El de 2026, sin duda, fue un verano atípico. Mientras los niños van regresando al aula, subyace una lección aguda: la vida no trae manual ni modelo prototípico. Los pequeños pasaron el verano más largo de sus vidas. En medio de… (digamos todo lo sucedido), estos meses crecieron a consecuencia de sus clases precozmente suspendidas.
Para los que no somos niños, este verano y, sus múltiples acontecimientos, nos cambiaron. Fueron meses con extraña largueza y les dejo una pequeña crónica con toda mi franqueza.
Me tocó experimentar acontecimientos con mis niños y con mis viejos. Aunque son dos lados opuestos de mi espectro, este verano los vi a ambos bajo un mismo lente: me tocó, así sin distinción, verlos crecer.
Como suele suceder, acabé en una sala de hospital cuidando caídas y raspones. Esta ocasión, sin embargo, fue por viejos y barbones. No consecuencia de mis jóvenes bribones. Me tocó limpiar sangre y abrazar para calmar. Sin embargo, no a mis hijos; hoy tocó a ellos… justo los grandes que me enseñaron a amar.
Así, de repente y sin pedirlo, la vida me exigió. Aunque también, para con ellos, algo nuevo me regaló. Este verano y estas letras son para ellos, mis grandes que se ven al espejo con puro blanco en sus cabellos.
Desde hace tiempo escribía sobre las canas y las ganas. Ello tomó un significado diferente y, justo porque el tiempo nos pasa, no quisiera dejar este escrito pendiente.
En mi caso particular, solía ver a mi padre como “el de las canas”, mientras yo me ponía como “el de las ganas”. Colocaba en el espectro a dos opuestos en edades, aunque hoy percibo que no solo hay opuestos, sino una pléyade de diferentes verdades.
Es cierto, genéricamente, que la edad trae consigo madurez y la juventud a veces está plagada de idiotez. Aunque hoy percibo el pantone de la madurez y sus tantos tintes (no solo el de la vejez).
Mi padre es, sin duda, el de las canas, aunque este verano dio fe de sus múltiples y renovadas ganas.
Así, dejando atrás lo poético y el significado que los viejos han dejado en mi existencia, pero resaltando la esencia de estas letras que son para todos ellos, quienes hoy navegan los cambios de nuestra realidad ante una división que la sociedad insiste en marcar.
Actualmente en nuestro país, estamos tratando de legislar sobre los adultos mayores en la fuente de trabajo. En 2026 podríamos ser la generación más amalgamada de la historia moderna, o bien, una generación de viejos y jóvenes, de seres más longevos y jóvenes más arrojados que piden una participación multifacética sin antecedentes. Pero no lo somos. Las ganas (genéricas) las tienen los jóvenes, las canas las portan los viejos, divididos en dos sectores que muchas veces se excluyen y hoy, ante la desocupación de muchos adultos mayores, no sabemos ya, como Estado, ¡qué hacer!
Sin ganas no habrá innovación, pero ¿sin canas habrá calidad y estructura suficiente? La obligación de ingresar adultos mayores al sector laboral no debe ser legal y taxativa. La recuperación del respeto y el acompañamiento debiese ser mediante la conciencia colectiva. No obstante, fuera de legislar y obligar, parece que el Estado se encuentra sin saber ¿qué? o siquiera cómo hacer.
Sin duda, las canas son diferentes a las ganas, aunque la experiencia paga… al igual que la innovación.
Mientras las fortunas hechas a través de TikTok, Instagram (y demás) crecen, también se ensancha la distancia y el entendimiento entre los mayores y una generación que se diluye entre lo que vende y deja de forma rápida, en contraposición a la sabiduría que algún día fue el valor más alto de la sociedad.
Mis padres me han levantado un sinnúmero de ocasiones. Yo no sería, es más, soy consecuencia y reflejo de ellos. Levantarlos no es caridad, sino ciclo de vida y lealtad.
Si bien aspiramos, como Congreso Federal, a legislar, empecemos por mirar, entender y respetar. Los que estamos fuera del Congreso, espero que, como a mí este verano, la vida nos enseñe, nos haga un poco más viejos y algo más sabios. En efecto, hay quienes duran más y producen menos; sin embargo, de la riqueza de sus seres no debemos ser ajenos.
La vejez puede ser tanto plenitud como una final virtud. No la desaprovechemos y hagamos más con los grandes maestros, padres y madres que tenemos.