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Morena, entre el éxito y el exceso

El poder sin límites pierde el pudor. Morena enfrenta su mayor prueba: ¿puede mantener su moral cuando ya no tiene a quién culpar? ⚖️🔥

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Por Abayubá Duché

Durante más de un sexenio, el obradorismo construyó algo más que una maquinaria política: levantó una narrativa moral. Su fuerza residía en el contraste. En un país fatigado por la corrupción y la desigualdad, Andrés Manuel López Obrador ofreció una explicación sencilla y un relato poderoso: el pueblo bueno frente a la élite abusiva; la austeridad republicana frente al derroche; la integridad personal frente al cinismo de los privilegiados.
Esa historia, contada una y otra vez con la convicción de quien habla desde la fe, no solo ganó elecciones: fundó un sentido de pertenencia.

Siete años después, ese relato enfrenta su prueba más dura. La popularidad del presidente emérito sigue alta y la presidenta Claudia Sheinbaum roza niveles de aprobación inéditos, sostenida en resultados tangibles —reducción de pobreza, aumentos salariales, programas sociales masivos— y en una continuidad institucional que ofrece certidumbre a millones.
Pero el poder, cuando se vuelve incontestable, comienza a revelar grietas que ni la retórica ni las cifras pueden ocultar.

Las recientes conductas de figuras emblemáticas de Morena muestran que la ética del movimiento empieza a resquebrajarse justo donde más presumía solidez.

  • Gerardo Fernández Noroña, otrora azote de los privilegios, justificó el uso de una aeronave privada para un viaje “de trabajo”, el mismo lujo que durante años denunció con furia moral.

  • Arturo Ávila, vocero visible del partido, fue exhibido por una investigación periodística que reveló su propiedad de una mansión valuada en más de cien millones de pesos en Estados Unidos, símbolo de la opulencia que Morena prometió desterrar.

  • Los hijos del expresidente, con sus restaurantes, viajes y lujos discretos, han convertido el discurso del “par de zapatos basta” en un recuerdo sentimental.

  • Y el caso de Adán Augusto López, involucrado indirectamente en la red de huachicol fiscal que llevó a prisión a su exsecretario de Seguridad, trasciende el terreno ético: toca el nervio político y presupuestal del nuevo gobierno.

La propia presidenta tampoco escapa del espejo. Su imagen, cuidadosamente construida sobre la serenidad técnica y la continuidad institucional, comienza a mostrar destellos de soberbia.
El episodio del pasado fin de semana —cuando, durante una visita a zonas afectadas por lluvias, pidió a un damnificado “escucharla” mientras se llevaba la mano a la oreja y hacía el gesto de silencio con el dedo índice— sintetiza una actitud inquietante: la de quien ya no dialoga, sino impone. Son gestos menores, pero revelan el cambio de tono de un liderazgo que empieza a sentirse irrefutable.

Estos episodios no son simples anécdotas: son señales de desgaste en la narrativa que dio identidad al movimiento, la idea de que “los de ahora son distintos”.
La continuidad en el poder no solo ha consolidado estructuras políticas y electorales —una red territorial sin precedentes y una ingeniería presupuestal monumental—, también ha producido una nueva élite. Una élite que se mueve con la seguridad del poder, no con la humildad de la causa.

El obradorismo supo capitalizar el enojo popular hacia los excesos de otros; su legitimidad provenía de la comparación constante con “los de antes”. Pero esa fuente se agota cuando los nuevos rostros reproducen las mismas conductas que el relato prometía erradicar.
La diferencia —y aquí radica el punto más crítico— es que hoy Morena controla prácticamente todo el aparato político e institucional: Congreso, gobiernos estatales, órganos de control y una presidencia con enorme poder simbólico.
Ya no es posible culpar a la oposición, a los “poderes fácticos” o al “bloque conservador” de cada tropiezo. El espejo está frente a ellos.

En el fondo, el movimiento enfrenta una paradoja: su narrativa contra la corrupción fue lo que lo hizo invulnerable; su exceso de poder puede ser lo que la vuelva insostenible.
Mientras la presidenta Sheinbaum mantiene una popularidad en la estratósfera y el país vive una estabilidad social inédita en décadas, la sensación de impunidad de algunos miembros del partido empieza a crecer como sombra.
Porque el poder, cuando no tiene contrapesos, suele creer que también puede prescindir del pudor.

La historia mexicana es clara: los gobiernos que se enamoran de su propia narrativa acaban siendo devorados por ella.
La arrogancia del poder rara vez conduce a la inmortalidad política; casi siempre anticipa la caída.
Y aunque hoy el obradorismo parezca tocar el cielo, nadie que gobierna sin límites debería olvidar que la altura, más que un privilegio, es una tentación: desde ahí, la caída siempre es más visible.

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