Hay una edad en la que uno busca historias que se parezcan a la propia.
Las buscamos en los libros, en las películas, en las canciones. Buscamos a alguien que haya sentido lo mismo, que haya amado de una manera parecida, que haya tenido miedo de las mismas cosas. Y cuando lo encontramos, aunque sea por unos minutos, sucede algo extraño: dejamos de sentirnos solos.
Pero ¿qué pasa cuando esa historia no existe?
Durante mucho tiempo, para muchas mujeres, esa fue precisamente la dificultad. No era que no hubiera historias. Las había. Lo que faltaba era escucharlas.
Quizá una canción pueda comenzar ahí: en el lugar donde alguien se pregunta por qué nunca escucha cantar aquello que también forma parte de su vida.
Miranda Villalobos comenzó a escribir desde ese territorio.

Nació en Veracruz y hoy vive en la Ciudad de México. Es cantautora, poeta, escritora, productora y gestora cultural. Pero antes de todas esas palabras estuvo una niña mirando a su madre escribir.
La escritura llegó primero. Después la guitarra. Luego la poesía. Y, casi naturalmente, las palabras comenzaron a buscar música.
En 2020 Miranda inició formalmente su carrera como solista. Desde entonces ha construido canciones alrededor de experiencias que durante mucho tiempo tuvieron poco espacio en la música popular: mujeres que aman a otras mujeres, el deseo, los vínculos, la intimidad y también algo que a veces olvidamos cuando hablamos de representación: la felicidad.
Porque Miranda no parece interesada únicamente en contar que esas vidas existen.
También quiere contar que pueden ser felices.

Hay algo profundamente cultural en esa decisión. Durante años, muchas historias de la diversidad sexual fueron narradas desde el conflicto: salir del clóset, perder a alguien, ser rechazado, sobrevivir. Son historias necesarias. Pero no son las únicas.
También existe el enamoramiento.
Existe el deseo.
Existe bailar.
Existe reírse de uno mismo.
Existe imaginar una vida que no tenga que justificarse todo el tiempo.
En canciones como Olivia, Miranda comenzó a abrir ese espacio. No necesariamente para ofrecer una respuesta, sino para hacer algo más sencillo y, quizá por eso, más poderoso: poner una historia sobre la mesa y decir, aquí está.
Y entonces ocurre aquello que sólo el arte consigue.
Alguien escucha.
Y se reconoce.

Fuera de la música, Miranda ha participado también en proyectos culturales y espacios comunitarios vinculados con la creación y la diversidad sexual. Ahí aparece otra parte de su trabajo: la que entiende que hacer cultura no consiste solamente en producir una obra, sino en generar los lugares donde esa obra pueda encontrarse con otras personas.
Porque una comunidad también se construye así: alrededor de una canción, de una conversación, de un escenario pequeño, de alguien que se atreve a contar algo que antes parecía imposible de decir.
Pero Miranda no se ha quedado en las historias que ya aprendió a contar.
Su obra está cambiando.
Quizá porque también cambió la pregunta.
Ahora aparece una inquietud distinta: qué significa construir una identidad en un mundo donde casi todo puede convertirse en imagen, donde las pantallas nos enseñan constantemente cómo deberíamos vernos, desearnos y mostrarnos.
De esa búsqueda nace La sociedad del espectáculo y el efímero, su próximo álbum.
El título ya plantea una provocación.
Y VampirAs, uno de los adelantos, abre la puerta hacia una Miranda que juega con el deseo, el placer y la libertad mientras se acerca a sonidos como el house y la música electrónica.
No es una ruptura con lo anterior.
Es más bien otra habitación dentro de la misma casa.
La Miranda que alguna vez buscó canciones donde reconocerse ahora parece preguntarse qué ocurre después de encontrarlas. Qué hacemos con las historias que conseguimos nombrar. Qué nuevas historias aparecen cuando dejamos de pedir permiso para existir.
Tal vez esa sea una de las cosas más interesantes de su trayectoria.
Miranda no está intentando convertirse en representación de nadie.
Está haciendo algo mucho más difícil: construir una obra desde su propia mirada y dejar que otras personas encuentren en ella un lugar para reconocerse.
Y quizá por eso Las canciones que no existían no habla solamente de música.
Habla de cultura.
De memoria.
De identidad.
De la necesidad profundamente humana de escuchar, alguna vez, una historia y pensar:
yo también.
Porque algunas canciones llegan para acompañarnos.
Otras llegan para hacernos bailar.
Y hay unas cuantas que hacen algo todavía más extraño.
Nos demuestran que aquella historia que creíamos que no existía…
quizá sólo estaba esperando a que alguien se atreviera a cantarla.
