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Porros con patrulla, nepotismo sindical y estudiantes amenazados por sus funcionarios: la otra cara de la UNAM

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La primera vez que fui a inscribirme a la UNAM recibí una hoja con una serie de dígitos. Pregunté, todavía con la emoción y la incertidumbre de quien estaba a punto de entrar a la Universidad, si ese era mi número de cuenta. La persona que me atendió me corrigió con una frase que nunca olvidé:

—“No. A partir de hoy tú eres este número”.

Quizá para quien la pronunció no fue más que una manera rápida de explicarme el sistema. Para mí terminó siendo una definición involuntaria de la Universidad. Desde ese día, buena parte de mi relación con la UNAM ha pasado por ese número: inscribirme, consultar calificaciones, hacer trámites, pedir documentos y demostrar, una y otra vez, que existo dentro de una institución que alberga a cientos de miles de personas.

Años después decidí preguntarle formalmente a la Universidad qué significaba aquel número. Mediante una solicitud de transparencia pedí que me explicaran cómo se conforman los números de cuenta de los estudiantes y qué representa cada uno de sus dígitos.

La UNAM respondió y ahora sé que, hasta la generación 1999, los números de cuenta estaban integrados por ocho dígitos: los primeros dos identificaban la generación; los siguientes cinco correspondían a un número secuencial, y el último era un dígito verificador.

A partir de la generación 2000, la cuenta pasó a tener nueve dígitos. El primero identifica el nivel por el cual ingresó el estudiante: el número 1 corresponde a Iniciación Universitaria; el 2, al nivel técnico; el 3, al bachillerato; el 4, a licenciatura; el 5, a posgrado, y el 7, a movilidad estudiantil. Los siguientes dos dígitos indican la generación; después aparecen cinco números asignados de manera secuencial y, al final, un dígito verificador. A quienes pertenecen a generaciones anteriores al año 2000 simplemente se les agrega un cero del lado izquierdo.

La respuesta parece meramente técnica, pero revela algo más profundo. Desde el primer dígito, la Universidad sabe por qué puerta entramos. Puede identificar si alguien llegó desde Iniciación Universitaria, bachillerato, licenciatura, posgrado o movilidad; sabe a qué generación pertenece, qué lugar ocupó en la secuencia administrativa y cuenta con un último número para comprobar que todo el registro sea correcto.

La Universidad puede saber de dónde venimos dentro de su sistema, pero el número no dice cuánto nos costó llegar. No revela si el estudiante salió de casa sin desayunar, si trabaja por las noches, si tarda dos horas en trasladarse, si pertenece a una familia universitaria desde la infancia o si es la primera persona de su hogar que logra entrar a la UNAM.

El sistema puede verificar que la cuenta existe. Lo que no puede verificar es la historia de quien está detrás de ella.

La UNAM produce identidad como pocas instituciones en México. Nos enseña a decir “mi Universidad”, a cantar el goya, a reconocer el azul y oro y a defender la autonomía. Pero detrás de esa comunidad también existe una maquinaria enorme que con demasiada frecuencia reduce al estudiante a un registro. Para el sistema somos una cuenta, una calificación, un historial, una generación, una baja o una cifra dentro de las estadísticas.

El problema no es tener un número. Una universidad de estas dimensiones necesita expedientes y controles. El problema comienza cuando el número importa más que la persona que lo porta; cuando nadie pregunta por qué un alumno dejó de asistir, por qué trabaja de noche, por qué tarda dos horas en llegar, por qué no entregó una tarea o por qué lleva toda la mañana sin comer.

En los mismos pasillos conviven realidades que rara vez se nombran. Hay estudiantes que llegan con apenas lo necesario para pagar el Metro y regresar a casa. Jóvenes que calculan si pueden comprar una comida o si ese dinero hará falta para el transporte del día siguiente. Algunos entran al salón con hambre, intentan concentrarse y aprenden a disimularla. A unos metros puede estacionarse otro estudiante en una camioneta Mercedes-Benz, tomar café antes de clase y volver a una casa donde estudiar no compite con la necesidad de trabajar.

Ninguno merece ser juzgado por el automóvil de su familia ni por las monedas que lleva en el bolsillo. La desigualdad no es culpa individual de quien tiene más ni una virtud automática de quien tiene menos. El problema es que la Universidad suele tratar como iguales a personas que comenzaron la carrera desde puntos radicalmente distintos.

La UNAM cobra cuotas simbólicas, pero estudiar nunca ha sido gratuito: cuesta transporte, comida, copias, libros, conexión a internet y, sobre todo, tiempo. Para algunas familias, ese tiempo puede financiarse. Para otras, cada hora dentro del aula es una hora que no produce ingreso.

Por eso resulta incómodo admitirlo: ingresar y permanecer en la UNAM también se ha convertido en un privilegio. No solamente por la enorme cantidad de aspirantes que quedan fuera, sino porque incluso dentro de la institución existen puertas que no se abren igual para todos.

El caso de Iniciación Universitaria, impartida en la Preparatoria 2 “Erasmo Castellanos Quinto”, obliga a mirar esa contradicción. Se trata de un programa equivalente a la secundaria y constituye una vía temprana de incorporación a la Universidad. No es jurídicamente exacto afirmar que solamente ingresan hijos de trabajadores o de iinfluyentes, pues existe una vía para aspirantes externos. Pero la diferencia entre ambas puertas es difícil de justificar desde el ideal de igualdad.

La Jornada reportó en julio de 2026 que 86 por ciento de las personas aceptadas eran hijas de trabajadores o académicos universitarios y apenas 14 por ciento provenía del exterior.

El dato no debe utilizarse para atacar a las niñas y los niños beneficiados. Ellos no diseñaron el sistema. La pregunta debe dirigirse a las autoridades: ¿por qué una institución pública ofrece una ruta educativa privilegiada principalmente a quienes ya pertenecen a su propia estructura? ¿Por qué el parentesco laboral puede pesar tanto en el acceso a una oportunidad financiada con recursos públicos? ¿Cuántas posibilidades reales tiene un adolescente sin familiares en la Universidad frente a quien nació dentro de sus redes?

Hay personas cuya vida escolar puede transcurrir casi enteramente dentro de la UNAM: primero en un Centro de Desarrollo Infantil destinado a hijas e hijos de su personal; después en Iniciación Universitaria; más tarde en la Preparatoria 2 y finalmente en una licenciatura mediante el pase reglamentado.

Es una trayectoria extraordinaria para quien puede recorrerla. También es el retrato de una Universidad capaz de acompañar a alguien desde la primera infancia hasta la vida profesional, pero que no ofrece esa continuidad en condiciones equivalentes a la mayoría.

Cuando una institución permite que el acceso, las plazas laborales y las oportunidades parezcan circular entre los mismos apellidos, la sospecha de los “recomendados” aparece inevitablemente.

El STUNAM ha conquistado derechos laborales que deben reconocerse y defenderse, pero ningún sindicato puede convertirse en una zona exenta de crítica. Proteger a los trabajadores no debe significar cerrar oportunidades, normalizar redes familiares o convertir una plaza en patrimonio transmisible. Cuando el parentesco desplaza al mérito y las oportunidades se distribuyen entre familiares y recomendados, eso tiene un nombre: nepotismo sindical.

Si la Universidad exige mérito a sus alumnos, también debe exigirlo en la contratación y promoción de su personal.

La contradicción se extiende al aula. La libertad de cátedra es una condición indispensable de la Universidad y debe protegerse frente a cualquier intento de censura. Pero libertad de cátedra no significa libertad para adoctrinar. Un profesor puede exponer sus convicciones políticas, confrontar ideas y provocar discusiones; lo que no debería hacer es utilizar la calificación, la autoridad o el prestigio académico para premiar obediencias ideológicas.

La Universidad tiene que enseñarnos a pensar, no indicarnos qué debemos pensar.

Fuera del salón, la autonomía tampoco puede confundirse con opacidad. Cada peso que recibe la UNAM es dinero público y debe poder seguirse desde el presupuesto hasta su destino final. Las compras cuestionadas por posibles sobreprecios, los contratos poco claros y cualquier señalamiento sobre desvío de recursos no pueden responderse únicamente invocando el prestigio institucional.

La autonomía protege la libertad académica y el autogobierno; no concede permiso para ocultar, encubrir o administrar sin rendir cuentas. Cuando existan sospechas, la respuesta debe ser información abierta, auditorías comprensibles y responsabilidades concretas.

Conocí de cerca otro episodio que muestra hasta dónde puede llegar esa maquinaria institucional. Un estudiante promovió un juicio de amparo contra la UNAM al considerar que el cobro por un curso de inglés impartido por la Facultad de Derecho resultaba inconstitucional. Ese estudiante resultó ser uno de mis mejores amigos, por lo que pude conocer lo sucedido más allá de rumores o versiones lejanas.

Una semana antes de que la Suprema Corte sesionara el asunto, un funcionario de la Universidad fue a buscarlo directamente a su salón para pedirle que se desistiera del amparo a cambio de algún “beneficio”. Para encontrarlo tuvieron que saber quién era, conocer su número de cuenta, consultar su horario y ubicar el salón exacto en el que se encontraba.

La información que debía servir para administrar su trayectoria académica terminó siendo utilizada para localizarlo y presionarlo por haber ejercido un derecho constitucional.

Aquella visita no fue una invitación inocente. Mi amigo la vivió como un mal uso de sus datos personales en un intento de evitar que la UNAM quedara exhibida mediante una resolución judicial de alcance nacional. Más allá de que se estuviera o no de acuerdo con su demanda, lo verdaderamente grave fue la reacción institucional: en lugar de defender jurídicamente el cobro ante un tribunal y esperar la sentencia, alguien decidió entrar a sus registros y buscarlo personalmente para tratar de detener el juicio.

La Universidad que enseña derechos no puede intimidar a quien decide ejercerlos. Mucho menos puede utilizar los datos personales y académicos de un estudiante como instrumentos de presión. El número de cuenta, el horario y el expediente deberían servir para garantizar derechos y facilitar trámites, no para vigilar, localizar o disciplinar a quien incomoda a la institución.

La seguridad universitaria muestra otra de las zonas más oscuras. Durante años, estudiantes han denunciado la convivencia entre autoridades, grupos de choque y personajes formados en la violencia porril.

En 2025, después de la muerte de Rodrigo Mondragón en Ciudad Universitaria, testimonios recabados por El País señalaron la existencia de un presunto grupo de choque dentro de la estructura de seguridad y Protección Civil. Trabajadores identificaron a funcionarios y mandos; la Universidad negó que existiera tal grupo y afirmó que su personal actuaba conforme a la normativa.

Esa contradicción no puede cerrarse con un comunicado. Debe investigarse.

Que una institución dedicada al conocimiento sea señalada por colocar a antiguos golpeadores —o a personas acusadas de operar como tales— en posiciones de mando representa una degradación profunda. La violencia universitaria no se combate reciclando sus estructuras ni administrando a los porros según la conveniencia de cada autoridad.

Se combate rompiendo vínculos, transparentando nombramientos, profesionalizando la seguridad y permitiendo que las denuncias lleguen hasta sus últimas consecuencias.

Todo esto ocurre mientras al estudiante se le pide sentir orgullo. Y lo sentimos. Precisamente por eso duele.

Criticar a la UNAM no significa negar lo que nos ha dado ni sumarse a quienes desean debilitar la educación pública. Significa negarse a que el amor por la Universidad se convierta en silencio. Las instituciones públicas no se defienden ocultando sus defectos; se defienden obligándolas a estar a la altura de lo que representan.

La UNAM no es únicamente Rectoría, el Consejo Universitario, los sindicatos, los directores o los funcionarios. También es el alumno que desayunó antes de salir y el que lleva horas con el estómago vacío; quien llega en Mercedes-Benz y quien cuenta las monedas para el Metro; quien pertenece a una familia universitaria desde la infancia y quien fue el primero de su casa en cruzar una puerta de la Universidad.

La respuesta de transparencia ya me explicó qué significa cada dígito de mi número de cuenta. Ahora sé que contiene mi nivel de ingreso, mi generación, un número secuencial y un dígito encargado de verificar que la cuenta sea válida.

Pero ninguna de esas cifras puede contener todo lo que existe detrás del registro: el origen, los sacrificios, las desigualdades, las ideas y la historia de la persona a quien le fue asignado.

La Universidad puede necesitar un número para reconocernos dentro de sus sistemas. Lo que no puede permitirse es olvidar que no somos ese número.

Estudió su Licenciatura en la Facultad de Derecho de la UNAM. Docente de nivel medio superior e integrante de la firma Operación Estratégica, donde participa en el diseño de estrategias jurídicas dirigidas a candidatos, actores políticos, legisladores y gobiernos locales.

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¿Defender la paz le incomoda al poder?

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Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convierte sus obsesiones personales en un asunto político internacional. Este 9 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, mientras el Gobierno de Trump anunciaba nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI).

La coincidencia resulta, cuando menos, irónica. Después de insistir públicamente en que merece el Nobel de la Paz, Trump vuelve a quedar fuera de la lista de galardonados. Y Pillay, al conocer la noticia, respondió con humor: bromeó con que quizá compartiría el premio con él si el público seguía aplaudiendo. Una frase breve, pero suficiente para poner en evidencia la distancia entre buscar un reconocimiento y construir una trayectoria que lo respalde.

No es la primera vez que el Nobel se cruza con las aspiraciones del mandatario estadounidense. En enero de este año, la opositora venezolana María Corina Machado le entregó a Trump la medalla física del premio que ella recibió en 2025, como gesto de agradecimiento por su respaldo a la causa venezolana. Sin embargo, una medalla puede regalarse; el reconocimiento no se transfiere. Trump recibió el objeto, pero no se convirtió en laureado del Nobel.

El episodio retrata una forma de entender la política en la que los símbolos, los reconocimientos y la imagen personal parecen tener tanto peso como los resultados. Pero la paz no se acredita con una medalla ni se demuestra mediante declaraciones públicas. Se construye con decisiones, instituciones y respeto a las reglas.

La trayectoria de Navi Pillay contrasta con esa lógica. Fue jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, integró el Tribunal Penal Internacional y encabezó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. También presidió una comisión de investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Su reconocimiento no responde a una aspiración personal, sino a una carrera dedicada a la defensa de los derechos humanos y al combate de la impunidad.

Por eso, el anuncio de nuevas sanciones estadounidenses contra el TPI adquiere una relevancia particular. La Administración Trump sostiene que el tribunal amenaza la soberanía de Estados Unidos y rechaza su autoridad sobre ciudadanos y dirigentes estadounidenses. El tribunal, por su parte, denunció las medidas como un intento de obstaculizar la justicia internacional.

Puede que no haya elementos suficientes para asegurar que las sanciones fueron una represalia directa por el Nobel, pero la coincidencia de ambos anuncios exhibe una contradicción política que es difícil de ignorar, porque mientras se reconoce a una jurista por defender el derecho internacional, una de las principales potencias del mundo endurece su presión contra una institución encargada de perseguir crímenes internacionales.

La discusión no consiste en afirmar que el TPI es infalible ni en negar que los Estados puedan cuestionar su competencia. Consiste en distinguir entre defender la soberanía por las vías jurídicas y recurrir a la presión económica para debilitar a una institución cuya actuación resulta incómoda.

Para México y América Latina, el debate no es ajeno. Somos países que han recurrido al derecho internacional para defender la soberanía, los derechos humanos y la solución pacífica de controversias. Esos principios pierden consistencia si los defendemos únicamente cuando favorecen a nuestros gobiernos o coinciden con nuestras afinidades políticas.

La paz necesita diplomacia, pero también necesita justicia. Sin mecanismos de rendición de cuentas, corre el riesgo de convertirse en una tregua que protege a los poderosos y deja a las víctimas esperando indefinidamente.

Al final, el problema no es que Trump quiera recibir un premio, cualquier dirigente puede aspirar a un reconocimientos pero el problema aparece cuando esa aspiración parece confundirse con un derecho personal y cuando las instituciones que no responden a sus intereses se convierten en adversarias.

El Nobel no se entrega por insistencia, ni el derecho internacional debería depender del capricho de nadie. Parte del trabajo para velar la paz trata en respetar las reglas.

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Conciertos cancelados: causas ajenas a todos, consecuencias para uno solo

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Hay una frase que los fans de los conciertos ya aprendimos a reconocer: “por causas ajenas al artista, al promotor y al recinto.” Aparece siempre que una presentación se cancela. Y siempre significa lo mismo: nadie va a explicar nada.

El caso más reciente es el de TINI. El 6 de octubre, Zignia Live, Music Vibe y la Arena CDMX anunciaron la cancelación de su concierto del 25 de octubre. El comunicado decía que la fecha quedaba cancelada por causas ajenas a las tres partes. Hasta hoy, ni las promotoras ni la artista han dado una explicación concreta. Circulan rumores de baja venta y de conflictos internos, pero nada confirmado. Lo interesante es que TINI ya había tocado en ese mismo recinto el 4 de septiembre, con lleno total, y también en Guadalajara y Monterrey.

El patrón no es nuevo. En marzo, Ocesa canceló los dos conciertos de P!nk en el Estadio GNP Seguros, programados para el 26 y 27 de abril. Era su regreso a México después de más de veinte años, y la segunda fecha se había abierto por alta demanda. El comunicado habló de complicaciones derivadas de un caso fortuito que afectaba la logística y que era ajeno al artista, al promotor y al recinto. La frase más redonda de deslinde total que se haya escrito. La cantante tampoco se pronunció a detalle.

En agosto le tocó a Aitana. Su presentación del 4 de noviembre en el Auditorio GNP Seguros de Puebla fue cancelada por complicaciones logísticas imprevistas y, otra vez, ajenas a todos. Ella misma lo publicó en redes con el mismo argumento. Casi al mismo tiempo, anunció una tercera fecha en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El resto de la gira por México siguió intacto. Nadie dijo que una cosa tuviera que ver con la otra, pero muchos de sus fans de Puebla sacaron sus propias conclusiones: perdieron su concierto mientras la capital ganaba uno más.

Y luego está el caso de Carin León en The Sphere, que fue un poco distinto, pero funciona como contraste. El 10 de septiembre, los asistentes ya estaban dentro del recinto en Las Vegas cuando, pasadas las ocho y media de la noche, anunciaron por las bocinas que no habría presentación. Hubo abucheos. Al día siguiente, el cantante explicó con detalle lo que había pasado: dos fallas mecánicas en aviones privados al salir de Hermosillo, primero de frenos y luego de dirección, y la negativa de las autoridades aeroportuarias a autorizar el vuelo. La crítica, en todo caso, apuntó a que el artista no estuviera en la sede con la debida antelación. Lo más descarado fue que la fecha se reprogramó para el 15 de septiembre de 2027. Un año después. Los boletos seguirán siendo válidos, y quien no pueda ir tiene derecho a reembolso. Lo que nadie reembolsa son los vuelos, los hoteles y los días de vacaciones de quienes viajaron a Las Vegas para esa noche.

Ahí está el fondo del asunto. En todos los casos, con explicación o sin ella, el que pierde es el mismo.

Y conviene sumar otro factor. Cada vez es más común que los conciertos se anuncien con meses, incluso años de anticipación. La venta arranca a los pocos días del anuncio, sin dar tiempo a que nadie planee ni ahorre. Primero cobran. Después averiguan si el evento es viable. Se vende un lugar en un estadio que puede no tener fecha confirmada en la agenda real del artista, y si algo falla, la respuesta ya está redactada.

El daño mayor es de confianza. Cuando se abusa de las causas ajenas, las cancelaciones con razones legítimas también empiezan a sonar a excusa. El problema de usar siempre el mismo pretexto es que, cuando llega la razón verdadera, ya nadie la cree.

Porque si las causas siempre son ajenas al artista, al promotor y al recinto, entonces queda una sola pregunta: ¿de quién fue la culpa?

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Tres científicos, una alga y el cerebro humano

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Cada año, cuando se anuncian los Premios Nobel, aparecen palabras que para muchos parecen pertenecer a otro idioma. Términos técnicos, descubrimientos complejos y explicaciones que, a primera vista, parecen lejanas a nuestra vida cotidiana.

Pero detrás de algunos de esos reconocimientos hay historias profundamente humanas: curiosidad, preguntas persistentes y años dedicados a comprender algo que, en principio, parecía pequeño.

El Premio Nobel de Medicina 2026 es una de ellas.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron reconocidos por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una herramienta que permite utilizar la luz para controlar determinadas neuronas y estudiar cómo funcionan los circuitos del cerebro.

Pero esta historia no comienza en el cerebro.

Comienza con una pequeña alga.

Peter Hegemann estudiaba microorganismos capaces de orientarse hacia la luz. Quería entender cómo una célula tan sencilla podía detectar la luz y responder a ella. Junto con Georg Nagel, identificó y caracterizó proteínas capaces de reaccionar ante la luz y producir cambios eléctricos en las células.

Parecía una pregunta sobre un organismo microscópico.

Y nada más.

Hasta que Karl Deisseroth encontró en ese conocimiento una posibilidad extraordinaria: si esas proteínas podían responder a la luz, ¿podrían utilizarse para activar o desactivar neuronas específicas?

La respuesta abrió una nueva puerta para la neurociencia.

Con la optogenética, los investigadores pueden controlar con gran precisión grupos de neuronas y estudiar su participación en procesos como el movimiento, el aprendizaje, la memoria y las emociones. También permite investigar qué ocurre cuando determinados circuitos dejan de funcionar correctamente.

Así, una pregunta sobre cómo una diminuta alga encuentra la luz terminó ayudándonos a explorar uno de los territorios más complejos que conocemos: nuestro propio cerebro.

Y quizá ahí está la parte más fascinante de este Nobel.

Vivimos en una época que quiere resultados inmediatos. Preguntamos para qué sirve una investigación, cuánto costará y cuándo veremos sus beneficios. Pero la ciencia no siempre funciona así.

A veces, el conocimiento comienza con una pregunta cuyo destino nadie puede imaginar.

Hegemann no sabía que estudiar aquella alga contribuiría algún día a comprender las neuronas. Nagel tampoco podía anticipar hasta dónde llegaría el estudio de aquellas proteínas. Deisseroth tomó ese conocimiento y encontró una manera de convertirlo en una herramienta para mirar, con luz, algunos de los secretos del cerebro.

Tres científicos. Tres caminos. Una pregunta que fue creciendo con el tiempo.

El Nobel de Medicina de este año reconoce una tecnología capaz de iluminar neuronas, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar: la ciencia necesita espacio para la curiosidad.

Porque los grandes descubrimientos no siempre comienzan con una solución.

A veces comienzan simplemente con alguien que observa algo pequeño, se sorprende y decide preguntar:

¿Cómo encuentra la luz?

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