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#Opinión

Movilidad sin diagnóstico

La movilidad no mejora con más obras ni con decisiones tomadas desde un escritorio. Se construye con diagnóstico, planeación, transporte público fuerte y políticas que respondan a cómo realmente se mueve la Ciudad de México.

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A los 18 años recibí una licencia permanente para conducir. No tuve que demostrar que sabía manejar bien. No acredité habilidades prácticas. No hubo una evaluación seria sobre mi capacidad para ponerme detrás de un volante, moverme en una ciudad compleja y compartir la calle con peatones, ciclistas, motociclistas, transporte público y otros automovilistas.

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En ese momento era muy joven para entender todas las implicaciones de lo que eso significaba. Hoy la pregunta es inevitable: ¿cómo puede saber el gobierno que una persona con licencia permanente mantiene las habilidades necesarias para no ponerse en riesgo ni poner en riesgo a los demás?

Esa pregunta resume buena parte del problema de movilidad en la Ciudad de México. Durante años hemos tratado la movilidad como una suma de trámites, anuncios y obras aisladas, no como un sistema que debe cuidarse, evaluarse y corregirse con evidencia.

La movilidad no se resuelve haciendo por hacer.

Se resuelve entendiendo cómo se mueve la ciudad, quién carga con los peores traslados, dónde falla el transporte público, qué obras ayudan de verdad y cuáles solo se construyen porque lucen bien en un render.

Hoy la Ciudad de México vive una contradicción profunda. Por un lado, el gobierno habla de movilidad sustentable, derecho a la ciudad y prioridad peatonal. Por otro, sigue tomando decisiones centralizadas, aceleradas y poco discutidas con quienes viven las consecuencias en la calle.

Ahí están ejemplos como el paso elevado sobre Calzada de Tlalpan o la ciclovía de Tlalpan. En el papel pueden sonar como intervenciones modernas. En la realidad han generado quejas, conflictos, afectaciones y una sensación muy extendida de que primero se decidió la obra y después se buscó cómo justificarla.

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Ese es el problema de fondo: cuando una obra nace desde el escritorio y no desde el diagnóstico, termina chocando con la ciudad real.

La ciudad real es la de las personas que esperan un camión en una parada mal resuelta. La de quienes cruzan avenidas diseñadas para la velocidad. La de quienes pierden horas en transporte público saturado. La de ciclistas que necesitan infraestructura segura, no tramos improvisados. La de peatones que caminan entre banquetas rotas, vendedores, postes, motocicletas y cruces peligrosos. La de mujeres que modifican rutas por miedo. La de personas con discapacidad que muchas veces ni siquiera son consideradas al diseñar una intervención.

La movilidad no puede seguir siendo una política de ocurrencias. Tampoco puede seguir concentrada en decisiones tomadas desde el gobierno central sin suficiente participación de alcaldías, comunidades y usuarios. La ciudad ya sabe que necesita menos centralismo y más corresponsabilidad. Lo sabemos todos. Precisamente por eso no lo hacen: porque descentralizar decisiones también significa soltar control político.

Pero una ciudad no se mueve mejor cuando todo se decide desde arriba. Se mueve mejor cuando hay información pública, planeación seria, evaluación técnica y participación real de quienes usan las calles todos los días.

Los datos muestran la magnitud del reto. En los primeros cuatro meses de 2026, la red de Movilidad Integrada registró más de 672 millones de viajes. El Metro concentró más de 407 millones, alrededor del 60% del total. Eso significa que cualquier decisión de movilidad que no ponga al transporte público en el centro está incompleta desde el inicio.

En la CDMX van por megaterminal de transporte público

Y aun así, el transporte público sigue padeciendo fallas, saturación, cierres, retrasos y mantenimiento pendiente. Mientras tanto, se anuncian obras vistosas que no siempre resuelven el problema cotidiano de millones de personas. Se construyen símbolos antes que soluciones.

También hay un tema de seguridad vial que no puede seguir evadiéndose. En el primer trimestre de 2025, la Ciudad de México registró 111 personas fallecidas por hechos de tránsito. Casi la mitad fueron motociclistas y casi tres de cada diez fueron peatones. Detrás de esas cifras hay familias, trayectos interrumpidos y una verdad incómoda: movernos mal también mata.

Por eso la licencia permanente no es un asunto menor. No se trata de castigar a conductores ni de inventar más trámites. Se trata de asumir que manejar en una ciudad como esta requiere responsabilidad, actualización y evaluación. Una licencia no debería ser un recuerdo administrativo de cuando alguien cumplió 18 años. Debería ser una garantía mínima de que quien conduce conoce el reglamento, entiende los riesgos y cuenta con condiciones para hacerlo de forma segura.

La política de movilidad debe atreverse a decir cosas incómodas. Que el auto particular no puede seguir siendo el centro de todas las decisiones. Que el transporte público necesita inversión sostenida, no rescates de última hora. Que las obras deben responder a diagnósticos, no a calendarios políticos. Que una ciclovía mal planeada puede poner en riesgo a ciclistas, peatones y trabajadores de la zona. Que un paso elevado no necesariamente resuelve movilidad si antes no se entiende cómo se mueve la gente a nivel de calle.

La movilidad es una cadena. Si falla el Metro, se saturan camiones, taxis y aplicaciones. Si falla la banqueta, se expulsa al peatón al arroyo vehicular. Si una ciclovía está mal diseñada, aparecen motocicletas, invasiones y conflictos. Si una obra no dialoga con la comunidad, termina generando resistencia incluso cuando el objetivo general podría ser positivo.

La ciudad necesita dejar de confundir movimiento con movilidad. Que haya más obras no significa que haya mejor movilidad. Que se inauguren más kilómetros no significa que las personas lleguen más rápido, más seguras o con mayor dignidad. Que se entregue una licencia permanente no significa que exista cultura vial.

Moverse bien es otra cosa.

Moverse bien es que una persona pueda llegar a su trabajo sin perder media vida en el traslado. Es que una niña pueda cruzar una calle sin miedo. Es que una persona mayor pueda subir al transporte sin obstáculos. Es que un ciclista tenga infraestructura que lo proteja. Es que un motociclista entienda que la velocidad no vale una vida. Es que el gobierno deje de hacer obras para presumir y empiece a construir soluciones para durar.

Chilango - Metro CDMX hoy: fallas en Línea 8, Línea B y la 3

La Ciudad de México no necesita más movilidad de escritorio. Necesita diagnóstico, mantenimiento, transporte público fuerte, seguridad vial y decisiones menos centralizadas.

Cuando la movilidad se improvisa, la gente paga el costo con tiempo, dinero, estrés y riesgo. Las lamentables tragedias del metro son un doloroso recordatorio de ello.

Y una ciudad que obliga a sus habitantes a moverse mal todos los días está fallando en una de sus responsabilidades más básicas: permitir que la vida cotidiana ocurra sin convertirse en una carrera de obstáculos o una trampa mortal.

 

Federico Chávez Semerena es diputado local de la Ciudad de México. Cree que las mejores políticas públicas son aquellas que mejoran la vida cotidiana de las personas, desde el tiempo que pasan con su familia hasta la forma en que se mueven, hacen deporte o disfrutan el espacio público. Desde el Congreso capitalino impulsa una agenda enfocada en movilidad, juventud, comunidad y calidad de vida urbana, además de defender los intereses y el bienestar de las y los vecinos de Benito Juárez.

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Más mujeres, más democracia: pluralidad, paridad y los desafíos del presente

La paridad fue un gran avance. Ahora el desafío es construir una democracia donde todas las mujeres puedan participar y liderar en igualdad.

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La democracia mexicana vive una paradoja. Nunca antes las mujeres habían tenido tanta presencia en los espacios de representación política y, al mismo tiempo, nunca habían enfrentado un contexto tan complejo para ejercer plenamente su liderazgo. La conquista de la paridad ha transformado la composición de los órganos de gobierno, pero los desafíos contemporáneos nos recuerdan que la representación política no puede medirse únicamente en números. La pregunta central ya no es cuántas mujeres ocupan cargos públicos, sino qué tan capaces somos de construir una democracia donde todas las voces puedan participar, deliberar y decidir en condiciones de igualdad.

Continúa labor del Parlamento de Mujeres del Congreso capitalino

Durante décadas, las mujeres estuvieron excluidas de los espacios donde se tomaban las decisiones fundamentales para el país. Aunque el reconocimiento del sufragio femenino en 1953 marcó un punto de inflexión, la incorporación efectiva de las mujeres a la vida política fue lenta y desigual. No fue sino hasta la adopción de cuotas de género y, posteriormente, de las reformas de paridad, que comenzó una transformación profunda de las instituciones democráticas mexicanas.

La reforma constitucional de 2019 conocida como “Paridad en Todo” consolidó uno de los avances más importantes de la democracia mexicana. Gracias a ella, hoy México es reconocido internacionalmente como uno de los países con mayores niveles de representación política femenina. La presencia de mujeres en el Congreso de la Unión, en los congresos locales, en los gobiernos estatales y municipales, así como en organismos autónomos y poderes públicos, constituye una de las transformaciones democráticas más significativas de las últimas décadas.

Sin embargo, la representación política de las mujeres no puede reducirse a una cuestión de presencia. La democracia no se fortalece únicamente porque haya más mujeres ocupando cargos; se fortalece cuando existen condiciones para que esas mujeres puedan ejercer liderazgo, influir en las decisiones públicas y representar la diversidad de experiencias que conforman nuestra sociedad. Ahí es donde emerge uno de los conceptos más relevantes para el presente: la pluralidad democrática.

La pluralidad democrática parte de la premisa de que ninguna sociedad es homogénea. Las mujeres tampoco lo son. Existen mujeres de izquierda, de centro y de derecha; mujeres indígenas, afromexicanas, urbanas y rurales; jóvenes y adultas; feministas y no feministas; militantes partidistas e independientes. Pretender que existe una única forma legítima de participación política femenina implica desconocer precisamente aquello que la democracia busca proteger y es la diversidad.

La fortaleza de una democracia no radica en la ausencia de diferencias, sino en su capacidad para procesarlas mediante instituciones, diálogo y acuerdos. La pluralidad implica reconocer la legitimidad de posturas distintas y la posibilidad de construir soluciones comunes a partir de ellas. En una época marcada por la polarización política, este principio adquiere una relevancia especial.

la lucha de las mujeres por un espacio en la arena política

La experiencia nos demuestra que ampliar la representación política de las mujeres requiere mucho más que reformas legales. Requiere construir ecosistemas de apoyo capaces de acompañar a mujeres con distintas trayectorias e identidades políticas. Requiere formación, liderazgo, herramientas de comunicación, redes de colaboración, seguridad y espacios de encuentro donde la diferencia no sea vista como una amenaza, sino como una oportunidad para enriquecer el debate democrático.

Sin embargo, los avances alcanzados no deben llevarnos a la complacencia. Las democracias contemporáneas enfrentan desafíos que amenazan directamente los principios de inclusión y pluralidad que han permitido estos progresos.

En distintas regiones del mundo observamos el fortalecimiento de movimientos políticos cada vez más radicalizados, el aumento de la polarización y el debilitamiento de los espacios de diálogo. Cuando la política se reduce a una lógica de confrontación permanente entre bandos irreconciliables, las voces diversas suelen convertirse en las primeras víctimas. La complejidad es sustituida por simplificaciones; el desacuerdo legítimo por la descalificación; la deliberación por la imposición.

Las mujeres y otros grupos históricamente discriminados suelen resentir de manera particular estas dinámicas. La evidencia internacional muestra que los contextos de polarización extrema incrementan los niveles de violencia política, los ataques digitales, las campañas de desprestigio y las estrategias de exclusión dirigidas a quienes desafían las estructuras tradicionales de poder.

No es casualidad que los espacios más cerrados, jerárquicos y autoritarios tiendan a limitar la participación de las mujeres. La inclusión requiere apertura; la representación requiere diversidad; la democracia requiere pluralidad. Cuando cualquiera de estos elementos desaparece, los avances conquistados pueden comenzar a erosionarse.

Por ello, la defensa de la participación política de las mujeres debe entenderse como parte de una agenda más amplia de fortalecimiento democrático. La paridad es indispensable, pero por sí sola no garantiza una democracia incluyente. Necesitamos instituciones capaces de proteger la diferencia, promover la deliberación y garantizar que mujeres con distintas identidades, trayectorias e ideologías puedan competir y participar en igualdad de condiciones.

La Ciudad de México ha sido históricamente un laboratorio de innovación democrática y de ampliación de derechos. Hoy tiene la oportunidad de seguir siendo referente nacional en la construcción de una democracia más representativa, donde la paridad no sea el punto de llegada, sino el punto de partida para una participación política verdaderamente sustantiva.

Porque la democracia no alcanza su plenitud cuando las mujeres ocupan la mitad de los espacios. La alcanza cuando pueden ejercer plenamente su liderazgo, influir en las decisiones públicas y representar, desde la pluralidad de sus experiencias y convicciones, la diversidad de la sociedad mexicana.

En tiempos de polarización y desafíos democráticos, defender la pluralidad, fortalecer la participación política de las mujeres y consolidar la paridad no son agendas separadas. Son, en realidad, distintas expresiones de una misma convicción y es que una democracia más diversa es también una democracia más fuerte.

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El negocio de crear comunidad

Cada vez necesitamos más clubes, talleres o experiencias para hacer amigos. ¿Estamos comprando comunidad porque dejamos de construirla?

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Antes consumíamos cosas dentro de una comunidad, hoy consumimos cosas para construir una comunidad.

Llevo días dándole vueltas a esa idea porque, entre más observo la Ciudad de México, más sentido tiene; y es que en la actualidad existen clubes para correr, talleres de cerámica, cenas con desconocidos, comunidades para hacer senderismo, clubes de lectura, coworkings, clases de cocina y hasta las famosas apps de citas. Cada semana aparece una nueva propuesta para conocer personas.

Pero ninguna de estas experiencias se enfoca principalmente en la actividad; más bien, todas son un pretexto. Lo que realmente ofrecen es un lugar donde pertenecer.

Clubes de lectura en México: Opciones para convivir y hacer amigos gracias  a los libros

Entonces, ¿qué ha cambiado para que la comunidad dejara de ser una consecuencia de vivir en una ciudad y se convirtiera en algo que ahora tenemos que salir a buscar?

Porque durante mucho tiempo vivir en una ciudad producía encuentros sin proponérselo. Los amigos aparecían en la escuela, en el trabajo, en la universidad, en el parque, en el mercado o porque el vecino llevaba años viviendo enfrente. No había una estrategia para socializar. La vida cotidiana hacía ese trabajo.

Pero hoy la lógica parece invertirse, porque vivimos en ciudades cada vez más densas, pero también más fragmentadas. Compartimos edificio con decenas de personas cuyo nombre no conocemos. Cambiamos de colonia por rentas, traslados, etcétera; y terminamos en otro extremo de la ciudad. Nuestra rutina está llena de personas y, al mismo tiempo, está vacía de encuentros.

Y no voy a salir con el argumento que todo era mejor antes, tampoco pienso criticar a quienes organizan estos espacios. Al contrario, probablemente están resolviendo una necesidad que quienes habitamos ciudades grandes tenemos.

Entonces, nos damos cuenta que el auge de estas comunidades no es por moda, sino por una carencia.

La Ciudad de México siempre se ha pensado desde la movilidad, la vivienda, la seguridad o el desarrollo económico, son discusiones indispensables, pero casi nunca hablamos de otra función igual de importante; la capacidad de una ciudad para producir comunidad.

Porque las ciudades no sólo organizan el espacio, también organizan la manera en que nos relacionamos. Y si para convivir necesitamos comprar una experiencia, pagar una membresía o inscribirnos a una actividad, no es porque el problema no sea que el mercado haya descubierto un nuevo negocio; sino que, tal vez, el problema sea que dejamos de construir ciudades donde la comunidad aparecía de forma natural.

Los coworkings más cool de la CDMX

Ahí está lo importante, justo en comprender cómo empezamos ahora a interactuar, lo complejo que es habitar espacios así de grandes donde tenemos innumerables opciones, pero al final descubrimos una conversación que se repite: hacer amigos cuesta, así como construir vínculos cuesta; y ni qué decir de encontrar un lugar donde uno realmente sienta que pertenece.

Y esto va más allá de lo difícil que es habitar una metrópoli en cuestiones de distancia, tráfico y hasta jornadas laborales. Sino también por cómo cambió la manera de entender nuestras relaciones.

Porque ahora, las nuevas generaciones vivimos más años, cambiamos de trabajo con mayor frecuencia, nos mudamos más veces, postergamos el matrimonio, muchas personas deciden no tener hijos y las amistades dejaron de estar determinadas por la colonia, la escuela o la familia. Nuestra vida es mucho más flexible que hace treinta años, pero también mucho menos estable.

Y ni qué decir, de cómo hemos aprendimos a administrar cuidadosamente la imagen que proyectamos. Las redes sociales nos han acostumbrado a mostrar versiones editadas de nosotros mismos. Paradójicamente, nunca habíamos compartido tanto sobre nuestra vida y nunca había sido tan difícil mostrarnos con autenticidad frente a un desconocido.

Por eso funcionan tan bien estos espacios que prometen crear comunidad, reducen esa incertidumbre, sabemos que todos estamos en las mismas, es nuestro punto de partida.

Estos espacios no son un problema, el verdadero problema podría ser que estamos empezando a depender de ellos.

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La seguridad también se juega en la cancha de la ciudadanía

La seguridad no depende solo de las autoridades. También comienza cuando cada ciudadano decide actuar con responsabilidad y cuidar a los demás.

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El Mundial convirtió a la Ciudad de México en un enorme punto de encuentro. Miles de personas ocuparon plazas, corredores turísticos, zonas de entretenimiento y espacios públicos para seguir una de las competencias deportivas más importantes del planeta. La pasión por el futbol volvió a demostrar que esta ciudad tiene la capacidad de recibir grandes concentraciones de personas, pero también dejó una reflexión que no puede pasar desapercibida: la seguridad es una responsabilidad compartida.

Vas al Fan Fest? Guía para disfrutar el Mundial 2026 en CDMX, Guadalajara y  Monterrey - Yahoo Noticias

Durante las jornadas de mayor afluencia, la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, encabezada por Pablo Vázquez Camacho, desplegó un operativo de dimensiones considerables para proteger tanto a habitantes como a visitantes. El reto no era menor. No se trataba únicamente de vigilar las sedes oficiales, sino de atender decenas de puntos donde miles de personas decidieron reunirse de manera espontánea para vivir el ambiente mundialista.

El trabajo de prevención permitió mantener presencia policial, coordinar labores de movilidad, atender emergencias y reaccionar con rapidez ante incidentes que, por la magnitud de las concentraciones, siempre representan un riesgo. A ello se sumó la coordinación permanente con el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, fortaleciendo el intercambio de información y la estrategia entre los distintos órdenes de gobierno para responder a un evento de impacto internacional.

Una de las decisiones más relevantes fue la implementación de medidas para controlar y limitar accesos en distintos puntos de reunión cuando la capacidad había sido rebasada. Estas acciones, que en ocasiones generan incomodidad entre algunos asistentes, responden precisamente a criterios de protección civil y prevención de riesgos. Sin embargo, los operativos institucionales también encontraron un límite evidente: el comportamiento de una parte de la ciudadanía.

Copa Mundial 2026: CDMX despliega 11,219 policías para blindar partidos |  Xpectro

Las imágenes posteriores a las celebraciones mostraron calles cubiertas de basura, mobiliario urbano dañado y espacios públicos afectados por quienes decidieron abandonar cualquier sentido de responsabilidad colectiva. A ello se sumó el dato más doloroso: cuatro personas perdieron la vida en distintos hechos relacionados con los festejos.

Frente a estos episodios, resulta común que toda la exigencia recaiga sobre las autoridades. Es natural que la ciudadanía demande resultados a su gobierno y, en materia de seguridad, esa exigencia siempre debe mantenerse. Pero también es indispensable reconocer que ninguna estrategia, por robusta que sea, puede sustituir la responsabilidad individual.

No existe operativo capaz de impedir que una persona conduzca de manera imprudente, que participe en actos violentos, que destruya el patrimonio público o que convierta una celebración en un escenario de riesgo para los demás. La autoridad puede prevenir, contener y actuar; pero la decisión de respetar las normas sigue siendo profundamente ciudadana.

La coordinación entre las autoridades capitalinas y federales permitió responder a un desafío logístico complejo y adoptar medidas preventivas que privilegiaron la protección de las personas por encima de la popularidad de ciertas decisiones.

El verdadero aprendizaje que deja este Mundial no debe centrarse únicamente en la capacidad operativa del gobierno, sino en la necesidad de fortalecer una cultura de corresponsabilidad.

Porque una ciudad segura no se construye únicamente con más policías, patrullas o tecnología. También se construye cuando los ciudadanos respetan los espacios públicos, siguen las indicaciones de las autoridades, celebran sin violencia y entienden que la libertad de disfrutar un evento termina donde comienza el riesgo para los demás.

Al final, la mejor estrategia de seguridad seguirá siendo aquella en la que gobierno y sociedad jueguen para el mismo equipo. Porque la seguridad no empieza cuando llega una patrulla; empieza mucho antes, cuando cada uno de nosotros decide cuidarse y cuidar a los demás.

Festejos tras victoria de México dejan 40 toneladas de basura en la CDMX |  Diario Marca

La fuerza de sumar, no de dividir

Las mayorías no se construyen por casualidad. En política, los proyectos con posibilidades reales de gobernar nacen de la capacidad de sumar liderazgos, generar acuerdos y privilegiar el objetivo común sobre las diferencias. En Nuevo León, donde la competencia rumbo a 2027 comienza a tomar forma, la unidad entre Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde representa una de las principales fortalezas de la coalición. Waldo Fernández ha sido claro al señalar que esos tres partidos se necesitan mutuamente para construir una alternativa competitiva. Aunque hoy forma parte de la bancada del Partido Verde en el Senado, Morena es el único partido al que ha estado afiliado, y su incorporación respondió a los acuerdos de la coalición. Más que un reparto de espacios, el desafío es consolidar un proyecto capaz de generar confianza y demostrar que la unidad no solo sirve para ganar elecciones, sino también para gobernar con estabilidad y resultados.

Defiende Waldo Fernández reforma para fortalecer a GN

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