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Todo parecía indicar que no.

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Me he aficionado a la Historia y a lo que ha derivado de los sucesos facticos en donde todo parecía indicar que nada iba a pasar, pero algo ¡ocurrió!

Como padre, toca recursar la primaria y secundaria para atestiguar como todo se advierte diferente con la edad. No es que como niño sea difícil estudiar la historia de la humanidad. Lo que resulta casi imposible es dilucidar “todo” como una línea continua de concatenaciones fácticas cuando ese todo parece tan vasto, distante y gigantesco como para poderse… simplemente comprender.

De pequeños no es la historia “per se” con lo que se batalla, sino con el apuro de concebir lo que se advierte imposible con la razón. Así, el concepto de estudiar todo lo que ha sucedido y quienes han participado en ello, parece una tarea irrealizable para la percepción infantil del mundo. En resumen, la Historia Universal, para un niño se reduce a la analogía popular del árbol y el bosque; mientras se ve la realidad frente a un árbol, esa percepción única no permitirá ver todo el bosque que hay detrás. En la medida en la que se asciende, la percepción cambia y, por ende, también la visibilidad. Así, ese mismo árbol, pero visto dese arriba… se convierte no lo único que existía, sino meramente parte del bosque.

No es tanto que la edad de claridad (hay muchos casos en los que no), a lo sumo, los años contribuyen para lograr un panorama más amplio que permite un espectro extenso. Así, con el tiempo se pierde el asombro por lo vasto y llega la extrañeza por lo sencillo que todo resulta ser. De repente, la historia no es algo que ocurrió hace milenios distantes, sino hace tan solo unas generaciones. Se desdibuja la magnitud, y si la razón da para ello, se adquiere una concepción no se si más real, aunque sin duda, más objetiva.

Desde esta perspectiva (tal vez ya me puedo llamar adulto) la política, la historia y las leyes no se perciben como hechos aislados, sino como consecuencia de hechos muy marcados. Aunque la comprensión humana resulte complicada, la historia resulta que puede ser fácilmente explicada. Sin embargo, en el tratar de entender, están mil hechos que nunca dejan de sorprender.

Alexander Fleming descubrió la penicilina y cambió por siempre la medicina. Sin embargo, el invento no llegó con intención, se dió por descuidado ante una falta de atención.

Constantinopla no cayó por que se derribaran los muros asediados, ahí los soldados estaban siempre en alerta. El error fue que “alguien” dejó una puerta abierta.

Mi vida personal ha evolucionado como consecuencia de una cadena de aciertos y torpezas en donde muchas veces, todo parecía indicar que no, y al final, sí.

A la edad de mis hijos, rememoro y reímos los compañeros de primaria, ya que todo parecía indicar que, en vista de las circunstancias, ninguno sería exitoso en un futuro. Todo parecía indicar que ni la preparatoria acabaríamos, y luego doctores, abogados y financieros seríamos.

A la inversa, en la política y en el ejercicio de la vida pública, los ejemplos que relatan una sorpresa, algo que no se esperaba o un error sencillo con repercusiones monumentales, abundan.

En ese medio que tanto promueve los aciertos, es donde más tienden a esconderse los errores.

Napoleón cometió un error con Rusia, Julio Cesar acudió solo con sus pares, López Portillo empeñó la economía y parecía que el petróleo nunca iba a colapsar. Salinas y el “error de diciembre.”

Siempre admiré una frase de Neruda que me enseñó que la poesía tiene mucho de política y que la política puede ser poesía:

“El triunfo surge de las cenizas del error.”

Abundan las crisis políticas, humanas y tecnológicas. Los que vienen juzgarán si nuestros cambios se dieron como consecuencia de nuestros aciertos, o bien, de los errores.

En cuanto a los últimos, con el paso del tiempo será muy fácil determinar si los cometimos por miopes, ya que nunca realmente vimos. O bien, por circunstancias que, por obtusos, descuido o negligentes, nunca advertimos.

Pase lo que pase, nuestra historia se contará y garantizo que alguno dirá:

Todo parecía indicar que no.

Pero algo sí pasó.

JJ

El maestro Juan José Díaz Mirón Salcedo actualmente se desarrolla como vicepresidente laboral de la Comisión Nacional de la Confederación de Cámaras Industriales de los Estados Unidos Mexicanos (CONCAMIN), y en esa calidad ha representado a México en 5 ocasiones ante la OIT en Ginebra, Suiza para negociar legislación internacional en materia de trabajo. Es catedrático de la Escuela Libre de Derecho, así como de la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM, y doctorando por la Universidad de Valencia, España. Es socio del Bufete especializado Bufete Diaz Mirón y experto en el desarrollo humano a través de la empresa, la productividad y medidas estratégicas que generen bienestar a trabajadores y empresarios. En su practica enfocada al derecho del trabajo, funge como asesor externo especializado para empresas nacionales e internacionales.

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¿Defender la paz le incomoda al poder?

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Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convierte sus obsesiones personales en un asunto político internacional. Este 9 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, mientras el Gobierno de Trump anunciaba nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI).

La coincidencia resulta, cuando menos, irónica. Después de insistir públicamente en que merece el Nobel de la Paz, Trump vuelve a quedar fuera de la lista de galardonados. Y Pillay, al conocer la noticia, respondió con humor: bromeó con que quizá compartiría el premio con él si el público seguía aplaudiendo. Una frase breve, pero suficiente para poner en evidencia la distancia entre buscar un reconocimiento y construir una trayectoria que lo respalde.

No es la primera vez que el Nobel se cruza con las aspiraciones del mandatario estadounidense. En enero de este año, la opositora venezolana María Corina Machado le entregó a Trump la medalla física del premio que ella recibió en 2025, como gesto de agradecimiento por su respaldo a la causa venezolana. Sin embargo, una medalla puede regalarse; el reconocimiento no se transfiere. Trump recibió el objeto, pero no se convirtió en laureado del Nobel.

El episodio retrata una forma de entender la política en la que los símbolos, los reconocimientos y la imagen personal parecen tener tanto peso como los resultados. Pero la paz no se acredita con una medalla ni se demuestra mediante declaraciones públicas. Se construye con decisiones, instituciones y respeto a las reglas.

La trayectoria de Navi Pillay contrasta con esa lógica. Fue jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, integró el Tribunal Penal Internacional y encabezó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. También presidió una comisión de investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Su reconocimiento no responde a una aspiración personal, sino a una carrera dedicada a la defensa de los derechos humanos y al combate de la impunidad.

Por eso, el anuncio de nuevas sanciones estadounidenses contra el TPI adquiere una relevancia particular. La Administración Trump sostiene que el tribunal amenaza la soberanía de Estados Unidos y rechaza su autoridad sobre ciudadanos y dirigentes estadounidenses. El tribunal, por su parte, denunció las medidas como un intento de obstaculizar la justicia internacional.

Puede que no haya elementos suficientes para asegurar que las sanciones fueron una represalia directa por el Nobel, pero la coincidencia de ambos anuncios exhibe una contradicción política que es difícil de ignorar, porque mientras se reconoce a una jurista por defender el derecho internacional, una de las principales potencias del mundo endurece su presión contra una institución encargada de perseguir crímenes internacionales.

La discusión no consiste en afirmar que el TPI es infalible ni en negar que los Estados puedan cuestionar su competencia. Consiste en distinguir entre defender la soberanía por las vías jurídicas y recurrir a la presión económica para debilitar a una institución cuya actuación resulta incómoda.

Para México y América Latina, el debate no es ajeno. Somos países que han recurrido al derecho internacional para defender la soberanía, los derechos humanos y la solución pacífica de controversias. Esos principios pierden consistencia si los defendemos únicamente cuando favorecen a nuestros gobiernos o coinciden con nuestras afinidades políticas.

La paz necesita diplomacia, pero también necesita justicia. Sin mecanismos de rendición de cuentas, corre el riesgo de convertirse en una tregua que protege a los poderosos y deja a las víctimas esperando indefinidamente.

Al final, el problema no es que Trump quiera recibir un premio, cualquier dirigente puede aspirar a un reconocimientos pero el problema aparece cuando esa aspiración parece confundirse con un derecho personal y cuando las instituciones que no responden a sus intereses se convierten en adversarias.

El Nobel no se entrega por insistencia, ni el derecho internacional debería depender del capricho de nadie. Parte del trabajo para velar la paz trata en respetar las reglas.

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Conciertos cancelados: causas ajenas a todos, consecuencias para uno solo

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Hay una frase que los fans de los conciertos ya aprendimos a reconocer: “por causas ajenas al artista, al promotor y al recinto.” Aparece siempre que una presentación se cancela. Y siempre significa lo mismo: nadie va a explicar nada.

El caso más reciente es el de TINI. El 6 de octubre, Zignia Live, Music Vibe y la Arena CDMX anunciaron la cancelación de su concierto del 25 de octubre. El comunicado decía que la fecha quedaba cancelada por causas ajenas a las tres partes. Hasta hoy, ni las promotoras ni la artista han dado una explicación concreta. Circulan rumores de baja venta y de conflictos internos, pero nada confirmado. Lo interesante es que TINI ya había tocado en ese mismo recinto el 4 de septiembre, con lleno total, y también en Guadalajara y Monterrey.

El patrón no es nuevo. En marzo, Ocesa canceló los dos conciertos de P!nk en el Estadio GNP Seguros, programados para el 26 y 27 de abril. Era su regreso a México después de más de veinte años, y la segunda fecha se había abierto por alta demanda. El comunicado habló de complicaciones derivadas de un caso fortuito que afectaba la logística y que era ajeno al artista, al promotor y al recinto. La frase más redonda de deslinde total que se haya escrito. La cantante tampoco se pronunció a detalle.

En agosto le tocó a Aitana. Su presentación del 4 de noviembre en el Auditorio GNP Seguros de Puebla fue cancelada por complicaciones logísticas imprevistas y, otra vez, ajenas a todos. Ella misma lo publicó en redes con el mismo argumento. Casi al mismo tiempo, anunció una tercera fecha en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El resto de la gira por México siguió intacto. Nadie dijo que una cosa tuviera que ver con la otra, pero muchos de sus fans de Puebla sacaron sus propias conclusiones: perdieron su concierto mientras la capital ganaba uno más.

Y luego está el caso de Carin León en The Sphere, que fue un poco distinto, pero funciona como contraste. El 10 de septiembre, los asistentes ya estaban dentro del recinto en Las Vegas cuando, pasadas las ocho y media de la noche, anunciaron por las bocinas que no habría presentación. Hubo abucheos. Al día siguiente, el cantante explicó con detalle lo que había pasado: dos fallas mecánicas en aviones privados al salir de Hermosillo, primero de frenos y luego de dirección, y la negativa de las autoridades aeroportuarias a autorizar el vuelo. La crítica, en todo caso, apuntó a que el artista no estuviera en la sede con la debida antelación. Lo más descarado fue que la fecha se reprogramó para el 15 de septiembre de 2027. Un año después. Los boletos seguirán siendo válidos, y quien no pueda ir tiene derecho a reembolso. Lo que nadie reembolsa son los vuelos, los hoteles y los días de vacaciones de quienes viajaron a Las Vegas para esa noche.

Ahí está el fondo del asunto. En todos los casos, con explicación o sin ella, el que pierde es el mismo.

Y conviene sumar otro factor. Cada vez es más común que los conciertos se anuncien con meses, incluso años de anticipación. La venta arranca a los pocos días del anuncio, sin dar tiempo a que nadie planee ni ahorre. Primero cobran. Después averiguan si el evento es viable. Se vende un lugar en un estadio que puede no tener fecha confirmada en la agenda real del artista, y si algo falla, la respuesta ya está redactada.

El daño mayor es de confianza. Cuando se abusa de las causas ajenas, las cancelaciones con razones legítimas también empiezan a sonar a excusa. El problema de usar siempre el mismo pretexto es que, cuando llega la razón verdadera, ya nadie la cree.

Porque si las causas siempre son ajenas al artista, al promotor y al recinto, entonces queda una sola pregunta: ¿de quién fue la culpa?

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Tres científicos, una alga y el cerebro humano

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Cada año, cuando se anuncian los Premios Nobel, aparecen palabras que para muchos parecen pertenecer a otro idioma. Términos técnicos, descubrimientos complejos y explicaciones que, a primera vista, parecen lejanas a nuestra vida cotidiana.

Pero detrás de algunos de esos reconocimientos hay historias profundamente humanas: curiosidad, preguntas persistentes y años dedicados a comprender algo que, en principio, parecía pequeño.

El Premio Nobel de Medicina 2026 es una de ellas.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron reconocidos por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una herramienta que permite utilizar la luz para controlar determinadas neuronas y estudiar cómo funcionan los circuitos del cerebro.

Pero esta historia no comienza en el cerebro.

Comienza con una pequeña alga.

Peter Hegemann estudiaba microorganismos capaces de orientarse hacia la luz. Quería entender cómo una célula tan sencilla podía detectar la luz y responder a ella. Junto con Georg Nagel, identificó y caracterizó proteínas capaces de reaccionar ante la luz y producir cambios eléctricos en las células.

Parecía una pregunta sobre un organismo microscópico.

Y nada más.

Hasta que Karl Deisseroth encontró en ese conocimiento una posibilidad extraordinaria: si esas proteínas podían responder a la luz, ¿podrían utilizarse para activar o desactivar neuronas específicas?

La respuesta abrió una nueva puerta para la neurociencia.

Con la optogenética, los investigadores pueden controlar con gran precisión grupos de neuronas y estudiar su participación en procesos como el movimiento, el aprendizaje, la memoria y las emociones. También permite investigar qué ocurre cuando determinados circuitos dejan de funcionar correctamente.

Así, una pregunta sobre cómo una diminuta alga encuentra la luz terminó ayudándonos a explorar uno de los territorios más complejos que conocemos: nuestro propio cerebro.

Y quizá ahí está la parte más fascinante de este Nobel.

Vivimos en una época que quiere resultados inmediatos. Preguntamos para qué sirve una investigación, cuánto costará y cuándo veremos sus beneficios. Pero la ciencia no siempre funciona así.

A veces, el conocimiento comienza con una pregunta cuyo destino nadie puede imaginar.

Hegemann no sabía que estudiar aquella alga contribuiría algún día a comprender las neuronas. Nagel tampoco podía anticipar hasta dónde llegaría el estudio de aquellas proteínas. Deisseroth tomó ese conocimiento y encontró una manera de convertirlo en una herramienta para mirar, con luz, algunos de los secretos del cerebro.

Tres científicos. Tres caminos. Una pregunta que fue creciendo con el tiempo.

El Nobel de Medicina de este año reconoce una tecnología capaz de iluminar neuronas, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar: la ciencia necesita espacio para la curiosidad.

Porque los grandes descubrimientos no siempre comienzan con una solución.

A veces comienzan simplemente con alguien que observa algo pequeño, se sorprende y decide preguntar:

¿Cómo encuentra la luz?

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