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México está en llamas: El humo que no podemos ignorar

La caída de un capo no apagó el fuego: México enfrenta violencia descentralizada y una ciudadanía que ya no puede seguir mirando hacia otro lado.

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¿Qué estamos haciendo? ¿Qué está pasando? ¿Qué hicimos en su momento? ¿Qué dejamos que pasara?

La muerte de “El Mencho”, líder del CJNG, no trajo paz. Trajo una ola de violencia: más de 250 narcobloqueos en 20 estados, vehículos incendiados, suspensión de clases, vuelos cancelados y comunidades enteras paralizadas por el miedo. La reacción mostró algo alarmante: la enorme capacidad operativa y territorial que aún conservan los grupos criminales.

México lleva años atrapado en una crisis de seguridad estructural que ha dejado cientos de miles de homicidios y una población que, en su mayoría, se siente insegura en su propia ciudad. Lo ocurrido tras la caída de uno de los capos más poderosos del país es solo un reflejo de una estructura criminal que no depende de una sola persona. Si, tras la muerte de un líder, la organización puede coordinarse de inmediato en varios estados, esto demuestra que cuenta con mandos regionales autónomos y una estructura descentralizada y resiliente.

La situación de violencia e inseguridad actual es, sin duda, una falla sistemática del Estado, pero tampoco podemos ignorar los años de indiferencia política que la sociedad ha normalizado. Ya no podemos seguir mirando hacia otro lado. Lo que sucede no es lejano ni abstracto: ocurre en nuestras calles, afecta a nuestras familias y golpea nuestros negocios.

Necesitamos gobernantes responsables, no cobardes. Y también necesitamos una ciudadanía que exija, participe y deje de conformarse.

¿De quién fue la culpa? Hoy esa pregunta es irrelevante. Lo urgente es actuar en el presente y construir un piso seguro para las futuras generaciones.

Las juventudes enfrentamos una responsabilidad que no pedimos: reconstruir el país. Sabemos que muchos de quienes hoy ejercen el poder han fallado y que, si queremos un futuro distinto, debemos involucrarnos y dejar atrás la vieja política. No con una simulación de relevo generacional que repita prácticas agotadas, sino con participación real.

Participar no es solo votar: es informarse, exigir cuentas, vigilar el gasto público, organizarse y ocupar espacios de decisión. Es dejar de normalizar la corrupción cotidiana y asumir que la reconstrucción también empieza en lo que toleramos.

Ya basta.

¿Qué estamos haciendo? ¿Qué está pasando? ¿Qué hicimos en su momento? ¿Qué dejamos que pasara?

Necesitamos construir un nuevo país, porque el que nos entregaron está ardiendo. El fuego avanza y el humo es imposible de ignorar. La pregunta ya no es quién lo provocó, sino quién se atreverá a apagarlo.

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