Trabajamos más, descansamos menos y aun así sentimos que nunca es suficiente. Normalizamos el agotamiento como símbolo de éxito, mientras vivir con equilibrio parece un privilegio que el sistema aprendió a hacernos sentir culpa.
«Disponibilidad de horario. Alta tolerancia a la presión. Capacidad para ponerse la camiseta». Estas frases tapizan los portales de empleo en México, mimetizadas como requisitos legítimos de contratación. Detrás de estos eufemismos corporativos se esconde una de las distorsiones más profundas de nuestra realidad social: la transformación del compromiso laboral en una sumisión incondicional que se oferta en el mercado laboral como un atributo deseable en el currículum.
La industria cultural alimenta con frecuencia el mito del sacrificio idílico. El reciente anuncio de la secuela de la película El diablo viste a la moda reavivó una línea discursiva donde la protagonista reconoce un hecho incómodo: una vida exitosa dentro de ese entorno exige la entrega de la propia existencia como precio. El cine suele maquillar la explotación con destellos de glamur, omitiendo deliberadamente que la meritocracia pura es un espejismo en sociedades altamente desiguales.
El esfuerzo individual coexiste a menudo choca con los privilegios heredados, las redes de poder y las relaciones públicas. El trabajo duro, por sí solo, rara vez garantiza las oficinas de ensueño de las cúpulas corporativas.
El filósofo Byung-Chul Han identifica la raíz de este fenómeno en el tránsito hacia la «sociedad del cansancio», donde el individuo se transforma en un sujeto de rendimiento que se autoexplota bajo la bandera de la autorrealización. El empleo absorbe la identidad entera: ya no trabajamos para vivir; pretendemos existir únicamente a través del empleo. Esta dinámica resuena con la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, un ecosistema donde los vínculos humanos se vuelven desechables y las personas son tratadas bajo la lógica del descarte, sustituibles en el momento en que su productividad experimenta un descenso.
Las estadísticas oficiales desnudan la gravedad de esta anomalía institucional. México se mantiene de manera sistemática en los reportes de la OCDE como la nación donde más horas se trabaja al año, promediando más de 2,200 horas por empleado, una cifra significativamente superior a la media de las economías desarrolladas. Asimismo, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI documenta que millones de mexicanos extienden sus jornadas laborales más allá del límite legal de las 48 horas semanales. Esta alarmante inversión de tiempo no se traduce en una retribución proporcional ni en movilidad social; representa un subsidio emocional y físico que el trabajador regala al engranaje económico a costa de su propia estabilidad laboral.
La cultura del esfuerzo y el valor del trabajo duro permanecen intactos en este análisis. La productividad y la pasión por el oficio son motores indispensables para el desarrollo del país. El verdadero problema radica en la estigmatización de quienes aspiran a una relación sana entre la vida profesional y el ámbito personal. El sistema operó un hackeo psicológico perfecto: propició que la presión se ejerza de manera horizontal, logrando que los mismos trabajadores vigilen, juzguen y señalen a sus pares cuando estos deciden ejercer su derecho al descanso. Estar permanentemente ocupado se convirtió en un símbolo de estatus, y la culpa colonizó incluso los periodos de vacaciones.
La escasez estructural de empleo y la necesidad económica obligan a valorar cualquier espacio de ocupación, pero la vulnerabilidad de las familias jamás debe ser la licencia para el abuso. Los creadores de empleo y los asalariados integran el mismo tejido nacional. El espíritu original del artículo 123 de nuestra Carta Magna consagra la dignidad del ser humano en el entorno laboral, alejándose de la visión que reduce a los individuos a simples «recursos» intercambiables. La solidez de una empresa moderna se mide en la salud de su talento humano; mantener organizaciones competitivas requiere liderazgos que reconozcan que la explotación es el síntoma inequívoco de un modelo de negocio agotado.
El equilibrio vital se transformó en un lujo bajo sospecha dentro de una sociedad que aspira formalmente a la libertad. Una verdadera política de bienestar debe garantizar el derecho fundamental a dormir, alimentarse correctamente, recrearse y disfrutar de los seres queridos. Durante los días posteriores a la conmemoración del Día del Trabajo, un entrañable amigo compartió conmigo una reflexión que desmonta cualquier pretensión de superioridad corporativa: «Aldo, no te confundas. Estás mucho más cerca de ser la persona sin hogar que duerme afuera de las colonias de tu casa, que de ser el nuevo rico que habita los fraccionamientos privados de la Ciudad de México».
La fragilidad económica nos hermana a la inmensa mayoría; la soberbia de la autoexplotación solo nos aísla. El valor real de un profesional se encuentra en su capacidad creativa y técnica, nunca en el precio que le asigna a la renuncia de su propia humanidad.