica cotidiana de las y los trabajadores: regular la distribución de la semana laboral para proteger los fines de semana, asegurar el registro efectivo de las jornadas (incluida la informalidad) y promover medidas de movilidad y vivienda que reduzcan los tiempos de traslado, para así construir una política laboral efectiva y lograr una sociedad más satisfecha que pueda realmente disfrutar su tiempo y no solo el tiempo que le sobra.

 

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