Cuidar sostiene la vida, pero en México sigue siendo invisible. Un sistema público de cuidados no es solo política social: es reconocer el trabajo que millones de mujeres realizan todos los días.
En los últimos días, el Congreso de la Ciudad de México ha abierto la discusión sobre la creación del Sistema Público de Cuidados. Se trata de una propuesta relevante que busca reconocer algo que durante décadas se ha dado por hecho: el trabajo de cuidar.
Cuidar a un niño, a una persona enferma, a un adulto mayor o a alguien con discapacidad no es solo un acto de amor o de responsabilidad familiar. Es también una tarea que sostiene a las comunidades y, en muchos casos, a la economía misma de los hogares.
Durante la discusión legislativa, el coordinador del PAN en el Congreso capitalino, Andrés Atayde, lo resumió en una frase que vale la pena retomar: “cuidar a quien nos cuida”.
La frase parece sencilla, pero encierra una realidad profunda.
En México, y particularmente en nuestra ciudad, la mayor parte del trabajo de cuidados recae sobre las mujeres. Son ellas quienes reorganizan su vida para atender a sus hijos, acompañar a sus padres cuando envejecen o apoyar a un familiar enfermo. Muchas veces lo hacen en silencio, sin descanso y sin reconocimiento.
En recorridos por las colonias de La Magdalena Contreras he escuchado historias que reflejan exactamente eso. Mujeres que salen adelante mientras cuidan a sus familias, organizan su casa, trabajan y además sostienen la vida comunitaria de su barrio.
Por eso la discusión sobre un sistema de cuidados no puede quedarse solo en un concepto bien intencionado. Debe traducirse en políticas públicas reales que ayuden a las familias.
Cuando hablamos de un sistema de cuidados hablamos de cosas muy concretas: estancias infantiles, espacios para adultos mayores, servicios de apoyo para personas con discapacidad, escuelas de tiempo completo y redes comunitarias que acompañen a quienes cuidan todos los días.
En otras palabras, hablamos de construir una ciudad que entienda que cuidar también es trabajo.
Pero hay algo más que no podemos perder de vista. Las mejores políticas públicas no se diseñan únicamente desde las oficinas; se construyen escuchando a quienes viven la realidad todos los días.
Las mujeres cuidadoras de nuestras colonias saben mejor que nadie qué es lo que hace falta. Ellas conocen las dificultades para encontrar quién cuide a sus hijos mientras trabajan, o lo complicado que puede ser atender a un adulto mayor sin apoyo institucional.
Si realmente queremos avanzar hacia un sistema de cuidados sólido, la ciudad debe escuchar esas voces.
Porque al final del día, una ciudad que reconoce el valor del cuidado es también una ciudad que reconoce el valor de las personas.
Y cuidar a quien nos cuida no debería ser solo una frase en tribuna, sino un compromiso real con las familias que sostienen nuestra comunidad todos los días.