
La participación ciudadana debería ser una de las columnas de cualquier democracia local. En una ciudad tan grande, tan desigual y tan compleja como la Ciudad de México, los vecinos necesitan canales reales para organizarse, exigir, vigilar y decidir sobre lo que ocurre en sus colonias. No basta con votar cada tres años. La vida comunitaria se defiende todos los días, en cada calle, en cada unidad habitacional, en cada parque, en cada obra pública y en cada decisión que afecta directamente a quienes habitan esta ciudad.
Por eso preocupa lo que Morena pretende hacer con las Comisiones de Participación Comunitaria, conocidas como COPACO. El discurso oficial dice que no van a desaparecer. Que solo buscan fortalecer la participación. Que los foros son espacios abiertos para escuchar a la ciudadanía. Pero una cosa es lo que dicen en el micrófono y otra muy distinta lo que escriben en los documentos.
Y en los documentos aparece la ruta de fondo: sustituir representación vecinal electa por figuras más ambiguas, más controlables y con menor capacidad de seguimiento. Podrán decir que las COPACO seguirán existiendo, pero si les quitan funciones, si les reducen peso institucional, si las reemplazan por asambleas sin responsables permanentes, entonces las están desapareciendo en los hechos.
No hace falta borrar una institución de la ley para destruirla. Basta con vaciarla por dentro.
Las COPACO no son perfectas. Nadie serio puede decir que no necesitan mejoras. Hay que fortalecerlas, darles mejores herramientas, capacitación, acceso a información, mecanismos de seguimiento y más capacidad de incidencia sobre el presupuesto participativo y los servicios públicos. Pero una cosa es mejorar una institución ciudadana y otra muy distinta es sustituirla porque incomoda al poder.
Esa es la parte que Morena no quiere admitir. Las COPACO incomodan porque representan vecinos con nombre, voto y responsabilidad. Son electas en cada unidad territorial. Tienen duración definida. Sus integrantes pueden ser identificados por la comunidad. Pueden preguntar, presionar, documentar, exigir y dar seguimiento. Una asamblea abierta puede servir para deliberar, pero no sustituye una representación permanente.

Presentar las asambleas vecinales como alternativa a las COPACO es una trampa. Las asambleas ya existen dentro del sistema de participación ciudadana. No son el problema. El problema es usarlas como pretexto para debilitar a los órganos vecinales electos. La participación ciudadana necesita reuniones, sí, pero también necesita seguimiento. Necesita voz, pero también responsables. Necesita debate, pero también consecuencias.
Los foros que hoy presume Morena nacen manchados por esa contradicción. No llegaron antes del diseño. Llegaron después del reclamo. Primero pusieron sobre la mesa un modelo que sustituye a las COPACO y luego salieron a decir que querían escuchar. Eso no es participación ciudadana. Eso es control de daños.
Cuando la autoridad convoca a escuchar después de haber escrito la ruta, no está consultando: está buscando coartada.
Además, hay un detalle que vuelve todo más grave. Hace muy poco se eligieron nuevas COPACO. Miles de vecinos participaron, se registraron, hicieron campaña comunitaria, votaron y asumieron una responsabilidad honorífica para representar a sus colonias. ¿Y qué mensaje les manda ahora el gobierno? Que su representación puede ser rediseñada desde arriba. Que su voz sirve mientras no estorbe. Que la participación se respeta siempre y cuando no cuestione la voluntad del poder.
Eso no fortalece la democracia vecinal. La reduce.
Morena suele hablar de pueblo, participación y comunidad, pero cada vez que aparece una forma de organización ciudadana que no controla, busca domesticarla. El problema no son las COPACO. El problema es que hay vecinos que no piden permiso para opinar. Vecinos que conocen sus calles mejor que cualquier escritorio de gobierno. Vecinos que saben dónde falta agua, dónde hay baches, dónde una obra quedó mal, dónde el presupuesto participativo no se ejecutó y dónde la autoridad simplemente no aparece.

Una ciudad democrática no debe tenerle miedo a esos vecinos. Debe escucharlos.
Si de verdad quisieran fortalecer a las COPACO, la discusión sería otra. Estaríamos hablando de darles más facultades para vigilar obras, exigir información, revisar avances de presupuesto participativo, evaluar servicios públicos y tener interlocución efectiva con alcaldías y gobierno central. Estaríamos hablando de formación técnica, transparencia, reglas contra el uso político y mecanismos para evitar que cualquier partido se apropie de ellas.
Pero cuando el debate se mueve hacia sustituirlas por figuras difusas, el mensaje es otro. El mensaje es que la representación vecinal les estorba.
Por eso hay que decirlo sin rodeos: Morena va por las COPACO. Tal vez no lo hagan con una frase explícita que diga “se eliminan”. Tal vez intenten envolverlo en palabras como modernización, fortalecimiento o nuevo modelo de participación. Pero si el resultado es que las COPACO pierden funciones, peso y capacidad de incidencia, entonces el nombre puede quedarse y la institución desaparecer.
La participación ciudadana no puede ser una ceremonia para validar decisiones ya tomadas. Tampoco puede depender de la simpatía que tenga el gobierno hacia quienes participan. Participar no es sentarse en un foro a escuchar lo que la autoridad ya decidió. Participar es tener capacidad real de incidir, corregir, vigilar y exigir.
La Ciudad de México necesita más vecinos organizados, no menos. Necesita más contrapesos comunitarios, no estructuras manejadas desde el gobierno central. Necesita instituciones de participación que funcionen mejor, no que sean debilitadas hasta volverse irrelevantes.
Las COPACO pueden y deben mejorar. Pero mejorarlas implica darles dientes, no quitarles el piso.
Porque cuando un gobierno empieza a decidir qué voces vecinales sirven y cuáles estorban, la participación deja de ser un derecho y se convierte en permiso.
Y la voz de los vecinos no se pide prestada.
Se respeta.
