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Cuidaban el metro, funcionarios y hasta al “JJ”: la extraña historia de los CUSAEM, la policía fantasma del Estado de México

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Hace unos días, una de las corporaciones de seguridad más grandes y extrañas de México cumplió 80 años. En el histórico Cuartel de Lerma, los Cuerpos de Seguridad Auxiliares del Estado de México conmemoraron ocho décadas de existencia con reconocimientos para elementos en activo, homenajes póstumos para quienes murieron en cumplimiento del deber y anuncios sobre una nueva etapa de profesionalización. Al frente se encuentra Carlos Javier Álvarez Cárdenas, un mando con antecedentes en el ámbito militar y experiencia en tareas de seguridad, cuya llegada durante el gobierno de Delfina Gómez representa el intento más reciente por ordenar una institución que durante décadas creció mucho más rápido que las normas encargadas de regularla.

Hoy los CUSAEM hablan de saneamiento financiero, certificación, mejores salarios, escalafones y profesionalización. Su administración asegura haber regularizado adeudos fiscales, alcanzado un convenio de pago con el ISSEMYM y establecido nuevos tabuladores para su personal. Son cambios importantes para una corporación que llega a sus 80 años todavía tratando de responder preguntas que la han acompañado durante buena parte de su existencia. Para entenderlas hay que regresar varias décadas y recordar que durante mucho tiempo ni siquiera los conocíamos como CUSAEM.

Antes eran simplemente la Policía Auxiliar

Durante décadas, particularmente en los años ochenta y noventa, muchos mexiquenses los conocían simplemente como la Policía Auxiliar. La legislación del Estado de México fue reconociendo la existencia de cuerpos auxiliares dentro de su sistema de seguridad y éstos desarrollaron una función peculiar: proporcionar vigilancia, custodia y protección mediante servicios contratados por instituciones públicas y particulares. Con el tiempo aquella estructura se convirtió en un enorme aparato integrado por los cuerpos de Guardias de Seguridad Industrial, Bancaria y Comercial de los valles de Cuautitlán-Texcoco y Toluca, además de Vigilancia Auxiliar y Urbana del Estado de México.

La peculiaridad permanece hasta nuestros días. CUSAEM no es simplemente una compañía de seguridad privada, pero tampoco es la Policía Estatal. La propia corporación se define actualmente como un órgano auxiliar de la función de seguridad pública a cargo de la Secretaría de Seguridad del Estado de México. Ahí comienza una zona gris que durante décadas resultó difícil de explicar incluso para quienes convivían diariamente con sus elementos.

Parecían policías, actuaban como policías…

La confusión aumentó todavía más alrededor de 2011, cuando las transformaciones de las instituciones de seguridad mexiquenses estuvieron acompañadas por cambios de imagen. Uniformes, insignias, patrullas y equipamiento de los cuerpos auxiliares adquirieron una apariencia muy cercana a la utilizada por la Policía Estatal. Para el ciudadano promedio distinguirlos podía resultar prácticamente imposible: enfrente tenía a un hombre uniformado y armado, equipado con radiocomunicación y respaldado por una unidad balizada con torretas rojas y azules.

Pero existe un detalle todavía más revelador. Hasta en Plataforma México existen antecedentes de integrantes de estos cuerpos registrados bajo denominaciones propiamente policiales. En 2011, por ejemplo, una consulta realizada por la entonces Procuraduría capitalina a Plataforma México reveló que Azalia Ojeda Díaz —la famosa “Lady de Polanco”— tenía una plaza dentro del Cuerpo de Guardias de Seguridad Industrial, Bancaria y Comercial del Valle Cuautitlán-Texcoco, perteneciente a CUSAEM. En el registro aparecía como “Policía Bancario” y con puesto de “policía raso”.

La contradicción resulta difícil de ignorar. Para el ciudadano eran policías; sus uniformes y vehículos parecían policiales; portaban armas y hasta los registros institucionales podían utilizar categorías como policía auxiliar o bancario para identificarlos. Sin embargo, su naturaleza jurídica seguía siendo distinta a la de una corporación preventiva ordinaria. Un elemento de CUSAEM puede intervenir ante un delito flagrante y realizar una detención en los supuestos permitidos por la legislación, pero ello no significa que automáticamente cuente con todas las atribuciones institucionales de una policía preventiva para desarrollar por sí mismo la totalidad del procedimiento policial. Esa diferencia puede ser perfectamente comprensible para un abogado; para quien observa un uniforme, una pistola, una patrulla y una torreta encendida, difícilmente lo es.

Estaban prácticamente en todas partes

Pese a esa ambigüedad, los CUSAEM crecieron enormemente. Durante los gobiernos priistas del Estado de México y particularmente durante los años de Enrique Peña Nieto, primero como gobernador y después como Presidente de la República, su presencia se volvió cotidiana en instalaciones públicas. Hospitales, oficinas administrativas, organismos descentralizados, universidades, bancos, industrias e instalaciones gubernamentales fueron custodiados por sus elementos. Durante los gobiernos de Felipe Calderón y Peña Nieto llegaron a convertirse, además, en uno de los grandes proveedores de vigilancia para instituciones del Gobierno Federal.

Su presencia llegó incluso a un lugar tan cotidiano como el Metro de la Ciudad de México. Durante años, elementos de los cuerpos auxiliares mexiquenses prestaron servicios de vigilancia en instalaciones y estaciones ubicadas en territorio del Estado de México. Para el pasajero aquella frontera institucional era prácticamente invisible: podía comenzar su viaje dentro de la Ciudad de México y, algunas estaciones después, encontrarse con personal mexiquense al ingresar a territorio del Estado de México. Era otra muestra de hasta dónde había llegado una corporación cuyo nombre, paradójicamente, seguía siendo desconocido para buena parte de la población.

Para millones de ciudadanos, el primer rostro de una institución gubernamental no era un policía federal, un militar o siquiera un servidor público: era un elemento de CUSAEM. Y detrás de ello existía una situación extraordinaria que durante años aceptamos como completamente normal: el Gobierno Federal pagaba a una corporación auxiliar perteneciente al sistema de seguridad de otra entidad federativa para proteger sus propios edificios.

AMLO decidió que el gobierno debía cuidar al gobierno

Aquello comenzó a cambiar con Andrés Manuel López Obrador. En 2019, su gobierno informó que 39 mil 107 elementos contratados externamente cubrían instalaciones federales no estratégicas. Al explicar quiénes proporcionaban buena parte de esos servicios, el entonces secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, mencionó expresamente a CUSAEM entre los principales proveedores y anunció que estaba programado el relevo de ese personal mediante el fortalecimiento del Servicio de Protección Federal.

La lógica era sencilla: si el Gobierno Federal necesitaba policías para proteger sus edificios, debía desarrollar una institución federal capaz de hacerlo. Comenzó entonces una sustitución silenciosa. Donde durante años vimos uniformes de CUSAEM comenzaron a aparecer los del SPF. La corporación mexiquense no desapareció —y todavía conserva numerosos servicios públicos y privados—, pero comenzó a perder uno de los espacios donde había alcanzado una presencia extraordinaria: las instalaciones del Gobierno Federal.

Del “JJ” al Oxxo: cuando la zona gris se enfrentó con la realidad

La enorme dimensión alcanzada por CUSAEM produjo historias que ayudan a entender mejor que cualquier definición jurídica qué clase de institución se había construido. Una de las más conocidas apareció después del atentado contra Salvador Cabañas. José Jorge Balderas Garza, “El JJ”, había contado con servicios de escolta proporcionados por elementos de CUSAEM mediante un contrato tramitado utilizando una de las identidades con las que se presentaba. Tres policías auxiliares que lo escoltaban terminaron declarando ante la Procuraduría capitalina después del ataque contra el futbolista. El caso exhibió hasta dónde podían llegar los servicios proporcionados por una corporación que no solamente vigilaba edificios, sino que también ofrecía protección personal.

Cinco años después ocurrió una historia completamente distinta en un Oxxo de Iztapalapa. Un hombre ingresó armado para asaltar el establecimiento mientras un elemento de CUSAEM observaba lo sucedido mediante el circuito cerrado. Cuando el delincuente intentó escapar, el guardia salió a enfrentarlo. El asaltante lo encañonó y el elemento respondió disparando su arma de cargo: una subametralladora Uzi calibre nueve milímetros. Hirió al ladrón, policías preventivos capitalinos llegaron al establecimiento y posteriormente descubrieron que el arma utilizada por el asaltante era una réplica. El integrante de CUSAEM acreditó que se encontraba prestando el servicio de vigilancia y quedó en libertad.

En 2021 volvió a ocurrir algo semejante, esta vez en la colonia Del Valle. Dos presuntos delincuentes se enfrentaron con un guardia de CUSAEM que intentó frustrar un asalto. Hubo intercambio de disparos, el elemento resultó herido y uno de los presuntos responsables también fue lesionado; posteriormente ambos sospechosos fueron detenidos por policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Otra vez aparecía la misma escena: un hombre perteneciente a una corporación cuya naturaleza jurídica llevaba años discutiéndose enfrentándose a delincuentes exactamente como lo haría cualquier policía.

Pero no todos regresaron a casa. En septiembre de 2019, en Tlalnepantla, un elemento de CUSAEM custodiaba un camión repartidor de cerveza cuando dos delincuentes intentaron asaltar al conductor. El custodio trató de impedir el robo y fue asesinado a balazos. Después de matarlo, los agresores se acercaron, le quitaron su arma de cargo y huyeron. En otro caso ocurrido años antes, un presunto integrante de CUSAEM de apenas 25 años murió durante un asalto a un autobús en la carretera Naucalpan-Toluca después de aparentemente resistirse al robo.

Son historias diferentes, pero todas desembocan en el mismo punto. Podremos discutir durante horas si jurídicamente eran policías, auxiliares, guardias o servidores pertenecientes a una categoría especial. La delincuencia nunca hizo esa distinción. Cuando un elemento uniformado y armado se encontraba entre un asaltante y aquello que debía proteger, el riesgo era exactamente el mismo.

Contratos millonarios, salarios de ocho o diez mil pesos

Ahí aparece quizá la contradicción más injusta. Mientras CUSAEM llegó a administrar contratos de enorme magnitud y a proteger instalaciones gubernamentales por todo el país, los hombres y mujeres encargados de cumplir esos servicios han trabajado históricamente por cantidades mucho más modestas. Ofertas laborales y testimonios de trabajadores han situado algunos ingresos operativos alrededor de ocho o diez mil pesos mensuales, dependiendo del servicio, grado y momento, acompañados por jornadas que podían extenderse doce y hasta veinticuatro horas. Comer dentro del servicio, dormir ahí cuando las condiciones lo permitían, pasar Navidad o Año Nuevo frente a una puerta y regresar después para volver a ponerse el uniforme formó parte de la realidad de muchos integrantes.

También existe un vocabulario que difícilmente aparece en los documentos oficiales, pero que es conocido entre elementos y exintegrantes. Uno de esos términos es “C2”, utilizado para referirse a esquemas en los que algunos aspirantes habrían comenzado a cubrir servicios mientras todavía se encontraba pendiente parte de su incorporación administrativa. Determinar documentalmente el alcance de esa práctica resulta complicado y precisamente ahí radica el problema: una corporación de esta dimensión nunca debió depender de rumores, testimonios o códigos internos para que sus trabajadores supieran exactamente cuál era su situación laboral.

¿Y la seguridad social?

Quizá ningún asunto retrate mejor las contradicciones laborales de CUSAEM que la atención médica. El vínculo con el ISSEMYM ha estado marcado por una enorme deuda acumulada y por años de dificultades para normalizar la seguridad social de sus trabajadores. En la práctica, integrantes han recibido atención mediante servicios médicos vinculados a la propia corporación, entre ellos la conocida Policlínica, en lugar de contar de manera ordinaria con el esquema que cualquiera imaginaría al escuchar que trabaja para una institución relacionada con el Gobierno del Estado de México.

La paradoja es evidente. Hablamos de personas que portan armas, custodian instalaciones gubernamentales, pueden terminar enfrentándose con delincuentes y realizan jornadas extraordinariamente largas, pero cuya atención médica y seguridad social se convirtió durante años en uno de los principales pendientes institucionales. La administración actual asegura que intenta corregir esa situación: recientemente informó haber alcanzado un convenio para el pago de sus adeudos con el ISSEMYM y ha anunciado otras medidas encaminadas a mejorar las condiciones de sus integrantes. El verdadero éxito no será firmar el convenio, sino conseguir que un guardia que arriesga la vida durante un servicio tenga la certeza de que él y su familia cuentan con seguridad social efectiva.

Ochenta años después, la promesa vuelve a ser regularizarlos

La llegada de Delfina Gómez al Gobierno del Estado de México abrió un nuevo capítulo. Su administración ha planteado avanzar hacia el saneamiento y regularización de los cuerpos auxiliares, mientras que Carlos Javier Álvarez Cárdenas llegó a la dirección con una trayectoria vinculada al ámbito militar y de seguridad. El perfil resulta simbólico para una corporación históricamente marcada por disciplina, jerarquías y una imagen policial, pero cuya identidad institucional ha sido cuestionada durante décadas.

Los problemas heredados son enormes. La deuda con el ISSEMYM alcanzó dimensiones multimillonarias y la propia administración estatal ha reconocido que una institución de este tamaño no puede simplemente desaparecer de un día para otro. Ahora, al cumplir 80 años, CUSAEM asegura haber avanzado mediante un convenio de pago con ese instituto, regularización de adeudos fiscales, nuevos tabuladores, una ruta profesional y mejores condiciones para los grados operativos de menores ingresos. Entre las medidas anunciadas destaca un incremento de 56.39 por ciento para el personal operativo con grado de Guardia “C” intramuros, además de procesos de capacitación, evaluación y certificación.

Son avances que deben reconocerse si efectivamente mejoran la vida de quienes están abajo. Pero después de ocho décadas también resulta legítimo preguntar por qué cuestiones tan elementales como un tabulador claro, seguridad social efectiva, profesionalización y certeza sobre la situación administrativa de los elementos tardaron tanto tiempo en convertirse en prioridades.

Ochenta años frente a nosotros

Los CUSAEM sobrevivieron al PRI hegemónico, a la alternancia, a la creación de la Policía Federal, a la Agencia de Seguridad Estatal, a las transformaciones de la Policía Estatal, a la desaparición de la Policía Federal y a la creación de la Guardia Nacional. También sobrevivieron al proceso mediante el cual el Servicio de Protección Federal comenzó a desplazarlos de instalaciones federales. Siguen ahí, con miles de hombres y mujeres custodiando bancos, industrias, comercios, instituciones y dependencias públicas.

Durante ochenta años estuvieron frente a nosotros: en las puertas de los edificios públicos, las casetas, las patrullas, los bancos, los hospitales e incluso estaciones del Metro. Los confundimos con policías porque parecían policías; Plataforma México llegó a registrarlos como policías bancarios o rasos; les exigimos intervenir como policías cuando ocurría un delito y, cuando las cosas salieron mal, muchos terminaron enfrentándose a las mismas armas que enfrentaría cualquier policía. Sin embargo, durante demasiado tiempo el propio Estado fue incapaz de explicar con absoluta claridad qué lugar ocupaban dentro de su sistema de seguridad y de garantizar que quienes sostenían ese enorme aparato recibieran condiciones laborales proporcionales a la responsabilidad que tenían sobre los hombros.

Tal vez por eso la historia de CUSAEM no debería terminar con su desaparición, sino con su transformación: salarios dignos, seguridad social efectiva, controles de confianza, facultades perfectamente delimitadas, cuentas transparentes y una identidad jurídica que después de ocho décadas no deje lugar a dudas. Porque aunque los debates jurídicos sobre CUSAEM puedan ocupar páginas enteras, una bala nunca pregunta cuál es la naturaleza jurídica de quien lleva el uniforme.

Y porque mientras México discutía durante años quién debía proteger a los ciudadanos, hubo miles de hombres y mujeres realizando una tarea mucho menos visible: cuidar al propio Estado.

Estudió su Licenciatura en la Facultad de Derecho de la UNAM. Docente de nivel medio superior e integrante de la firma Operación Estratégica, donde participa en el diseño de estrategias jurídicas dirigidas a candidatos, actores políticos, legisladores y gobiernos locales.

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¿Defender la paz le incomoda al poder?

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Una vez más, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convierte sus obsesiones personales en un asunto político internacional. Este 9 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado a la jurista sudafricana Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, mientras el Gobierno de Trump anunciaba nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI).

La coincidencia resulta, cuando menos, irónica. Después de insistir públicamente en que merece el Nobel de la Paz, Trump vuelve a quedar fuera de la lista de galardonados. Y Pillay, al conocer la noticia, respondió con humor: bromeó con que quizá compartiría el premio con él si el público seguía aplaudiendo. Una frase breve, pero suficiente para poner en evidencia la distancia entre buscar un reconocimiento y construir una trayectoria que lo respalde.

No es la primera vez que el Nobel se cruza con las aspiraciones del mandatario estadounidense. En enero de este año, la opositora venezolana María Corina Machado le entregó a Trump la medalla física del premio que ella recibió en 2025, como gesto de agradecimiento por su respaldo a la causa venezolana. Sin embargo, una medalla puede regalarse; el reconocimiento no se transfiere. Trump recibió el objeto, pero no se convirtió en laureado del Nobel.

El episodio retrata una forma de entender la política en la que los símbolos, los reconocimientos y la imagen personal parecen tener tanto peso como los resultados. Pero la paz no se acredita con una medalla ni se demuestra mediante declaraciones públicas. Se construye con decisiones, instituciones y respeto a las reglas.

La trayectoria de Navi Pillay contrasta con esa lógica. Fue jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, integró el Tribunal Penal Internacional y encabezó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. También presidió una comisión de investigación de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Su reconocimiento no responde a una aspiración personal, sino a una carrera dedicada a la defensa de los derechos humanos y al combate de la impunidad.

Por eso, el anuncio de nuevas sanciones estadounidenses contra el TPI adquiere una relevancia particular. La Administración Trump sostiene que el tribunal amenaza la soberanía de Estados Unidos y rechaza su autoridad sobre ciudadanos y dirigentes estadounidenses. El tribunal, por su parte, denunció las medidas como un intento de obstaculizar la justicia internacional.

Puede que no haya elementos suficientes para asegurar que las sanciones fueron una represalia directa por el Nobel, pero la coincidencia de ambos anuncios exhibe una contradicción política que es difícil de ignorar, porque mientras se reconoce a una jurista por defender el derecho internacional, una de las principales potencias del mundo endurece su presión contra una institución encargada de perseguir crímenes internacionales.

La discusión no consiste en afirmar que el TPI es infalible ni en negar que los Estados puedan cuestionar su competencia. Consiste en distinguir entre defender la soberanía por las vías jurídicas y recurrir a la presión económica para debilitar a una institución cuya actuación resulta incómoda.

Para México y América Latina, el debate no es ajeno. Somos países que han recurrido al derecho internacional para defender la soberanía, los derechos humanos y la solución pacífica de controversias. Esos principios pierden consistencia si los defendemos únicamente cuando favorecen a nuestros gobiernos o coinciden con nuestras afinidades políticas.

La paz necesita diplomacia, pero también necesita justicia. Sin mecanismos de rendición de cuentas, corre el riesgo de convertirse en una tregua que protege a los poderosos y deja a las víctimas esperando indefinidamente.

Al final, el problema no es que Trump quiera recibir un premio, cualquier dirigente puede aspirar a un reconocimientos pero el problema aparece cuando esa aspiración parece confundirse con un derecho personal y cuando las instituciones que no responden a sus intereses se convierten en adversarias.

El Nobel no se entrega por insistencia, ni el derecho internacional debería depender del capricho de nadie. Parte del trabajo para velar la paz trata en respetar las reglas.

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Conciertos cancelados: causas ajenas a todos, consecuencias para uno solo

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Hay una frase que los fans de los conciertos ya aprendimos a reconocer: “por causas ajenas al artista, al promotor y al recinto.” Aparece siempre que una presentación se cancela. Y siempre significa lo mismo: nadie va a explicar nada.

El caso más reciente es el de TINI. El 6 de octubre, Zignia Live, Music Vibe y la Arena CDMX anunciaron la cancelación de su concierto del 25 de octubre. El comunicado decía que la fecha quedaba cancelada por causas ajenas a las tres partes. Hasta hoy, ni las promotoras ni la artista han dado una explicación concreta. Circulan rumores de baja venta y de conflictos internos, pero nada confirmado. Lo interesante es que TINI ya había tocado en ese mismo recinto el 4 de septiembre, con lleno total, y también en Guadalajara y Monterrey.

El patrón no es nuevo. En marzo, Ocesa canceló los dos conciertos de P!nk en el Estadio GNP Seguros, programados para el 26 y 27 de abril. Era su regreso a México después de más de veinte años, y la segunda fecha se había abierto por alta demanda. El comunicado habló de complicaciones derivadas de un caso fortuito que afectaba la logística y que era ajeno al artista, al promotor y al recinto. La frase más redonda de deslinde total que se haya escrito. La cantante tampoco se pronunció a detalle.

En agosto le tocó a Aitana. Su presentación del 4 de noviembre en el Auditorio GNP Seguros de Puebla fue cancelada por complicaciones logísticas imprevistas y, otra vez, ajenas a todos. Ella misma lo publicó en redes con el mismo argumento. Casi al mismo tiempo, anunció una tercera fecha en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El resto de la gira por México siguió intacto. Nadie dijo que una cosa tuviera que ver con la otra, pero muchos de sus fans de Puebla sacaron sus propias conclusiones: perdieron su concierto mientras la capital ganaba uno más.

Y luego está el caso de Carin León en The Sphere, que fue un poco distinto, pero funciona como contraste. El 10 de septiembre, los asistentes ya estaban dentro del recinto en Las Vegas cuando, pasadas las ocho y media de la noche, anunciaron por las bocinas que no habría presentación. Hubo abucheos. Al día siguiente, el cantante explicó con detalle lo que había pasado: dos fallas mecánicas en aviones privados al salir de Hermosillo, primero de frenos y luego de dirección, y la negativa de las autoridades aeroportuarias a autorizar el vuelo. La crítica, en todo caso, apuntó a que el artista no estuviera en la sede con la debida antelación. Lo más descarado fue que la fecha se reprogramó para el 15 de septiembre de 2027. Un año después. Los boletos seguirán siendo válidos, y quien no pueda ir tiene derecho a reembolso. Lo que nadie reembolsa son los vuelos, los hoteles y los días de vacaciones de quienes viajaron a Las Vegas para esa noche.

Ahí está el fondo del asunto. En todos los casos, con explicación o sin ella, el que pierde es el mismo.

Y conviene sumar otro factor. Cada vez es más común que los conciertos se anuncien con meses, incluso años de anticipación. La venta arranca a los pocos días del anuncio, sin dar tiempo a que nadie planee ni ahorre. Primero cobran. Después averiguan si el evento es viable. Se vende un lugar en un estadio que puede no tener fecha confirmada en la agenda real del artista, y si algo falla, la respuesta ya está redactada.

El daño mayor es de confianza. Cuando se abusa de las causas ajenas, las cancelaciones con razones legítimas también empiezan a sonar a excusa. El problema de usar siempre el mismo pretexto es que, cuando llega la razón verdadera, ya nadie la cree.

Porque si las causas siempre son ajenas al artista, al promotor y al recinto, entonces queda una sola pregunta: ¿de quién fue la culpa?

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Tres científicos, una alga y el cerebro humano

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Cada año, cuando se anuncian los Premios Nobel, aparecen palabras que para muchos parecen pertenecer a otro idioma. Términos técnicos, descubrimientos complejos y explicaciones que, a primera vista, parecen lejanas a nuestra vida cotidiana.

Pero detrás de algunos de esos reconocimientos hay historias profundamente humanas: curiosidad, preguntas persistentes y años dedicados a comprender algo que, en principio, parecía pequeño.

El Premio Nobel de Medicina 2026 es una de ellas.

Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron reconocidos por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una herramienta que permite utilizar la luz para controlar determinadas neuronas y estudiar cómo funcionan los circuitos del cerebro.

Pero esta historia no comienza en el cerebro.

Comienza con una pequeña alga.

Peter Hegemann estudiaba microorganismos capaces de orientarse hacia la luz. Quería entender cómo una célula tan sencilla podía detectar la luz y responder a ella. Junto con Georg Nagel, identificó y caracterizó proteínas capaces de reaccionar ante la luz y producir cambios eléctricos en las células.

Parecía una pregunta sobre un organismo microscópico.

Y nada más.

Hasta que Karl Deisseroth encontró en ese conocimiento una posibilidad extraordinaria: si esas proteínas podían responder a la luz, ¿podrían utilizarse para activar o desactivar neuronas específicas?

La respuesta abrió una nueva puerta para la neurociencia.

Con la optogenética, los investigadores pueden controlar con gran precisión grupos de neuronas y estudiar su participación en procesos como el movimiento, el aprendizaje, la memoria y las emociones. También permite investigar qué ocurre cuando determinados circuitos dejan de funcionar correctamente.

Así, una pregunta sobre cómo una diminuta alga encuentra la luz terminó ayudándonos a explorar uno de los territorios más complejos que conocemos: nuestro propio cerebro.

Y quizá ahí está la parte más fascinante de este Nobel.

Vivimos en una época que quiere resultados inmediatos. Preguntamos para qué sirve una investigación, cuánto costará y cuándo veremos sus beneficios. Pero la ciencia no siempre funciona así.

A veces, el conocimiento comienza con una pregunta cuyo destino nadie puede imaginar.

Hegemann no sabía que estudiar aquella alga contribuiría algún día a comprender las neuronas. Nagel tampoco podía anticipar hasta dónde llegaría el estudio de aquellas proteínas. Deisseroth tomó ese conocimiento y encontró una manera de convertirlo en una herramienta para mirar, con luz, algunos de los secretos del cerebro.

Tres científicos. Tres caminos. Una pregunta que fue creciendo con el tiempo.

El Nobel de Medicina de este año reconoce una tecnología capaz de iluminar neuronas, pero también nos recuerda algo que solemos olvidar: la ciencia necesita espacio para la curiosidad.

Porque los grandes descubrimientos no siempre comienzan con una solución.

A veces comienzan simplemente con alguien que observa algo pequeño, se sorprende y decide preguntar:

¿Cómo encuentra la luz?

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