Tras no conseguir un lugar en la licenciatura en Teatro y perder su empleo como jardinero, Macario Martínez comenzó a trabajar en el sistema de limpia de la Ciudad de México. Durante una de sus jornadas encontró un teléfono celular y desde esa misma realidad de jornadas laborales, camiones de basura y calles por barrer, grabó Sueña lindo, corazón y la publicó en TikTok. La canción se volvió viral y su vida cambió para siempre.

La mayoría conoció esa historia como un ejemplo de perseverancia.
Yo creo que también debería verse como el reflejo de un sistema que sigue siendo incapaz de garantizar oportunidades suficientes para que miles de jóvenes desarrollen su talento.
Porque antes de convertirse en cantante, Macario fue uno de los miles de jóvenes que no lograron ingresar a la universidad pública. Como tantos otros, tuvo que incorporarse al mercado laboral porque el proyecto de vida que desde pequeños nos enseñan de “estudiar para salir adelante” simplemente no tenía espacio para él.
Su historia terminó bien, la de miles de jóvenes mexicanos, no.
Seguimos teniendo cientos de miles de jóvenes que quieren estudiar y un número insuficiente de lugares en las instituciones públicas de mayor calidad.
Durante los últimos años el Estado ha ampliado la matrícula y ha creado nuevas universidades públicas. Sin embargo, ampliar cobertura no siempre significa garantizar calidad. Muchas de estas instituciones todavía enfrentan carencias de infraestructura, laboratorios, bibliotecas, profesores de tiempo completo, investigación y vinculación profesional. Mientras tanto, la UNAM y el IPN continúan recibiendo una demanda muy superior a su capacidad.
No basta con abrir más universidades, el verdadero reto es garantizar educación pública de excelencia para todos.

Hace más de un siglo, José Vasconcelos entendía que la educación era el principal instrumento de movilidad social. Estaba convencido de que el talento estaba distribuido por todo México, aunque las oportunidades no, y que la obligación del Estado consistía precisamente en cerrar esa brecha.
Hoy pareciera que hemos olvidado esa lección y discutimos cómo repartir los pocos lugares disponibles, cuando la pregunta debería ser por qué siguen siendo tan pocos.
Paradójicamente, el Estado reconoce la educación como un derecho humano, pero cuando un derecho escasea, deja de sentirse como un derecho y empieza a parecer un privilegio, un privilegio que ha terminado por convertirse incluso en un símbolo de estatus.
Entrar a la UNAM o al IPN ya no representa solamente acceder a una educación de calidad; también se ha convertido en una medalla social que alimenta una idea simplista de la meritocracia, esa que dice “El que quiere, puede”, pero la realidad es mucho más compleja.
No es lo mismo estudiar después de regresar de una jornada laboral que hacerlo con un año completo dedicado exclusivamente a preparar un examen.
No es lo mismo pagar un curso de admisión de decenas de miles de pesos que estudiar con los apuntes de la preparatoria.
No es lo mismo crecer en un hogar donde ambos padres fueron universitarios que ser el primero de la familia en intentar llegar a la educación superior.
La meritocracia sólo puede existir cuando las oportunidades también son iguales, de lo contrario, no estamos premiando únicamente el esfuerzo, también estamos premiando las ventajas de origen.
La historia de Macario tampoco es nueva.

En su autobiografía, José José recuerda que estudiaba en el entonces Instituto Tecnológico de México (ahora ITAM) mientras recorría la ciudad en bicicleta repartiendo material de imprenta para ayudar a su familia. El dinero apenas alcanzaba. Cuenta que, al terminar la jornada, se detenía frente a los aparadores donde giraban los pollos rostizados y soñaba con el día en que pudiera comprar uno. El mismo se respondía: “Ya te enterarás algún día, cuando seas grande y ganes más en el taller”.
Poco después, su familia dejó de poder pagar la colegiatura. Ya no le permitieron presentar exámenes y tuvo que abandonar la escuela.
México ganó a uno de los cantantes más importantes de su historia, pero esa no puede ser la forma en que funciona un país. No deberíamos depender de que una oportunidad perdida termine convirtiéndose, por casualidad, en un talento extraordinario.
Porque por cada José José o por cada Macario Martínez que conocemos, existen miles cuyos nombres jamás escucharemos.
Nos emociona la historia de Macario y de José porque lograron vencer al sistema, pero un país serio no debería aspirar a producir héroes que sobreviven a la falta de oportunidades, debería construir instituciones que hicieran innecesarias esas historias.
José Vasconcelos soñó con un México donde la educación pública fuera el gran igualador de las desigualdades sociales.
Más de un siglo después, seguimos administrando la escasez cuando deberíamos estar construyendo oportunidades.
Porque el talento nunca ha sido el recurso más escaso de México. Lo verdaderamente escaso siguen siendo las oportunidades para desarrollarlo.
