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La ilusión de la voluntad: el cuerpo como espejo del código postal

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El discurso contemporáneo del bienestar nos ha vendido una narrativa tan seductora como tramposa: la de que el cuerpo es un lienzo en blanco sobre el que únicamente opera la disciplina individual. Bajo la tiranía del “si quieres, puedes”, se asume que un abdomen plano, una postura erguida o una musculatura definida son insignias de solvencia moral, constancia y carácter, mientras que cualquier desviación de esa norma estética se cataloga con ligereza como pereza o descuido. Sin embargo, basta con rascar apenas la superficie para entender que nuestra carne no es solo el resultado de nuestras elecciones; es, ante todo, el archivo biológico de nuestras circunstancias, de la herencia genética, del entorno familiar y del implacable peso de nuestra estructura social.

Es verdad que para muchos el movimiento físico adquiere un sentido que trasciende por completo la vanidad. El ejercicio se convierte a menudo en un santuario íntimo: la trinchera donde se procesa un duelo amoroso, el espacio de rehabilitación tras un accidente devastador o la válvula de escape frente a la asfixia de un hogar en crisis. En esos casos, levantar peso o devorar kilómetros no es una búsqueda de aprobación externa, sino un acto de supervivencia mental y espiritual. El cuerpo responde a la necesidad de reconstruirse desde adentro, de aferrarse a algo tangible cuando todo lo demás parece desmoronarse.

No obstante, la manera en que canalizamos esa necesidad no ocurre en el vacío. La actividad física que elegimos —o la que nos toca— está atravesada por fronteras de clase tan rígidas como invisibles. No habita el mismo mundo quien agenda tres sesiones semanales de pilates reformer o disputa un torneo de pádel en un club privado, que quien se congrega al caer la tarde en una cancha municipal de cemento cuarteado para disputar una reta de fútbol o básquetbol de barrio. Mientras ciertas disciplinas son empaquetadas como símbolos de estatus, sofisticación y tiempo libre garantizado, los deportes colectivos de los sectores populares suelen cargarse de estigmas o condescendencia. El espacio donde fortaleces tus músculos, el calzado que usas y la infraestructura que te rodea terminan funcionando como un carné de identidad social que delata con precisión tu código postal.

Esta brecha se profundiza de forma dramática en el plato. Nos exigen alimentarnos de manera consciente, orgánica y balanceada, pero se ignora deliberadamente la geografía urbana y la economía básica. En las periferias y zonas marginadas abundan los llamados desiertos alimentarios, donde es infinitamente más sencillo, rápido y barato conseguir una bebida azucarada y comida ultraprocesada que acceder a proteínas magras de calidad y vegetales frescos. La nutrición óptima es tratada como un deber ético cuando, en términos reales, se ha consolidado como un privilegio reservado para quienes cuentan con presupuesto, refrigerador abastecido y el tiempo necesario para planear cada comida.

La paradoja del cuerpo humano cobra un matiz fascinante cuando se confronta la teoría con la realidad cotidiana, como quedó en evidencia en los recientes retos virales donde atletas de alto rendimiento se midieron contra trabajadores de la construcción. Vimos cómo un albañil, nutrido muchas veces a base de carbohidratos simples, refrescos y jornadas extenuantes bajo el sol, lograba igualar o superar en fuerza bruta y resistencia funcional a personas con dietas calculadas al gramo y entrenamientos milimétricos. ¿Qué nos dice eso sobre la potencia del cuerpo humano? ¿Hasta dónde llega el misterio de la genética individual y dónde empieza la adaptación extrema a la precariedad y al trabajo físico obligado?

Aquí es donde el mito de la meritocracia corporal se derrumba. Decir que tener un cuerpo fuerte, sano y estéticamente homologado depende exclusivamente de la voluntad es ignorar la vida real de millones. ¿Cómo exigirle una hora de ejercicio cardiovascular a quien pasa cuatro horas diarias atrapado en el transporte público para cruzar la ciudad? ¿Cómo sugerir que salgan a correr a mujeres y hombres cuyas colonias carecen de alumbrado público, cuyas banquetas están destruidas y donde la inseguridad convierte cada calle oscura en una amenaza latente? El agotamiento de una jornada laboral interminable no es falta de voluntad; es desgaste biológico provocado por un sistema hostil.

Conviene abrir el debate sin condescendencias ni falsos optimismos: ¿realmente poseemos el cuerpo que queremos o habitamos el cuerpo que nuestras condiciones materiales nos permiten sostener? Reducir la salud y el físico a una simple decisión personal exonera al mal gobierno de su abandono en espacios públicos, normaliza la desigualdad alimentaria y disfraza las barreras sociales de fallas de carácter. Si en este entorno solo quienes poseen una genética excepcional o una resiliencia sobrehumana logran romper el molde frente a todo pronóstico, entonces el bienestar no es un logro democrático, sino una carrera con pistas disparejas.

Resuena aquí la célebre advertencia atribuida a Sócrates: qué lástima da aquel que transita toda su vida y envejece sin descubrir jamás de qué fuerza y de qué belleza era capaz su cuerpo. Pero si algo nos enseñan las calles y las periferias de nuestro tiempo, es que descubrir ese límite no depende únicamente del deseo personal de explorarlo. Mientras el entorno no garantice banquetas transitables, calles seguras, descanso digno y comida nutritiva en la mesa de todos, el mandato de alcanzar el máximo potencial físico seguirá siendo un privilegio antes que un derecho. Y la verdadera vergüenza colectiva no será jamás del cuerpo cansado que vuelve en el camión, sino de la sociedad que le arrebató el tiempo para conocer su propia fuerza.

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¿Defender la paz le incomoda al poder?

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Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convierte sus obsesiones personales en un asunto político internacional. Este 9 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, mientras el Gobierno de Trump anunciaba nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI).

La coincidencia resulta, cuando menos, irónica. Después de insistir públicamente en que merece el Nobel de la Paz, Trump vuelve a quedar fuera de la lista de galardonados. Y Pillay, al conocer la noticia, respondió con humor: bromeó con que quizá compartiría el premio con él si el público seguía aplaudiendo. Una frase breve, pero suficiente para poner en evidencia la distancia entre buscar un reconocimiento y construir una trayectoria que lo respalde.

No es la primera vez que el Nobel se cruza con las aspiraciones del mandatario estadounidense. En enero de este año, la opositora venezolana María Corina Machado le entregó a Trump la medalla física del premio que ella recibió en 2025, como gesto de agradecimiento por su respaldo a la causa venezolana. Sin embargo, una medalla puede regalarse; el reconocimiento no se transfiere. Trump recibió el objeto, pero no se convirtió en laureado del Nobel.

El episodio retrata una forma de entender la política en la que los símbolos, los reconocimientos y la imagen personal parecen tener tanto peso como los resultados. Pero la paz no se acredita con una medalla ni se demuestra mediante declaraciones públicas. Se construye con decisiones, instituciones y respeto a las reglas.

La trayectoria de Navi Pillay contrasta con esa lógica. Fue jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, integró el Tribunal Penal Internacional y encabezó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. También presidió una comisión de investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Su reconocimiento no responde a una aspiración personal, sino a una carrera dedicada a la defensa de los derechos humanos y al combate de la impunidad.

Por eso, el anuncio de nuevas sanciones estadounidenses contra el TPI adquiere una relevancia particular. La Administración Trump sostiene que el tribunal amenaza la soberanía de Estados Unidos y rechaza su autoridad sobre ciudadanos y dirigentes estadounidenses. El tribunal, por su parte, denunció las medidas como un intento de obstaculizar la justicia internacional.

Puede que no haya elementos suficientes para asegurar que las sanciones fueron una represalia directa por el Nobel, pero la coincidencia de ambos anuncios exhibe una contradicción política que es difícil de ignorar, porque mientras se reconoce a una jurista por defender el derecho internacional, una de las principales potencias del mundo endurece su presión contra una institución encargada de perseguir crímenes internacionales.

La discusión no consiste en afirmar que el TPI es infalible ni en negar que los Estados puedan cuestionar su competencia. Consiste en distinguir entre defender la soberanía por las vías jurídicas y recurrir a la presión económica para debilitar a una institución cuya actuación resulta incómoda.

Para México y América Latina, el debate no es ajeno. Somos países que han recurrido al derecho internacional para defender la soberanía, los derechos humanos y la solución pacífica de controversias. Esos principios pierden consistencia si los defendemos únicamente cuando favorecen a nuestros gobiernos o coinciden con nuestras afinidades políticas.

La paz necesita diplomacia, pero también necesita justicia. Sin mecanismos de rendición de cuentas, corre el riesgo de convertirse en una tregua que protege a los poderosos y deja a las víctimas esperando indefinidamente.

Al final, el problema no es que Trump quiera recibir un premio, cualquier dirigente puede aspirar a un reconocimientos pero el problema aparece cuando esa aspiración parece confundirse con un derecho personal y cuando las instituciones que no responden a sus intereses se convierten en adversarias.

El Nobel no se entrega por insistencia, ni el derecho internacional debería depender del capricho de nadie. Parte del trabajo para velar la paz trata en respetar las reglas.

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Conciertos cancelados: causas ajenas a todos, consecuencias para uno solo

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Hay una frase que los fans de los conciertos ya aprendimos a reconocer: “por causas ajenas al artista, al promotor y al recinto.” Aparece siempre que una presentación se cancela. Y siempre significa lo mismo: nadie va a explicar nada.

El caso más reciente es el de TINI. El 6 de octubre, Zignia Live, Music Vibe y la Arena CDMX anunciaron la cancelación de su concierto del 25 de octubre. El comunicado decía que la fecha quedaba cancelada por causas ajenas a las tres partes. Hasta hoy, ni las promotoras ni la artista han dado una explicación concreta. Circulan rumores de baja venta y de conflictos internos, pero nada confirmado. Lo interesante es que TINI ya había tocado en ese mismo recinto el 4 de septiembre, con lleno total, y también en Guadalajara y Monterrey.

El patrón no es nuevo. En marzo, Ocesa canceló los dos conciertos de P!nk en el Estadio GNP Seguros, programados para el 26 y 27 de abril. Era su regreso a México después de más de veinte años, y la segunda fecha se había abierto por alta demanda. El comunicado habló de complicaciones derivadas de un caso fortuito que afectaba la logística y que era ajeno al artista, al promotor y al recinto. La frase más redonda de deslinde total que se haya escrito. La cantante tampoco se pronunció a detalle.

En agosto le tocó a Aitana. Su presentación del 4 de noviembre en el Auditorio GNP Seguros de Puebla fue cancelada por complicaciones logísticas imprevistas y, otra vez, ajenas a todos. Ella misma lo publicó en redes con el mismo argumento. Casi al mismo tiempo, anunció una tercera fecha en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El resto de la gira por México siguió intacto. Nadie dijo que una cosa tuviera que ver con la otra, pero muchos de sus fans de Puebla sacaron sus propias conclusiones: perdieron su concierto mientras la capital ganaba uno más.

Y luego está el caso de Carin León en The Sphere, que fue un poco distinto, pero funciona como contraste. El 10 de septiembre, los asistentes ya estaban dentro del recinto en Las Vegas cuando, pasadas las ocho y media de la noche, anunciaron por las bocinas que no habría presentación. Hubo abucheos. Al día siguiente, el cantante explicó con detalle lo que había pasado: dos fallas mecánicas en aviones privados al salir de Hermosillo, primero de frenos y luego de dirección, y la negativa de las autoridades aeroportuarias a autorizar el vuelo. La crítica, en todo caso, apuntó a que el artista no estuviera en la sede con la debida antelación. Lo más descarado fue que la fecha se reprogramó para el 15 de septiembre de 2027. Un año después. Los boletos seguirán siendo válidos, y quien no pueda ir tiene derecho a reembolso. Lo que nadie reembolsa son los vuelos, los hoteles y los días de vacaciones de quienes viajaron a Las Vegas para esa noche.

Ahí está el fondo del asunto. En todos los casos, con explicación o sin ella, el que pierde es el mismo.

Y conviene sumar otro factor. Cada vez es más común que los conciertos se anuncien con meses, incluso años de anticipación. La venta arranca a los pocos días del anuncio, sin dar tiempo a que nadie planee ni ahorre. Primero cobran. Después averiguan si el evento es viable. Se vende un lugar en un estadio que puede no tener fecha confirmada en la agenda real del artista, y si algo falla, la respuesta ya está redactada.

El daño mayor es de confianza. Cuando se abusa de las causas ajenas, las cancelaciones con razones legítimas también empiezan a sonar a excusa. El problema de usar siempre el mismo pretexto es que, cuando llega la razón verdadera, ya nadie la cree.

Porque si las causas siempre son ajenas al artista, al promotor y al recinto, entonces queda una sola pregunta: ¿de quién fue la culpa?

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Tres científicos, una alga y el cerebro humano

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Cada año, cuando se anuncian los Premios Nobel, aparecen palabras que para muchos parecen pertenecer a otro idioma. Términos técnicos, descubrimientos complejos y explicaciones que, a primera vista, parecen lejanas a nuestra vida cotidiana.

Pero detrás de algunos de esos reconocimientos hay historias profundamente humanas: curiosidad, preguntas persistentes y años dedicados a comprender algo que, en principio, parecía pequeño.

El Premio Nobel de Medicina 2026 es una de ellas.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron reconocidos por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una herramienta que permite utilizar la luz para controlar determinadas neuronas y estudiar cómo funcionan los circuitos del cerebro.

Pero esta historia no comienza en el cerebro.

Comienza con una pequeña alga.

Peter Hegemann estudiaba microorganismos capaces de orientarse hacia la luz. Quería entender cómo una célula tan sencilla podía detectar la luz y responder a ella. Junto con Georg Nagel, identificó y caracterizó proteínas capaces de reaccionar ante la luz y producir cambios eléctricos en las células.

Parecía una pregunta sobre un organismo microscópico.

Y nada más.

Hasta que Karl Deisseroth encontró en ese conocimiento una posibilidad extraordinaria: si esas proteínas podían responder a la luz, ¿podrían utilizarse para activar o desactivar neuronas específicas?

La respuesta abrió una nueva puerta para la neurociencia.

Con la optogenética, los investigadores pueden controlar con gran precisión grupos de neuronas y estudiar su participación en procesos como el movimiento, el aprendizaje, la memoria y las emociones. También permite investigar qué ocurre cuando determinados circuitos dejan de funcionar correctamente.

Así, una pregunta sobre cómo una diminuta alga encuentra la luz terminó ayudándonos a explorar uno de los territorios más complejos que conocemos: nuestro propio cerebro.

Y quizá ahí está la parte más fascinante de este Nobel.

Vivimos en una época que quiere resultados inmediatos. Preguntamos para qué sirve una investigación, cuánto costará y cuándo veremos sus beneficios. Pero la ciencia no siempre funciona así.

A veces, el conocimiento comienza con una pregunta cuyo destino nadie puede imaginar.

Hegemann no sabía que estudiar aquella alga contribuiría algún día a comprender las neuronas. Nagel tampoco podía anticipar hasta dónde llegaría el estudio de aquellas proteínas. Deisseroth tomó ese conocimiento y encontró una manera de convertirlo en una herramienta para mirar, con luz, algunos de los secretos del cerebro.

Tres científicos. Tres caminos. Una pregunta que fue creciendo con el tiempo.

El Nobel de Medicina de este año reconoce una tecnología capaz de iluminar neuronas, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar: la ciencia necesita espacio para la curiosidad.

Porque los grandes descubrimientos no siempre comienzan con una solución.

A veces comienzan simplemente con alguien que observa algo pequeño, se sorprende y decide preguntar:

¿Cómo encuentra la luz?

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