Todos los días los habitantes de esta ciudad renunciamos a algo. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Renunciamos a llegar temprano a casa porque asumimos que habrá tráfico. Renunciamos a tomar el Metro con tranquilidad porque ya aprendimos a revisar si hay retrasos, humo, estaciones cerradas o marchas lentas. Renunciamos a caminar por ciertas calles porque están rotas, oscuras o invadidas. Renunciamos a confiar en que un trayecto normal será, efectivamente, normal.

Son renuncias pequeñas. Tan pequeñas que terminan pareciendo rutina. Pero una ciudad no se deteriora solamente cuando ocurre una tragedia. También se deteriora cuando sus habitantes aprenden a vivir alrededor de fallas que nunca debieron normalizarse.
El Metro es quizá el mejor ejemplo de esa resignación. Hablamos del sistema de transporte más importante del país, una red con 12 líneas, 195 estaciones, más de 226 kilómetros y 394 trenes. Solo entre enero y marzo de 2026 movió más de 306 millones de viajes. Es decir, no hablamos de un servicio secundario ni de una opción más dentro de la ciudad. Hablamos de la columna vertebral que sostiene todos los días la vida de millones de personas.
Y aun así, a los usuarios se les pide aguantar.

Aguantar retrasos. Aguantar estaciones cerradas. Aguantar saturación. Aguantar apagones. Aguantar obras interminables. Aguantar que, cuando el sistema falla, la autoridad salga a explicar, justificar o culpar, pero pocas veces a asumir.
Eso es lo más grave: la ciudad se ha acostumbrado a que el Metro falle, y el gobierno se ha acostumbrado a que la gente pague el costo de esas fallas con su tiempo, su seguridad y su tranquilidad.
En abril, un paro parcial dejó decenas de trenes sin salir y cientos de recorridos afectados. Usuarios enfrentaron retrasos de hasta 40 minutos. Trabajadores exigieron mejores condiciones, mantenimiento y presupuesto para infraestructura. Días después, la Línea 3 sufrió una falla eléctrica que obligó a suspender el servicio entre Copilco y Universidad. Hubo usuarios desalojados, servicio provisional y caos en una de las rutas más importantes del sur de la ciudad.
La pregunta es inevitable: si esto pasa en días ordinarios, ¿qué puede esperar la ciudad cuando llegue una presión extraordinaria?
La respuesta del gobierno ha sido apostar por la escenografía. Mientras el usuario convive con polvo, techos abiertos, escaleras desmontadas, estaciones cerradas y obras a contrarreloj, las autoridades presumen embellecimientos para turistas. En vez de resolver lo esencial, colocan adornos. En vez de garantizar que el Metro funcione con dignidad, instalan candelabros y buscan vender una postal.
Ahí aparece el viejo dicho con una precisión dolorosa: candil de la calle, oscuridad de su casa. Porque de poco sirve maquillar estaciones para quienes vienen de visita si todos los días millones de personas viven un sistema agotado, saturado y mal atendido.
La remodelación, como se ha ejecutado, se siente más cercana a una simulación que a una transformación real. No porque mejorar estaciones sea incorrecto, sino porque el orden de prioridades está invertido. Primero debería estar la seguridad. Luego la operación. Después el mantenimiento profundo. Y solo entonces la parte estética. Pero cuando se interviene tarde, mal y bajo presión política, las obras no alivian el problema: lo empeoran para quienes usan el sistema todos los días.

Y no podemos hablar del Metro sin recordar lo que esta ciudad ya vivió. En 2021, el colapso de un tramo elevado de la Línea 12 dejó 26 personas fallecidas y más de cien lesionadas. Esa tragedia debería haber cambiado para siempre la relación del gobierno con el mantenimiento, la supervisión y la rendición de cuentas. Después de eso, ninguna autoridad debería volver a tratar las fallas del Metro como molestias pasajeras o daños colaterales de la operación diaria.
El Metro no puede fallar como falla una luminaria. No puede deteriorarse como se deteriora una banqueta. Cuando falla el Metro, se detiene la ciudad. Y cuando se abandona el Metro, se pone en riesgo la vida de la gente.
Cada pequeña renuncia tiene un costo. Tiene un costo llegar tarde al trabajo. Tiene un costo perder una clase. Tiene un costo no poder recoger a tiempo a un hijo. Tiene un costo viajar con miedo a quedar atrapado en un túnel o caminar por las vías. Tiene un costo que una persona con discapacidad encuentre una estación en obra, sin accesos dignos o con rutas imposibles.
Ese costo no aparece en los discursos oficiales. No sale en las maquetas, ni en los renders, ni en las fotografías cuidadosamente tomadas para mostrar una ciudad lista para el mundo. Pero está ahí, todos los días, en la vida de quienes dependen del transporte público para trabajar, estudiar, cuidar y sostener a sus familias.
La función de un gobierno no es enseñarnos a acostumbrarnos a los problemas. No es pedir paciencia permanente. No es administrar la resignación. La función de un gobierno es resolver.
Una ciudad no mejora cuando sus habitantes aprenden a llegar tarde “por si acaso”. No mejora cuando la gente evita el Metro porque teme quedarse varada. No mejora cuando se presume una obra decorativa mientras el servicio básico sigue fallando. No mejora cuando el discurso público habla de futuro y la experiencia diaria se siente cada vez más precaria.
Todos los días renunciamos a algo. A veces al tiempo. A veces a la seguridad. A veces a la confianza. La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a renunciar.
Porque una ciudad no se construye a partir de resignaciones. Se construye a partir de exigencias. Y la Ciudad de México merece un gobierno que entienda que antes de poner candelabros para los turistas, tiene que garantizar un Metro seguro, funcional y digno para quienes viven aquí.
