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#Opinión

Creer que puedes volar

Space Jam nunca fue solo una película. Fue un fenómeno cultural que mezcló caricaturas, NBA, música y nostalgia para marcar a toda una generación que creyó, aunque fuera por un momento, que también podía volar.

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Space Jam (1996) One-Sheet Movie Poster - Original Film Art - Vintage Movie Posters

Hay películas que sobreviven el paso del tiempo por su calidad indiscutible, otras por arrasar con las premiaciones, las que entran directo al salón de la fama de nuestra memoria y corazones y después existe una categoría fuera del espacio: Space Jam. Una de las películas con mayor impacto cultural que definió una época completa, en dónde el cine buscaba ser éxito total: en taquilla, en ventas y, además, se daban el tiempo de crear un soundtrack personalizado para la película que igualaban o rebasaban el impacto del filme que les dio vida.

Porque Space Jam fue un evento cultural disfrazado de caricatura. Un experimento imposible que marca A.C.M.E. qué, de alguna manera, funcionó.

Y quizá hoy, con la evolución de la industria, ya no entendemos lo extrañamente increíble que era todo aquello. En 1996, Michael Jordan no era simplemente un basquetbolista. Era probablemente el ser humano más famoso del planeta. Jordan ya había ganado campeonatos con los Chicago Bulls, había revolucionado el marketing deportivo, había convertido los tenis Air Jordan en objeto de culto, irreverencia y rebeldía perfectamente sustentada con resultados en la cancha y algo clave: acababa de regresar del retiro más extraño en la historia del deporte tras probar suerte en el béisbol después de decidir dejar el basket lo cuando se encontraba en su punto más alto (deporte y jugador). MJ Era tan grande que parecía personaje fantástico. Y entonces surgió una idea completamente noventera:

“¿Y si Michael Jordan juega basquetbol con Bugs Bunny para salvar a los Looney Tunes de unos extraterrestres?”

El 4-0 de Chicago Bulls a Orlando Magic en 1996: la última gran revancha de Michael Jordan | Sporting News

Y bendita la época, nadie dijo: “eso suena demasiado absurdo”. Al contrario. Todos dijimos: “sí, claro… tiene sentido, es algo que probablemente pasaría”. Si tuviéramos que escoger a algún deportista para representarnos en un duelo interplanetario dónde el destino de la humanidad depende del resultado, no existe otra respuesta más contundente que el #23 de los Bulls de Chicago.

Los noventa tenían esa magia surreal y deliciosa, donde las marcas, las caricaturas, la música y el deporte todavía podían convivir y nutrirse mutuamente sin miedo al ridículo.

Space Jam nació gracias a un comercial especial para el Súper Bowl llamado “Hare Jordan” de Nike de 1992 donde Jordan y Bugs Bunny compartían pantalla enfrentándose en un duelo de basket contra unos bravucones. El resultado fue increíble, al estilo de Roger Rabbit mezclaron acción real con animación. Al final del comercial, Bugs Bunny dice: “éste podría ser el inicio de una bella amistad” y vaya que lo fue. El anuncio gustó tanto que Warner Bros. entendió algo importante: no estaban viendo una campaña… estaban viendo una mina de oro cultural pop.

Y Space Jam explotó. Con un presupuesto de 80 millones de dólares, la película recaudó más de 250 millones en el mundo y se convirtió durante décadas en la película de basquetbol más taquillera de la historia. Pero lo verdaderamente monstruoso vino después: el merchandising.

Playeras. Tazas. Mochilas. VHS. Figuras. Posters. Tazos. Loncheras. Jersey del Tune Squad (aún le reclamo a mi mamá por haber tirado el mío). Y, por supuesto, los Air Jordan XI Space Jam, el Ferrari de los tenis, que hoy siguen reeditándose casi treinta años después.

Air Jordan x Bugs Bunny

Se estima que la mercancía generó muchísimo más dinero que la propia película. Space Jam entendió algo antes que muchas franquicias modernas: la gente no quería solo ver la película… quería vivirla y pertenecer. Todos nos sentimos parte del “Tune Squad”.

La película parecía haber encontrado la fórmula absoluta del entretenimiento noventero (con la sustancia secreta, Michael Jordan). Tenía todo el espectro hollywoodense funcionando al mismo tiempo: caricaturas clásicas, a la figura deportiva más importante del planeta, un soundtrack genial, gigantesco y memorable, juguetes, ropa, videojuegos y comerciales.

Tenía humor absurdo, NBA y sus jugadores top del momento convertidos en monstars Charles Barkley (Monstar naranja – Pound), Patrick Ewing (Monstar verde – Bang), Larry Johnson (Monstar morado – Bupkus) Tyrone “Muggsy” Bogues (Monstar rosa – Nawt) y Shawn Bradley (Monstar azul – Blanko), si… los monstars tenían nombres. Poseía además cultura pop, a Larry Bird y a Bill Murray y los increíbles y locos personales de los Looney Tunes, mención especial a la increíble Lola Bunny que hizo en Space Jam su primera aparición.

Era una película… pero también eran MTV, Nike, Cartoon Networks, la NBA y un catálogo de ropa y juguetes explotando al mismo tiempo.

Y luego estaba el ya mencionado soundtrack. Qué locura de soundtrack.

I Believe I Can Fly se convirtió en un himno absoluto. Ganó Grammys, vendió millones y quedó tatuada en la memoria colectiva de toda una generación. Mientras tanto, Space Jam pasó de ser una canción rara y exagerada… a convertirse en un sonido instantáneamente reconocible en estadios, memes y playlists noventeras.

El disco vendió millones de copias, hay personas que recuerdan primero la música y luego la trama de la película.

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Porque la historia, siendo sinceros, era un delirio maravilloso. Extraterrestres diminutos secuestrando talentos de la NBA, Bugs Bunny reclutando a Michael Jordan y un partido intergaláctico para salvar caricaturas y toda esta mezcla perfectamente loca e imperfecta funcionó a la perfección. Porque nunca intentó ser cool. Nunca tuvo miedo de verse ridícula. Nunca sintió la necesidad de justificarse con ironía o sarcasmo. Simplemente quería y debía existir. Por eso, verla hoy se siente tan especial. Mientras muchas películas modernas parecen demasiado conscientes de sí mismas. Todo tiene que ser referencia, cinismo, nostalgia calculada o universos compartidos perfectamente planeados. Space Jam, en cambio, parecía hecha con la energía caótica de un niño o niña, aventando juguetes sobre una mesa y diciendo: “a ver qué pasa”, como lo hicimos todos. Y lo más extraño es que sí pasó algo.

Nos hizo completamente felices mientras daba resultados y revolucionaba la industria. La película también revivió a los Looney Tunes para toda una nueva generación.

Y hay otro detalle hermosísimo: el sitio oficial original de Space Jam de 1996 sigue activo hasta hoy.

Sí. Entrar a esa página es como abrir una cápsula del tiempo digital. Fondos estrellados, botones enormes, tipografías imposibles, gifs primitivos y ese diseño caótico de cuando internet todavía parecía un juguete nuevo y no el infinito.

La página sigue ahí, intacta, como un fósil perfectamente conservado. Y hoy, casi treinta años después, Space Jam: no es recordada como “una buena película”. Se recuerda como un lugar. Como una tarde después de la escuela. Como un VHS rebobinado. Como un comercial de Nike.

Como una playera oversized noventera.

Como el sonido de una televisión de caja mientras sonaba:

“Everybody get up, it’s time to slam now…”

Por eso sigue viva. Por qué habita en la época donde un basquetbolista podía salvar caricaturas y al mundo entero… y nadie necesitaba explicarlo demasiado, solamente necesitábamos sentirnos capaces de poder volar en la cancha y en la imaginación.

Amazon.com: Space Jam: Motion Picture Score: CDs y Vinilo

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Integridad e inteligencia artificial

La inteligencia artificial no hace trampa: la responsabilidad está en quien decide usarla. El verdadero reto de la educación superior es formar personas con criterio, pensamiento propio e integridad.

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Alejandra López Martínez

Uno de los hitos en la vida de las y los estudiantes al concluir la educación media superior es llegar a la universidad. Ingresar a la UNAM ha sido la aspiración de muchas juventudes por su nivel académico y por el capital cultural que implica para la movilidad social, particularmente para las y los jóvenes de clase media de la Ciudad de México. La alta demanda refleja el prestigio que la Universidad mantiene como una de las instituciones públicas de educación superior más importantes de América Latina, donde cada año cientos de miles de jóvenes participan en sus procesos de admisión y únicamente una parte consigue ingresar.

Este año, por primera vez, la UNAM aplicó su examen de admisión completamente en línea con el objetivo de modernizar el proceso y reducir costos logísticos. Sin embargo, los resultados despertaron cuestionamientos por la distribución anómala de los puntajes y, presuntamente, la facilidad con la que se pudo usar IA durante el examen. Un análisis de la Comisión Técnica de la UNAM encontró que, mientras entre 2021 y 2025 solo el 3.5% de los aspirantes alcanzaba 100 aciertos o más, en 2026 esa proporción subió a 16.3%. Esto llevó a la UNAM a decidir aplicar exámenes de control presenciales a cerca de 58 mil aspirantes para tener otro filtro de ingreso.

Comienza examen de control a más de 46.000 aspirantes de la UNAM tras  escándalo con prueba virtual: qué dicen los estudiantes | CNN

Estudiantes y familias se dividieron entre quienes exigen repetir la evaluación de manera presencial y quienes se resisten. Algunos decían haber aprobado legítimamente tras estudiar por meses, pero no querían repetir el examen, lo que levantó sospechas. Si estudiaron para un examen que aprobaron, ¿no sería lógico que, al volvérseles a aplicar, aprobarían de nuevo? En principio sí, pero más allá de una posible trampa, esto también nos habla de lo efímera que se ha vuelto la educación. Lo que aprendieron para un examen, ya no lo recuerdan después.

Las juventudes cada vez ven menos beneficios en estudiar una carrera universitaria. Pareciera que la inteligencia artificial se ha convertido en un sustituto del conocimiento técnico e incluso del pensamiento crítico. Las empresas buscan sustituir talento por una IA que replique sus sesgos, y no personas con conocimientos y experiencias de vida propias, y las juventudes lo saben.

Estudiar una carrera universitaria es un privilegio: no solo por lo que cuesta en colegiaturas, libros, y materiales, sino por el costo de oportunidad. Dedicarle cuatro años al estudio, aunque sea de tiempo parcial, implica dejar de percibir ingresos y de acumular experiencia laboral. A veces, ese costo de oportunidad no se compensa con el aumento salarial que se supone viene aparejado con el título universitario. Esto es cierto también para las maestrías y los posgrados: el mercado no está pagando lo que costó ese esfuerzo.

Esto nos hace preguntarnos: ¿todavía vale la pena estudiar una carrera? Con 12 años como profesora universitaria, puedo afirmar rotundamente que sí. La experiencia de convivencia entre pares y con docentes —sea excelente o pésima— forja un criterio propio en las personas jóvenes. Sin embargo, ambas partes deben estar dispuestas a escuchar, analizar y entender su entorno.

Definitivamente, lo que se aprende en la universidad hoy puede quedar obsoleto en cinco años. Pero también, lo que se enseña a las juventudes hoy probablemente se olvidará en unos años. Aun así, el pensamiento crítico y la curiosidad por entender son la base para que una persona sobreviva en este mundo cambiante.

Así como integramos las computadoras, el Excel y el internet a nuestra vida, lo que hoy tenemos que integrar el uso ético de la IA: el costo real de los textos e imágenes que nos entregan Claude o ChatGPT cuando los consultamos, cómo utilizarla de manera responsable y que sirva como plataforma para hacer las cosas mejor, no para sustituir el esfuerzo de pensar. Lo que vimos con el examen de la UNAM me hace preguntarme: ¿estamos formando estudiantes capaces de usar la tecnología con responsabilidad, o simplemente personas que buscan cualquier ventaja para ganar?

Inteligencia artificial para estudiantes: 4 formas de aprovecharla

La tecnología no “hace trampa”; es solo uno de tantos instrumentos que tenemos hoy. Decidir utilizarla sin integridad es responsabilidad de las personas. No solo de quienes copian o hacen trampa en un examen, sino de quienes, durante su paso por la universidad, presentan trabajos plagiados o hechos enteramente por IA y que ni siquiera leen; también de quienes, pese a haber cursado la educación universitaria, usan la IA como sustituto del criterio y no como apoyo. El problema no es la inteligencia artificial, sino la falta de integridad.

La corrupción suele asociarse con grandes desvíos de recursos públicos o con redes criminales. Sin embargo, la corrupción también comienza en los actos cotidianos que normalizamos: copiar una tarea, falsificar una firma, comprar un trabajo académico o presentar un examen usando herramientas prohibidas. Son conductas distintas pero comparten la misma lógica: obtener un beneficio rompiendo las reglas mientras se espera que nadie lo note.

La educación superior enfrenta desafíos mucho más profundos que un examen de admisión: la rápida transformación del mercado laboral, la automatización, la IA, lo efímero del conocimiento, las barreras de entrada, la inclusión. Pero ningún sistema será suficiente si la ética deja de formar parte de la educación, y ahí la confianza en las instituciones educativas se vuelve todavía más importante. Al final, el valor de la Universidad no está en pasar un examen o conseguir un título, sino crear comunidad y forjar habilidades, criterio y pensamiento propios.

Es la UNAM preferida de estudiantes de AL y el Caribe

 

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Entre el águila real y la calva: una frontera compartida

Entre México y Estados Unidos hay diferencias, tensiones y una frontera que no podemos mover. La pregunta es otra: ¿podremos aprender a convivir, evolucionar y sobrevivir juntos?

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Como en las ciencias, la teoría dicta que las especies (todas) tienden a irse hacia lugares viables para su conservación (ergo: migración).

Habiendo librado el elemento geográfico o “lugar” en donde se puedan establecer, el dilema se convierte en lo que sigue, es decir, como nos habremos de perpetuar o conservar.

Luego entonces, la paradoja social de la migración no solo se convierte en el “dónde” viviremos, sino en el “¿cómo?” lograremos convivir pacíficamente. Así, ante la multiplicidad de grupos o migrantes en un mismo lugar ideal para la conservación (en este caso los EUA), el siguiente elemento es esencial (incluso puede ser medible en un laboratorio). Ello es importante ya que la naturaleza ha demostrado que, ante la multiplicidad de factores, se dan condiciones para integrarse o sufrir el riesgo de autodestruirse.

MAP: What Does the U.S.-Mexico Border Really Look Like? | KQED

Al igual que en cualquier ecosistema, la multiplicidad de organismos desiguales en un solo lugar compartido crea un ambiente de rivalidad y ambivalencia en donde la extinción de uno, o bien, de todos, se convierte, en el mejor de los casos, una posibilidad. Ello para no admitir que es, de hecho, una realidad.

Entre humanos, los núcleos no deben (o tal vez no pueden) solo conservarse, deben tender hacia la evolución. Ello es solo asequible mediante la creación. La preservación de la especie se da en la estabilidad, pero ante la multiplicidad de factores (de comunidades y problemas) crece también el ambiente de ambivalencia, desequilibrio e inseguridad.

Luego entonces en sociedad, este “lugar” viable para la migración (EUA) se convierte la materia prima de la evolución, aunque también el posible chispazo de una mísera involución.

Hoy, entre los países de las águilas, la nuestra, el águila real y la del norte, el águila calva, hay mil elementos que nos unen y otros que nos apartan. Entre tanto, tendremos que analizar ¿Qué nos salva?

Históricamente, para nuestro vecino del norte, la migración ha sido un factor diferenciador en la evolución del sistema. Para la sociedad del núcleo norteamericano, la integración no solo es necesaria para la manutención de la paz. Hoy es justamente inexcusable para la evolución de la sociedad.

¿En ese sentido, en que etapa de la evolución nos encontramos?

Mientras desarrollamos nuestra relación bilateral dentro de uno de los tratados comerciales más robustos del mundo, nuestra frontera compartida atestigua el paso de bienes, personas y servicios diarios más abundantes de nuestro planeta. No es difícil concluir que la relación entre países siempre ha sido íntima, aunque hoy, parece ser que habrá una víctima.

No es una declaración de oposición. Ni siquiera una opinión. Es meramente un ejercicio para todos, de reflexión.

Costs mount as migration-related delays stall trucks at US-Mexico border |  Reuters

Hay quienes podemos cruzar la frontera para atestiguar una violencia social que no existía. Hay otros a los que, sin precedentes, se les ha coartado válidamente el paso hacia el territorio del norte. Aunque eso no es una declaración de guerra, hay mucho que esa decisión encierra.

Hoy, presenciando todo desde afuera, espero sepamos comprender que pasé lo que pase, tendremos que evolucionar. En los últimos años mucho hemos hecho para provecho de nuestra conservación, aunque también mucho hemos perdido en nuestra mutua y bilateral conversación.

Las águilas no son iguales, pero tendrán que subsistir. Estamos en tiempos sin precedentes y tendremos que ser ¡todos! inteligentes para no sucumbir y poder, como especie y vecinos… sobrevivir.

Como suele suceder, las relaciones crecen por etapas y no hay en lo social ninguna especie de mapas. Entre los dos, este es nuestro lugar y no nos podremos mudar. Solo veremos si nos podemos sumar. México es un país que se rige por una Constitución Política. No somos meramente un partido político y esa distinción tendrá que hacerse. Somos de muchos colores, plurales, no singulares y ello tendrá por los países y por todos, que entenderse.

Bald eagle - Wikipedia

JJ

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2027 empieza mucho antes de 2027

Las elecciones no comienzan cuando arrancan las campañas. La confianza se construye mucho antes, con resultados, cercanía y responsabilidad.

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Cuando hablamos de elecciones solemos pensar en campañas, candidaturas, debates, propuestas, espectaculares y recorridos. Pensamos en ese periodo en el que las calles se llenan de colores y las redes sociales de mensajes que buscan convencernos de que una persona es la mejor opción.

Pero una elección no empieza el día que formalmente comienza una campaña. Mucho antes de que aparezcan los primeros espectaculares, de que escuchemos propuestas o de que las candidaturas recorran las calles, ya se han tomado decisiones importantes que marcarán el rumbo del proceso electoral.

Por eso, aunque suene extraño, 2027 empieza mucho antes de 2027

Política y pasión | EL MONTONERO

Empieza en los años, meses y días previos, cuando todavía no hay candidaturas registradas ni propaganda en las calles. Empieza en cada decisión de gobierno, en cada gestión atendida, en cada compromiso cumplido y también en cada promesa que quedó en el olvido.

Porque, aunque a veces desde la política pareciera que pensamos lo contrario, la gente tiene memoria.

Recuerda quién estuvo cuando surgió un problema en su colonia y quién apareció únicamente cuando necesitaba algo. Recuerda al servidor público que contestó el teléfono y también al que nunca devolvió una llamada. Recuerda quién escuchó, quién regresó, quién dio seguimiento y quién simplemente llegó para tomarse una fotografía.

La confianza política se construye así: poco a poco.

Y quizá uno de los grandes errores que hemos cometido quienes participamos en política es creer que la confianza ciudadana puede construirse de pronto, durante una campaña electoral.

No funciona así.

Una lona puede hacer conocido un nombre. Un buen video puede conseguir miles de reproducciones. Una campaña creativa puede llamar la atención. Pero ninguna estrategia de comunicación puede sustituir una trayectoria.

Por eso, cuando llegue 2027, una de las preguntas más importantes que deberíamos hacernos frente a cualquier candidatura, sin importar el partido no es solamente: ¿qué propone?

También deberíamos preguntarnos: ¿qué ha hecho?

¿Dónde estaba antes de pedir nuestro voto? ¿Cómo ejerció las responsabilidades que tuvo anteriormente? ¿Cómo trata a las personas cuando no hay una cámara enfrente? ¿Ha regresado a los lugares que recorrió? ¿Ha cumplido su palabra? ¿Ha sabido reconocer sus errores? ¿Ha dado resultados?

Son preguntas sencillas, pero necesarias.

Porque la democracia no debería consistir en conocer a nuestros políticos durante algunas semanas cada tres años. También exige una ciudadanía que observe, pregunte, participe y evalúe permanentemente.

Y eso implica una responsabilidad de ambos lados.

Para quienes ocupamos un espacio en el servicio público, significa entender que cada día cuenta. Que atender bien a una persona importa. Que regresar una llamada importa. Que explicar por qué algo no pudo resolverse importa. Que volver a una colonia después de escuchar un problema importa.

No todo puede solucionarse y ningún servidor público debería prometer lo contrario. Pero siempre podemos escuchar, orientar, gestionar y, sobre todo, hablar con la verdad.

La cercanía no debería ser una estrategia electoral. Debería ser una manera de ejercer el servicio público.

Del otro lado, la ciudadanía también tiene una tarea importante: informarse.

Las elecciones de 2027 traerán nombres, partidos, coaliciones, propuestas y muchísima información. Habrá campañas intentando llamar nuestra atención todos los días. Por eso será indispensable mirar más allá de un espectacular, un eslogan o un video de treinta segundos.

Marketing político en México: estrategias para las elecciones de 2024

Habrá que revisar trayectorias. Distinguir entre quien acaba de descubrir una colonia y quien lleva años caminándola; entre quien promete escuchar y quien puede demostrar que ya lo ha hecho; entre quien ofrece soluciones fáciles para problemas complejos y quien está dispuesto a explicar, con seriedad, qué puede hacerse y qué no.

También tendremos que aprender a mirar más allá de nuestros propios colores.

En todos los partidos existen personas valiosas y también quienes han quedado a deber. Hay buenos servidores públicos en distintas fuerzas políticas, así como hay malos ejemplos prácticamente en todas.

Por eso votar informado significa evaluar personas, resultados, equipos, propuestas y trayectorias, no solamente siglas.

La democracia se fortalece cuando dejamos de entregar nuestra confianza automáticamente y empezamos a exigir que se gane.

Tal vez esa sea una de las conversaciones más importantes rumbo a 2027.

No solamente preguntarnos quién quiere gobernar, sino por qué merece hacerlo. No solamente escuchar qué promete alguien para los próximos años, sino revisar qué hizo con las oportunidades que ya tuvo.

Y para quienes tenemos hoy una responsabilidad pública, el mensaje debería ser todavía más claro: no hay que esperar a una elección para salir a la calle, escuchar, rendir cuentas o estar cerca de la gente.

Porque cuando finalmente llegue el momento de votar, cada ciudadano y ciudadana llevará consigo su propia historia.

La gestión que sí fue atendida.

El mensaje que nunca tuvo respuesta.

El parque que mejoró.

La promesa que se cumplió.

La reunión a la que alguien regresó.

Y también aquella en la que nadie volvió.

Por eso 2027 no comienza cuando arranquen oficialmente las campañas.

Ya empezó.

Empezó cada vez que alguien decidió escuchar a un vecino o vecina, resolver una gestión, regresar a una colonia, cumplir su palabra o reconocer con honestidad aquello que no podía resolver.

Porque una campaña puede construir una candidatura.

Pero la confianza se construye mucho antes.

Mexico elections at a glance: How many Mexicans can vote?

 

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