Una poderosa técnica de convencimiento,
aunque también una prueba de tu ignorancia.

Como suele suceder, todo concepto u objeto tiene una dualidad. Aunque pocos como la falacia. En su forma activa constituye una herramienta astuta y sutil de convencer o engañar y, de forma pasiva, es un error que demuestra tu desconocimiento.
La falacia no es más que un argumento o razonamiento que parece correcto a simple vista. Sin embargo, en realidad es falso o incorrecto por violar una regla de la lógica. En su forma más pura, un silogismo básico que parte de una premisa errónea, culminará necesariamente en una conclusión equivocada. Así, aunque la estructura argumentativa sea correcta, si el contenido no lo es (aunque alguien no lo sepa), estaremos frente a una falacia.
En cultura popular, la falacia sigue la suerte de los sabios callejeros que nos enseñaron: “lo que mal inicia, peor acaba.”
La influencia, sin embargo, de este concepto radica en que, en las manos correctas (o incorrectas, no lo sé), pocas personas se darán cuenta de que el argumento inició mal y, por ende, acabó peor. Así, desde las culturas antiguas se enseñaba el uso de la lógica y la argumentación, no solo como forma de expresar el poder, sino también de ejercerlo y muy particularmente de producirlo.
En su acepción ingenua (fuera del poder político) las falacias están en todas partes y complican la comunicación trivial y diaria entre interlocutores. Así, cuando una persona (ya sea por sesgo personal, dolor, creencia, ignorancia o franca rusticidad), parte de una premisa errónea… llegará a una conclusión equivocada y será complicado sacarla de ahí.

Luego entonces, estamos frente a una palabra que engloba una carga importante de tolerancia ante la evidente ignorancia.
Para aquellos que hacen del lenguaje un arma, la falacia puede ser un método para engañar, o convencer. Así, para un sofista o lingüista, la falacia no es un error de lógica sino un medio. Un mecanismo para falsear y, por ende, mediante el lenguaje estar al asedio.
Para los que parten de una premisa errónea, no es un medio sino simplemente un error vital.
En lo personal y en cuanto al peligro o la bondad de este concepto:
No es que sea bueno con la palabra,
sino estudioso de esta práctica macabra.
Aquella que implica proeza literaria
Y una sutileza vocal necesaria.
Todo ello con una sensata finalidad.
Y no, no es la hazaña misma del arte.
Sino el ganar siempre con claridad.
Así, la dualidad de la falacia lleva implícito, por un lado, un mecanismo sofista de poder y por el otro, un ejercicio de ingenuidad o ignorancia. Ya que establecimos que es la falacia y por qué es importante. Cada uno deberá convencerse del sentido de lo que estoy plasmando aquí.
A manera de conclusión, cabe mencionar que no es lo mismo ser correcto que pensar y hablar correctamente. A veces la elegancia no está en lo que decimos sino lo que callamos.
Hoy en la época de opiniones fuertes e instituciones débiles pongamos atención de quien habla, cómo y por qué.
Como suelo hacerlo, regreso a la inteligencia coloquial para recordarles que por la boca muere el pez. Aunque hablando de dualidad también es válido decir que con la boca promete el político.
Cuidado con la retórica. Espero que seamos críticos. Ojalá nuestra sociedad tenga la capacidad de ser más que solo una alusión alegórica y sepamos ver (y escuchar ) bien a nuestros políticos.

JJ