México se presenta ante el mundo como potencia moral: diplomacia activa, liderazgo regional, defensores de los derechos humanos… sí, esos mismos derechos que aquí parecen tener horario de oficina y cobertura limitada. Nada como la política exterior para maquillarse un poco cuando adentro duelen los huesos.
Mientras nos tomamos la foto con el discurso del multilateralismo, más de 30 mil personas son asesinadas cada año y alrededor de 100 mil siguen desaparecidas. Todo esto en un país que presume una Constitución que, en teoría, debería garantizar que la vida y la dignidad no sean un privilegio, sino un mínimo. Pero ya sabemos que en México la norma suele llegar después del daño, por no decir que muchas veces no llega.
Además, estamos jugando a la ruleta rusa con los contrapesos institucionales: una reforma judicial que somete a jueces al aplauso de las urnas y órganos autónomos debilitados como si fueran estorbos burocráticos. La concentración de poder suele empezar así: primero se llama “voluntad popular”, luego ya es demasiado tarde para reconocer que el poder, sin límites claros, termina devorándolo todo, empezando por la justicia.
Y claro, exigimos respeto a nuestra soberanía en cada comunicado diplomático, mientras aquí se negocia con quien tenga más armas o más miedo que perder. Hay municipios donde la ley es una formalidad y la Constitución un rumor que no llega a la sierra ni a las periferias.
Queremos ser brújula del mundo, aunque internamente ya no sepamos en qué punto cardinal estamos parados.
No digo que México deba encerrarse en sí mismo; al contrario, tenemos todo para ser un puente entre regiones, una voz con peso histórico. Pero pretender guiar al resto del planeta sin resolver nuestras propias fracturas es como ofrecerle terapia al vecino mientras tu casa arde.
La política exterior necesita coherencia. El prestigio internacional debe nacer de un país que garantiza justicia sin geografía selectiva, que no desaparece a quienes incomodan, que no se resigna a estadísticas de terror como si fueran el precio inevitable de existir aquí.
Queremos ser potencia moral. Pero la moral, como la democracia, no se hereda ni se declama: se practica. Y eso empieza por asumir una verdad incómoda: mirarnos al espejo duele más que hablar frente a la ONU.
La pregunta es si tendremos el valor de curar lo que vemos ahí. Porque seguir posando para el mundo mientras México sangra es una contradicción que ni el mejor gabinete de comunicación política puede maquillar.
La única salida es volver a lo básico: Estado de derecho sin pretextos. Derechos humanos sin excepciones. Constitución sin asteriscos.
Cuando dejemos de simular hacia fuera y empecemos a cumplir hacia dentro, entonces sí: México podrá hablarle de tú al mundo.