En La cabeza de mi padre, Alma Delia Murillo explora, en gran parte de su libro, las ausencias, los silencios y el peso del tiempo en la vida familiar. Esa narrativa de lo que falta y de lo que se impone por costumbre resuena con los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024: en México, el tiempo también se distribuye con base en ausencias, desigualdades y mandatos de género.
La ENUT 2024 revela que más del 50 % del tiempo de trabajo en el país corresponde a actividades no remuneradas, y que las mujeres aportan dos terceras partes de esas horas. En promedio, dedican 21.5 horas más por semana que los hombres a tareas de cuidado, domésticas y voluntarias. Ese tiempo absorbido limita su descanso, su participación en el empleo formal y sus posibilidades de autocuidado.
El cuidado infantil es uno de los ejemplos más contundentes: las mujeres invierten casi 10 horas más por semana que los hombres en la atención de niñas y niños de 0 a 5 años. Y cuando se trata de mujeres indígenas, afrodescendientes o con discapacidad, la desigualdad es aún mayor: más del 60 % de su tiempo total de trabajo se destina a labores no remuneradas.
En este sentido, es importante analizar al ocio como un derecho y no como un lujo. El descanso y el esparcimiento son pilares para la salud mental y el bienestar social. En un país donde las mujeres cargan con la mayor parte del cuidado, su tiempo de ocio se reduce drásticamente, con impactos directos en su salud.
Por ejemplo, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2022 mostró que la prevalencia de sintomatología depresiva en adultos fue del 16.7 %. En el caso de las personas mayores, la cifra asciende al 38.3 %. Por otro lado, la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) 2021, realizada por el INEGI, registró que el 19.3 % de la población adulta presenta síntomas de ansiedad severa, mientras que el 31.3 % manifiesta síntomas de ansiedad en algún grado.
La sobrecarga de cuidados, sumada a la falta de tiempo libre, actúa como un factor de riesgo invisible: un detonador de estrés crónico, depresión y agotamiento emocional.
Hablar de cuidados como “responsabilidad femenina” perpetúa la idea de que el tiempo de las mujeres vale menos que el de los hombres. Desfeminizar el discurso del cuidado significa reconocerlo como trabajo social indispensable, redistribuirlo entre Estado, sector privado y comunidad, y abrir espacios reales para el ocio de todas las personas.
Paradójicamente, la ENUT revela que más hombres que mujeres quisieran dedicar más tiempo al cuidado. El problema no es la falta de voluntad, sino la rigidez cultural y laboral que penaliza a quienes cuidan.
Algunos países muestran que esta redistribución es viable:
Suecia y Noruega han implementado licencias parentales generosas y no transferibles para padres, reduciendo las brechas en el cuidado infantil.
Islandia adoptó una jornada laboral reducida de 36 horas, logrando mayor bienestar y equidad en el uso del tiempo.
Países Bajos normalizó el trabajo a tiempo parcial (32 horas en promedio) para ambos géneros, lo que ha contribuido a niveles altos de satisfacción y bienestar infantil.
En América Latina, Chile avanzó con la Ley Chile Cuida, y ciudades como Bogotá o Quito desarrollan “territorios de cuidados” que colectivizan estas tareas y liberan tiempo para las mujeres.
Lo que la ENUT 2024 evidencia no es solo desigualdad en cifras, sino una disputa por el tiempo. El ocio, indispensable para la salud mental, se convierte en un privilegio masculino, mientras se le niega a millones de mujeres. La ausencia de tiempo libre erosiona proyectos de vida, salud y bienestar colectivo.
Reconocer el ocio como derecho social y desfeminizar el cuidado como discurso y práctica son pasos urgentes.
El tiempo de las mujeres no puede seguir siendo tratado como un recurso inagotable y gratuito. Redistribuirlo es un acto de justicia y una inversión en la salud y la economía de toda la sociedad.