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Gilead no era una advertencia lejana

Gilead no fue una profecía, sino un espejo. Los derechos pueden perderse poco a poco, hasta que aquello que parecía imposible se vuelve normal. Leer a Atwood hoy también es aprender a reconocer las señales.

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Cuando Margaret Atwood publicó El cuento de la criada en 1985, muchas lectoras la clasificaron en el estante cómodo de la distopía especulativa -un ejercicio de imaginación política, no un pronóstico-. Atwood, sin embargo, siempre fue clara sobre su método, pues no incluyó en la novela ni un solo mecanismo de control que no tuviera ya un precedente histórico real. Nada se inventó, todo ya había ocurrido en algún lugar, en algún momento. Esa es, precisamente, la razón por la que el libro sigue incomodando cuarenta años después.

La fuerza de Gilead no está en su extrañeza, sino en su familiaridad, es la ficción como espejo retrasado. El régimen no llega mediante una invasión ni un golpe espectacular; llega por etapas, aprovechando una crisis (en la novela, un colapso de la natalidad) para justificar medidas “excepcionales” que después se normalizan. Se despoja a las mujeres de su autonomía económica primero —se congelan sus cuentas bancarias, se les prohíbe trabajar— y solo después llega el control reproductivo pleno. Atwood entendió que el control del cuerpo empieza por el control del acceso a los recursos.

The Handmaid's Tale by Margaret Atwood - Artist Edition

Ese patrón —erosión gradual, apelación a la emergencia, reversión de derechos adquiridos— es lo que hace que la novela se lea hoy no como ciencia ficción sino como manual de reconocimiento de síntomas.

Y es que en años recientes, varios países han visto retrocesos concretos en derechos que se consideraban consolidados. Estados Unidos revocó en 2022 la protección constitucional al aborto que llevaba medio siglo vigente, devolviendo la decisión a los estados y dejando a millones de mujeres sin acceso legal cerca de su domicilio. En Afganistán, el regreso del régimen talibán eliminó de un plumazo el acceso de las niñas a la educación secundaria y superior. En Polonia, Hungría y otros países europeos, movimientos conservadores han impulsado restricciones al aborto y recortes a la educación sexual. Incluso en democracias estables, el discurso público sobre el papel “natural” de la mujer ha vuelto a circular con una normalidad que hace una década hubiera resultado impensable en espacios mayoritarios.

Ninguno de estos casos es Gilead. Es importante no caer en la hipérbole; no hay Ceremonias, no hay Criadas vestidas de rojo, no hay teocracia militarizada. Pero la utilidad de la novela no es predecir el destino final, sino nombrar el mecanismo en donde los derechos que parecían permanentes resultan ser, en realidad, condicionales a un consenso político que puede deshacerse.

Some Afghan girls return to school, others face anxious wait | Reuters

Conviene decir también lo que los críticos de esta lectura señalan que comparar cualquier retroceso legal con Gilead puede banalizar tanto la novela como el debate político real y hay diferencias enormes entre revisar una ley y construir un estado teocrático totalitario, y usar el lenguaje del horror distópico para describir disputas legislativas democráticas puede cerrar el diálogo en lugar de abrirlo. Quienes defienden estas restricciones sostienen que actúan en nombre de otros valores —protección de la vida (¿cuál, pensaría yo), tradición cultural (nuevamente, ¿cuál?), soberanía religiosa (y otra vez, ¿cuál?)— y no de un deseo de subyugar a las mujeres; muchos de estos cambios, además, se han producido mediante procesos democráticos y no por imposición autoritaria, lo cual los distingue categóricamente del mundo de la novela y lo hace aún más peligroso, pues vender el retroceso de derechos como un proceso democrático es un gran error.

La utilidad última de El cuento de la criada no es ofrecer un mapa exacto del futuro, sino un lenguaje compartido para hablar de un fenómeno difícil de nombrar mientras ocurre. La manera en que un derecho, una vez perdido, rara vez se recupera en la misma forma en que existía. June, la narradora, no pierde su libertad en un solo golpe; la pierde en una sucesión de pasos pequeños, cada uno de los cuales, visto por separado, parecía manejable.

Esa es la lección que trasciende cualquier posición ideológica, pues los derechos no se sostienen solos. Requieren defensa activa y constante, no solo indignación cuando ya se perdieron. Leer o releer la novela hoy no es un acto de pesimismo, sino una forma de entrenar la mirada para reconocer el patrón antes de que se complete.

Roe v Wade ruling disproportionately hurts Black women, experts say |  Reuters

Elvira Janett Lucio Duana es feminista, mamá y consultora en innovación social, especializada en proyectos de emprendimiento, gobierno y salud psicoemocional. Es codirectora de Aúna en Ciudad de México, donde impulsa liderazgos y agendas con perspectiva de género. Es activista y defensora de derechos humanos, con experiencia en el diseño e implementación de iniciativas de impacto social desde el sector público y privado. Ha trabajado en espacios de incidencia y toma de decisiones, incluyendo su labor como Secretaria Particular de Jorge Castañeda y como Asesora de Asuntos Multilaterales en la Secretaría de Turismo. En 2024 fue seleccionada como Fellow del Global Cohort de How Women Lead, un programa internacional de liderazgo para mujeres que impulsan agendas sociales. Estudió Relaciones Internacionales, cuenta con una maestría en Administración Pública y formación en liderazgo, feminismo y derechos humanos. Estudió Relaciones Internacionales y tiene una maestría en Administración Pública. Fue miembra de la Asociación Mexicana de Medios de Comunicación, asesora del COMCE Estado de México, asesora de asuntos multilaterales en la Coordinación de Asesores de la SECTUR Federal y colaboró con Jorge Castañeda Gutman.

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¿A quién incomoda el crecimiento de Pepe Chedraui en Puebla?

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Su ventaja en las encuestas parece haber encendido una campaña de desprestigio en su contra.
En encuestas como BEAP, MetaMetrics y La Encuesta MX, el alcalde aparece al frente de las preferencias, con una ventaja de más de 20 puntos sobre su más cercano competidor.
La guerra sucia crece, pero también crece la expectativa por conocer quién la opera y qué hay detrás.

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MIRADA AL FUTURO: La ciudad no se barre sola

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El Metro cumplió 57 años el 4 de septiembre. Hubo billete conmemorativo de la Lotería Nacional, fotografías históricas y un comunicado impecable: 22 trenes recuperados en las Líneas 2, 7, 8 y B; 15 mil trabajadoras y trabajadores; más de 69 mil millones de usuarios transportados desde 1969; una racha de cero carpetas por robo con violencia. La ciudad se retrató junto al naranja. Es justo: sin el Metro, esta capital se deshace a las 7:15 de la mañana.

Lo que casi no se retrata es la otra ciudad, la que empieza dos horas antes.

Antes de que salga el primer tren, las cuadrillas de limpia ya van en camión rumbo a una vía primaria. Muchas de esas personas no son, en el papel, trabajadoras: son “beneficiarias” de un programa social o personal de una empresa subcontratada. La palabra importa. Un beneficiario no cotiza. No tiene seguridad social, ni prestaciones, ni jornada reconocida, ni a quien reclamarle. Beneficiario suena a favor. Y el favor, en esta ciudad, se paga con turnos de madrugada junto al carril rápido.

Las cifras vienen de la denuncia, no del gobierno, y eso ya es parte del problema. La diputada Patricia Urriza, de Movimiento Ciudadano —ni de mi partido ni de mi bancada, conviene decirlo—, sostiene que en menos de un año hay siete personas fallecidas y más de treinta y cuatro lesionadas en estos esquemas. A finales de agosto se volcó un camión que trasladaba a 19 trabajadores: doce lesionados. El 30 de agosto murió Guadalupe, trabajadora de limpia, en Avenida Ferrocarril. No existe un recuento oficial que confirme o desmienta esas cifras. Que no exista es, en sí, una respuesta.

Hay un detalle que dice más que cualquier discurso: buena parte de los accidentes no ocurre “en la calle” en abstracto. Ocurre en el traslado, de noche, en unidades que llevan gente a barrer lo que nosotros ensuciamos de día. El riesgo no es solo la escoba junto al carril rápido. Es el camión que los lleva, el chaleco que no brilla y el nombre administrativo que evita decir “trabajador”.

Lo del uniforme merece párrafo aparte. Desde enero de 2025 el personal de servicios urbanos viste guinda, cuando la norma de seguridad para quien labora en vía pública pide colores de alta visibilidad. Se puede discutir la intención. Lo que no se puede discutir es la física: a las cinco de la mañana, sobre Viaducto, el guinda no se ve. Ninguna estrategia de imagen vale un cuerpo.

Compárese con el Metro. El Metro tiene sindicato, plaza, número de empleado, jubilación y hasta un cachito de lotería con su nombre. La limpia, en este modelo, flota entre el programa social y la tercerización. Uno es institución; el otro es arreglo. Pero los dos hacen lo mismo a distinta hora: sostener el escenario para que el resto podamos fingir que la ciudad funciona sola. Misma ciudad, dos categorías de cuerpo.

El 1 de septiembre, el Gobierno capitalino entregó al Congreso su Segundo Informe: alrededor de 3,500 obras en espacio público, 450 kilómetros repavimentados, Utopías, Caminos de Mujeres Libres y Seguras. El propio gobierno puso el cuidado al centro de su relato. El cuidado es un buen eje. Pero una administración que se define por los cuidados tiene que responder por quienes cuidan la calle. No se le puede llamar justicia social a un esquema que produce avenidas impecables y actas de defunción.

El 14 de octubre, la jefa de Gobierno comparecerá ante el Congreso. Ahí hay una prueba sencilla, sin ideología de por medio:

— que quien barre sea trabajador, con contrato y seguridad social;

— que el uniforme cumpla la norma de alta visibilidad, no la paleta del partido;

— que el traslado deje de ser la parte más peligrosa del turno;

— que exista un registro público de accidentes y fallecimientos del personal de limpia, con nombre, fecha y causa.

Nada de eso requiere una reforma constitucional. Requiere decisión.

Una columna no le devuelve la vida a Guadalupe. Puede hacer algo más chico y más terco: negar la idea de que la ciudad se sostiene sola. No se sostiene sola. Se sostiene con gente que entra a un túnel y con gente que sale a un camión a las cinco de la mañana. A los primeros, con razón, les cantamos las mañanitas. A los segundos les decimos beneficiarios.

Por eso cada calle recién barrida es también una pregunta: ¿quién la dejó así, y a qué hora se fue?

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Rafa Márquez y el proceso que sí llegó

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Ayer, Rafa Márquez fue presentado como director técnico de la Selección Mexicana en el Centro de Alto Rendimiento de la Federación Mexicana de Fútbol. La noticia no es que haya sido presentado. La noticia es que efectivamente ocurrió lo que se había prometido.

Porque en una Federación acostumbrada a cortar procesos de tajo y a improvisar ciclos, cumplir un plan trazado desde 2024 es, por sí solo, un acontecimiento. Rafa fue auxiliar de Javier Aguirre durante todo el proceso mundialista precisamente para esto. Y esta vez, el relevo se respetó.

‘El Káiser’ no pudo llegar en mejor momento. Y no por los resultados.

En términos estrictamente de alcance deportivo, el Mundial terminó donde ya sabíamos que terminaba: en octavos de final. Sí, se superó lo de Qatar 2022. Pero el techo siguió intacto. Lo que sí cambió fue otra cosa, y quizá más difícil de conseguir: la reconexión con la afición.

Durante cuatro años, la relación entre el Tri y su gente fue de pura apatía. El desastre de Qatar había roto algo. Llegaron las promesas de cambio, que en buena medida siguen sin cumplirse. Llegaron incluso los títulos, con la Copa Oro y la Nations League. Pero la conexión no aparecía por ningún lado.

Hasta el pitazo inicial del 11 de junio en el Estadio Ciudad de México. Ahí, algo se acomodó. El grito de “y si sí” se volvió un himno de batalla que nadie vio venir. El clímax llegó frente a Ecuador el 30 de junio. Y el cierre, contra Inglaterra el 5 de julio, terminó en derrota pero con el orgullo intacto. Se perdió el partido y se ganó a la gente.

Esa es la herencia real que recibe el michoacano. No una plantilla campeona, sino un país que volvió a querer a su selección.

Él parece entenderlo. En la conferencia lo dijo con claridad: la ventaja es que no se empieza de cero, que hay una base importante, y que la tarea es mantener lo que hay pero mejorarlo y evolucionarlo. Su cuerpo técnico respalda la ambición: Juan Manuel Lillo, Andrés Guardado y Vidal Paloma como auxiliares, Xabier Mancisidor con los porteros y Pol Lorente en la preparación física. Duilio Davino, director de selecciones, puso los objetivos sobre la mesa: ser el número uno de la zona, pelear finales de Concacaf y mantenerse entre los diez mejores del mundo.

Su primera prueba llega el 26 de septiembre contra Colombia, en Baltimore. No es un rival menor. Con Luis Díaz, James Rodríguez y Luis Javier Suárez, los cafetaleros tienen una calidad indiscutible, aunque en el Mundial se esperaba bastante más de ellos. Después vendrán Perú, Estados Unidos y Chile.

Pero no todo es color de rosa. Los vicios de siempre siguen ahí. El empalme del calendario de la Liga MX con la fecha FIFA, que incluye cuatro partidos de la jornada 10 el mismo día del debut, obligó a un acuerdo para convocar apenas dos jugadores por equipo. Nos quedaremos con la duda de si veremos al equipo que Rafa quiso o al que pudo tener. La eliminación permanente del ascenso y descenso desató protestas de la Liga de Expansión y sigue en procesos jurídicos. Y tras el Mundial, la exportación de futbolistas mexicanos a Europa fue prácticamente nula: entre los seleccionados, solo el caso de la ‘Hormiga’ González.

Ninguno de esos problemas es responsabilidad del de Zamora. Todos van a condicionar su trabajo.

Por eso la pregunta no es si él está capacitado. La pregunta es si lo van a dejar trabajar. Ese apoyo tendría que traducirse en cosas concretas: partidos en México para sostener el vínculo con la afición, libertad total para convocar a quien él quiera, y rivales de calidad que obliguen al equipo a crecer.

Rafa lo resumió mejor que nadie: habrá momentos buenos y momentos malos, pero lo importante es seguir avanzando.

Ojalá que esta vez, por primera vez en mucho tiempo, avanzar signifique no volver a empezar.

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