Empatía, vocación, criterio, conciencia, respeto, autoridad vs. abuso, justicia.
Que el poder recuerde que es servicio; que la ética no sea solo discurso, sino práctica cotidiana; que la responsabilidad se ejerza con conciencia; que la humanidad no se pierda detrás de un uniforme y que la dignidad sea siempre el punto de partida y el límite de toda acción pública.
En una clase sobre género escuché algo que nunca olvidé: una mujer puede ser discriminada no solo por ser mujer, sino también por su edad, por su origen o por su condición económica. Hay discriminaciones que se acumulan, que pesan como capas invisibles sobre el cuerpo y la historia de una persona.
Hace poco, en una conversación con mujeres mayores, varias compartieron algo que dolía escuchar: muchas veces se sienten tratadas como si fueran invisibles, como si su palabra no tuviera peso, como si el paso de los años les hubiera arrebatado el derecho a ser escuchadas.
Una de ellas relató que abordó el Metro con una maleta grande. Se acercó al oficial en la entrada y le pidió que abriera la pequeña puerta destinada a personas con discapacidad para poder pasar con mayor facilidad. La respuesta fue un “no” seco, sin explicación, sin empatía.
Como pudo, tuvo que forzar su maleta por debajo del torniquete, luchando no solo con el peso del equipaje, sino también con la indiferencia.
Sin embargo, al llegar a su destino y pedir el mismo apoyo al policía de salida, él accedió de inmediato.

Entonces surgen preguntas inevitables:
¿Dónde está el criterio?
¿Dónde está la sensibilidad?
¿Por qué para unos es fácil decir “sí” y para otros no?
El servicio público no puede depender del humor del día, de la simpatía o del impulso personal. Servir no es ejercer poder; es ejercer responsabilidad.
Y entonces la pregunta es inevitable:
¿Cómo se está trabajando la ética y la formación emocional de quienes están al servicio de la ciudadanía?
¿Qué tipo de criterio se les está enseñando para tomar decisiones que afectan la dignidad de las personas?
El problema no es solo administrativo. Es profundamente humano. Cuando alguien que ocupa un cargo público no sabe regular sus emociones, no comprende el valor de la dignidad del otro y no distingue entre autoridad y abuso, lo que se fractura es la confianza social.
Como decía Immanuel Kant:
“Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.”
La dignidad comienza cuando somos capaces de mirar al otro, escucharlo, comprender su contexto de vida y responder con empatía. La dignidad no es un discurso: es una práctica cotidiana.
Si no miramos, si no nos interesa la persona que tenemos enfrente, entonces algo nos falta: preparación, sensibilidad, formación ética. Nos falta comprender que servir implica reconocer la humanidad del otro.

Cuando alguien piensa únicamente: “Estoy aquí parado en el metro para ganar dinero” y reduce su función a cumplir un horario, entonces las personas dejan de ser fines y se convierten en medios. En ese momento, el ciudadano ya no es alguien con necesidades reales, sino un obstáculo, un trámite, una interrupción.
Cuando una mujer mayor es ignorada, minimizada o tratada como incapaz, deja de ser vista como un fin en sí misma. Se convierte en un estorbo, en una carga, en una molestia. Y eso es una forma silenciosa de violencia.
No se trata de atacar personas en lo individual. Se trata de cuestionar sistemas que permiten que quienes deberían servir actúen desde la prepotencia y no desde la ética.
El servicio público debería estar sostenido por vocación, formación y madurez emocional. No basta con portar un uniforme ni con ocupar un cargo: se necesita carácter, criterio y conciencia moral.
Como ciudadana, me duele.
Me indigna.
Y me preocupa.
Porque el respeto no debería depender de la suerte.
Porque la dignidad no debería negociarse.
Y porque el verdadero cambio en nuestro país comenzará el día en que entendamos que servir implica grandeza moral, no superioridad.
