En estos días vuelve la estrategia de siempre: confundir al pueblo para proteger privilegios. La nueva Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, impulsada por el gobierno de la Cuarta Transformación, ha encendido las alarmas de los grandes consorcios mediáticos y empresariales. No es casualidad. Lo que está en juego no es solo una norma, sino el poder de decidir: ¿quién tiene derecho a estar conectado? ¿Quién controla lo que vemos, leemos o escuchamos?
Desde 2018, la transformación puso sobre la mesa una verdad incómoda: en México, millones de personas siguen sin acceso pleno a internet, no porque falte tecnología, sino porque a los de siempre no les conviene invertir donde no hay ganancia. En los pueblos originarios, en las colonias populares, en los parajes más alejados, la conectividad fue convertida en un lujo, cuando debería ser un derecho. Eso es lo que estamos corrigiendo.
La nueva ley no censura; corrige una injusticia histórica. Permite que el Estado declare zonas prioritarias para que CFE Internet y las redes comunitarias lleguen donde antes se negaba el servicio. Obliga a la cobertura, frena los abusos tarifarios y garantiza que el acceso ya no dependa del dinero en tu bolsillo o del lugar donde naciste.
Y aún más: refuerza la protección de datos personales, combate la desinformación comprada y promueve la pluralidad de contenidos, sin amordazar ni condicionar la libertad de expresión. ¿Por qué tiemblan entonces? Porque se les cae el negocio de la manipulación.
¿Quiénes gritan hoy “censura”? Los mismos que durante años usaron el poder para despedir periodistas incómodos, cancelar programas críticos, o imponer el llamado pacto del silencio de Felipe Calderón para ocultar la violencia y proteger al régimen. Los mismos que obtuvieron concesiones regaladas en tiempos del PRIAN, los que se ampararon cientos de veces para no pagar impuestos y convirtieron el derecho a comunicarnos en una mercancía de pocos.
Este no es un debate técnico, es un debate de poder. Y su berrinche es claro: ya no pueden decidirlo todo. Ya no pueden usar la conectividad como un territorio privado, ni fabricar consensos con sus noticiarios a modo. Por eso hoy inventan fantasmas, exageran y propagan el miedo.
Pero el pueblo ya no se traga sus mentiras. Las juventudes de hoy sabemos lo que significa estudiar sin internet, buscar trabajo sin conexión, organizarse sin plataformas, alzar la voz sin redes libres. Sabemos también que la verdadera libertad solo florece cuando hay igualdad.
No permitamos que los mismos de siempre vuelvan a dictarnos el pensamiento. No dejemos que maquillen sus privilegios con discursos de odio y de temor. Hoy nos toca mantenernos informados, organizados, conscientes.
Porque en esta transformación, la verdad es nuestra mayor señal.
Y aunque les duela a los de arriba, el futuro ya no les pertenece: es del pueblo, de los de abajo, de quienes nunca más se quedarán fuera de la historia ni de la conexión.