Una reflexión sobre pareja, vivienda, maternidad y redes de apoyo en la CDMX.
Hay algo curioso en vivir en la Ciudad de México: aquí todos parecen tener prisa.
Prisa por llegar.
Por crecer.
Por ganar más.
Por encontrar un mejor departamento.
Por conseguir el trabajo correcto, el restaurante correcto, el café correcto, la vida correcta.
Y, sin embargo, hay algo para lo que esta ciudad parece haberse tomado su tiempo: tener hijos.
Según cifras del INEGI, en 2024 la Ciudad de México registró la tasa de nacimientos más baja del país: 32.8 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil, frente a 47.7 a nivel nacional.
El número es frío.
Pero la historia detrás de ese número no lo es.
Porque quizá esta no es una ciudad de mujeres que no quieren ser mamás.
Es una ciudad de mujeres que están intentando descubrir si ser mamá cabe en la vida que construyeron.
Y eso es mucho más complicado.
Porque antes de pensar en una cuna, hay que encontrar una pareja.
Y encontrar una pareja estable en esta ciudad tampoco parece una tarea sencilla.
Vivimos en la época de las aplicaciones, de los mensajes que desaparecen, de los “vamos viendo”, de las relaciones sin nombre y de personas que pueden tener una agenda llena durante semanas, pero no necesariamente un espacio emocional para construir una vida con alguien.
Queremos conectar, pero también queremos conservar nuestra independencia.
Queremos enamorarnos, pero tenemos miedo de equivocarnos.
Queremos una pareja, pero no cualquier pareja.
Y cuando finalmente aparece alguien, llega otra pregunta: ¿queremos lo mismo?
Porque no basta con enamorarse.
Hay que coincidir en algo mucho más difícil: el proyecto de vida.
Matrimonio.
Hijos.
Ciudad.
Casa.
Dinero.
Tiempo.
Y mientras intentamos resolver todo eso, el reloj biológico sigue avanzando en silencio.
Después está la vivienda.
Porque tener un hijo también implica preguntarse dónde va a vivir.
Y en una ciudad donde una renta puede llevarse una parte enorme del sueldo, pensar en una habitación adicional, una casa con espacio o simplemente un lugar donde un niño pueda jugar parece, a veces, un privilegio.
La vida adulta en la CDMX ya es cara para dos.
Para tres, hay que hacer cuentas.
Guardería.
Médicos.
Colegio.
Transporte.
Alimentos.
Ropa.
Actividades.
Y, sobre todo, tiempo.
Porque el verdadero lujo de esta ciudad quizá no sea un departamento en Polanco.
Es tener tiempo.
Tiempo para recoger a un niño de la escuela.
Para llevarlo al médico.
Para acompañarlo cuando está enfermo.
Para estar presente.
Y aquí aparece otra dificultad de la que hablamos poco: la red de apoyo.
Para quienes nacimos en otras ciudades, formar una familia en la CDMX puede sentirse todavía más complejo.
Porque nuestros papás están lejos.
Nuestros hermanos están lejos.
Los abuelos no están a quince minutos de distancia para recoger a los niños un martes.
No siempre existe esa familia extendida que durante generaciones permitió que criar no fuera una tarea completamente individual.
Y entonces aparece una pregunta muy concreta:
¿Quién me va a ayudar?
No es una pregunta romántica.
Es una pregunta logística.
Y quizá también una de las más importantes.
Porque durante mucho tiempo hablamos de la maternidad como si solamente necesitara amor.
Pero criar también necesita una red.
Necesita tiempo, dinero, comunidad, cuidados y personas que puedan aparecer cuando la vida se complica.
Por eso creo que detrás de las cifras de natalidad hay una conversación mucho más profunda.
No solamente hay mujeres que decidieron no ser madres.
Hay mujeres que están esperando.
Esperando a la pareja correcta.
A tener estabilidad económica.
A comprar una casa.
A ganar más.
A sentirse preparadas.
A tener cerca a su familia.
A que la vida deje de sentirse como una carrera.
Y también hay mujeres que sí quieren ser madres, pero están intentando decidir si vale la pena posponer otros sueños para conseguirlo.
Porque esa es otra de las contradicciones de nuestra generación.
Nos dijeron que podíamos tenerlo todo.
Pero casi nadie nos explicó que quizá no podemos tenerlo todo al mismo tiempo.
Podemos estudiar.
Viajar.
Trabajar.
Emprender.
Enamorarnos.
Construir una carrera.
Comprar un departamento.
Cuidar nuestro cuerpo.
Salir a cenar un martes.
Y eventualmente tener hijos.
Pero cada decisión tiene un costo.
Y el tiempo también.
Quizá por eso la maternidad dejó de ser una consecuencia natural de la vida adulta y se convirtió en una decisión que requiere planeación casi empresarial.
¿Cuánto gano?
¿Dónde voy a vivir?
¿Con quién?
¿Quién me ayuda?
¿Puedo dejar de trabajar?
¿Quién cuida al niño?
¿Puedo pagar una guardería?
¿Y si mi relación termina?
¿Y si quiero ser mamá y todavía no tengo pareja?
Y entonces aparece el tema que muchas mujeres prefieren no mirar demasiado de frente:
el reloj.
Porque podemos posponer una boda.
Podemos cambiar de trabajo.
Podemos mudarnos.
Podemos empezar otra carrera a los 35.
Pero hay decisiones relacionadas con la maternidad que tienen una dimensión biológica que no podemos negociar completamente con nuestros calendarios.
Y eso genera una presión muy particular.
Una presión que no necesariamente viene de la sociedad.
A veces viene de nosotras mismas.
De preguntarnos si estamos esperando demasiado.
Si estamos construyendo una vida tan independiente que ya no sabemos cómo hacer espacio para alguien más.
O si, por el contrario, estamos intentando encontrar una familia que se parezca a la que alguna vez imaginamos, aunque la vida moderna ya no funcione como antes.
No creo que tener hijos sea una obligación.
Tampoco creo que no tenerlos sea una tragedia.
Y quizá tampoco deberíamos convertir la maternidad en una prueba de éxito.
Pero sí creo que vale la pena preguntarnos algo:
¿Estamos eligiendo libremente no tener hijos o estamos viviendo en condiciones que hacen cada vez más difícil tenerlos?
Porque quizá la CDMX no está dejando de tener hijos porque una generación haya dejado de querer una familia.
Quizá está dejando de tenerlos porque formar una familia se volvió demasiado complicado.
Demasiado caro.
Demasiado solitario.
Demasiado incierto.
Y quizá la verdadera conversación no debería ser por qué las mujeres tienen menos hijos.
Sino qué tendría que cambiar para que quien quiera tenerlos pueda hacerlo sin sentir que está renunciando a su independencia, a su carrera, a su libertad o a la vida que tanto trabajo le costó construir.
Porque una ciudad también se puede medir por sus edificios, sus restaurantes, sus oficinas, sus museos y sus millones de habitantes.
Pero quizá también deberíamos medirla por algo mucho más íntimo:
por cuántas personas sienten que tienen espacio para imaginar un futuro.
Un futuro con pareja.
Con hijos.
Con una casa.
Con una red de apoyo.
O simplemente con la vida que eligieron.
Porque quizá el problema no es que ya no tengamos prisa por tener hijos.
Quizá, por primera vez, estamos intentando tener prisa por algo mucho más importante:
tener una vida que realmente se sienta nuestra.