Durante décadas, los gobiernos neoliberales cargaron sobre la juventud una palabra infame: “rechazados”. Así llamaban, con desprecio, a quienes no lograban un lugar en la preparatoria o la universidad, no por falta de talento, sino porque el Estado había decidido cerrarles las puertas.
“Modernización”, le llamaban; “competitividad”, decían. Pero lo que negaban era lo más elemental: el derecho a estudiar. Era la lógica cruel de un modelo que veía la educación como un privilegio y no como un derecho, que trataba a la juventud como estadística y no como una generación con sueños y dignidad.
Y no sólo fueron “rechazados”. También los marcaron con otra etiqueta humillante: “ninis”, como si la falta de escuela o empleo fuera culpa de la juventud y no de un Estado ausente. Con una palabra intentaron borrar la esperanza de millones, reduciéndolos a un estigma.
Millones fueron empujados a la precariedad, la migración o las calles, mientras esos gobiernos abrían cárceles en vez de aulas, policías en vez de oportunidades. Para ellos, la juventud era un problema. Para la Cuarta Transformación, la juventud es la raíz, la fuerza del presente y el motor del futuro.
La diferencia no es menor: ahí donde el neoliberalismo veía delincuentes en potencia, la 4T ve médicas, ingenieras, artistas, maestras, científicas y trabajadores comprometidos. Ahí donde ellos cerraban caminos, hoy se abren rutas de esperanza y justicia social.
Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum lo dijo con claridad: se acabó la vergüenza de los “rechazados” en la educación media superior. Con el programa “Mi derecho, mi lugar”, casi 9 de cada 10 jóvenes accedieron a la opción de su preferencia.
Eso es justicia social, igualdad y dignidad para miles de familias que antes cargaban la angustia de ver a sus hijos excluidos. No es un número frío, es la transformación concreta de la vida del pueblo que durante décadas fue condenado a la frustración y que hoy, con la 4T, empieza a vivir con esperanza.
Este logro no es casualidad: es la continuidad de un proyecto que desde 2018 puso a la juventud en el centro. Antes había abandono; hoy hay Universidades del Bienestar, becas para que nadie deje la escuela, Jóvenes Construyendo el Futuro, y ahora, el fin de los “rechazados”.
La Cuarta Transformación ha demostrado que gobernar de la mano del pueblo no es un lema: es una práctica que convierte derechos en realidades tangibles. Cada escuela abierta, cada beca entregada, cada oportunidad creada es una victoria contra la desigualdad.
El mensaje es contundente: nunca más un joven fuera de la escuela por culpa de la injusticia. Nunca más el desprecio de un régimen que los trató como estorbo. Hoy se abren puertas, se construyen sueños y se dignifica a la juventud.
Y no es sólo un cambio administrativo o estadístico: es un cambio cultural profundo. Este país ya no se rige por la lógica de la exclusión, sino por la convicción de que la educación pública es el instrumento más poderoso de emancipación social.
Que lo escuchen bien los nostálgicos del viejo régimen: con la 4T, las y los jóvenes son protagonistas de la transformación de México.
Porque cuando la juventud tiene acceso a la educación y al trabajo, florece la patria entera. Y si antes el neoliberalismo sembraba desesperanza, hoy la transformación siembra conciencia y futuro.
El verdadero éxito de la Cuarta Transformación no se mide sólo en escuelas abiertas o cifras de matrícula, sino en la sonrisa de las y los jóvenes, en la tranquilidad de madres y padres que ya no temen por el futuro de sus hijos.
El triunfo más grande de la Transformación es la felicidad del pueblo. Y hoy, esa felicidad tiene rostro joven.