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MIRADA AL FUTURO: La ciudad no se barre sola

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El Metro cumplió 57 años el 4 de septiembre. Hubo billete conmemorativo de la Lotería Nacional, fotografías históricas y un comunicado impecable: 22 trenes recuperados en las Líneas 2, 7, 8 y B; 15 mil trabajadoras y trabajadores; más de 69 mil millones de usuarios transportados desde 1969; una racha de cero carpetas por robo con violencia. La ciudad se retrató junto al naranja. Es justo: sin el Metro, esta capital se deshace a las 7:15 de la mañana.

Lo que casi no se retrata es la otra ciudad, la que empieza dos horas antes.

Antes de que salga el primer tren, las cuadrillas de limpia ya van en camión rumbo a una vía primaria. Muchas de esas personas no son, en el papel, trabajadoras: son “beneficiarias” de un programa social o personal de una empresa subcontratada. La palabra importa. Un beneficiario no cotiza. No tiene seguridad social, ni prestaciones, ni jornada reconocida, ni a quien reclamarle. Beneficiario suena a favor. Y el favor, en esta ciudad, se paga con turnos de madrugada junto al carril rápido.

Las cifras vienen de la denuncia, no del gobierno, y eso ya es parte del problema. La diputada Patricia Urriza, de Movimiento Ciudadano —ni de mi partido ni de mi bancada, conviene decirlo—, sostiene que en menos de un año hay siete personas fallecidas y más de treinta y cuatro lesionadas en estos esquemas. A finales de agosto se volcó un camión que trasladaba a 19 trabajadores: doce lesionados. El 30 de agosto murió Guadalupe, trabajadora de limpia, en Avenida Ferrocarril. No existe un recuento oficial que confirme o desmienta esas cifras. Que no exista es, en sí, una respuesta.

Hay un detalle que dice más que cualquier discurso: buena parte de los accidentes no ocurre “en la calle” en abstracto. Ocurre en el traslado, de noche, en unidades que llevan gente a barrer lo que nosotros ensuciamos de día. El riesgo no es solo la escoba junto al carril rápido. Es el camión que los lleva, el chaleco que no brilla y el nombre administrativo que evita decir “trabajador”.

Lo del uniforme merece párrafo aparte. Desde enero de 2025 el personal de servicios urbanos viste guinda, cuando la norma de seguridad para quien labora en vía pública pide colores de alta visibilidad. Se puede discutir la intención. Lo que no se puede discutir es la física: a las cinco de la mañana, sobre Viaducto, el guinda no se ve. Ninguna estrategia de imagen vale un cuerpo.

Compárese con el Metro. El Metro tiene sindicato, plaza, número de empleado, jubilación y hasta un cachito de lotería con su nombre. La limpia, en este modelo, flota entre el programa social y la tercerización. Uno es institución; el otro es arreglo. Pero los dos hacen lo mismo a distinta hora: sostener el escenario para que el resto podamos fingir que la ciudad funciona sola. Misma ciudad, dos categorías de cuerpo.

El 1 de septiembre, el Gobierno capitalino entregó al Congreso su Segundo Informe: alrededor de 3,500 obras en espacio público, 450 kilómetros repavimentados, Utopías, Caminos de Mujeres Libres y Seguras. El propio gobierno puso el cuidado al centro de su relato. El cuidado es un buen eje. Pero una administración que se define por los cuidados tiene que responder por quienes cuidan la calle. No se le puede llamar justicia social a un esquema que produce avenidas impecables y actas de defunción.

El 14 de octubre, la jefa de Gobierno comparecerá ante el Congreso. Ahí hay una prueba sencilla, sin ideología de por medio:

— que quien barre sea trabajador, con contrato y seguridad social;

— que el uniforme cumpla la norma de alta visibilidad, no la paleta del partido;

— que el traslado deje de ser la parte más peligrosa del turno;

— que exista un registro público de accidentes y fallecimientos del personal de limpia, con nombre, fecha y causa.

Nada de eso requiere una reforma constitucional. Requiere decisión.

Una columna no le devuelve la vida a Guadalupe. Puede hacer algo más chico y más terco: negar la idea de que la ciudad se sostiene sola. No se sostiene sola. Se sostiene con gente que entra a un túnel y con gente que sale a un camión a las cinco de la mañana. A los primeros, con razón, les cantamos las mañanitas. A los segundos les decimos beneficiarios.

Por eso cada calle recién barrida es también una pregunta: ¿quién la dejó así, y a qué hora se fue?

Juan Pablo Beltrán Viggiano. Licenciado en Derecho por la IBERO, Concejal en la Alcaldía Miguel Hidalgo, Diputado Federal Suplente 2018-2024, Fundador de la ONG Alianza 2030 y Fuerza 24, Presidente de la comisión de Medio Ambiente de la COPPPAL, Fundador y Champion de la Global Youth Coalition, Activista Social y Climático.

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¿Defender la paz le incomoda al poder?

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Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convierte sus obsesiones personales en un asunto político internacional. Este 9 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, mientras el Gobierno de Trump anunciaba nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI).

La coincidencia resulta, cuando menos, irónica. Después de insistir públicamente en que merece el Nobel de la Paz, Trump vuelve a quedar fuera de la lista de galardonados. Y Pillay, al conocer la noticia, respondió con humor: bromeó con que quizá compartiría el premio con él si el público seguía aplaudiendo. Una frase breve, pero suficiente para poner en evidencia la distancia entre buscar un reconocimiento y construir una trayectoria que lo respalde.

No es la primera vez que el Nobel se cruza con las aspiraciones del mandatario estadounidense. En enero de este año, la opositora venezolana María Corina Machado le entregó a Trump la medalla física del premio que ella recibió en 2025, como gesto de agradecimiento por su respaldo a la causa venezolana. Sin embargo, una medalla puede regalarse; el reconocimiento no se transfiere. Trump recibió el objeto, pero no se convirtió en laureado del Nobel.

El episodio retrata una forma de entender la política en la que los símbolos, los reconocimientos y la imagen personal parecen tener tanto peso como los resultados. Pero la paz no se acredita con una medalla ni se demuestra mediante declaraciones públicas. Se construye con decisiones, instituciones y respeto a las reglas.

La trayectoria de Navi Pillay contrasta con esa lógica. Fue jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, integró el Tribunal Penal Internacional y encabezó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. También presidió una comisión de investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Su reconocimiento no responde a una aspiración personal, sino a una carrera dedicada a la defensa de los derechos humanos y al combate de la impunidad.

Por eso, el anuncio de nuevas sanciones estadounidenses contra el TPI adquiere una relevancia particular. La Administración Trump sostiene que el tribunal amenaza la soberanía de Estados Unidos y rechaza su autoridad sobre ciudadanos y dirigentes estadounidenses. El tribunal, por su parte, denunció las medidas como un intento de obstaculizar la justicia internacional.

Puede que no haya elementos suficientes para asegurar que las sanciones fueron una represalia directa por el Nobel, pero la coincidencia de ambos anuncios exhibe una contradicción política que es difícil de ignorar, porque mientras se reconoce a una jurista por defender el derecho internacional, una de las principales potencias del mundo endurece su presión contra una institución encargada de perseguir crímenes internacionales.

La discusión no consiste en afirmar que el TPI es infalible ni en negar que los Estados puedan cuestionar su competencia. Consiste en distinguir entre defender la soberanía por las vías jurídicas y recurrir a la presión económica para debilitar a una institución cuya actuación resulta incómoda.

Para México y América Latina, el debate no es ajeno. Somos países que han recurrido al derecho internacional para defender la soberanía, los derechos humanos y la solución pacífica de controversias. Esos principios pierden consistencia si los defendemos únicamente cuando favorecen a nuestros gobiernos o coinciden con nuestras afinidades políticas.

La paz necesita diplomacia, pero también necesita justicia. Sin mecanismos de rendición de cuentas, corre el riesgo de convertirse en una tregua que protege a los poderosos y deja a las víctimas esperando indefinidamente.

Al final, el problema no es que Trump quiera recibir un premio, cualquier dirigente puede aspirar a un reconocimientos pero el problema aparece cuando esa aspiración parece confundirse con un derecho personal y cuando las instituciones que no responden a sus intereses se convierten en adversarias.

El Nobel no se entrega por insistencia, ni el derecho internacional debería depender del capricho de nadie. Parte del trabajo para velar la paz trata en respetar las reglas.

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Conciertos cancelados: causas ajenas a todos, consecuencias para uno solo

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Hay una frase que los fans de los conciertos ya aprendimos a reconocer: “por causas ajenas al artista, al promotor y al recinto.” Aparece siempre que una presentación se cancela. Y siempre significa lo mismo: nadie va a explicar nada.

El caso más reciente es el de TINI. El 6 de octubre, Zignia Live, Music Vibe y la Arena CDMX anunciaron la cancelación de su concierto del 25 de octubre. El comunicado decía que la fecha quedaba cancelada por causas ajenas a las tres partes. Hasta hoy, ni las promotoras ni la artista han dado una explicación concreta. Circulan rumores de baja venta y de conflictos internos, pero nada confirmado. Lo interesante es que TINI ya había tocado en ese mismo recinto el 4 de septiembre, con lleno total, y también en Guadalajara y Monterrey.

El patrón no es nuevo. En marzo, Ocesa canceló los dos conciertos de P!nk en el Estadio GNP Seguros, programados para el 26 y 27 de abril. Era su regreso a México después de más de veinte años, y la segunda fecha se había abierto por alta demanda. El comunicado habló de complicaciones derivadas de un caso fortuito que afectaba la logística y que era ajeno al artista, al promotor y al recinto. La frase más redonda de deslinde total que se haya escrito. La cantante tampoco se pronunció a detalle.

En agosto le tocó a Aitana. Su presentación del 4 de noviembre en el Auditorio GNP Seguros de Puebla fue cancelada por complicaciones logísticas imprevistas y, otra vez, ajenas a todos. Ella misma lo publicó en redes con el mismo argumento. Casi al mismo tiempo, anunció una tercera fecha en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El resto de la gira por México siguió intacto. Nadie dijo que una cosa tuviera que ver con la otra, pero muchos de sus fans de Puebla sacaron sus propias conclusiones: perdieron su concierto mientras la capital ganaba uno más.

Y luego está el caso de Carin León en The Sphere, que fue un poco distinto, pero funciona como contraste. El 10 de septiembre, los asistentes ya estaban dentro del recinto en Las Vegas cuando, pasadas las ocho y media de la noche, anunciaron por las bocinas que no habría presentación. Hubo abucheos. Al día siguiente, el cantante explicó con detalle lo que había pasado: dos fallas mecánicas en aviones privados al salir de Hermosillo, primero de frenos y luego de dirección, y la negativa de las autoridades aeroportuarias a autorizar el vuelo. La crítica, en todo caso, apuntó a que el artista no estuviera en la sede con la debida antelación. Lo más descarado fue que la fecha se reprogramó para el 15 de septiembre de 2027. Un año después. Los boletos seguirán siendo válidos, y quien no pueda ir tiene derecho a reembolso. Lo que nadie reembolsa son los vuelos, los hoteles y los días de vacaciones de quienes viajaron a Las Vegas para esa noche.

Ahí está el fondo del asunto. En todos los casos, con explicación o sin ella, el que pierde es el mismo.

Y conviene sumar otro factor. Cada vez es más común que los conciertos se anuncien con meses, incluso años de anticipación. La venta arranca a los pocos días del anuncio, sin dar tiempo a que nadie planee ni ahorre. Primero cobran. Después averiguan si el evento es viable. Se vende un lugar en un estadio que puede no tener fecha confirmada en la agenda real del artista, y si algo falla, la respuesta ya está redactada.

El daño mayor es de confianza. Cuando se abusa de las causas ajenas, las cancelaciones con razones legítimas también empiezan a sonar a excusa. El problema de usar siempre el mismo pretexto es que, cuando llega la razón verdadera, ya nadie la cree.

Porque si las causas siempre son ajenas al artista, al promotor y al recinto, entonces queda una sola pregunta: ¿de quién fue la culpa?

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Tres científicos, una alga y el cerebro humano

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Cada año, cuando se anuncian los Premios Nobel, aparecen palabras que para muchos parecen pertenecer a otro idioma. Términos técnicos, descubrimientos complejos y explicaciones que, a primera vista, parecen lejanas a nuestra vida cotidiana.

Pero detrás de algunos de esos reconocimientos hay historias profundamente humanas: curiosidad, preguntas persistentes y años dedicados a comprender algo que, en principio, parecía pequeño.

El Premio Nobel de Medicina 2026 es una de ellas.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron reconocidos por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una herramienta que permite utilizar la luz para controlar determinadas neuronas y estudiar cómo funcionan los circuitos del cerebro.

Pero esta historia no comienza en el cerebro.

Comienza con una pequeña alga.

Peter Hegemann estudiaba microorganismos capaces de orientarse hacia la luz. Quería entender cómo una célula tan sencilla podía detectar la luz y responder a ella. Junto con Georg Nagel, identificó y caracterizó proteínas capaces de reaccionar ante la luz y producir cambios eléctricos en las células.

Parecía una pregunta sobre un organismo microscópico.

Y nada más.

Hasta que Karl Deisseroth encontró en ese conocimiento una posibilidad extraordinaria: si esas proteínas podían responder a la luz, ¿podrían utilizarse para activar o desactivar neuronas específicas?

La respuesta abrió una nueva puerta para la neurociencia.

Con la optogenética, los investigadores pueden controlar con gran precisión grupos de neuronas y estudiar su participación en procesos como el movimiento, el aprendizaje, la memoria y las emociones. También permite investigar qué ocurre cuando determinados circuitos dejan de funcionar correctamente.

Así, una pregunta sobre cómo una diminuta alga encuentra la luz terminó ayudándonos a explorar uno de los territorios más complejos que conocemos: nuestro propio cerebro.

Y quizá ahí está la parte más fascinante de este Nobel.

Vivimos en una época que quiere resultados inmediatos. Preguntamos para qué sirve una investigación, cuánto costará y cuándo veremos sus beneficios. Pero la ciencia no siempre funciona así.

A veces, el conocimiento comienza con una pregunta cuyo destino nadie puede imaginar.

Hegemann no sabía que estudiar aquella alga contribuiría algún día a comprender las neuronas. Nagel tampoco podía anticipar hasta dónde llegaría el estudio de aquellas proteínas. Deisseroth tomó ese conocimiento y encontró una manera de convertirlo en una herramienta para mirar, con luz, algunos de los secretos del cerebro.

Tres científicos. Tres caminos. Una pregunta que fue creciendo con el tiempo.

El Nobel de Medicina de este año reconoce una tecnología capaz de iluminar neuronas, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar: la ciencia necesita espacio para la curiosidad.

Porque los grandes descubrimientos no siempre comienzan con una solución.

A veces comienzan simplemente con alguien que observa algo pequeño, se sorprende y decide preguntar:

¿Cómo encuentra la luz?

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